Noche fría a mediados de marzo. Haciendo honor a su fama, los días cercanos al inicio de la primavera se presentaban locos, agitados por fuertes y frías ventiscas nocturnas. Y más esa noche. Aun así, el frio nocturno me gustó. Necesitaba tomar aire, mucho aire, tras permanecer tres horas al interior de una sala pequeña y perfumada ad nausean por el aroma de los nardos. Pero el gusto me duró poco: apenas cinco minutos después de salir a la calle, el taxi llegó.
Viajar en taxi de noche, ¡y en la ciudad de México!, es una práctica de alto riesgo. Al menos con esa idea hemos vivido los últimos años. No obstante, creo que la aventura de alto riesgo va más allá de la noche, diría que vivir en una ciudad caótica, circularla casi a la hora que sea, lo es aún más. Pero… desde niños aprendimos a asociar a la noche con el peligro mayor. Recuerdo a una vecina amiga de mi abuela que no dejaba a sus hijas llegar a casa después de las ocho de la noche porque las señoritas decentes no andaban en la calle a deshoras. Siempre que visitaba a mi abuela repetía esa cantaleta, mientras la madre de mi padre la escuchaba sin decir gran cosa… hasta que una vez, supongo que un poco harta de tanta repetición, sin más le respondió: la noche puede ser peligrosa por otras cosa, sí, pero la decencia puede perderse a las ocho de la mañana o el medio día. No hay horario establecido para ello. En español coloquial la traducción sería: para coger no hay horario fijo. Y aquella noche mientras viajaba en el taxi de vuelta a mi casa tras acompañar a una amiga en el velorio de su padre, vino a mi mente aquella plática escuchada en mi infancia. La recordaba y reía para mis adentros, en tanto encaraba con algo parecido al estoicismo (la necesidad hace milagros) a ese taxista platicón, preguntón, intrusivo. Una aventura de alto riesgo estaba resultándome el aguantar sus comentarios sin mostrar mis ganas de callarlo o mandarlo a paseo, pues el hombre no sólo quiso saber qué hacía "una señorita" a esas horas de la noche en plena calle. Qué ganas de responderle: me escapé del ataúd, ya que mi marido pretendía enterrarme viva para disfrutar de mi fortuna con una güera oxigenada de tetas operadas. ¿Qué no se nota? Pero cuando apenas digería sus comentarios y preguntas, el santo hombre mostró su verdadera faceta: creía que su misión en la vida era "regresar al Camino del Señor"… a todo aquel que tuviera el infortunio de caer en su taxi como pasajero. Y más, casi podría jurarlo, si el pasajero era una mujer andando a deshoras en la calle. Y así, sin que yo pudiera hacer algo para evitarlo, el hombre se enfrascó en una catequesis digna de gestas medievales. Tal parecía que en lugar de haberlo abordado a las puertas de conocida agencia funeraria de Av. Felix Cuevas, lo había hecho sobre Av. Sullivan (calle que debe su fama a las damas que pasean por ahí a la espera de un comprador de sexo ocasional). Crecí en un hogar católico y de hecho, aunque no lo parezca, no he abjurado de mi religión. Sin embargo, hace mucho que le perdí el respeto a quienes por fuerza quieren vender sus creencias religiosas y, más aún, cuando al hacerlo parecen esgrimir un indisimulado tufillo de superioridad moral El hombre hablaba de los beneficios de convertirse al cristianismo, de cómo a partir del día en que dejó el catolicismo "el Señor había entrado en él", llenándolo con su luz y dándole una claridad de miras que antes no tenía. Yo escuchaba tratando de mantener la boca cerrada mientras él, como un fax en automático, seguía transmitiendo información. Su monólogo, discurrió por la renunciación a los placeres mundanos, a lo material y al sucio dinero. Y en tanto él hablaba como si el Señor le dictara el Evangelio al oído, yo me limitaba a escucharlo haciendo acopio de paciencia para no estallar en despotriques. A esa altura, al hombre poco le faltaba para ser San Francisco de Asís. Finalmente justo cuando enfilábamos a la calle donde se localiza mi casa, el taxista se volteó a mirarme y me dijo: Señorita todo esto dicho con el mayor de los respetos. Si me he atrevido a hablarle de estas cosas es porque en sus ojos veo que su alma es buena y aún está a tiempo de salvarse… Dijo eso, luego me cobró (salvo los servicios de transporte ejecutivo del aeropuerto, el taxi más caro de mi vida en esta ciudad) para despedirse con que un "que el Señor me la ilumine y la ayude a encontrar el camino de regreso a su luz…"
Amén!
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