escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

julio 24, 2011

bienaventuranzas

Anne Julie Aubry

Bienaventurados los soñadores, porque de ellos será el inabarcable reino de la fantasía.

Bienaventurados los ilusos, porque de ellos será el reino del desencanto.

Bienaventurados los crédulos, porque de ellos será el reino de la irrealidad.

Bienaventurados los incrédulos, porque de ellos será el reino de lo sorprendente.

Bienaventurados los insomnes, porque de ellos será el reino de las alucinaciones.

Bienaventurados los insomnes, porque nuestras serán todas las ojeras.

Bienaventurados los desvelados, porque de ellos serán todos los bostezos.

Bienaventurados los noctámbulos, porque de ellos será el reino de las penumbras.

Bienaventurados los madrugadores, porque de ellos será la efímera luminosidad del amanecer.

Bienaventurados los viajeros sin rumbo fijo, porque de ellos será el reino infinito de los caminos ignotos.

Bienaventurados los intrépidos, porque de ellos será el reino de lo desconocido.

Bienaventurados los temerarios, porque de ellos será el reino de la adrenalina.

Bienaventurados los locos, porque de ellos será el reino de lo incomprensible.

Bienaventurados los perturbados, porque de ellos serán todas las alucinaciones

Bienaventurados los memoriosos, porque de ellos serán los recuerdos inexistentes.

Bienaventurados los desmemoriados, porque de ellos será el crisol del olvido.

Bienaventurados los olvidadizos, porque de ellos será el reino del sosiego.

Bienaventurados los cursis sin remedio, porque de ellos serán todos los almíbares del reino.

Bienaventurados los vacuos, porque de ellos serán la era del vacío y el imperio de lo efímero.

Bienaventurados los fatuos, porque de ellos será la hoguera de las vanidades.

Bienaventurados los...

...

Bienaventurados los que viviendo en este México sangrado, en este mundo desmadrado, nos atrevemos a imaginar locuras y aún conservamos, casi intactas, las ganas y el hambre de ser, así sea sólo para no dejarnos ganar por el desencanto nuestro de cada día...
...


Bienaventurados... todos los que no apunté aquí, pero que tengo en mente y que quizá un día no lejano me anime a incorporar... siempre nos quedará espacio para una nueva bienaventuranza...
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julio 12, 2011

nocturno a la alcoba



La muerte toma siempre la forma de la alcoba
que nos contiene.

Es cóncava y oscura y tibia y silenciosa,
se pliega en las cortinas en que anida la sombra,
es dura en el espejo y tensa y congelada,
profunda en las almohadas y, en las sábanas, blanca.

Los dos sabemos que la muerte toma
la forma de la alcoba, y que en la alcoba
es el espacio frío que levanta
entre los dos en muro, un cristal, un silencio.

Entonces sólo yo sé que la muerte
es el hueco que dejas en el lecho
cuando de pronto y sin razón alguna
te incorporas o te pones de pie.

Y es el ruido de hojas calcinadas
que hacen tus pies desnudos al hundirse en la alfombra.

Y es el sudor que moja nuestros muslos
que se abrazan y luchan y que, luego, se rinden.

Y es la frase que dejas caer, interrumpida.
Y la pregunta mía que no oyes,
que no comprendes o que no respondes.

Y el silencio que cae y te sepulta
cuando velo tu sueño y lo interrogo.

Y solo, sólo, yo sé que la muerte
es tu palabra trunca, tus gemidos ajenos
y tus involuntarios movimientos oscuros
cuando en el sueño luchas con el ángel del sueño.

La muerte es todo esto y más que nos circunda,
y nos une y separa alternativamente,
que nos deja confusos, atónitos, suspensos,
con una herida que no mana sangre.

Entonces, sólo entonces, los dos solos, sabemos
que no el amor sino la oscura muerte
nos precipita a vernos cara a los ojos,
y a unirnos y a estrecharnos, más que solos y
náufragos,
todavía más, y cada vez más, todavía.
  
[Xavier Villaurrutia]





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julio 06, 2011

caja memoriosa





Mi memoria es una caja en donde guardo mis recuerdos: felices y dolorosos, viejos y no tanto, trascendentes e intrascendentes, materiales y sensoriales... todos caben en ella. Y si a veces no los tengo tan presentes no es porque los haya olvidado, es sólo que olvidé dónde guardé la llavecita de mi caja memoriosa…

Así como existe esa típica pregunta (un cliché) referida a qué libros salvaríamos del incendio, a menudo yo me pregunto: qué recuerdos me gustaría mantener vivos a través de las brumas del tiempo. No sé. Hasta no hace mucho, habría creído que me gustaría salvar los recuerdos trascendentales. Por ejemplo, los relacionados con el aprendizaje, derivados del poco conocimiento que hubiera adquirido. Los que aprendí y conocí a lo largo e mi vida. Pero ahora ya no pienso igual. El tema de la memoria, ya saben, me interesa mucho. Supongo que a todos, pero en mi caso he llegado a pensar que lo mío es una obsesión que disfraza, y la vez refleja, mi miedo a perderla. En mi familia todos son desmemoriados, lo cual no les crea mayor conflicto. Todos con las debidas excepciones. Una, era mi abuela cuya prodigiosa memoria era capaz de recordar, con precisión pasmosa, hechos sucedidos décadas atrás. La otra, soy yo. Era yo. A tal punto se supone que mi memoria es buena, que a menudo he sido víctima de burlas porque lo recuerdo todo: desde el sabor quemado de un platillo preparado por fulanita, hasta infinidad de dichos, hechos y circunstancias no siempre gratas para mí o para los demás. Eso era. A últimas fechas empiezo a olvidar cosas. Nada importante, claro, y nada preocupante si me comparo con lo olvidadizos que son mis primos adolescentes. Pero ese no es el punto. El quid es que esos olvidos sin importancia catapultan mi miedo a olvidar. Mientras escribo estas notas, en medio de un lluvioso día de verano en la ciudad de México (que por cierto, me trae a la memoria los días veraniegos dublineses), recuerdo una plática con mi abuela siendo yo una niña. En aquella ocasión, una tarde lluviosa, ella tejía mientras yo le leía algún pasaje de las desventuras de la Karenina, cuando sin más me interrumpió la lectura diciéndome: eso me recordó a fulanita, pobre, ella también se enamoró de un hombre que no era para ella… y así acabó contándome con lujo de detalle la historia de esa joven desdichada, quien, como la heroína de Tolstoi, terminó suicidándose: no arrojándose a las vías del destartalado tren, sino a la creciente del Río Balsas. Lo más asombroso era que mi abuela lo contaba sin asomo de juicio, sólo como un hecho triste. Y todavía más asombroso, que inmediatamente después de referirme tal historia, y de leer las desdichas de la Karenina, tuviera ánimos para decirme, mirándome con ojos de niña traviesa: ¿no se te antoja que merendemos un chocolatito con cuernitos? Hacía mucho que no pensaba en esto, pero ahora que lo cuento recuerdo con exactitud hasta el sabor del chocolate (semi-amargo, como a ella y mí nos gustaba) y de los deliciosos cuernitos.

A eso le temo: a que llegue un día en que ya no sea capaz de recordar los pequeños detalles, esos hechos simples y cotidianos, pero a la larga más significativos que otros aparentemente más trascendentales. Ojalá no existiera la posibilidad, pero existe.

Y hablando de los recuerdos del porvenir (como llamara Elena Garro a su gran novela) y del pasado que siempre nos vuelve a pasar (como dice la canción de Liliana Felipe), ¿alguien de ustedes se ha topado (o quizá hasta lo ha sido) con una Señorita de buenos modales? Hace años, durante la infancia, yo conocí un par y hoy, sin saber bien por qué, algo de ellas me empujó a la escritura de este texto que publico en Escribidores y Literaturos: monólogo de una señorita decente


imagen: Memoria, René Magritte

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