François Truffaut dijo alguna vez (y dijo bien, me parece) que todos teníamos una segunda profesión además de la 'oficial': ser críticos de algo. En su caso, obvio, se refería al cine, pero creo no exagerar al decir que ese afán de ejercer de críticos abarca casi cualquier expresión del ser humano, más allá del ámbito meramente artístico. Salvo contadas excepciones, todos le hacemos a la crítica política, mediática o de lo que se nos ponga enfrente: despotricamos contra los impresentables que cobran por mal dirigir los destinos de nuestros países, contra los tendenciosos y chafas conductores de noticieros de TV y Radio, contra los cronistas deportivos y contra un largo etc. Un afán más catártico que de otra índole, pues las más de las veces nuestro punto de vista tiene un aliento más visceral que razonado. El hombre, ya lo dijeron los griegos, es un ser político. Nos guste o no; lo neguemos o lo asumamos. Claro que de ahí a 'tener que' dedicarse a la política -o a su análisis- media una gran distancia. Pero lo cierto es que en tiempos globalizados y de vida virtual, resulta casi imposible sustraerse a los acontecimientos político-sociales que nos rodean. Sin ir más lejos, la revuelta en el Mundo Árabe que en estos días tiene a más de un gobierno (estadounidense, israelí y varios europeos) muy atento y a más de un romántico revolucionario (enclosetado o de ocasión) profundamente ilusionado. Y así, de la noche a la mañana han surgido cientos de entusiastas expertos en egiptología, al tiempo que los hipócritas gobiernos de occidente apenas vienen a descubrir que Mubarak y Kadhafi son un par de dictadores impresentables… cuando décadas atrás, desde siempre tal vez. Claro, nunca faltan los pesimistas (yo) que dudan de todo.
Y mientras el mundo árabe arde, la vida pasa y uno ve pasar la vida. Por deformaciones y aficiones personales, yo tiendo a verla como una sucesión de imágenes que discurren frente a mí (y también conmigo dentro) como si de un film se tratara. Film que se despliega, casi siempre, a una velocidad mayor de la que me gustaría; una suerte de película corrida en cámara veloz. Y tal vez me equivoco, pero he llegado a creer que no soy la única "rarita" que en ocasiones desearía tener el poder de detener el tiempo en determinados instantes o cuando menos tener acceso a un botoncito que aminorare la velocidad de recorrido de la película de su vida. Será que me gusta el cine y que así como hay escenas fílmicas que podría ver incesantemente sin hartarme, hay instantes vividos que me gustaría guardar por mucho tiempo o por lo menos disfrutar en cámara lenta para alargar, así sea ficticiamente, el tiempo de su disfrute.
Y como me gusta el cine, más de una vez he escrito uno que otro texto que jugaba a la reseña fílmica. Nomás por el puro placer de poner en letra las emociones provocadas por alguna película. Eso fue antes. Hace tiempo que no lo hago. Cuando empecé a leer más y más reseñas fílmicas profesionales, una especie de inusitado pudor me invadió y me fui alejando de esa práctica, que tanto me gustaba (me gusta). Tantas películas buenas que vi el año pasado. Muchas dignas de mi frase robada a Emilio García Riera el cine es mejor que la vida… y ni así intenté escribir sobre ellas. Y hoy casi escribo sobre una que vi el fin de semana pasado. No la mejor película que haya visto últimamente, porque para empezar ni es película sino documental: Presunto culpable. La película, el documental mexicano del que todo mundo habla. Incluso más, tristemente, desde las columnas políticas que cinematográficas. Documental de no-ficción que pone en pantalla lo que todo mexicano medianamente informado sabe (o debería saber): que el Sistema de Justicia de este país es vergonzoso, miserable, burdo, impune, corrupto y un largo etcétera, amén de casi siempre injusto. Y lo hace de manera directa, simple, sin caer en chantajismos, lacrimogenería barata y demás tics acostumbrados. Y quizá lo mejor: el protagonista real de la historia, el presunto culpable, jamás se auto-victimiza.
En México NO basta ser inocente para ser libre. Porque en México –podríamos agregar- los fiscales no tienen que probar la culpabilidad, sino que los inculpados deben demostrar su inocencia y aun si la demuestran es posible que sean condenados por un crimen no cometido. Creo que este diálogo, breve y sencillo, resume mejor que toda mi palabrería el grado de inoperancia del Sistema de Justicia Mexicano:
"- ¿Por qué me acusa?, pregunta Toño (el presunto culpable) a la Fiscal.
- P'us porque es mi chamba, responde ella".
Imagen: fotograma de Presunto culpable:
*****
--



