adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

abril 28, 2011

hablando de ridículos, calores e imaginación…


querida imaginación

Hablando de ridículos, calores e imaginación… qué ganas de ponerme en huelga de hambre a las puertas de la embajada rusa, a ver si el camarada Putin se apiada de mí y me invita a pasar una temporada en Siberia. Nomás en lo que pasa esta ola de calor y, desde luego, no en un Gulag*/. Lo malo es que por más cursi que sea, tengo un cierto sentido del ridículo que me impide llegar a tanto. Decía una amiga (que no había leído a Cioran) que hacer el ridículo más de una vez en la vida era algo –casi- inevitable. Y ante este hecho, lo mejor era disfrutar el hacerlo, evitando auto-recriminaciones a posteriori: "piensa que será el oso de tu vida, así que gózalo". Supongo que a lo largo de mi vida he hecho más de un oso, pero ahorita recuerdo, con particular pena, los bailables del día de las madres en la escuela primaria. Pocas cosas más estresantes para mí. A una edad en la que desconocía el significado de la palabra estrés, ya tenía muy desarrollado el sentido del ridículo, y el que los maestros me obligasen a vestirme con esos recargados atuendos para luego bailar delante de todo el alumnado, acompañado por sus madres, era más de lo mi joven humanidad podía resistir. Y esa fue mi némesis desde primero hasta sexto grado de primaria. Creo que con eso ya di un buen adelanto en la expiación de mis ulteriores pecados

El calor me altera el estado de ánimo, el funcionamiento psicomotriz, la capacidad de respuesta neuronal. Después de caminar mucho bajo el candente sol, siento que mis neuronas se apelmazan, se atontan, se aletargan. Que, si pudieran, de una vez se echaban a dormir. ¡Cómo hace calor! Pero ya no me quejaré… tanto. Ayer leí que en algún lugar del desierto sonorense la temperatura había llegado a los 45° C y nosotros en el D.F. con 30° C ya estamos que no podemos.

La imaginación, madre de la invención, necesita de estímulos  pero éstos suelen ser caprichosos y dados a esconderse, cuando no a escasear. O tal vez no sea escaseo, simplemente uno no los pesca en el momento debido. A veces me gustaría inventar sin pudor y relatarlo como sucedido Por supuesto, hablo de relatos vivenciales no de los ficticios. Inventarme viajes, amores, situaciones no vividas, y presentarlas como reales. Narrar mi deambular por las callejuelas de Samarcanda, como si de veras hubiera estado ahí. En «Dios es redondo» Juan Villoro cuenta las hazañas de un cronista de futbol brasileiro durante el Mundial de Francia. Según Villoro, el hombre en cuestión le ponía tanta imaginación a sus narraciones… que ni falta le hacía estar en el estadio (pasaba más tiempo en Galeries Lafayette que en el estadio de Saint Denis) durante las 'transmisiones en vivo'. Pero que en vez de odiarlo, sus colegas terminaban admirados ante su desbordada capacidad de inventiva y la pasión con que narraba encuentros nunca presenciados. Ya no recuerdo qué escritor latinoamericano dijo que un relato -bien contado se entiende- de hechos sucedidos no es tan digno de admirar como aquel que cuenta como vivido algo que jamás sucedió. Últimamente he pensado mucho en eso, en inventarme una historia así y presentarla como real. Pero al último momento me arrepiento, me parece demasiada deshonestidad de mi parte. Así que no me quedará más que seguir contando mis divagaciones como lo que son. Sin vender verdades por mitades ni mucho menos. Nada de venir a contar de mi caminar por el desierto del Sahara durante la reciente Semana Santa, en compañía de media docena de hombres magrebíes increíblemente sensuales y candentes. Lamento decepcionarlos. De eso no contaré.
J  J



*/ Con motivo de la boda real inglesa, una chica mexicana -al parecer educada en la cursilería del Hola! y las telenovelas de Televisa- tuvo la ocurrencia de ponerse en huelga de hambre frente a la Embajada Británica… en demanda de ser invitada a la boda del año. [Obvio, los británicos dijeron no a semejante estupidez]. De ese nivel estamos en México.

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Post Scriptum: (Eso pasa cuando uno no escribe claro). Cuando dije que me cohíbe inventar historias, NO hablo de la ficción. Ficción he escrito. A lo que me refiero es a inventar y hacer pasar como vivencias reales -en primera persona- una serie de sucesos, desde los más afortunados hasta los más terribles. A vender como propios, y ciertos, hechos falsos en relatos Reales, NO ficticios. Desde luego que puedo inventar, pero eso es ficción no un relato real. A eso me refería: a que mí me cuesta -a diferencia de muchos que no tienen empacho en hacerlo- decir que hice algo que no hice, que YO Marichuy, no un personaje ficticio inventado por mí, fue a tal parte y convivió con X o realizó tal hecho, sea heroico o ridículo. Como inventar que un viaje a China puedo hacerlo, pero no para venderlo como real. Espero haberme explicado: Inventar una historia es una cosa, mentir otra. Creo.

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abril 21, 2011

días de guardar

Foto: About silence de Nikolay Sobolev


Eran las 19:30 horas de un jueves santo. La acción se escenificaba al interior de una pequeña iglesia al sur de la ciudad de México. Pese a ser una noche nublada y más bien fresca, el templo hervía de calor. Calor bochornoso producto de la gran cantidad fieles asistentes a la misa, quienes acudían atraídos, sobre todo, por la recreación de la ceremonia del lavado de pies que Jesucristo efectuara la noche de su Última Cena. Al calor de los cuerpos ahí reunidos, se sumaba el que producían los llameantes cirios. Ambos calores acentuados por la escasa ventilación. Privaba un ánimo de duelo. Agobiante duelo. El aroma de los cirios se conjuntaba con el perfume de los nardos, volviendo casi irrespirable el -poco- aire. En una feligresía mayoritariamente adulta, y femenina, sobresalía una niña acompañando a su abuela. Para ella, a quien la misa dominical normal de 45 minutos le parecía larguísima, a estas alturas la celebración del jueves santo ya loe resultaba inaguantable. Naturalmente inquieta, el verse constreñida por el silencio y la inmovilidad la hacía sentirse presa de una mayor inquietud. Y por si ello fuera poco, el calor y el penetrante perfume de los nardos la mareaban tanto, que necesitó abanicarse con la hoja del misal ante el temor de desmayarse. Al verla abanicarse, su abuela la miró desaprobatoriamente pero antes de que pudiera increparla el sacerdote llamó a la comunión, lo cual la distrajo de su ánimo regañón. Mientras la gran mayoría de los asistentes se disponían a comulgar, la abuela decidió ir a la pequeña capilla anexa donde se hallaba una gran imagen de la Dolorosa. Antes de irse advirtió a su nieta: aquí espérame voy a rezarle unas avemarías a la virgen. La niña asintió y durante un ratito permaneció muy quieta, ocupada en no dejarse vencer por el sueño ni el hambre. Pero los minutos pasaban sin que la abuela volviera, tal parecía que rezaría algo más que unas simples avemarías. La niña, a cada minuto más harta y hambrienta, se vio movida por un extraño impulso y antes de darse cuenta se hallaba formada tras los pocos feligreses que aún esperaban comulgar. Muy seria aguardó su turno y cuando finalmente estuvo frente al sacerdote, abrió la boca para recibir el cuerpo de cristo y responder amén como todos los demás. Una vez hecho esto caminó de regreso a su banca masticando los restos de la hostia… hasta que su vista fue a toparse con la mirada de su abuela, quien ya había regresado de rezarle a la Dolorosa y la miraba, ahora sí, con franco enojo. La niña siguió en silencio, dispuesta a sentarse al lado de ella, pero ésta se lo impidió obligándola a hincarse y acto seguido, entre regaño y regaño, la guió en una larga sesión de rezos para pedir perdón a Dios por haber comido del cuerpo de cristo siendo una pecadora... a los ochos años… pues nunca se había confesado.

Finalmente, tras varias oraciones que a la niña le parecieron eternas, la abuela consideró que la niña había cumplido con su castigo por haber comulgado sin estar preparada para ello, que de rezos y admoniciones ya habían tenido suficiente, le indicó que era hora de abandonar la iglesia. Apenas habían franqueado la puerta, la abuela preguntó a su nieta por qué había hecho semejante cosa -comulgar-, a lo que la niña respondió con absoluta naturalidad: es que siempre he tenido ganas de comer hostia. Pero no lo vuelvo a hacer. No me gustó. Y además, si cada que la coma tengo que rezar así, creo que ya no me va a gustar comerla. De veras que lo vuelvo a hacer, Abue. Al escuchar su respuesta, inesperadamente, la abuela estalló en una fuerte carcajada y tomando de la mano a la niña la encomió a apresurar el paso para que llegaran a casa lo más pronto posible a casa y pudieran merendar… pues ella también tenía mucha hambre.


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abril 13, 2011

como si no hubiera mañana


 Photo: Avec le coeur en paix vers, de Pierre Pellegrini:



palabras para despertar muertos,
palabras para hacer un fuego,
palabras donde poder sentarnos
y sonreír.
[Alejandra Pizarnik]

¿Cuántas veces habremos repetido el cliché "hay que vivir (besar, amar, trabajar, creer, etc.) como si no hubiera mañana" a fin de enfatizar un propósito -y hasta consejo-, poner mayor enjundia al hecho de vivir? Especulo que demasiadas. Y también, como mera especulación, me atrevería a decir que esa frase la repetimos una y otra vez porque creemos de que sí lo habrá, que habrá muchos mañanas aún. Pero… ¿y si de verdad no lo hubiera? A últimas fechas me he sorprendido pensando en ese gastado cliché, que bien podría haber sido acuñado por Paulo Coelho o cualquier otro filósofo del Club de la Buena Estrella. Últimamente pienso en ello con una frecuencia inusitada. En esa frase motivacional y en lo otro. En cómo sería saber, tener la certeza absoluta –si esto fuese posible-, de que no habrá más mañana, de que sólo queda el hoy no como metáfora sino como límite temporal definitivo. Aconsejar vivir, sentir amar, besar, etc. como si no hubiera mañana es tan fácil como decir buen día. Lo otro no tanto. Nunca he sido lúgubre ni nada parecido. Ni siquiera en estos tiempos violentos (como título de film hollywoodense, incluida su estética gore) que vivimos en México. Y de pronto, eso es algo que ocupa mis pensamientos, consume parte de mi tiempo y hasta me distrae de cosas gratas como la escritura y la lectura. No porque crea que ya no exista un mañana para el mundo o que me aterre el cumplimiento de la profecía maya según la cual el mundo verá su fin en 2012 y ni siquiera por los daños colaterales a los que estamos expuestos los ciudadanos de este país. No. Es algo cuya causa no acabo explicarme del todo. No es propiamente una idea mortuoria, pero sí una que me aleja por completo del desprendimiento con el que hasta ahora había mirado a la muerte. En más de una ocasión he estado enferma, nunca de gravedad, pero ni aun sintiéndome francamente mal la idea de morir ha rondado por mi mente como un algo realizable en ese preciso momento. Es decir, he pensado en ella como el hecho ineludible que es. Para todos, sin distingo de ningún tipo, como una fecha de caducidad predeterminada pero indefinida. Ahora es distinto. Ahora sí pienso en la necesidad en cumplir con el mandato de esa frase cliché de la que hablaba al principio. No como un 'empujón de entusiasmo', sino realmente en vivir como si no hubiera mañana porque -tal vez- en verdad no lo haya… y me sorprende no sentirme asustada, aunque sí un poquito entristecida porque bien a bien no sé cómo hacerle, porque son demasiadas las cosas que quisiera hacer con el ímpetu de quien sabe que no habrá mañana…


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Me había prometido que después del post anterior, triste y rabioso, escribiría algo divertido y no he podido cumplir mi auto-promesa, porque este sentir, a medio camino entre lo lúgubre y lo incierto, me ha tocado justo ahora y en lugar de ocurrírseme ligerezas, me vinieron a la mente estas ideas inconexas sobre la incertidumbre de vivir…

Ustedes perdonen este nada divertido post. Debe ser culpa del inmundo calor que abrasa a la Ciudad de México, apelmazando mis neuronas… cuando no derritiéndolas…



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abril 01, 2011

escribo mi rabia


Escribir como quien regurgita… No sé cuál estado de ánimo sea el idóneo para escribir. Menos aún, cuáles las condiciones físicas, económicas/materiales y hasta geográficas más propicias y/o desfavorables para hacerlo. Hay quien dice que es en los extremos, la absoluta penuria o la plena satisfacción, en donde la escritura encuentra su tierra más fértil. A saber. Uno se pregunta una y otra vez, divaga intentado hallar las respuestas y de paso ese momento ideal. Decía Marguerite Duras que la escritura llega como la noche y pasa como pasa todo en la vida… sin esperarlo. Ella que escribió al tenor de distintos estados de ánimo. En condiciones extremas. Tal vez no de carencia material pero sí de otras: enferma de alcohol, enferma de dolor y de soledad. Y desde esa perspectiva de vida, la escritura fue su salvación: "(…) encontrarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una oscuridad casi total, y saber que sólo la escritura te salvará…".

Mientras tecleo esto, pienso en los distintos estados de ánimo por los que suelo transitar en un sólo día y al hacerlo me sobrecoge la idea de que con tantos vaivenes emocionales, difícilmente hallaré el momento idóneo para sentarme a escribir sin pensar en nada más que el teclado y lo que voy vaciando en él. Hace un par de noches fui presa de una mezcla de emociones, casi agitaciones, que me sorprendió a mí misma que me sé intensita. Terrible que el detonante no fuese algo o alguien cercano a mí. No un familiar o un ser querido, amigo etc., sino una noticia escuchada vía telefónica. Fue una noticia acerca de seres desconocidos, la que de golpe y porrazo puso ante mis ojos una imagen cabal, pura y sin exageraciones gore, del horror que vivimos actualmente en México. Horror que buena parte de los mexicanos pareciéramos no mirar. Como si no viviéramos en un país cuyo Gobierno Federal (inepto, terco y prepotente) libra una no-guerra contra el crimen organizado. No-guerra condenada al fracaso, por más que sus pregoneros mediáticos y la empleada de Barack Obama, Hillary Clinton, digan lo contrario. Los mexicanos, todos y aunque tratemos de no pensar en ello, somos susceptibles de pasar a engrosar las filas de los daños colaterales, eufemismo con el que el Presidente de la República (al parecer educado en el peor cine hollywoodense) llama a las víctimas inocentes de su estúpida no-guerra. La noticia -que quizá ni salió en la prensa local-: en una ranchería cercana a Acapulco una mujer joven, ajena al crimen organizado, pobre, inerme como inermes estamos todos, fue asesinada junto con sus pequeños hijos (de aprox. 5-6 años). Así nomás, porque a unos malnacidos se les ocurrió matarla. ¿Qué clase de bestia es capaz de atar de pies y manos a dos criaturas y luego meterles un balazo en la frente? ¿Qué carajos pasa por la mente de esos seres, que ni animales puedo llamar porque eso sería ofender a los miembros del reino animal, que los lleva a hacer semejante cosa? No sé. Me lo he preguntado reiteradamente sin hallar respuesta. Supongo que no faltará quien diga que a estas alturas de la no-guerra ya ni debería asombrarme. Cuando se han rebasado los 36 mil muertos (y contando), tan sólo en los años que lleva de gobernarnos –sic- Felipe Calderón Hinojosa, ¿qué son tres o cuatro más? Pero son. Aunque a nadie parezca importarle. [Matan a un agente gringo infiltrado en tierra mexicana y las autoridades nacionales se movilizan y enseguida dan con el asesino y hasta con el arma (venida de Texas, of course). Matan a miles de mexicanos y a las autoridades les vale madre (perdonen mi francés, pero no estoy para finezas). Cuando no, en su infinita arrogancia tienen la desvergüenza de declarar que seguro ellos (las víctimas) se lo buscaron]. El caso es que me enojé. Mucho. Yo, que nunca he tenido muy desarrollado el instinto maternal, casi me puse a llorar en el teléfono mientras mi padre me lo platicaba. No sé por qué me pudo tanto la noticia y luego de la tristeza vino la rabia y, claro, la impotencia. Tampoco faltará quien diga que nada gano con enojarme, que enojada o no, la matazón seguirá tal como la vida, que si uno no tiene relaciones con "delincuentes" nada le pasará. (Habrase visto semejante ingenuidad o arrogancia... por decirlo así). Vaya consuelo. Quienes dicen tales boludeces –me encanta este modismo argentino- me recuerdan a aquellos que en los inicios del SIDA decían que esa enfermedad sólo le daba homosexuales, no a la gente decente, y que ellos -los homosexuales- se lo habían buscado-ganado… por disolutos. Igualitos.

Así que prefiero enojarme y despotricar antes que volverme zombi. Claro, de ahí a vivir con miedo, en la paranoia total, pues tampoco. Aunque tal vez quienes habitan en la inopia, en una dimensión poblada de florecitas, maripositas y demás ingredientes del mundo rosita fresita… son más felices que yo. No. Sin el tal vez. Seguro lo son. La ignorancia es la felicidad. Dicen. Pero en tanto es una u otra cosa… la vida pasa y la noche llega, como decía la Duras, y yo escribo mi rabia aunque no sirva de nada, apenas de pueril catarsis… 

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Post Scriptum. La misma noche que mi padre me daba esa terrible noticia me enteré que habían asesinado a siete personas, entre ellos el hijo del poeta mexicano Javier Sicilia. En unas horas, un joven estudiante universitario de 24 años pasó ser uno más de los miles de daños colaterales.

Qué triste el asesinato del hijo de Javier Sicilia. Tanto como el asesinato de cientos de niños y adultos anónimos. Qué triste este México.


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