adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

febrero 23, 2011

en la vida como en el cine


François Truffaut dijo alguna vez (y dijo bien, me parece) que todos teníamos una segunda profesión además de la 'oficial': ser críticos de algo. En su caso, obvio, se refería al cine, pero creo no exagerar al decir que ese afán de ejercer de críticos abarca casi cualquier expresión del ser humano, más allá del ámbito meramente artístico. Salvo contadas excepciones, todos le hacemos a la crítica política, mediática o de lo que se nos ponga enfrente: despotricamos contra los impresentables que cobran por mal dirigir los destinos de nuestros países, contra los tendenciosos y chafas conductores de noticieros de TV y Radio, contra los cronistas deportivos y contra un largo etc. Un afán más catártico que de otra índole, pues las más de las veces nuestro punto de vista tiene un aliento más visceral que razonado. El hombre, ya lo dijeron los griegos, es un ser político. Nos guste o no; lo neguemos o lo asumamos. Claro que de ahí a 'tener que' dedicarse a la política -o a su análisis- media una gran distancia. Pero lo cierto es que en tiempos globalizados y de vida virtual, resulta casi imposible sustraerse a los acontecimientos político-sociales que nos rodean. Sin ir más lejos, la revuelta en el Mundo Árabe que en estos días tiene a más de un gobierno (estadounidense, israelí y varios europeos) muy atento y a más de un romántico revolucionario (enclosetado o de ocasión) profundamente ilusionado. Y así, de la noche a la mañana han surgido cientos de entusiastas expertos en egiptología, al tiempo que los hipócritas gobiernos de occidente apenas vienen a descubrir que Mubarak y Kadhafi son un par de dictadores impresentables… cuando décadas atrás, desde siempre tal vez. Claro, nunca faltan los pesimistas (yo) que dudan de todo.

Y mientras el mundo árabe arde, la vida pasa y uno ve pasar la vida. Por deformaciones y aficiones personales, yo tiendo a verla como una sucesión de imágenes que discurren frente a mí (y también conmigo dentro) como si de un film se tratara. Film que se despliega, casi siempre, a una velocidad mayor de la que me gustaría; una suerte de película corrida en cámara veloz. Y tal vez me equivoco, pero he llegado a creer que no soy la única "rarita" que en ocasiones desearía tener el poder de detener el tiempo en determinados instantes o cuando menos tener acceso a un botoncito que aminorare la velocidad de recorrido de la película de su vida. Será que me gusta el cine y que así como hay escenas fílmicas que podría ver incesantemente sin hartarme, hay instantes vividos que me gustaría guardar por mucho tiempo o por lo menos disfrutar en cámara lenta para alargar, así sea ficticiamente, el tiempo de su disfrute.

Y como me gusta el cine, más de una vez he escrito uno que otro texto que  jugaba a la reseña fílmica. Nomás por el puro placer de poner en letra las emociones provocadas por alguna película. Eso fue antes. Hace tiempo que no lo hago. Cuando empecé a leer más y más reseñas fílmicas profesionales, una especie de inusitado pudor me invadió y me fui alejando de esa práctica, que tanto me gustaba (me gusta). Tantas películas buenas que vi el año pasado. Muchas dignas de mi frase robada a Emilio García Riera el cine es mejor que la vida… y ni así intenté escribir sobre ellas. Y hoy casi escribo sobre una que vi el fin de semana pasado. No la mejor película que haya visto últimamente, porque para empezar ni es película sino documental: Presunto culpable. La película, el documental mexicano del que todo mundo habla. Incluso más, tristemente, desde las columnas políticas que cinematográficas. Documental de no-ficción que pone en pantalla lo que todo mexicano medianamente informado sabe (o debería saber): que el Sistema de Justicia de este país es vergonzoso, miserable, burdo, impune, corrupto y un largo etcétera, amén de casi siempre injusto. Y lo hace de manera directa, simple, sin caer en chantajismos, lacrimogenería barata y demás tics acostumbrados. Y quizá lo mejor: el protagonista real de la historia, el presunto culpable, jamás se auto-victimiza.

En México NO basta ser inocente para ser libre. Porque en México –podríamos agregar- los fiscales no tienen que probar la culpabilidad, sino que los inculpados deben demostrar su inocencia y aun si la demuestran es posible que sean condenados por un crimen no cometido. Creo que este diálogo, breve y sencillo, resume mejor que toda mi palabrería el grado de inoperancia del Sistema de Justicia Mexicano:

"- ¿Por qué me acusa?, pregunta Toño (el presunto culpable) a la Fiscal.
- P'us porque es mi chamba, responde ella".




Imagen: fotograma de Presunto culpable:


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febrero 22, 2011

mar adentro...



«No conoce el mar quien vigila el mar. No conoce el mar quien se acerca a su orilla para contemplar el paisaje. Sólo conoce el mar quien se zambulle en él, quien asume sus riesgos y olvida el mar en el mar. Quien se pierde en lo desconocido como en una mujer se pierde el amor»

[Memoria para el olvido. Mahmud Darwish]

febrero 14, 2011

recordar sin querer...

The edge, photo de Marie Gloredel.



Nunca he creído en las encuestas, pues me parecen poco representativas del grueso de la opinión pública. Eso por no mencionar que a menudo resultan muy sesgadas, pues en la mayoría de los casos han sido diseñadas para buscar un resultado determinado. Claro que como en todo habrá sus excepciones y no todas las encuestas serán tendenciosas ni tramposas. En fin. La cosa es que tal como reza el refrán de lo que no puedas ni ver en tu casa lo has de tener… a la que menos le gustan las encuestas… a esa encuestan. Y esa, como habrán adivinado, soy yo. Mediodía de un domingo soleado, todavía con ese sol de invierno que más que calentar quema sin piedad, caminaba yo por una calle al sur de la Ciudad de México.... caminaba con prisa pero algo distraída, ocupada en mis divagantes pensamientos, cuando de pronto una se detuvo a mi lado y después de un buenas tardes me dijo

- ¿Me permites hacerte un par de preguntas? Por favor. No te robo ni cinco minutos".

A su ansiosa y algo cansada expresión (me dio la impresión de que los transeúntes no se habían dignado ni en darle un no), la chica aunaba un rostro tan asoleado que me fue casi imposible negarme y antes de pensar en una excusa decente, me vi escuchando su primera pregunta:

-¿Recuerdas cuándo fue la primera vez que te enamoraste?

O sea: ¿cómo alguien puede preguntarte semejante cosa un domingo al medio día, bajo un sol quemante y frente a un vendedor de globos (obvio: la mayoría en forma de brillantes y rojísimos corazones)?  En ese momento me arrepentí de mi amabilidad ciudadana y deseé huir muy lejos... pero ya era demasiado tarde. Lo peor fue que… sí me acordé. Claro como era el día de ayer, soleado y con cielo azulísimo, hice un viaje al pasado -muy pasado- y vi frente a mis redondos y curios ojos el rostro de un niño de pelo oscuro y lacio, vestido como polos de cuello alto en color azul plumbago o marino, sentado en la banca de hasta adelante y siempre volteando hacia atrás (no parecía sentirse muy feliz de ser el primero de la fila y quedar tan cerca de la Miss). Ambos teníamos cinco años y cursábamos segundo año de kindergarten. Lo recuerdo perfecto y no sólo en el salón de clases, también el patio escolar a la hora del recreo o en la foto en la que aparecemos todo el grupo (pequeño, en realidad) con la Miss Jenny en medio. Muchos años después cuando estaba en la Preparatoria y vi por primera vez Los cuatrocientos golpes, una escena dentro del salón de clases donde aparece Antoine Doinel sentado en una banca y mira con esa forma tan suya hacia la cámara, me hizo recordar al pequeño escolapio de mis amores infantiles. Sería el suéter, sería no sé qué, pero el entrañable personaje del film de François Truffaut me lo trajo a la memoria. Pero desde entonces nunca más había vuelto a pensar en él… hasta ayer. Quién hubiera creído… que una encuesta callejera me haría recordar algo tan oculto en los entresijos de mi tramposa memoria.

La segunda pregunta, fue la más obvia de toda obviedad:
-Y tú ¿cómo celebras el día de San Valentín?

Y mi respuesta, otra obviedad:
-Yo no celebro el día de San Valentín.

Lo cierto es que con o sin encuestas de ocasión, la ciudad y los comerciantes (sea en las grandes tiendas, tianguis o puestos callejeros) insisten en recordarnos que debemos festejar al amor y a la amistad porque es día de San Valentín. Con resultados contradictorios. Y frente a ellos un efecto, quizá el único que no buscaban, es uno opuesto y nada fotogénico, menos vendible: restregar en el rostro de no pocos hombres y mujeres su soledad, la soledad que anida en la sociedad en tiempos de auge de vida virtual. Tiempos en los que las pasiones fugaces, seducciones improbables, equívocos y desilusiones signan una terca búsqueda amorosa.


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febrero 09, 2011

qué te asusta?

 Photo: 'Mumie', de Jozef Danyi

Hace tiempo veía (más bien, leía) un ejercicio interesante: a partir de una pintura (en ese caso un lienzo flamenco, Jan Van Eyck) se intentaba una interpretación escrita. No la que sería usual, es decir una desde el punto de vista pictórico. No se trataba de una tarea para estudiantes de artes plásticas, sino de una forma de ejercitar la imaginación y la escritura. Desde esa perspectiva. Lo último que importaba era hacer gala de amplitud de conocimientos en materia de técnicas, estilos y demás temas relacionados con el arte pictórico. Un ejercicio lúdico y libre. También más complejo. Creo. En fin, a lo que iba es a que dicho ejercicio me llamó mucho la atención y en más de una ocasión intenté algo similar. Por supuesto no lo publiqué y más adelante lo dejé en el olvido. Pero hoy he vuelto a pensar en él. Bueno en realidad no exactamente hoy, sino hace unos días, cuando di con la foto que ilustra esta entrada. Dejando un poco de lado el título que su autor le dio, la fotografía me impresionó mucho, provocándome una sensación extraña y, obvio, dándome pie a las divagaciones. Por uno minutos imaginé lo que ella, la modelo de la foto, intentaba (y lograba) transmitir. Y al mismo tiempo recordaba ese antigua creencia según la cual en ciertos grupos sociales se temía (tal vez aún se tema) a ser fotografiado, pues se está convencido que la fotografía roba una parte del alma del retratado. La expresión de ella, que yo veo como temerosa, me la recordó. Aunque no necesariamente el miedo que yo creo ver en ella tuviese su origen (siempre desde mi elucubración) en la creencia de que al ser fotografiada le robaran el alma.

Desconozco cuál fue la intención del fotógrafo, qué quiso provocar en la modelo, qué le pidió que reflejara. Lo que sí tengo claro es que ella está lejos de mostrar la imagen casi sin vida, como de zombi, de una momia. Al menos de una momia como las que el cine y los museos nos han acostumbrado a ver y a creer que son. Lo que la modelo transmite, según mi cabecita, es miedo. Ella teme y mucho. Pero no a la mirada y al clic del fotógrafo, sino al ojo intruso de quien al mirar la fotografía va más allá de la mera contemplación artística y se atreve a verla a ella. Esos ojos, tan bellos como expresivos, parecieran gritar: Por favor no. No me mires. No trates de escudriñar tras de mí apariencia, no busques cruzar esa delgada línea que separa la obra artística de mi ser. Su actitud es de temor y, obvio, de auto-protección: la forma en cómo tiene cruzados los brazos sobre su pecho, en un débil intento de protección, como si quisiera mantenerse a salvo de todo elemento externo. Y lo que con su mirada y su lenguaje corporal logra transmitirnos es inverso a lo que se supondría debería provocarnos la fotografía de una momia. Y así,  en vez de sentir temor… sentimos el temor de ella; percibimos con total claridad su fragilidad e indefensión, a tal punto que casi da pena mirarla, que casi acabamos sintiéndonos, como decía al inicio de este párrafo, unos intrusos que violentan la frágil intimidad de una mujer inerme y temerosa.
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