escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

agosto 30, 2011

un lugar llamado utopía



Una isla donde todo se aclara.
Ahí se pisa la tierra firme
de las pruebas.
Hay un solo camino, el de la llegada.
Los arbustos encorvados se pliegan bajo el peso
    de las respuestas.
Ahí crece el árbol de la Hipótesis Adecuada
con las ramas desenredadas desde siempre.
El árbol de la Comprensión, deslumbrante, recto,
junto al manantial que susurra: "Es así."
Más se interna en el bosque, más se abre
el Valle de la Obviedad.
Si surge una duda, la desvanece el viento.
El eco, sin que nadie se lo pida, toma la palabra
    con ganas,
y aclara los misterios del mundo.
A la derecha, una cueva donde hay sentido.
A la izquierda, el Lago de la Profunda Convicción.
La verdad se desprende del fondo y ya flota en la
    superficie.
La Seguridad Intocable domina el Valle.
Desde su cumbre se contempla la esencia de las cosas.

A pesar de tantos atractivos la isla está despoblada,
y las pequeñas huellas de los pies, reconocibles
en la orilla,
se dirigen todas, sin excepción, al mar.
Como si sólo se hubieran ido desde allí
para volver a sumergirse, sin remedio,
en una vida inconcebible.

[Utopía, Wislawa Szymborska]




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agosto 23, 2011

siempre nos quedará agosto


En años anteriores acostumbraba escribir un post alusivo a los pesares que el mes de agosto solía acarrear consigo o más bien... conmigo. Pesares que las brumas del tiempo no han conseguido borrar y que en las brumosas tardes agostinas, en las que el sopor suele mezclarse con la humedad de las torrenciales lluvias propias del verano chilango, volvían puntualmente para recordarme que el dolor del pasado estará siempre ahí, agazapado en algún resquicio de mi memoria, paciente y callado, esperando el momento preciso, es decir el menos indicado, para hacerse presente. Acostumbraba escribirlo. Este año… casi lo olvido. Y digo casi, porque hoy, cuando al mes de agosto le quedan diez días, recordé mi costumbre, pero, en vez de escribir y repetirme alguna melancolía, opté por un par de fragmentos escritos por verdaderos escritores, los cuales expresan buena parte de mi contradictorio sentir actual. El primero es un texto brevísimo, apenas unas líneas, que muestra la nostalgia que invade alma, cuerpo y, desde luego, el espíritu de la cuidad, cuando las vacaciones veraniegas (que suponen relajamiento, abandono a los placeres bucólicos y olvido temporal de la cruda realidad) se acercan a su fin. El segundo, un pequeño fragmento de una gran novela, cuyo título es hermoso y melancólico por sí mismo.

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"Los días comienzan a perder minutos y las noches a alargarse. París se vacía de sus habitantes y se puebla de turistas. Luz de agosto. Nostalgia espesa y amarilla: estrella enana, recargada más de vívidas sensaciones de la dicha pasada que de recuerdos melancólicos. Un spleen suave, casi acariciante, se cuela entre las reverberaciones que emanan del pavimento…"

«París en Agosto, Vilma Fuentes»

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"El conocimiento (no el pesar) recuerda mil calles salvajes y desiertas. Comenzaron aquella noche en que, tendido en el suelo, oyó los últimos pasos, el último portazo (ni siquiera apagaron la luz). Y él siguió tendido sobre la espalda, tranquilo, con los ojos abiertos, mientras que, por encima de él, el globo suspendido brillaba con un resplandor doloroso y fijo, como en una casa en la que todos los habitantes estuviesen muertos. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. No pensaba. No sufría. Quizás sentía en alguna parte de sí mismo los dos extremos cortados de los hilos de la voluntad y de la sensibilidad. Ahora estaban separados y él esperaba el momento en que se tocaran y se anudaran de nuevo y le permitieran moverse. Mientras los otros acababan sus preparativos de marcha, habían pasado de vez en cuando por encima de él, como las personas que están a punto de abandonar una casa pasan por encima de un objeto que tienen la intención de dejar..."

«Luz de Agosto, William Faulkner»

agosto 13, 2011

treinta libros...

Vía twitter me enteré de El Reto de los 30 libros, el cual, según se mire, puede ser sólo un meme más o bien un interesante ejercicio literario. Este es mi resultado, a bote pronto. Una lista perfectible, sin mucho pensarle.



1. Uno que leyó de una sentada. El Perfume, de Patrick Süskind. Literalmente… de una sentada: no me paré de mi cama hasta que lo terminé (su lectura me tomó 12 horas más o menos).

2. Uno que se haya demorado mucho en leer. Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño. Pasada la primera mitad (que me atrapó), me costó mucho continuar hasta el final (lo dejé varias semanas sin tocar).

3. Uno que sea un placer culposo. No digas que fue un sueño (Marco Antonio y Cleopatra), de Terenci Moix. El libro abre con el poema de Kavafis El Dios abandona a Antonio y sigue con un soneto de Shakespeare dedicado a los míticos amantes. Intensidad, amores apasionados, envidias, mentiras, trampas, traiciones, muerte y dolor. Uff… azote puro. Cuando hay una pasión de amor como la de Marco Antonio y Cleopatra... la historia puede esperar.

4. Uno que le gusta a todos menos a usted. Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes. Confieso que durante mucho tiempo me sentí culpable por no gustar de un libro tan reputado, que todo mundo dice haber leído y saboreado. Yo lo leí y lo sufrí, pero en mal plan.

5. Uno de viajes. El Cielo Protector, de Paul Bowles. Quedé seducida por las imágenes de este libro. Quizá influyó que la historia se desarrolla en el norte de África, específicamente Marruecos.

6. Uno de un Nobel. La Guerra del Fin del Mundo, de Mario Vargas Llosa. Una historia brutal, a partir de sucesos reales, recreada, creo yo, de forma asombrosa por el escritor peruano.

7. Uno muy divertido. El libro de la risa y el olvido, de Milan Kundera. Ahora que lo pienso tal vez no sea tan divertido. Pero yo lo disfruté como si lo fuera, quizá porque lo leí inmediatamente después de La insoportable levedad del ser, magnífica pero nada divertida novela

8. Uno para leer por fragmentos. Fragmentos de un discurso amoroso, de Roland Barthes. Voy en la segunda relectura y ahora lo leo de a poquito, de fragmento en fragmento.

9. Libro con una excelente versión fílmica. (diría que El Padrino, de Mario Puzo, pero ya está muy choteado). La Pianista, de Elfriede Jelinek. Violencia, soledad, obsesiones, deseos reprimidos y una enfermiza relación madre-hija. Lo conseguí un febrero en la mesa de saldos de la Gandhi por sólo 30 pesos. En octubre siguiente, Elfriede Jelinek obtuvo el Premio Nobel de Literatura con la consecuente reedición del libro a un precio mucho más alto. Desde mi humilde opinión, la película de Michael Haneke es una muy buena adaptación de esta sórdida historia. Un film que quizá sólo Haneke podía haber realizado y que pocas actrices podían haber interpretado con esa pasmosa frialdad, y al mismo tiempo tal intensidad contenida, con que se desempeña Isabelle Huppert. Ambos, director y protagonista, sin que les temblara el pulso.

10. Un libro con una pésima versión cinematográfica. Diría que Madame Bovary, de Flaubert, porque creo que ninguna de las versiones fílmicas le ha hecho justicia (ni siquiera la del Magíster Chabrol), pero tampoco es que sean pésimas. Ese honor correspondería, por ejemplo, a El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Si bien el libro no me mata de emoción, la versión fílmica resultó terrible… un infame churro hollywoodense.

11. Uno que lo haya motivado visitar algún lugar. Praga en tiempos de Kafka, de Patrizia Runfola. Pequeños cafés, reuniones de escritores y poetas contemporáneos del  autor de Metamorfosis… Por este libro, especie de guía literaria, desfilan no sólo imágenes de la melancólica capital checa, sino también grandes y desconocidos poetas checos y hasta el francés Güillaume Apollinaire. Claro, cuando fui a Praga ya casi no quedaban restos de aquella grandeza.

12. Un libro biografía. Fouché, el genio tenebroso, de Stefan Zweig. El austriaco Stefan Zweig no pudo escoger un mejor título para la recreación de la vida del hombre que influyó tanto en el poder durante una de las épocas más convulsas e interesantes de la historia francesa.

13. El primer libro que leyó en su vida. Cuentos, de Hans Christian Andersen. Recuerdo cómo sufrí, especialmente, con los cuentos Los zapatos rojos y La vendedora de cerillas.

14. Uno que haya odiado hace años y hoy admira. Tanto como haberlo odiado no, pero hoy creo que mi ñoñez de entonces me impidió apreciar la valía de Amores de Segunda Mano, de Enrique Serna (un muy buen escritor mexicano).

15. Uno que haya amado hace años y del que hoy reniega. María, de Jorge Isaacs. Lo leí a los 12 años, fue el regalo de fin decursos de mi maestra de sexto grado de primaria. En aquel momento lo amé y, cursi sin remedio desde chiquita, gocé sufrirlo y llorar a lágrima viva con la desgraciada historia de amor entre María y el apuesto Efraín. Mirando atrás, me parece que es una historia demasiado melcochosa y lacrimógena.

16. Uno ruso que sí haya leído. Más de uno de un ruso sí he leído, por ejemplo La Madre, de Máximo Gorki. En los albores de la Revolución Rusa, Pavel y su madrecita abnegada. Lo leí y sufrí de principio a fin.

17. Uno de este año. Hipotermia, de Álvaro Enrigue. Una grata sorpresa. Una prosa limpia, libre de florituras, pero no por ello menos amena e interesante, la de este escritor mexicano.

18. El que más veces ha leído. Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar A veces creo que no he terminado de leerlo. Amé a la Yourcenar, pero también a Julio Cortázar por esa traducción tan maravillosa.

19. Uno que lo haya sorprendido por bueno. El Adversario, de Emmanuel Carrère. No esperaba gran cosa de este libro y fue toda una revelación. Ficción y realidad se mezclan para narrar una fascinante y repulsiva historia, un caso de nota roja ocurrido en una pequeña ciudad francesa.

20. Uno que me haya sorprendido por malo. Demasiado amor, de Sara Sefovich. Debo ser injusta al llamarlo malo (¿quién soy yo para calificarlo?), pero lo cierto es que no me gustó ni un ápice. Nunca una historia me dejó tan molesta y decepcionada.

21. Uno de cuentos (no valen antologías). Cuentos de mujeres solas. Autores como Clarice Lispector, Anton Chéjov, Eça de Queiroz, Oscar Wilde, Guy de Maupassant, Katherine Mansfield y otros, escriben en torno al tema que le da título.

22. Uno de poemas (no valen antologías). Las Flores del mal, de Charles Baudelaire. Soy Madame Cliché, qué más.

23. Uno que le gustaría volver a leer en su vejez. El Amante, de Marguerite Duras. Sólo para ver si entonces me sigue gustando y doliendo igual.

24. Uno que no le prestaría a nadie. Las partículas elementales, de Michel Houellebecq. No por otra cosa: lo he comprado tres veces pues en dos ocasiones lo presté y no me lo devolvieron. Así que una tercera... ya no lo presto.

25. Uno para aprender a perder. Fuegos, de Marguerite Yourcenar. Caótico y apasionado. A ratos poemas en prosa, a ratos sólo frases intensísimas. Diría que escribirlo le significó aprender a perder el pudor, al tiempo que sus muchos azotes, producto de una intensa pasión amorosa no correspondida, representan una forma de pérdida y abandono, pero también de liberación.

26. Uno que asocie con la música que le gusta. Relatos, de Alejo Carpentier. Dirían los especialistas, es un libro polifónico: muchas voces, sonidos, con y sin metáfora, tienen cabida en él. Un libro extraño y algo caótico, justo como mis gustos musicales.

27. Un libro que le regalaron y no le gustó. Manhattan Transfer, de John Dos Pasos. Me lo regalaron con todas las recomendaciones del mundo: un libro único, fascinante, amén de un modelo de escritura. Tal vez lo último sí lo sea, pero francamente no me pareció ni remotamente fascinante. Casi me aburrió.

28. Uno que lo haya asustado. La Banda Moteada, de Arthur Conan Doyle. Más que asustarme, que también, el suspenso que maneja me mantuvo en vilo, con mi corazón latiendo a toda prisa a lo largo de su lectura.

29. Uno que se haya robado. Buuh por mí: nunca me he robado un libro.

30. Uno que pueda salvar vidas. No sé, no creo mucho en eso, me suena a libros de autoayuda. Pero lejos de ese sentido imbuido de filosofía a lo Paulo Coelho, quizá La Peste, de Albert Camus.

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Más información aquí: http://treintalibros.blogspot.com/  Vía @albertochimal



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agosto 10, 2011

me gusta palabrear...


 
Palabras, palabras, palabras... A las palabras se las lleva el viento… sólo lo escrito permanece, reza una máxima, proverbio o cómo se quiera llamar, acuñado en un tiempo en el que ni se soñaba con el mundo virtual del Internet. Adagio que aprendimos casi al mismo tiempo en que fuimos capaces de manuscribir las primeras frases de nuestra vida y que puede tener tantas connotaciones como formas de entendimiento existan: desde la más etérea y romántica, hasta una meramente patrimonialista como el coloquial "papelito habla".

Ahora, cuando cada vez se escribe menos en "papelitos" y más en medios magnéticos y se encuentra bien extendida la costumbre de "subir" esos escritos a la Web, nuestras palabras tienen (casi)asegurada la permanencia (casi)eterna. El casi pensando en un eventual cataclismo -no sólo informático- de dimensiones bíblicas, dicho esto sin ánimo catastrofista.

Es una perogrullada… pero, al igual que en los demás aspectos de la vida, esa permanencia virtual de la escritura tiene sus pros y sus contras. Cuando uno mira hacia atrás y ve lo que escribió en momentos de profunda soledad, melancolía o al ardor de una intensa pero efímera pasión (por mencionar algunas circunstancias) y, por si fuera poco, tuvo el atrevimiento de exhibirlo ante los ojos de un indefinido número de seres intangibles, a menudo no logra reconocerse en sus propias palabras:

¿cómo es posible que yo haya escrito algo así, tan almibarado, cursi, amargado, depresivo, oscuro, etc.?

se pregunta uno, entre incrédulo, molesto, decepcionado e incluso avergonzado. Y entonces, sobre todo si el despecho nos inunda al momento de la relectura, uno desearía que el viento también pudiera arrastrar consigo esas letras… por más escritas y reescritas que estén. Pero el viento, como la memoria, suele ser un gran traidor (diría Anaïs Nin) y ningún ruego escucha. Las queríamos escritas ¿no? Pues escritas están… y escritas se quedan. Y ya podemos oprimir el botoncito delete en el teclado de la computadora, mandando al limbo el texto de nuestros bochornos (y hasta la página web personal) y bailar un zapateado arriba de la memoria portátil. De nada servirá. En algún ignoto lugar del ciberespacio habrá una copia virtual de nuestro hoy renegado texto, lista para restregarnos las debilidades y exabruptos emocionales que hemos tenido... con la no leja probabilidad de que eso suceda en el momento menos apropiado. Esto sin considerar lo referido a su dudosa "calidad literaria".

Pero en contrapartida, y siguiendo con las perogrulladas, a veces uno quisiera que ese gran traidor soplara suave pero constante y nos trajera de vuelta ciertas (y entrañables) palabras que alguien nos dijo o escribió alguna vez, para acariciarnos con su sutileza, espontaneidad, sensualidad o ternura, cuando nos haga falta ser reconfortados y sin importar que ese alguien haya salido de nuestras vidas tiempo atrás.

Por ejemplo, hoy reencontré la cita que cierra este post y me sucedió que al leerla pensé en todas las cosas, palabras, sentires, de los cuales no ha dejado constancia escrita pero que alguna vez tuve, pensé, sentí y que ahora creo habría sido bueno guardar en algún sitio, amén de mi veleidosa cabecita, pues a veces no basta con lo no dicho, lo sobreentendido o lo aludido. A veces, hace falta un poco más. A veces, es bueno releer a otros y releernos a nosotros mismos, así sea sólo para constatar cuánto nos hemos reafirmado, contradicho, traicionado, transformado, retrocedido… etc.

En fin, seguramente esa manía de no querer dejar rastro de nada, ni siquiera una coma, debe ser tan patética como el empecinarse en dejar constancia de todo… hasta de los puntitos suspensivos…

«Lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobrentendido y la alusión». Ricardo Piglia.


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agosto 08, 2011

hay siempre a una ciudad


Quiet Flight, foto de Denis Grzetic

Hay siempre una ciudad, con huellas de poetas
que entre sus muros han cruzado sus destinos
agua por todos lados, la memoria murmura
nombres de gente, nombres de ciudades, olvidos.
Y siempre recomienza la misma vieja historia,
horizontes deshechos y salas de masaje
soledad asumida, vecindad respetuosa,
hay allí, sin embargo, gente que existe y baila.
Son gente de otra especie, personas de otra raza,
bailamos exaltados una danza cruel
y, con pocos amigos, poseemos el cielo,
y la solicitud sin fin de los espacios.
El tiempo, el viejo tiempo, que urde su venganza,
el incierto rumor de la vida que pasa
el silbido del viento, el goteo del agua
y el cuarto amarillento en que la muerte avanza.

[So long, Michel Houellebecq]

agosto 03, 2011

más allá de la oscuridad



Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
[Cesare Pavese]

Pensar la muerte. No la muerte como un ente tan abstracto como absolutamente real, lo único seguro que tendremos en esta vida (por paradójico que suene… y sea), pero no del todo palpable, siempre visto como algo cuya fecha de ocurrencia prefiere uno desconocer. No. No hablo de ese acercamiento. Hablo de pensar la muerte como posibilidad a corto plazo. Pensarla así, cambia todas las perspectivas. Y no porque uno se ponga a pensar, como en cadenita de PowerPoint o Meme de Twitter, en todo lo que le gustaría hacer antes de morir. La verdad es que la primera impresión que queda, las primeras ideas que llegan, lejos están de esa idílica idea. La sensación es más cercana al vacío, a imaginar mares ignotos, ya calmos, ya indómitos; una melancólica sensación de lejanía, de tristeza. Escribo estas líneas una nublada mañana dominical, típica del lluvioso verano de la ciudad de México. Las escribo poco después de enterarme de la muerte del escritor cubano-mexicano Eliseo Alberto. Es decir, las escribo en total sintonía. Pienso en él, en sus bellos artículos semanales en la prensa mexicana, en sus ganas de vivir, en su amor por la comida cubana; en todo lo que ya no escribirá, en la música que ya no escuchará, en el mar que ya no verá, en su Cuba a la que nunca volverá (decía él, y decía bien, que del exilio jamás se vuelve). Y al hacerlo, me lleno de nostalgia porque, toda proporción guardada, algo así he pensado respecto a mí. Y cierro los ojos, como si al hacerlo anulara tal posibilidad. Y mejor vuelvo a Eliseo Alberto, pienso en su condición de naufrago hallado en una tierra extraña, en la que se afincó sin olvidar un solo día la propia tierra. Una nueva tierra a la que se aferró como se aferra un náufrago a una tabla de salvación, porque… ¿qué es el exilio, sino una forma de naufragio? Pienso justo en eso, en el naufragio como pariente cercano de la muerte vista ésta como una sensación de abandono y lejanía, de pérdida de lo que uno fue. En ese sentido, creo, todos somos náufragos, aun sin haber abandonado el país de origen. Somos náufragos y huérfanos de la única patria verdadera que tenemos, según Rilke, nuestra infancia. La infancia, nuestra patria perdida. 

Y hablando de pérdidas, cuando uno ha llorado la muerte de más de un ser querido, de alguna forma aprende a convivir con ella. Digo convivir y casi me río, pero sí, es un poco eso: uno convive con ella porque sabe que algún día, más tarde o más temprano, ella vendrá, siempre vendrá. Mi cabeza, esa cefalea que, a veces, semeja una versión ingrata del ángel de la guarda, pues no se me separa ni de noche ni de día, me ha llevado a imaginar una que otra historia dramática. Y me he visto enferma, gravemente enferma. Sin duda soy catastrofista, pero no nomás porque sí: cuando doctores iban y venían sin dar con la causa exacta de mis dolores, no pude más que imaginar lo peor. Por ejemplo, tumores inoperables. Y, sobre todo, imaginarme a mi misma perdida en la oscuridad. Y es que entre las variadas formas de sufrimiento, entre las distintas pérdidas físicas a que estamos expuestos, quizá ninguna me parezca más dolorosa que la posibilidad de perder la vista. Y los dolores de cabeza, el que de repente sean tan fueres que me obnubilen la visión (con y sin metáfora), me hace pensar en ello. Y es entonces cuando la posibilidad de la muerte me parece casi menos cruel que ya no ver. Diría mi abuela: semejantes ojos de plato para que no veas ni por donde caminas m’hijita (de niña era muy atrabancada y a menudo iba a dar con toda mi pobre humanidad al suelo. Las cicatrices de mis rodillas dan fe de ello). Todos tenemos fobias o miedos. El mío es ese: no poder ver nada de lo que me rodea, ni la luz del amanecer ni la oscuridad del anochecer, ni una puesta del sol, una mirada, unas letras, una sonrisa. Sentirme inerme en medio de esa oscuridad. Tener que aprender de nuevo a valerme por mí misma. Qué lúgubre yo, pero así fue. Tantos pensamientos lúgubres me han rondado desde el día en que mis cefaleas se volvieron una constante en mi vida. Pensamientos pesimistas y tristes. Ahora escribo esto a sabiendas de que no es un tumor inoperable la causa de mis dolores. Citando a los clásicos: la buena es que tal posibilidad ha quedado descartada; la mala, que sigo sin conocer saber la razón de mis casi cotidianas cefaleas y que el temor a perder la vista no me ha abandonado. Pero hay un miedo que he perdido: confesar mi miedo. No escribo esto (al menos esa no fue mi intención) como una lacrimosa letanía que busca la compasión. No. Lo escribo como una forma de desafío, como un decir que he perdido el miedo admitir ese temor. Que puedo escribirlo. Y ya. Sólo eso. Necesitaba decirlo. 

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