[…] la esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas, y esta huida perpetua hacia el porvenir es lo único que nos consuela del presente. «De este modo no vivimos nunca, pero esperamos vivir» (B. Pascal). La esperanza y la decepción son ambas hijas del mal vivir y lo reproducen indefinidamente...[…]. André Comte-Sponville.
Los mexicanos somos milagreros. Lo nuestro es esperar que del cielo, o del infierno, nos caigan las respuestas, bendiciones, bienaventuranzas y castigos. El mesianismo en lo que nos guía, hace permanecer y hasta continuar. Oficialmente vivimos en un Estado Laico (aunque desde el arribo de la derecha católica al poder, eso es sólo una formalidad: el actual Presidente gusta de encomendar sus actos de gobierno a Dios, quien, a juzgar por el estado que guarda la Nación, no parece prestarle mucha atención). Pero en los hechos somos un pueblo, más que religioso, profundamente creyente. Cada quien su Santo Patrono, que los hay para todos gustos y credos: desde los clásicos como la oficialista Virgen de Guadalupe -Santa Patrona de México-, pasando por San Judas Tadeo –extraoficialmente Santo Patrono de la Ciudad de México-, hasta llegar a símbolos como la Santa Muerte (sic). La cosa es tener un tótem en quien depositar las esperanzas, agradecer y, faltaba más, reclamar por las frustraciones nuestras de cada día. Porque no sólo de santos -oficiales y extraoficiales- vive el mesianismo mexicano, que también tenemos a los nuevos profetas, candidatos a puestos de elección popular surgidos desde la oposición y ciudadanos comunes (bueno, no tan comunes que la poesía no a todos se nos da), a quienes la desgracia ubicó, sin ellos proponérselo, en una posición a la vez aglutinadora y vocera de la gran necesidad de esperanza. La ventaja/desventaja de los tótems extra-eclesiásticos es que a ellos sí pueden reclamárseles ya no por sus promesas rotas (salvo los candidatos políticos, los demás no prometan milagros ni mucho menos), sino por las frustradas expectativas de los nuevos devotos (la mayoría más de ocasión que de corazón). Porque no es tanto que ellos prometan cambios y mejoras casi milagrosas, sino un sector de la sociedad, urgido de aferrarse a algo, así sea un clavo ardiente (valga el cliché), quien así lo espera.
En medio de la sangrada realidad mexicana, cuando los daños colaterales (Felipe Calderón dixit) de la fracasada guerra contra la narco-delincuencia han rebasado los 40 mil, siendo medianamente razonables y realistas, es punto menos que ingenuo esperar que el sólo cambio de gobernante pare el baño de sangre y menos aún que la voz de un poeta herido haga recapacitar al hombre del poder, prepotente, sordo y terco por naturaleza. Como si la realidad pura y dura pendiera de la voluntad de un hombre todo poderoso, no un Dios sino un simple e imperfecto hombre. Pero así es, por pueril que suene un gran sector de la población cree que esto puede suceder… y claro, cuando a la vuelta de los días, la realidad viene a estrellar sus expectativas, lejos de admitir que ellos solitos creyeron lo que quisieron creer y fincaron las esperanzas que necesitaban fincar, casi a manera de Mantra contra la desesperación, se van encima del hombre que jamás prometió milagros. Si fuera un santo oficial o el patrón de todos ellos (Dios), seguro dirían 'Diosito lo quiso así y nada podemos contra la voluntad divina'. Pero como no fue el caso… vayámonos a la yugular del hombre que cometió el grandísimo pecado de dar una voz escuchable a los agravios de miles de ciudadanos anónimos y no tan anónimos. Y una vez hecha la catarsis, defenestrado el Mesías de ocasión, ni al caso darse a la tristeza que ya vendrá otro Profeta, Mesías, quizá hasta un poeta, en quien depositar nuevas esperanzas... y así ad infinitum… como decía Blaise Pascal y reafirma Comte-Sponville.
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Lectura que puede ser de su interés: Ícaro, por André Comte-Sponville
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