adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

octubre 31, 2011

con tan sólo mirar...


Anne Julie Aubry 

Para quienes por necesidad o por elección acostumbran comer solos.
Para los que —como quien esto escribe— son impacientes.
Para quienes observar gente es una forma de contar historias…



degustación [con la mirada] a cuatro tiempos...
Aperitivo. A las dos de la tarde el pequeño restaurante se encuentra casi vacío, como arrullado por una brisa de tranquilidad. Lo contrario de la mente de ella, cuyo cúmulo de ideas encontradas le impide disfrutar del devaneo y embriaguez de una muchacha que tan bien narra Clarice Lispector en el volumen de cuentos que posa sobre su mesa, a manera de acompañante protector. Mira el libro y, no sin ironía, sonríe para sí misma; qué pesado le resultaría esperar así, en un sitio público, sin tener a mano tal atenuante. Pero esa tarde es por demás. No hay letras, por bien escritas que estén, que logren abstraerla de la creciente impaciencia causada por la tardanza de su cita. Desiste de los devaneos literarios e intenta dejarse envolver por la placidez que le rodea, apenas gira la cabeza en busca de alguien a quien pedirle una copa de vino sus ojos tropiezan con los de un atractivo hombre sentado al fondo, quien al igual que ella parece estar aguardando por alguien ignorante de la puntualidad. Él entretiene su espera bebiendo sorbos de cerveza oscura, volteando de cuando en cuando hacia la puerta de entrada y de paso, como al descuido, observando a los pocos comensales ahí reunidos. Sus miradas se encuentran, pero casi de inmediato ambos las desvían en un gesto que no logra disimular su turbación.

Plato fuerte. Mientras saborea su copa de tinto, sintiendo un leve cosquilleo acariciar su lengua al paso del líquido color rubí, una mujer de edad indefinida cruza la puerta del restaurante y con paso decidido se aproxima a la mesa de él, quien sólo se percata de su presencia hasta después de apurar el último trago del lúpulo oscuro. Al encontrarse con el rostro de la recién llegada sus ojos se agrandan y mientras retira la silla para que ella se siente, su mirada la recorre de tal forma… que la claudicante lectora de devaneos ajenos —totalmente absorta en la pareja— casi se estremece.

Postre entre nubes. ¿Cómo describir con precisión todo lo que algunas miradas son capaces de provocarnos? Imposible. La mirada puede revelar más que nuestras palabras; también, desmentir lo que decimos con la boca. El efecto que nos causa una cierta mirada lo sentimos en la piel, en la boca del estómago, en el cambiante ritmo del latir de nuestro corazón… y en otras partes más íntimas que no viene al caso nombrar, pues el erotismo escrito no es la especialidad de la casa. Son perturbaciones casi imposibles de trasladar a las palabras, los cosquilleos que cruzan el cuerpo como ráfagas. Sensaciones y miradas casi olvidadas, que de pronto, inexplicablemente, se rememoran… sobre todo en madrugadas frías cuando aún contra la propia voluntad, vuelve a sentirse la caricia de aquella mirada cálida y serena, que en ese entonces pareció demasiado sensata para el vehemente espíritu de la lectora devenida voyeur de romances ajenos…

Café para terminar. Y para bajar de la nube de añoranzas de otras miradas, nada como un fuerte expresso doble, caliente como para quemar la lengua. Con eso… hasta la más soñadora voyeur vuelve a la realidad… justo a tiempo para pedir la cuenta…


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octubre 27, 2011

aviso (in)oportuno



No estaba muerta. Tampoco andaba de parranda. Sólo he sido presa de una especie de abducción laboral, que me ha mantenido alejada del aporreo del teclado blogueril. Espero volver en un rato, es decir mañana.

Saludos a quien ose pasar por aquí.
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El escritor debe ser esencialmente un subversivo, y su lenguaje no puede ser ni el lenguaje mistificatorio del político (y del educador), ni el represivo del gobernante. Nuestro lenguaje debe ser el del no-conformismo, el de la no-falsedad, el de la no-opresión. No queremos poner orden en el caos, como suponen algunos teóricos, ni siquiera hacer el caos comprensible. Dudamos de todo siempre, incluso de la lógica. El escritor tiene que ser escéptico. Tiene que estar en contra de la moral y las buenas costumbres.
Rubem Fonseca






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octubre 17, 2011

soñar... tal vez dormir


Llevaba días sin dormir; el cansancio y las ojeras ya se le habían vuelto costumbre, parte de su apariencia diaria. Por más litros de infusión de 12 flores que bebiera, y no obstante que de tarde en tarde pudiera sentir que sus ojos se cerraban, llegada la hora de ir a la cama –diez de la noche- era cosa de poner su cabeza en la almohada para que el ansiado sueño se esfumase. Si en esos días se le hubiese aparecido Aladino con todo y lámpara mágica para concederle un solo deseo, sin dudarlo ella habría cambiado riquezas o docenas de amantes vigorosos, por una sola y larga noche de sueños. Pero Aladino nunca se le apareció, así que después dos semanas sin pegar ojo decidió que tendría que entretener sus desvelos en algo más que dar vueltas y vueltas en la cama. A la quinceava noche sin dormir fue al armario y sacó aquellas bolas de hilaza que permanecían refundidas en el último rincón desde hacía meses, tomó un gancho y se dispuso a tejer. En principio la pensó como mera terapia para acompañar sus noches en vela por lo que solo se dedicó a dar vueltas de cadenitas, la puntada más simple. Pero a medida que el tejido crecía y el sueño parecía algo lejano, ella se animaba más y empezaba a tejer con puntadas más elaboradas y hasta con pequeños diseños que iban brotando espontáneamente de su mente. Después de un primer cubrecama, más bien sencillo, empezó un mantel para una inexistente mesa de comedor de 12 sillas, al cual fue incorporando diseños un poquito más elaborados, surgidos en desorden al calor de la labor tejedora. Una semana más tarde, el enorme mantel estaba terminado, por lo que se decidió a confeccionar otro cubrecama pero en tamaño King-size... para cubrir una cama que tampoco tenía.

Tejía con ansiedad, precisión y un despliegue de creatividad que jamás creyó poseer; ella que pasaba de las labores de tejidos y corte y confección impartidas en la escuela secundaria. Pero ahora encontraba en esa actividad que antes consideró tan de mujeres sumisas una fuente de inspiración, un campo fértil para desarrollar su inventiva y dar rienda suelta a su desbocada imaginación. Tejía y tejía sin necesidad de destejer ni una sola vuelta y eso que ya ni siquiera miraba la labor para verificar que no hubiese errores. Noche tras noche, como si una fuerza extraña y con vida propia la impulsara, fue creando colchas, manteles, mantillas y un sinfín de labores cada vez más complejas y llenas de figuras que, de haber sido apreciadas por un experto en arte habrían semejado a los lienzos de Kandinsky, pero que juzgadas por su madre parecían producto de una mente extraviada. Pero para ella no eran ni lo uno ni lo otro, ahora -un año después- lo entendía: en los tejidos plasmaba los incontables sueños que su mente había ido elaborando y acumulando en compensación por todos los que no había tenido... por no poder dormir. ¡¡Un año sin dormir!! Ya no recordaba cómo era dormir ocho o siete horas de un tirón. Hacía meses que ya ni lo intentaba y hasta había cambiado la infusión de 12 flores por jarras de café bien fuerte.

Y de pronto una sensación empezó a apoderarse de ella, cada vez con más fuerza: ya eran tres noches en las que los ojos se le cerraban sobre el tejido. De sólo pensar que el insomnio terminara sintió un gran temor: la sola idea de noches enteras durmiendo en lugar de esas que ahora vivía y que tanto disfrutaba le parecía aterradora. Esas alucinantes jornadas nocturnas en las que gracias al insomnio descubrió imágenes, fuerzas y sensaciones hasta ahora desconocidas, se habían convertido en lo mejor de su existir. No, no quería que el insomnio la abandonara.

diciembre de 2008

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imagen: Anne-Julie Aubry Black Field Memories

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octubre 09, 2011

entre brumas



La luna y ella tenían su historia. Una muy larga. En su mente siempre la había visto como la eterna compañera de la soledad, cómplice de amores prohibidos, hadas, duendes y gnomos; hombres lobos y lobos que no son hombres pero que depredan lo mismo; idóneo telón de fondo, imaginario y real, de sucesos tocados por el velo del misterio. Ya no recordaba cuántas veces había sido su única acompañante, cuando alguna situación desafortunada la obligó a huir intempestivamente en medio de la noche. Incontables también las madrugadas en que bajo el influjo de su luz se dejó llevar por la pasión en brazos de desconocidos. Ella la seductora, dueña de una belleza letal, al decir de sus detractores; demasiado inteligente, fría y calculadora, apuntaban otros; una mujer licenciosa, peligrosa y enferma, según todos los demás.

Y aquí estaban de nuevo. La luna y ella. La trama parecía siempre la misma: la luna en todo lo alto y ella en una nueva huida. Y una vez más, el astro iluminaba y guiaba sus presurosos pasos, a cada tranco más débiles a causa del cansancio acumulado. No sabía con exactitud cuánto tiempo llevaba corriendo. Su única certeza era que sus piernas se acalambraban. A dicha sensación se aunaba el intenso frío de la madrugada calándole hasta lo más hondo. En circunstancias distintas, el escenario habría resultado ideal para otro tipo de escapada, una amorosa.... tantas en su haber. Ahora esas historias parecían tan lejanas y difusas, cubiertas por las brumas del tiempo impidiéndole ordenar con precisión rostros, hechos específicos, así como las sensaciones experimentadas en cada ocasión. A tal punto los recuerdos regresaban confusos, que no era capaz de distinguir sucesos reales de fantasías o pesadillas. En este momento la única sensación de que era consciente, amén del cansancio, era la del miedo. Sabía que ellos no tardarían en darle alcance, por más que los hubiera tomado por sorpresa, su ventaja no podría durarle mucho.

En medio de un silencio apenas matizado por su jadeante respirar y el suave fluir del río a la vera del camino, aguzaba el oído intentando adivinar, antes que escuchar, el ruido que anunciara la cercanía de sus perseguidores. Pero por más que se concentraba no lograda distinguir nada y eso, lejos de calmarla, le infundía mayor temor. Los conocía bien y no dudaba que entre más tiempo tardaran en encontrarla, peor sería su reacción. Impulsada por ese temor pareció recobrar fuerzas y continúo corriendo abriéndose paso entre las brumas de la madrugada y las sombras del espeso bosque. Estaba exhausta, tenía los pies casi congelados, las piernas entumecidas y por más que corría y corría, sentía que no avanzaba nada, como si sus zancadas, cada vez más torpes, se enredaran con alguna hiedra, impidiéndole progresar en su carrera.

Y de pronto perdió contacto con el suelo y con el espacio que la rodeaba, presa de un desguanzamiento general, ya no tuvo control sobre sus movimientos, todo se volvió negro al mismo tiempo que un estremecimiento le recorría el cuerpo a manera de sudor frío. Eso fue lo último que sintió antes de sumirse en una espesa bruma más espesa que esas que enturbiaban su noche.

[…]

Muchas horas después, lejos de ese bosque espeso y tenebroso, volvió en sí mientras una mano tiraba de su hombro al tiempo que una voz femenina le apuraba:

--Señora, despierte... es hora de tomar su medicina. No tenga miedo, sólo voy a aflojarle un poco las ataduras que parecen estar cortándole la circulación sanguínea…

[…]

 


imagen: La Sorcière Noire, Anne Julie Aubry. Más de la artista aquí
http://www.annejulie-art.com/

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