adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

mayo 24, 2011

espérame en el fin del mundo, vida mía...


photo: Quiet Flight, de Denis Grzetic

Dice Gilles Lipovetsky que vivimos en la Era del vacío donde lo que impera es lo efímero -y lo dijo antes de twitter-, nada dura en boga más allá de unos minutos. Nuestra vida discurre en medio del incesante barullo de información servida en exceso, desorden y no pocas veces poca seriedad. A tal punto padecemos un bombardeo informativo, que casi nunca nos enteramos de lo que en verdad importa -por lo general poco- sino de lo que vende. Lo mismo un asesinato adolescente en un colegio gringo, que la caída en desgracia del déspota hasta ayer apapachado por ser útil y hoy lanzado cual vil desecho a las profundidades del mar. La enésima barrabasada pronunciada por nuestros gobernantes, los pormenores de la caída en picada del hombre hallado en el lecho de una mujer que no era la suya… o de otro hombre que también tiene esposa. Con tal de vender, alimentar el morbo del público, hasta el periódico más serio y decente hará escarnio del caído, no teniendo empacho en adornar sus ocho columnas con la foto que le fue tomada justo en el momento en que una suerte de espada de Damocles mediática lo derribaba de su pedestal. Y así… todos los días. Como si de una droga se tratara, la interminable producción de chismes va creando la necesidad de dosis mayores de escándalos. Y mientras los escándalos mediáticos se suceden y alimentan nuestro morbo, las cosas que importan pasan desapercibidas pues su acontecer no salpica de sangre ni refulge amarillismo y, por ende, no vende periódicos ni ocupa la principal nota del noticiero estelar.

Pero si por alguna eventualidad, que siempre puede surgir, no hubiera un buen chisme sexual o sanguinario que explotar… siempre nos quedará anunciar el fin del mundo. Claro, nunca falta una terca y despistada (yo) que por andar quién sabe dónde por poco y no se entera que el fin del mundo se aproximaba, según lo anunciado por un gringo fundamentalista quien tuvo a bien asegurar que el final del mundo ocurriría el 21 de mayo (y no en el año 2012, como dice la profecía maya). Y con eso bastó para que el fanático religioso -y charlatán- contagiara de paranoia a buen número de personas. Uno lee una nota así y lo primero que se pregunta es ¿cómo es posible que haya gente que no sólo le crea, sino que hasta le dé dinero? [aquí pueden leer algo al respecto: y el fin del mundo nos dejó plantados]

Aun así, mientras la profecía daba para malos chistes, burlas y uno que otro magnífico tweet, uno jugaba mentalmente con las posibilidades de con quién, dónde y cómo pasar su último día... si pudiera saber la fecha y momento exacto del final-final. El fin del mundo tan cerca y uno sin haber hecho lo necesario. Sin haber conocido más lugares, leído más libros, visto más películas, amado más y mejor. Irse a de buenas a primeras antes de haber dicho, escrito y hecho tantas cosas que tenía planeadas; sin haber realizado tantos sueños.

Mientras escribo esto, leo notas de prensa que hablan de quienes se preparaban para esperar el inicio del fin del mundo como si de recibir el año nuevo se tratara. Las leo y pienso en mí que por andar algo desinformada me enteré del fin del mundo casi a la víspera y por tal motivo ni chance tuve de comprarme, ya no se diga una botella de Dom Pérignon… ni siquiera unas panties rojas para gozar el fin del mundo con harta pasión. Digo, amarillas que propician el dinero... ya para qué. Lo único que se me ocurrió fue un escenario deseable para el momento final: el mar… decir adiós mundo junto al mar…


El 18 de mayo del 50
se va a acabar el mundo.
Confiésate y comulga y encomienda tu alma
a la misericordia de Dios Padre
y pídele a la Virgen que ruegue por nosotros.
Todo esto me dijeron varias personas.
El 18 de mayo esperé el terremoto,
el diluvio de fuego, la bomba atómica.
Como es obvio, no pasó nada.
Hay otras fechas para el fin del mundo.

Fin de mundo
© José Emilio Pacheco

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mayo 11, 2011

'entremés alejandrino'**



-Esa de negro que sonríe desde la pequeña ventana del tranvía se asemeja a Mme. Lamort -dijo.
-No es posible, pues en París no hay tranvías. Además, esa de negro del tranvía en nada se asemeja a Mme. Lamort. Todo lo contrario: es Mme. Lamort quien se asemeja a esa de negro. Resumiendo: no solo no hay tranvías en París sino que nunca en mi vida he visto a Mme. Lamort, ni siquiera en retrato.
-Usted coincide conmigo -dijo-, porque tampoco yo conozco a Mme. Lamort.
-Quién es usted? Deberíamos presentarnos.
-Mme. Lamort -dijo-. ¨Y usted?
-Mme. Lamort.-Su nombre no deja de recordarme algo -dijo.
-Trate de recordar antes de que llegue el tranvía.
-Pero si acaba de decir que no hay tranvías en París -dijo.
-No los había cuando lo dije, pero nunca se sabe que va a pasar.
-Entonces esperémoslo puesto que lo estamos esperando."



[Alejandra Pizarnik, Un Cuento Memorable]




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**/en lo que regreso

mayo 05, 2011

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Sentados en la sala destinada a los pasajeros en tránsito sin visa para entrar al país, Pedro y su hermano menor son la viva imagen del desamparo. De talla pequeña y rostro aniñado, aunque serio, Pedro no aparenta los casi 17 años que constan en su pasaporte y su hermano de cinco años parece más pequeño de esa edad. Pese a ir solos y a no hablar el idioma, no parecieran asustados. Ambos son los pasajeros más serios y quietos de la sala, poblada casi en su totalidad por migrantes centroamericanos inquietos y escandalosos. Los hermanitos casi no hablan: sólo Pedro dirige algunas palabras a su hermano pequeño mientras intenta, infructuosamente, aplacar sus despeinados risos, quizá para no desesperarse en tanto aguardan la llegada de su turno para la entrevista con el empleado de migración. Más allá de las pocas palabras intercambiadas con su hermano, Pedro permanece sumido en sus pensamientos, tal vez pensando en lo increíble que le resulta que esa misma mañana aún estaba en su tierra, Chalatenango, República de El Salvador, y ahora se halla en esa estancia del Aeropuerto Internacional de Miami, en una escala rumbo al encuentro con su madre. Dieciocho meses sin verla. Dieciocho meses desde que ella partió en busca de una mejor vida, dejándolos al cargo de su Abuela. Un tiempito, mis niños, les había prometido su mamá, sólo un tiempito, en lo que junto el dinero necesario para pagar el boleto para el viaje de ustedes. Y sí, tras esos eternos dieciocho meses, por fin estaban viajando a su encuentro. Su primera salida de Chalatenango… y en avión… y para irse al extranjero (quizá para no regresar a su pueblo, como dijo la abuela entre lágrimas cuando los despidió). Entretenido en sus pensamientos, y en 'peinar' a su hermanito, Pedro no sintió lo largo del tiempo de espera antes de su turno. Pero ya los estaban llamando…

-Luego de saludar, Pedro mira la identificación de la mujer ante él y lee su nombre: Lucía Gómez -nombre que no suena a gringo, piensa el chico con alivio. [Su mamá les advirtió que probablemente les tocaría un oficial de origen cubano, pero que de no ser así les pondrían un traductor.]

-Lucía abrevia las cortesías y empieza las preguntas, obvias, no agresivas por sí mismas pero sí aderezadas con un tono de prepotencia acentuada por el tamaño de la mujer, a cuyo lado permanece un oficial de seguridad inmenso y fuertemente armado. Suficiente para intimidar a los chicos, más a Pedro que a su hermano, demasiado pequeño para saber de intimidaciones:

-¿Por qué viajan sin visa? ¿por qué viajan solos tú y tu hermano, siendo menores de edad? ¿por qué con tan pocas pertenencias? ¿por qué no traen boleto de regreso? ¿cómo es que pretenden viajan tan lejos sin llevar casi nada de dinero? ¿por qué…?

Pregunta soltadas una tras otra, sin dar tiempo a que el chico piense antes de contestar. Ante la ráfaga preguntona, Pedro intenta guardar la calma pero la mirada y el tono imperativo de la mujer lo ponen nervioso. Aun así, repasa mentalmente los consejos de su madre y a todo responde antecediendo el Señora:

-Señora: no traemos dinero porque vamos a alcanzar a mi mamá, son pocas nuestras pertenencias porque mi mamá nos dijo que sólo trajéramos nuestra mejor ropita, viajamos sin visa estadounidense porque la Embajada no nos la quiso dar, sólo traemos boleto de ida porque ese fue el que mi mamá así nos mandó…

A medida que las preguntan avanzan, la tensión crece y la voz del chico va siendo cada vez menos audible, casi un murmullo tembloroso, en fuerte contraste con la dura e impávida expresión de su interrogadora. Pedro transpira ansiedad y angustia, como si sintiera que el anhelado encuentro con su mamá se diluye en medio de la tramitología burocrática y la arrogancia de la empleada cubana. Pero de pronto, de manera inesperada, Lucía interrumpe el interrogatorio y, molesta, masculla algo inaudible antes de salir a toda prisa, no sin advertir a Pedro que ni se le ocurra moverse de ahí. Como si el chico pudiera. El pobre, ahora sí parece asustado, casi desconsolado. Diez eternos minutos después, ella vuelve acompañada por una mujer enorme con pinta de Jefa. Aunque habla en voz baja, es obvio que la Jefa llama la atención a Lucía, quien permanece callada. Transcurridos algunos minutos, la jefa interrumpe su monólogo para dirigirse a los chicos en deficiente español. Luego de revisar someramente sus identificaciones al pecho, sus pasaportes y boletos de avión, los encomia a darse prisa pues la sala de embarque está lejos y ya casi es la hora de salida de su vuelo… a Madrid. Los hermanos parecen tan desconcertados como aliviados cuando salen presurosos en compañía de la enorme mujer y de otro guardia armado, dejando atrás a Lucía, cuya pétrea expresión ha trasmutado en una de franca molestia. Y mientras yo, que he atestiguado la tensa entrevista [al principio con discreción y después con total descaro, al punto haber cerrado el libro que medio leía mientras medio escuchaba] aguantándome las ganas de ayudar (aunque tal vez abráis ido empeorar), también me dispongo a abandonar la sala para abordar mi vuelo con destino a Santo Domingo de Guzmán. Lástima que no tendré que vérmelas con la cubana… porque yo sí traigo mi boleto de regreso, reservación en un caro hotel pagada por la Institución Académica que invita al Curso al que voy, así como la constancia de la misma, hartos dólares para los encargos de mis amigas y unas ganas tremendas de poner a la cubana esa… en su lugar. Todo. Menos… visa… pues por ser diciembre y poco el tiempo con que me avisaron del curso, no pude sacarla… 

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