adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

junio 29, 2011

esperando...



[…] la esperanza está ahí sólo para hacer soportable la frustración de esperanzas previas, y esta huida perpetua hacia el porvenir es lo único que nos consuela del presente. «De este modo no vivimos nunca, pero esperamos vivir» (B. Pascal). La esperanza y la decepción son ambas hijas del mal vivir y lo reproducen indefinidamente...[…]. André Comte-Sponville.

Los mexicanos somos milagreros. Lo nuestro es esperar que del cielo, o del infierno, nos caigan las respuestas, bendiciones, bienaventuranzas y castigos. El mesianismo en lo que nos guía, hace permanecer y hasta continuar. Oficialmente vivimos en un Estado Laico (aunque desde el arribo de la derecha católica al poder, eso es sólo una formalidad: el actual Presidente gusta de encomendar sus actos de gobierno a Dios, quien, a juzgar por el estado que guarda la Nación, no parece prestarle mucha atención). Pero en los hechos somos un pueblo, más que religioso, profundamente creyente. Cada quien su Santo Patrono, que los hay para todos gustos y credos: desde los clásicos como la oficialista Virgen de Guadalupe -Santa Patrona de México-, pasando por San Judas Tadeo –extraoficialmente Santo Patrono de la Ciudad de México-, hasta llegar a símbolos como la Santa Muerte (sic). La cosa es tener un tótem en quien depositar las esperanzas, agradecer y, faltaba más, reclamar por las frustraciones nuestras de cada día. Porque no sólo de santos -oficiales y extraoficiales- vive el mesianismo mexicano, que también tenemos a los nuevos profetas, candidatos a puestos de elección popular surgidos desde la oposición y ciudadanos comunes (bueno, no tan comunes que la poesía no a todos se nos da), a quienes la desgracia ubicó, sin ellos proponérselo, en una posición a la vez aglutinadora y vocera de la gran necesidad de esperanza. La ventaja/desventaja de los tótems extra-eclesiásticos es que a ellos sí pueden reclamárseles ya no por sus promesas rotas (salvo los candidatos políticos, los demás no prometan milagros ni mucho menos), sino por las frustradas expectativas de los nuevos devotos (la mayoría más de ocasión que de corazón). Porque no es tanto que ellos prometan cambios y mejoras casi milagrosas, sino un sector de la sociedad, urgido de aferrarse a algo, así sea un clavo ardiente (valga el cliché), quien así lo espera.

En medio de la sangrada realidad mexicana, cuando los daños colaterales (Felipe Calderón dixit) de la fracasada guerra contra la narco-delincuencia han rebasado los 40 mil, siendo medianamente razonables y realistas, es punto menos que ingenuo esperar que el sólo cambio de gobernante pare el baño de sangre y menos aún que la voz de un poeta herido haga recapacitar al hombre del poder, prepotente, sordo y terco por naturaleza. Como si la realidad pura y dura pendiera de la voluntad de un hombre todo poderoso, no un Dios sino un simple e imperfecto hombre. Pero así es, por pueril que suene un gran sector de la población cree que esto puede suceder… y claro, cuando a la vuelta de los días, la realidad viene a estrellar sus expectativas, lejos de admitir que ellos solitos creyeron lo que quisieron creer y fincaron las esperanzas que necesitaban fincar, casi a manera de Mantra contra la desesperación, se van encima del hombre que jamás prometió milagros. Si fuera un santo oficial o el patrón de todos ellos (Dios), seguro dirían 'Diosito lo quiso así y nada podemos contra la voluntad divina'. Pero como no fue el caso… vayámonos a la yugular del hombre que cometió el grandísimo pecado de dar una voz escuchable a los agravios de miles de ciudadanos anónimos y no tan anónimos. Y una vez hecha la catarsis, defenestrado el Mesías de ocasión, ni al caso darse a la tristeza que ya vendrá otro Profeta, Mesías, quizá hasta un poeta, en quien depositar nuevas esperanzas... y así ad infinitum… como decía Blaise Pascal y reafirma Comte-Sponville.

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 Lectura que puede ser de su interés: Ícaro, por André Comte-Sponville


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junio 22, 2011

le baiser



Cuando una boca suave boca dormida besa
como muriendo entonces,
a veces, cuando llega más allá de los labios
y los párpados caen colmados de deseo
tan silenciosamente como consiente el aire,
la piel con su sedosa tibieza pide noches
y la boca besada
en su inefable goce pide noches, también.

Ah, noches silenciosas, de oscuras lunas suaves,
noches largas, suntuosas, cruzadas de palomas,
en un aire hecho manos, amor, ternura dada,
noches como navíos...

Es entonces, en la alta pasión, cuando el que besa
sabe ah, demasiado, sin tregua, y ve que ahora
el mundo le deviene un milagro lejano,
que le abren los labios aún hondos estíos,
que su conciencia abdica,
que está por fin él mismo olvidado en el beso
y un viento apasionado le desnuda las sienes,
es entonces, al beso, que descienden los párpados,
y se estremece el aire con un dejo de vida,
y se estremece aún
lo que no es aire, el haz ardiente del cabello,
el terciopelo ahora de la voz, y, a veces,
la ilusión ya poblada de muertes en suspenso.

[Idea Vilariño]


** imagen: Le Baiser, Auguste Rodin

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junio 21, 2011

mudanza


Como todos sabemos, la mudanza no sólo es física y geográfica. 

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junio 20, 2011

la vida en un click


la ciudad se incendia y nosotros nos besamos…


La mañana inicia con un click
Amanecer un miércoles 15 de junio del año 11 del siglo XXI para encontrarse con la luna imperturbable y deslumbrante, mientras una luce como la maraña de modorras, confusiones y sueños a medio terminar que es. Así amanecí anteayer: a las cinco de la mañana me hallaba pegada a la ventana, perdida en la contemplación de una Selene tan ostentosamente hermosa como inmutable. Tal parecía como si desde su privilegiado sitio se limitase a contemplar, no sin cierta dosis de gozo irónico, el desastre en el que se ha convertido el planeta de quien ella es un mero satélite. Y mientras yo, que aún me hallaba en ese no-lugar que es la hora en que no terminas de despertar pero ya no estás soñando, me preguntaba por mis propios desastres. Hay días en que nuestros desastres cotidianos parecen magnificarse y con ello el tamaño de nuestra desesperación: nos angustiamos de tal forma que cualquiera diría que, en lugar de simples inconvenientes, tenemos ante nosotros una tragedia de magnitud bíblica. Pobre luna, cuántas cursilerías –de pensamiento, palabra y acción- hemos cometido en su nombre, de cuántos extravíos no la habremos culpado. Una luna como la del miércoles 15 es el pretexto ideal para ensayar la cursilería, el romanticismo de ocasión… o la fotografía. Como a las cinco de la mañana no estaba yo para cursilerías (para esas no tengo hora ni necesito pretexto), sólo buscaba un click: quería retratarla en toda su belleza madrugadora, con la pueril pretensión de guardar para la posteridad ese extraño y luminoso momento… Pero… siempre hay un pero… en lo que di con mi cámara, la puse a punto y demás… la luna ya se había alejado de mi ventana, dejándome sólo con el recuerdo de su imagen impregnada en mi retinas… y mi click sin poder sonar.

La vida merced a un click
La dependencia que hemos desarrollado en torno a la electricidad y el mundo cibernético es tal… que mueve al terror. Y si a ello aunamos la súbita (y tardía) urgencia por conservar el ambiente, esta dependencia se vuelve, a veces, angustiante. La gente ya casi no habla por teléfono (me refiero al teléfono de casa, no a los teléfonos celulares), menos que escriba cartas a sus seres queridos. Ahora todo se resuelve en un click. Ese que damos al final de un mensaje apresurado enviado vía correo electrónico o posteando un hola, un regalito/jueguito o la invitación a unirse a alguna 'cause' en el facebook. Y si la energía eléctrica falla (cosa muy frecuente en este país Región 4), las consecuencias pueden semejar una tragedia de dimensiones bíblicas… desde nuestra dependiente perspectiva. Una tarde noche no hay luz y no se puede leer pues nadie se acuerda cómo se lee a la luz de las velas (llegará el día en que quienes aún leemos libros de papel seamos vistos como los apestados por los hipócritas ecologistas de ocasión). Falla la energía eléctrica y no hay cine, tv, internet, café, semáforos y un largo etc. Decía un ex jefe mío: creo que los grandes adelantos tecnológicos que ha hecho el hombre, a veces, en vez de aligerarle la existencia sólo han contribuido a volverlo más dependiente e inútil. (mi ex jefe era alguito exagerado pero no estaba del todo equivocado).

Desamor en un click
Hace tiempo leí una noticia relacionada con el mundo del cine tan patética como triste: el actor Daniel Day-Lewis había decido dar por terminada su relación con la actriz Isabelle Adjani (embarazada de él) mediante un escueto mensaje enviado vía fax. Y si hubieran existido en ese entonces Facebook y Twitter, quizá lo habría confirmado por esas vías como hacen tantos famosos hoy día, que lo mismo avisan de sus compromisos y rompimientos amorosos, que del nacimiento de sus vástagos… o de lo que sea. La cosa es exhibir su vida en la Web.

El último click
Un balazo no suena como un click, lo sé, pero por alguna razón siempre he imaginado así el sonido del gatillo de la pistola accionada por Antonieta Rivas Mercado... justo antes dar el último click a su vida, por demás intensa y remarcable:
  
Terminaré mirando a Jesús; frente a su imagen, crucificado... Ya tengo apartado el sitio, en una banca que mira al altar del Crucificado, en Notre Dame. Me sentaré para tener la fuerza para disparar.
[Kathryn S. Blair, A la sombra del ángel, México, 1995]

"El suicido de Antonieta Rivas Mercado en la catedral de Notre Dame es la referencia más clara e inmediata cuando de ella se habla, aunque en su biografía me haya empeñado en desmitificar al personaje por su oscura muerte. El momento en que Antonieta jala el gatillo del arma de su amante, José Vasconcelos, y la bala le atraviesa el corazón, me parece el más crucial y trascendente en cuanto intenso y fundamental para la inmortalidad cultural de su figura a través del tiempo. La pistola de Vasconcelos, el corazón herido de muerte y el recinto católico donde se perpetró el suicidio, podrían ser meras casualidades o causalidades en la vida de Antonieta, o significar un gran dolor por la inconsistencia de su amante; el simbolismo, en gran medida, es más fuerte que la verdad en la vida de Antonieta Rivas Mercado".

[Fabienne Bradu Cornier, autora de Antonieta. Una biografía de Antonieta Rivas Mercado. México, 1991]
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**foto sin nombre bautizada por mí como  la ciudad se incendia y nosotros nos besamos (click para ver la nota)


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junio 09, 2011

el espejo... mi enemigo...



He perdido la noción del tiempo que he pasado en esta cama; enlazada a sondas y conectada a un monitor, el cual pareciera estar dando cuenta de los latidos de mi corazón, mediante su constante bip-bip. Pero a pesar de mis confusiones temporales, siento que ya han trascurrido varios días desde que me dejaron en este cuarto; lo creo así, porque aún con las persianas cerradas, he podido distinguir cómo la luz diurna ha ido dando paso a la oscuridad que acompaña al anochecer. Lo que no sé, es cuándo y cómo llegué aquí; sobre ese hecho en particular, tengo una especie de vacío en mi mente. Me imagino que antes de percatarme dónde me encontraba, estuve sumida en un profundo sueño, pues todavía suelo tener algunos periodos de ausencia, durante los cuales no percibo los cambios de la luz, ni me doy cuenta de las visitas de las enfermeras y médicos, quienes a diario vienen a revisar los registros del monitor y la frecuencia del goteo en las sondas.

No sabría decir con exactitud cuando comencé a sentirme incómoda dentro de mí. Debió ser aquel día, en que mirándome desnuda al espejo, no me reconocí en la imagen que éste me devolvió. Mi cuerpo lucía tan cambiado; ya no quedaba vestigio de mi pecho liso y mi cadera lucía una redondez que me desconcertó. Me perturbó tanto verme así, que me sentí avergonzada y aún en la soledad de mi habitación, de inmediato me cubrí. Busqué la ropa más holgada, una que disimulara mis pechos crecidos y la recién descubierta forma de mi cadera. A partir de ese día, dejé de usar camisetitas ajustadas y en general cualquier vestimenta que permitiera adivinar mis nacientes curvas y adquirí la costumbre de andar siempre vestida con pants y sudaderas holgadas; sólo cuando no me quedaba más remedio, usaba vestidos, también muy holgados y un tanto aniñados. Todo para ocultar las formas de mi cuerpo y ponerme a salvo de las miradas de los demás.

Y al mismo tiempo que ocurría la metamorfosis de mi cuerpo, mi estado de ánimo se alteraba: me volví irritable y sensible al extremo. Hubo días en los  que hubiera preferido no salir de mi cuarto, para que nadie notara lo que me estaba pasando. Y fue también cuando iniciaron las alteraciones en mi apetito: sentía más hambre de la normal y comía para apaciguar esa repentina avidez, pero siempre terminaba sintiéndome mal por haberlo hecho. La comida se volvió un suplicio para mí y muy pronto me di cuenta, de que comer me causaba verdadera angustia. Busqué la manera de reprimir mi necesidad de comida; como al principio me costaba trabajo controlarla, llenaba mi estómago con agua y procuraba mantenerme alejada de la cocina, evitando a toda costa la tentación de la comida. Pero con el paso de los días y un buen esfuerzo de mi parte, conseguí dominar mi hambre de tal forma, que dejé de sentirla y ya ni siquiera requería engañar a mi estómago con litros de agua; en todo el día, únicamente comía algo de verdura y fruta. Me había hecho a la idea de que, reduciendo mi ingesta alimenticia a lo mínimo indispensable, mi pecho podría volver a lucir plano y mi cadera dejaría de verse redondeada.

Pero nada parecía dar resultado. No obstante que apenas comía y me ejercitaba mucho, cuando me miraba al espejo me seguía viendo igual, con esas formas que nada me gustaban; mis pechos continuaban creciendo y mi cadera redondeándose. El espejo y la comida se habían convertido en mis peores enemigos; sólo en el sueño encontraba un escape para evadir mis angustias. Huía de las miradas ajenas, lo mismo en casa que en la escuela o en la calle, para no sentirme presa de su escrutinio. Aunque siempre había sido solitaria, en ese tiempo me aislé aún más; de la escuela regresaba para encerrarme en mi cuarto, hacer mi tarea y dormir. Vivía tan aislada dentro de la casa familiar, que nadie se dio cuenta cuando un día, después de ejercitarme duramente, sufrí un ligero desvanecimiento; yo me asusté un poco, porque me quedó la sensación de un sudor helado recorriéndome todo el cuerpo, pero me tomé un thé bien caliente y me metí a mi cama para calentarme, hasta que esa extraña frialdad se desvaneció. Sin querer, había descubierto que era capaz de controlar no solo mi hambre, sino también cierto tipo de malestares; así lo creí y me sentí bien conmigo, casi feliz. Quizá por ello, es que no consigo entender qué fue lo que ocurrió después; cómo fue que terminé en este hospital.

Y aún sin saber qué fue lo que me sucedió, ahora me siento más tranquila. Acostada en esta cama y bien resguardada bajo la sabana y el cobertor extra, no tengo que preocuparme por las miradas escrutadoras; cuando llega la hora de la comida ya no me angustio y no necesito buscar pretextos para no comer o mentir diciendo que ya lo hice. Nadie puede obligarme a ingerir alimento, pues no estoy en condiciones de hacerlo. Paso dormida la mayor parte del tiempo y a veces hasta tengo gratos sueños, como anoche cuando soñé que estaba sola en una hermosa y tranquila playa.

Pero sin duda lo mejor de estar aquí... es que no hay ningún espejo.

No tengo idea de cuánto tiempo llevo hospitalizada ni de cuándo podré abandonar este sitio. Lo único que sé es que el día que logre salir me gustaría hacer realidad mi sueño e irme a vivir a la orilla del mar: creo que allá podría olvidarme de los espejos y de la angustia que me provocan la comida y las miradas ajenas.

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Este relato no es nuevo, lo escribí originalmente para el blog colectivo Escribidores y Literaturos. El personaje es tan ficticio y real como  la vida misma. .


                                              *Publicado en junio de 2009 en el blog Escribidores y literaturos


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junio 03, 2011

causas y azares



Desde que era una niña tengo la costumbre, no sé qué tan buena o mala, de siempre querer saber, preguntar y preguntarme, las razones de todo hecho. Para no pocos así es como debe ser: nada ocurre sólo porque sí, no es sensato creer que las cosas pasan sin motivo… o mera casualidad. Al menos no todas. No creer en la casualidad se ha vuelto la divisa distintiva de científicos, intelectuales, pragmáticos y demás especímenes de la llamada posmodernidad. A tal punto, que si uno se atreve, así sea sutilmente, a aseverar que a veces cree en eso que llaman casualidad, se arriesga a ser tachado de tonto, mediocre o, en el mejor de los casos, anticuado. Y entre descalificación y descalificación, seguro tendrá que escuchar y/o leer ad nauseam esa máxima atribuida a Albert Einstein: 'Dios no juega a los dados' (elucubro que el científico alemán pensaba en el poema de Stéphane Mallarmé cuando la acuñó).

Todas estas elucubraciones vinieron a mi mente ayer por la tarde, mientras tomaba café con una amiga y ex-compañera de la Universidad. Hay personas en quienes la cafeína concentrada ejerce un efecto parecido al del alcohol, sumergiéndolas en una sobre-excitación. Y entonces, a falta de otro deshago, se ponen hablantinas. Muy hablantinas. Mi amiga es de esas personas: el café la excita mucho, no le quita el sueño pero sí la hace hablar sin medida ni miedo, casi como una droga de la verdad. En principio habíamos quedado en vernos en ese sitio donde lo que te cobran es el nombre de la franquicia yanqui, no calidad del café servido (más bien mediocre), pero como yo soy respondona y me choca el café de ahí (por más que tengan WiFi), le pedí vernos en otro lugar menos bluff pero donde el café sí sabe a café. A buen café. Y claro, ahí el expreso doble carga… es un expresso doble carga. Así que tras dos expressos de esos, mi amiga se soltó hable y hable de todo, incluidas sus penas y dichas. Y entre pena y dicha, no necesariamente una por una, apareció el tema de las razones. Según mi amiga, ente las cosas que por fuerza deben tener una razón que las avale… está el enamorarse: 'No Marichuy, uno no se enamora nomás porque sí. Enamorarse de alguien precisa de razones, él individuo (o individua) debe tener cualidades que justifiquen nuestro enamoramiento. Así es, No me digas que no y aunque me contradigas, jures y perjures, no cambiaré mi opinión al respecto, continuaba ella mientras yo me concentraba en el fondo de mi tacita ya sin café. Y después de esa categórica afirmación, dio por zanjado el asunto con un ya me dio hambre ¿nos compartimos una tarta de frambuesas? Y fin del tema. Para ella, no para mí que me quedé largo rato dando vueltas al tema (lo cual no significa que durante su alegato haya permanecido callada, ni tampoco que las vueltas de mi cabecita hayan dado con una conclusión definitiva), en especial dos cosas: Una, mi amiga equipara enamoramiento con amar (algo muy común, dicho sea de paso). Dos, y más importante, que contrario a lo dicho al inicio de este texto, no para todo busco una razón: yo no creo ser de esos seres sensatos que primero hallan las cualidades admirativas dignas de su amor… para luego enamorarse del sujeto en cuestión. No digo que uno se enamore por pura casualidad (o azar). Digo que, al menos a veces, puede ser que uno sólo se enamore y ya. Sin que tenga que haber una justificación digna del aval de los demás, amén del suyo propio. Y que no necesariamente está mal que esto ocurra así… ¿o sí?

Aviso parroquial: después de un tiempo sin hacerlo, hoy vuelvo a publicar en el blog colectivo Escribidores y Literaturos. Mi colaboración, un relato que bien podría titularse: las viudas felices son todas iguales; las infelices lo son cada una a su manera: la viuda. Por si gustan leer. Gracias.

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