Je vais où le vent me mène, de Marie-Claude Strausz
Lo que para muchos simboliza la llegada de la primavera (detonador de dicha, época propicia para el enamoramiento, pretexto para ser románticos, y cursis, sin pudor -maripositas y florecitas incluidas-… y un largo etcétera), es el otoño para mí. Mi estación favorita. Por mucho. Aun cuando en este país cuasi tropical el otoño no suela acarrear cambios climáticos y de coloración de la vegetación tan marcados como los que ocurren en los países europeos y del norte y sur del continente americano. Me gusta la luz de sus aireadas tardes y el tono terracota que adquieren las hojas de los árboles; disfruto caminar sobre hojas secas, aspirar el aroma de sus amaneceres, estremecerme con el frío viento de sus noches y perder el tiempo mirando sus cielos nocturnos. O sea: el otoño es mi pretexto preferido para ser cursi sin morir de pena en el intento.
Entiendo que no a todos gusta el otoño. Si el cliché dice que la primavera es la estación propicia para el amor, el otoño (dicen) lo es para la melancolía. Los días cortos, las noches frías y largas, la ausencia de soles cálidos, acometen contra el ánimo de aquellos que se sienten más en comunión con temperaturas de 30 grados centígrados (o más) y soles ardientes, por lo que la falta de estos les pone melancólicos, algo que no les gusta. Quizá porque para no pocos la melancolía es sinónimo de depresión o desesperanza, tanto como la falta de verdor en los campos presupone despojo y tristeza.
En fin… hoy inicia el otoño y yo lo saludo con este clásico poema de Rilke:
Las hojas caen como si se marchitaran
en los lejanos jardines del cielo:
caen haciendo un ademán de negación.
Y en las noches cae la grávida tierra
fuera de todas las estrellas, en la soledad.
Todos caemos. Esta mano cae.
Y mira a los otros: la caída está en todos.
Y sin embargo, hay uno
que recoge suavemente, sin fin, todas esas caídas
en sus manos.
[Otoño, Rainer María Rilke]
Más del autor:
***



