escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

marzo 28, 2011

la comedia de la vida

La alegría de vivir, Henri Matisse (1905-06)

Mañana vuelvo con mis divagaciones, pero hoy que se festeja al arte teatral, nadie como Shakespeare para recordarnos que esta vida es un mélange de comedia, drama, melodrama, noir, gore y un largo etcétera de géneros, no sólo teatrales sino también fílmicos. Mientras nosotros somos los actores, comediantes como se le dice en francés al actor sin distingo del género al que se dedique. Y que nuestro rol siempre es cambiante: a veces nos toca ser primeros actores, otras secundarios y en ocasiones sólo parte del reparto, cuando no meros extras. Y en el Día Mundial del Teatro, quién mejor que Shakespeare: 
“El mundo entero es un teatro, y todos los hombres y mujeres simplemente comediantes. Mi libertad debe ser completa. Debo gozar de privilegios tan extendidos como los de los vientos, para soplar donde me plazca, pues tales son las prerrogativas de los bufones.” 

William Shakespeare, As you like it (II,7).


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marzo 22, 2011

y fueron felices



Como todos, incluidos los poetas -buenos y malos, duros y cursis-, yo también me he preguntado, me pregunto a diario, ¿a dónde van a dar los sueños no realizados? ¿quién se encarga de levantarlos y darles los santos oleos, antes de que terminen perdidos en los confines de la nada?

Nuestros sueños felices. La reencontré en un parque muchos años después. Fue verla y volver a los días de preparatoria. Fuimos tan amigas, tan unidas, hasta que un mal día la vida (nos) pasó y dejamos de vernos. Sin motivo, sin pleitos o desencuentros amargos de por medio. Simplemente nos separamos. La vida es una novela. Dicen. Y como en la literatura, abunda la variedad en calidad y estilo. Algunas son mejores que otras; unas más complejas, otras más divertidas y ligeras. Unas extraordinariamente bien escritas, otras nomás escritas. Unas puro cliché, otras con aliento diferente. Las hay cuya prosa luce sobrada de florituras. Mientras otras, discurren libres de excesos, casi llanas. Tantos estilos y matices. Y ella –que más bien leía poco- quería que su vida fuera como una novela. Una despejada de caminos torcidos y sobresaltos. Y, por supuesto, con final feliz. La conocí cuando yo tenía quince y ella casi cumplía 18; recién entradas a la preparatoria. Ariadna. Había llegado a la prepa a la edad en la que normalmente se egresa, pues al salir de la secundaria en lugar de seguir el curso normal de sus estudios se había tomado casi tres años sabáticos, durante los cuales viajó, vivió un año en Washington y tiró la flojera. Nos hicimos amigas contra todo pronóstico. Ella, extrovertida, fumadora impenitente y sólo asistente a la escuela porque no le quedaba de otra. Yo, tímida, fresa sin remedio que no fumaba ni cigarros de chocolate y amante de la escuela y de leer en las horas libres en que ella prefería irse a no hacer nada las canchas de básquet. Y sin embargo, también contra todo pronóstico, era ella quien ejemplificaba ese concepto un tanto peyorativo de «estudio mientras me caso». Soñaba con una hermosa boda religiosa y vestido de novia hecho en Italia, casita con techo de dos aguas y jardín poblado de geranios, dos críos y un perrito. Tan idílico como en una novela romántica. Aún me parece recorrer con ella las empedradas calles del barrio Tlacopac, al sur de la Ciudad de México, en donde se localizaba la casa de sus sueños. Al escucharla y ver el brillo de su mirada mientras hablaba de los hijos que tendría, de lo feliz que sería con esa vida de novela, yo sentía un poco de pena. No por ella, sino por mí. Yo jamás tuve sueños así. Ni casita con techo de dos aguas, ni par de hijitos y menos perrito. A mí me gustaban (gustan) los gatos [Huraños, independientes, solitarios y algo egoístas, los gatos, como dijo algún poeta francés, se parecen tanto al hombre que por eso sólo pueden ser amados u odiados por este. Sin medias tintas]. Cuánto tiempo ha pasado desde aquellos sueños. Cuánto desde las tardes de aquellas caminatas. Creía que siglos, pero el día que la reencontré, mientras platicábamos, por un instante fue como si apenas ayer camináramos por Tlacopac. Pero no. Fue hace mucho tiempo. En otra vida. Al menos eso parecían decir sus ojos desnudos de aquel brillo adolescente. La hallé tan cambiada. Lo de menos era que ya no manejara auto deportivo del año o que no viviera su sueño de casita con techo de dos aguas. No tiene eso, pero sí un hijo. Un hermoso niño. Me recordó tanto a su padre (el de Ariadna) y así se lo dije, a lo que ella respondió: sí, gracias a Dios mi hijo salió a mi papá y no al suyo. Eso es romanticismo, le dije queriéndome hacer la graciosa. Y entonces, a manera de réplica, resumió lo que había sido su vida en los años que no nos vimos. Así, hasta llegar a los pormenores de su embarazo y maternidad. Mientras iba desgranando los efectos nocivos de las crisis económicas en su otrora pudiente familia, los líos de sus mujeriegos hermanos, las intermitencias de la muerte y demás, yo la miraba recordando el pasado, sin poder evitar pensar que al final de cuentas, su vida, la de su familia, sí había sido como de novela. No tan idílica; sólo real. Y la cereza en el pastel en su búsqueda de la vida soñada, llena de saltos inesperados, había sido un hombre que, por decirlo en términos civilizados, representaba la antítesis del cohabitante idóneo de la casita con techo de dos aguas, jardín, dos críos y perrito. Justo de quien fue a quedar embarazada. Y él, como mandan los cánones de la irresponsabilidad, salió corriendo en cuanto lo supo. Pero ella -contrario a lo que habría profesado unos años atrás- decidió que quería ser madre soltera y vivir una vida de novela menos idílica y ensoñada; sólo real y normal a su manera. Como para esa frase de Tolstoi –en Ana Karenina- que tanto me gusta:
Las familias –y novelas- felices son todas iguales. Las infelices, lo son cada una a su manera.

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marzo 12, 2011

historias de ciudad



Noche fría a mediados de marzo. Haciendo honor a su fama, los días cercanos al inicio de la primavera se presentaban locos, agitados por fuertes y frías ventiscas nocturnas. Y más esa noche. Aun así, el frio nocturno me gustó. Necesitaba tomar aire, mucho aire, tras permanecer tres horas al interior de una sala pequeña y perfumada ad nausean por el aroma de los nardos. Pero el gusto me duró poco: apenas cinco minutos después de salir a la calle, el taxi llegó.

Viajar en taxi de noche, ¡y en la ciudad de México!, es una práctica de alto riesgo. Al menos con esa idea hemos vivido los últimos años. No obstante, creo que la aventura de alto riesgo va más allá de la noche, diría que vivir en una ciudad caótica, circularla casi a la hora que sea, lo es aún más. Pero… desde niños aprendimos a asociar a la noche con el peligro mayor. Recuerdo a una vecina amiga de mi abuela que no dejaba a sus hijas llegar a casa después de las ocho de la noche porque las señoritas decentes no andaban en la calle a deshoras. Siempre que visitaba a mi abuela repetía esa cantaleta, mientras la madre de mi padre la escuchaba sin decir gran cosa… hasta que una vez, supongo que un poco harta de tanta repetición, sin más le respondió: la noche puede ser peligrosa por otras cosa, sí, pero la decencia puede perderse a las ocho de la mañana o el medio día. No hay horario establecido para ello. En español coloquial la traducción sería: para coger no hay horario fijo. Y aquella noche mientras viajaba en el taxi de vuelta a mi casa tras acompañar a una amiga en el velorio de su padre, vino a mi mente aquella plática escuchada en mi infancia. La recordaba y reía para mis adentros, en tanto encaraba con algo parecido al estoicismo (la necesidad hace milagros) a ese taxista platicón, preguntón, intrusivo. Una aventura de alto riesgo estaba resultándome el aguantar sus comentarios sin mostrar mis ganas de callarlo o mandarlo a paseo, pues el hombre no sólo quiso saber qué hacía "una señorita" a esas horas de la noche en plena calle. Qué ganas de responderle: me escapé del ataúd, ya que mi marido pretendía enterrarme viva para disfrutar de mi fortuna con una güera oxigenada de tetas operadas. ¿Qué no se nota? Pero cuando apenas digería sus comentarios y preguntas, el santo hombre mostró su verdadera faceta: creía que su misión en la vida era "regresar al Camino del Señor"… a todo aquel que tuviera el infortunio de caer en su taxi como pasajero. Y más, casi podría jurarlo, si el pasajero era una mujer andando a deshoras en la calle. Y así, sin que yo pudiera hacer algo para evitarlo, el hombre se enfrascó en una catequesis digna de gestas medievales. Tal parecía que en lugar de haberlo abordado a las puertas de conocida agencia funeraria de Av. Felix Cuevas, lo había hecho sobre Av. Sullivan (calle que debe su fama a las damas que pasean por ahí a la espera de un comprador de sexo ocasional). Crecí en un hogar católico y de hecho, aunque no lo parezca, no he abjurado de mi religión. Sin embargo, hace mucho que le perdí el respeto a quienes por fuerza quieren vender sus creencias religiosas y, más aún, cuando al hacerlo parecen esgrimir un indisimulado tufillo de superioridad moral El hombre hablaba de los beneficios de convertirse al cristianismo, de cómo a partir del día en que dejó el catolicismo "el Señor había entrado en él", llenándolo con su luz y dándole una claridad de miras que antes no tenía. Yo escuchaba tratando de mantener la boca cerrada mientras él, como un fax en automático, seguía transmitiendo información. Su monólogo, discurrió por la renunciación a los placeres mundanos, a lo material y al sucio dinero. Y en tanto él hablaba como si el Señor le dictara el Evangelio al oído, yo me limitaba a escucharlo haciendo acopio de paciencia para no estallar en despotriques. A esa altura, al hombre poco le faltaba para ser San Francisco de Asís. Finalmente justo cuando enfilábamos a la calle donde se localiza mi casa, el taxista se volteó a mirarme y me dijo: Señorita todo esto dicho con el mayor de los respetos. Si me he atrevido a hablarle de estas cosas es porque en sus ojos veo que su alma es buena y aún está a tiempo de salvarse… Dijo eso, luego me cobró (salvo los servicios de transporte ejecutivo del aeropuerto, el taxi más caro de mi vida en esta ciudad) para despedirse con que un "que el Señor me la ilumine y la ayude a encontrar el camino de regreso a su luz…"

Amén!
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marzo 04, 2011

lejanía, no olvido


Apenas habría dado la una de la madrugada, cuando un suave quejido me sacó de mi sueño. Casi dormida me levanté de la cama y corrí a su lado para encontrarla ligeramente pálida, masajeando insistentemente su estómago, como si quisiera apaciguar su dolor. A mi pregunta de qué le pasaba, respondió con un casi divertido: ¿ya ves por qué dicen que la gula es pecado? Si no me hubiera comido tantos duraznos, ahora no estaría pagando con semejante cólico y estas inusuales náuseas. Se dolía pero reía. Y yo que a esas alturas ya estaba más despierta, la bromeé diciéndole ¿no pensarás que a estas horas nos pongamos a rezar el rosario, verdad? Sonrió débilmente antes de responderme que no sabía a quién había yo salido así de atea. Minutos más tarde, tras prepararle una infusión de manzanilla con anís y yerbabuena, la dejé acostada y regresé a seguir durmiendo... como si nada pasara. Y pasaba. Tanto y tan definitivo.


Pasó de todo. Fue rudo e inesperado: en menos de seis semanas todo se fue al carajo. Sucedió tan rápido que apenas recuerdo la mañana en que ingresamos al hospital ubicado al sur de la ciudad. Y luego, uno tras, el sinfín de exámenes de laboratorio para finalmente, tras varios días tensos y acelerados, saber la verdad. Cruda y desnuda de paliativos. Tras escuchar la noticia en voz del Médico, me sentí como expulsada de mi endeble nube de esperanza, como derribada por un impacto fulminante. Tan fulminante como la enfermedad diagnosticada. El Doctor, que no conocía la sutileza (supongo que así es mejor), siguió con su larga disquisición médica pero yo ya no quise escuchar. Salí del hospital y caminé sin rumbo durante un buen rato, hasta que una inesperada llovizna me sacó de mi ensimismamiento. Entonces regresé sobre mis pasos y subí hasta la habitación. La encontré dormida, con el rostro iluminado diáfanamente por la luz de ese extraño atardecer veraniego que se colaba por las persianas. En lugar de sentirme feliz de verla así, quise llorar, gritar, pero no lo hice. Sólo me quedé ahí contemplándola por un largo rato. Su rostro dormido parecía contradecir el contundente diagnóstico del médico: plácido, dulce, con un ligero tono rosado. Nada de palidez enfermiza, nada de crispación. Y de pronto comprendí a cabalidad –en decir, puse en práctica- el significado de un refrán multicitado por ella, casi como consejo: hay momentos en los que no queda más que hacer de tripas corazón. Fue ahí, viéndola dormida, perdida en un sueño del que ya no despertaría jamás, cuando aprendí (no del todo, a veces me falla) a hacer de tripas corazón: me senté junto a ella, sin hacer nada más que mirarla en silencio para fijar en mi mente esa imagen suya tan serena, casi aliviada. Y así ha sobrevivido, sin perder un ápice de su nitidez, pese a las brumas del tiempo.


Post Scriptum. Después de meses de no hacerlo, hoy volví a publicar en el Blog de Escribidores y Literaturos. Se trata de un texto que complementa esta entrada. Por si les interesa darle una leída: la última noche