adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

enero 31, 2011

extraño


Extraño el frío. Mucho. En esta hora del fin de enero, cuando el frío casi invernal ya casi ha abandonado por completo a esta ciudad, otrora dueña de un clima templado y hoy sufriente de unos vaivenes climáticos que ya quisieran mis emociones para un día de fiesta. Extraño las mañanas y noches frías que me llevan a pensar con más claridad y serenidad, o por lo menos sin tanta aprensión. Decir extraño el frío como decir extraño mi ánimo de esos días. Algunas personas extrañamos nuestros estados de ánimo, como se extraña a los seres queridos y a los lugares entrañables. Me siento como debe sentirse estar en un no-lugar, en un sitio que d no haber sido decretada su desaparición, podría llamar el limbo, ese no-lugar a medio camino entre el, también ya desaparecido por decreto infierno y el cielo. Un poco como a la deriva. No con la casi disfrutable sensación de saberme en medio de un mar de dudas y no temer, sino con la aprensión que provoca el posible arribo a costas extrañas y no buscadas.

Extraño escribir sin miedo al desconocido ojo observador (claro, más al conocido). Extraño mi desinhibición y despreocupación de días no tan lejanos. Las extraño y me rebelo ante esta sensación de pudor, casi pueril, pero no por ello menos insistente y molesta, que a últimas fechas me ronda en cuanto empiezo a divagar (y aporrear el teclado).

Todo este embrollo para decir que extraño escribir más seguido aquí, pero que espero muy pronto devolverle un poco de vida a este blog que tantas satisfacciones me ha dado (y uno que otro dolor de cabeza, por ejemplo los trolles, quienes al fin de cuentas son parte del mundo virtual y como ocurre en en el caso de los políticos nefastos -que son el 99.99%-, hay que aprender a vivir con ellos). 



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enero 25, 2011

divagaciones, extravíos y encuentros...


Estoy enferma, aunque no afiebrada y, eso sí, negada a tomar medicina que me provoque sueño o me haga volar (esa sensación tan rara que provoca la ingesta de ciertos antihistamínicos). Y sin embargo, sin fiebre ni medicina a quien culpar, divago, divago, y como para eso tengo un blog, para aporrear el teclado con mis divagaciones, pues aquí estoy. Confesión dudosa: no recuerdo haber usado alguna vez la expresión "perdí el rumbo". No afirmo no haberla empleado, sólo que no recuerdo haberlo hecho. Y no porque nunca antes me haya sentido algo extraviada, sino porque en mi mente decir algo así equivale a declarar estoy perdida, sin rumbo. Completamente perdida y sin saber hacia dónde apuntar mis pasos. Demasiado enfático. Drástico. Casi fatalista. Hasta para escribirlo. Pero hoy amanecí pensado en esa expresión, es decir en lo que encierra. No que me sienta propiamente así. Creo que no. Aun así, me envuelve una inexplicable sensación de extrañeza. De no hallarme en ningún sitio y a la vez hallarme casi feliz así. Como si de pronto, y de manera intermitente, me perdiera en un mar de dudas, taladrada por un sinfín preguntas sin respuesta y que bien a bien no sé si lleva a algún sitio y si valga la pena responder, pero que de cualquier forma ocupan mi tiempo distrayéndome de otras cuestiones… pero sin angustiarme. Hace tiempo leí (no recuerdo exactamente quién lo decía, podría ser Roland Barthes pero no estoy segura) que uno no lee, ni escribe, para encontrar respuestas sino para hallar nuevas preguntas y, eventualmente, otras formas de mirar e interrogarse. Algo así me pasa, aunque mis extrañas interrogantes no me han surgido a consecuencia de una lectura. Al menos no de una en forma. Será porque en ocasiones uno encuentra donde menos lo espera y casi sin buscar. Hace unos días, mientras veía un video de la exposición de Piet Mondriaan en el Centre Pompidou (por ello la imagen que ilustra este post), alguien queridísimo me hizo llegar el Capítulo 9 de Rayuela de Cortázar, justo donde Oliveira, la Maga y otros amigos discuten sobre la apreciación de la obra de Mondriaan. Dice Etienne:

"La sensibilidad pura puede quedar satisfecha con Mondriaan, mientras que para Klee (el pintor alemán Paul Klee) hace falta un fárrago de otras cosas. Un refinado para refinados. En cambio Mondrian pinta absoluto. Te ponés delante, bien desnudo, y entonces una de dos: ves o no ves (…). Una tela de Mondrian se basta a sí misma. Ergo, necesita de tu inocencia más que de tu experiencia. Hablo de inocencia edénica, no de estupidez…".

Y fue ese párrafo, oculto entre las nebulosas de mi memoria desde mi preparatoriana lectura de la novela emblemática de Cortázar, el que me hizo pensar en mi manera de encarar los sucesos de mi vida: que en lugar de hacerlo como un lienzo de Mondrian y tomar las normales complejidades de la vida como son, les doy vueltas como si se tratase de una tela de Paul Klee, para cuya cabal aprehensión haría falta un doctorado en pintura expresionista y otro en poseía abstracta. Y es que por alguna terca razón a menudo necesito explicármelo todo, ponerle nombre y apellido, hallarle razón y motivo. Y mientras me devano los sesos en la búsqueda de respuestas y motivos (que no siempre encuentro), me olvido de apreciar las cosas por sí mismas, sin necesidad de mayores dilucidaciones, sólo sintiéndolas.

Y claro, después de releer ese párrafo, tengo una sensación atípica. Une mélange (nunca mejor utilizado el nombre de este blog) de sentimientos vastos y emociones tan imperfectas como encontradas (con la venia de Rubem Fonseca). Dudo y creo; me dejo llevar por situaciones que en otro tiempo habría creído impensables, como quien se deja envolver por un lienzo de Mondriaan sin intentar explicarse lo que el pintor quería decir. Y si esto le pasa a una escéptica, una escéptica casi por necesidad como soy yo, el resultado es doblemente perturbador pues, contra todo pronóstico, no me angustia sentirme así…

 

Imagen: Piet Mondriaan. Broadway Boogie Woogie (1942-43). Museo de Arte Moderno, New York


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enero 22, 2011

aviso parroquial

fotograma del film Hiroshima mon amour 


Por si alguno me extrañara: no estaba muerta. Tampoco -desafortunadamente- andaba de parranda. Ojalá. Lo único que me pasa es un laburo desquiciado, absorbente y desgastante. Y extraño escribir aquí. Extraño aporrear el teclado con singular alegría, así sea para desahogarme.

Mientras regreso, les dejo este pequeño fragmento robado por ahí.

"Como tú, yo también he intentado luchar con todas mis fuerzas contra el olvido. Como tú, he olvidado. Como tú, he deseado tener una memoria inconsolable. Una memoria de sombras y piedras. He luchado por mi cuenta. Con todas mis fuerzas. Contra el horror de no entender ya la necesidad de acordarme. Como tú, he olvidado.

¿Por qué negar la necesidad evidente de la memoria? Escúchame. Todavía sé. Volveré a empezar. Doscientos mil muertos. Ochenta mil heridos en nueve segundos, son cifras oficiales. Volveré a empezar. Habrá diez mil grados sobre la tierra. Diez mil soles, dirán. El asfalto arderá y reinará un profundo caos. Una ciudad será destruida entonces y se convertirá en cenizas. Me encuentro contigo, me acuerdo de ti, ¿quién eres? Me matas, me das placer.

¿Cómo saber que esta ciudad estaba hecha para el amor? ¿Cómo saber que tu cuerpo estaba hecho para mí? Me gustas, qué acontecimiento, me gustas. Qué lentitud, de repente. Qué dulzura. No puedes saber. Me matas, me das placer. Me matas. Me das placer. Tengo tiempo, te lo ruego, devórame. ¿Por qué no tú, en esta ciudad, en esta noche? Tan parecida a las demás como para confundirla…"



[Marguerite Duras. Hiroshima mon amour]



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enero 15, 2011

¿chocolates o besos?

Un mundo nace cuando dos se besan. Octavio Paz
El beso es una forma de diálogo. George Sand.
El beso es el contacto de dos epidermis y la fusión de dos fantasías.

Amanecí este 2011 con un ánimo besucón muy marcado; bueno, en realidad esto empezó desde finales de 2010. Y no es que me queje ni nada por el estilo, sólo me extraña un poco. Será porque, siguiendo esa frase de George Sand, a mí me gusta el diálogo. O porque, siguiendo la frase del gran amor de Madame Sand, Alfred de Musset, para bien y para mal soy muy fantasiosa. O tal vez, dejando de lado el romanticismo, mi reforzado ánimo besucón sólo sea un mecanismo (un tanto pueril), para contrarrestar el estado de ánimo a mi alrededor: hasta en encuestas internacionales México sale rankeado como el segundo país más estresado del mundo (debe ser merced a nuestro proverbial espíritu campechano, que los mexicanos no ocupamos le primer sitio… Digo, basta con dar una mirada a las primeras planas de la prensa nacional para sentirse estresado o cuando menos triste, muy triste). Pero ya no me desvío. Sucede que pensando en mi ánimo besucón (nomás para contradecir al desencanto, que quede claro. No vayan a pensar otra cosa, eh), recordé un estudio científico efectuado hace casi cuatro años en la Gran Bretaña, cuando unos científicos (del Centro de Investigación Británico Mind Lab), buscaban conocer las variaciones en la frecuencia cardiaca, tanto en cantidad como en potencia, y para ello decidieron exponerla a diferentes estímulos. Par lograr esto, efectuaron un estudio comparativo entre los niveles de excitación producidos por un beso apasionado -sin abrazo- y un trozo de chocolate -amargo, mínimo 60 por ciento cacao-. Basados en los resultados arrojados por doce parejas de veinteañeros, quienes primero comieron chocolate amargo y luego se besaron (en ese orden y dejando entre cada "prueba" un espacio de tiempo en calma), los científicos comprobaron, no sin sorpresa, que en las doce parejas la frecuencia del ritmo cardíaco y el nivel de estimulación cerebral era cuatro veces mayor tras la ingesta de chocolate, en comparación con la registrada tras darse un apasionado beso. Aún recuerdo que cuando leí el resultado de dicho estudio, lo menos que me pareció fue desproporcionado e increíble. Y lo dice alguien que se confiesa amante del chocolate amargo, bien amargo, casi tanto como de los besos. Cierto que según otras investigaciones científicas, está comprobado que un buen chocolate (70 por ciento mínimo de cacao) es un buen estimulante cerebral (más o menos como el café) o que en ingestas reguladas (10 gramos) es benéfico para el corazón. Eso, más lo que ya se sabía de la cierta sensación de bienestar que le provoca su degustación. Hasta ahí todo bien. Pero vamos, una cosa es eso y otra, digo yo, decir que el chocolate lo excite a uno más que un buen beso. En fin, una que es escéptica hasta con los científicos, a lo más que puede comprometerse antes estudios así es a aplicar esa máxima del darles el beneficio de la duda y mientras, en paralelo, promover su propia máxima: un atracón de besos es casi siempre –claro, depende de con quién se bese uno- mejor que uno de chocolate pues genera placer sin calorías.

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"El chocolate, más excitante que un beso apasionado": estudio.
AFP 16/04/2007 14:15 Londres. Un beso puede ser más romántico e inspirar poemas y boleros, pero no es tan excitante como el chocolate derretido en la lengua, asegura un estudio publicado este lunes por científicos británicos. Un equipo de investigadores dirigido por el psicólogo David Lewis, del centro de investigación Mind Lab, efectuó el estudio comparativo que demostró la superioridad del chocolate sobre el beso, incluso el más apasionado. En aras del estudio científico, varias parejas de jóvenes, a quienes se les colocó electrodos en la cabeza y monitores cardíacos, derritieron trozos de chocolate oscuro en sus bocas y luego se besaron, con pasión.

Los resultados fueron tajantes: el chocolate duplicó los latidos cardíacos de los 12 voluntarios, todos veintiañeros, lo que llevó a los científicos británicos a concluir que la excitación provocada por el chocolate es mayor que la generada por el beso. "No hay duda de que el chocolate superó al beso, sin abrazo, al provocar un estímulo corporal y cerebral mayor", explicó Lewis. Según los resultados del estudio, el estímulo causado por el chocolate oscuro o amargo fue en muchos de los participantes "hasta cuatro veces tan prolongado como el beso más apasionado", y afectó todas las regiones del cerebro. Las palpitaciones causadas por el beso no duraron tanto como las provocadas por el chocolate, que causó que los latidos del corazón aumentaran de 60 por minuto a 140, indicó el investigador.

Aunque dijo que ya se sabía que sustancias presentes en el chocolate tienen un efecto estimulante, Lewis destacó que los resultados habían "dejado sorprendidos e intrigados" al equipo de investigadores. "Aunque esperábamos que el chocolate, particularmente el chocolate oscuro, aumentaría los latidos cardíacos debido a que contiene sustancias altamente estimulantes, ninguno de nosotros había anticipado la duración e intensidad del estímulo" causado por el chocolate, "junto con los poderosos efectos que tuvo en la mente".


Lewis subrayó que el chocolate utilizado en el experimento había sido chocolate oscuro, con 60 por ciento de cacao. El científico, que antes trabajaba en la Universidad de Sussex, recalcó que el secreto para una mayor excitación podría radicar en dejar derretir el chocolate en la boca, sin masticarlo. Tanto las mujeres y los hombres respondieron igual al chocolate, indicó el investigador británico."

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enero 10, 2011

golpes de felicidad

Photo: Pascal Petrod  (recorrido fotográfico La tour de France: http://bit.ly/gurKEN)


Alguna vez ya he divagado aquí sobre eso que llaman felicidad. De aquel post recuerdo que entre los comentarios, aún en su diversidad, la constante fue el cuestionamiento del concepto mismo de felicidad, tan variable de persona a persona, así como, evidentemente, el que sus generadores sean tan diversos como diversa es la forma de pensar de los humanos. Alguien decía no creer en la felicidad como un todo, sino como un algo fragmentado, como intermitentes momentos de dicha, pequeños instantes felices. Repensando en ello, y en el entendido de que no existe un concepto único de felicidad, diría que el primer golpe de felicidad –en el más amplio sentido de la expresión- del que tengo memoria, se remota a mis casi seis años. Eran las vacaciones de verano previas a mi ingreso a la primaria y pasábamos unos días junto al mar. Una playa casi vacía, quizá debido al día nublado (como suelen ser los días del fin del verano en México). Aunque casi vació, es de suponer que además de nosotros había más gente, pero yo sólo recuerdo a los miembros de mi familia, casi todos adultos, y a mí... la niña que descubría la mar, en el Océano Pacífico. Ojalá alguien hubiera registrado para la posteridad la expresión de mi rostro lleno de azoro ante la inmensidad de ese mar tan azul. Estoy segura que mis ojos se abrieron desmesuradamente al ver la feroz belleza de las olas rompiendo en las rocas. Yo con un traje de baño color rosa, cuyo único adorno era una especie de estrellita amarillo oro situada a la altura del corazón. Mi familia siempre ha sido extraña, así que no se ocupaban de cosas normales como tomar fotos de niños, mejor sentarse a contemplar el panorama desde una palapa y beber agua de coco, mientras yo, que siempre he sido curiosa y algo imprudente, me entretenía en marcar la arena húmeda con las pequeñas huellas de mis pies. Literalmente obnubilada ante la belleza del mar, caminaba sin pensar, menos medir consecuencias, y justo cuando más absorte estaba en mi contemplación… una violenta ola arremetió contra mí poniéndome tremendo revolcón. Sólo en ese momento mi familia pareció recordar que yo andaba por ahí y alguno de ellos me ayudó a ponerme en píe, mientras yo trataba de recuperar la calma después de semejante caída, aún con el sabor salado del mar y con mis ojos irritados por el golpe de agua. Pero ni lloré ni le sentí aversión al mar; únicamente una mezcla de respeto y admiración ante su fuerza misteriosa y violenta. En minutos olvidé el susto (y el golpazo) y seguí ahí... feliz mirando al mar. Han pasado los años y aún recuerdo con claridad ese pequeño instante en el que salí volando presa de una extraña sensación que unía la sorpresa y el sobresalto a una indescriptible emoción. Un golpe de felicidad, cuyo embate me tomó por sorpresa tanto como la ola que me puso semejante revolcada. Traigo al presente esta anécdota tan, literalmente, infantil, porque la mañana de ayer leí un artículo periodístico: la miseria felizen donde el escritor Juan Villoro comenta el resultado de la encuesta sobre la percepción de la felicidad a nivel mundial realizada por la empresa Gallup: ¿Qué país es el más feliz (sus ciudadanos dicen serlo) y qué país es más el menos feliz? De la cual se obtuvo como resultado que Nigeria es el país más feliz de la tierra y Francia el campeón del bonjour tristesse.

“(…) Resulta imposible evaluar la dicha al margen de cada sociedad. Las ilusiones son tan cambiantes como los países. Quienes saben que las cosas podrían estar mejor no se declaran satisfechos. En este sentido, el descontento es un atributo de la conciencia crítica. (...) 'Sólo un cretino es feliz de tiempo completo', comenta Umberto Eco. (...)”

Desconozco cuáles son los parámetros de medición para algo tan subjetivo e intangible como me parece es la felicidad. Asimismo, no sabría decir si en la encuesta visualiza a la felicidad como un estado o si su conceptualización considera las intermitencias en donde se alternan momentos dichosos con otros que no lo son tanto. Como sea, llama la atención eso a lo que alude el título del artículo de Villoro: que los cinco países más felices –con cierta excepción en lo que respecta a Brasil, rankeado en tercer lugar-, lejos están de ser altamente desarrollados o de caracterizarse por una distribución de la riqueza medianamente equitativa. Al respecto, dice Villoro:

“(…) en Nigeria la alegría no es el resultado de una vida satisfecha sino la promesa de que la vida es posible. De manera equivalente, en Francia, cierta dosis de nihilismo no es un síntoma de suicidio sino el sofisticado requisito para la aceptación. En el fondo, ser alegre en Nigeria se parece bastante a ser triste en Francia. En ambos casos la adaptación viene de un problema: donde hay carencia, hay expectativa…”

Concluyo antes de perderme en el laberinto de mis divagaciones: No soy miembro del Club de los optimistas felices, no creo en la felicidad como un único concepto absoluto, tampoco como un estado duradero. En lo que sí creo es en los golpes –casi siempre inesperados- de felicidad. Por lo general pequeños, pero a veces no tan breves. Sé que para muchos la felicidad está directamente relacionada con la paz interior. No es exactamente mi caso. No que necesariamente deba vivir en constante zozobra para sentirme dichosa; pero tanta paz como que me pasma. Necesito cierta dosis de emoción, de adrenalina. Esto no equivale a requerir acontecimientos extraordinarios. Es posible que las cosas más sencillas, nada grandilocuentes, sucesos que bien podrían ser considerados como pequeñeces, invisibles, me provoquen ese golpe. Y sin embargo... si los de Gallup me hubiesen encuestado, tal vez mis respuestas habrían tenido más cercanía con los franceses que con los nigerianos, porque yo soy de las que hasta cuando llora como Magdalena… disfruta. A mí la melancolía, la dicha de estar triste, me sienta bien.



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enero 05, 2011

recomenzar


Son tiempos difíciles para los soñadores. (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain). 


Recomenzar. Reanudar el camino ya andado. Más de una vez he llegado a pensar que resulta más complicado rehacer algo (unir los pedazos salvables de sueños rotos, los buenos momentos de años aciagos, los fragmentos de un amor perdido... los trozos de un corazón hecho trizas) que empezar desde cero. Tal vez sea un pensamiento generado en alguna de mis etapas in mood confundido, pero lo cierto es que por bien unidos que queden los fragmentos de un espejo roto, nada vuelve a ser lo que era, nada vuelve a verse como era entonces. Nada. Y sin embargo, nada evita que a veces, de entre los escombros de un pasado ruinoso, los restos de un libro roto, una carta hecha mil pedazos, una vida maltrecha, logren rescatarse momentos, segmentos completos, valiosos. No sé si peco de optimista, pero como decía un filósofo* que luego anda por aquí: un hombre sin recuerdos –así sean los más dolorosos, agrego yo- es un hombre perdido. Y reanudar o recomenzar es un poco eso: intentar, a partir de los recuerdos, del pasado, nuevos horizontes, caminos distintos. 

Una vez dicho lo anterior y en el entendido de que recomenzar, o comenzar de cero como cantaba la gran Edith Piaf, no está sujeto a fechas preestablecidas, es decir no tiene que ir necesariamente ligado al inicio de un nuevo año, haré una confesión: He llegado a pensar que el tiempo de este blog ha llegado a su fin. Que yo ya no tengo mucho que aportar y que mis lectores habituales ya estarán un poco hartos de él (la notoria disminución de comentarios algún mensaje tendrá, aunque es contradictorio y curioso que ahora que hay menos comentarios,  tenga muchos más seguidores que cuando tenía más de cien comentarios en un post). Lo he llegado a pensar, lo cual no signifique que esté convencida. Seguro lo he elucubrado en uno de esos momentos en que me hallo in mood rarito. Pero no, creo que aún no es tiempo. Quizá sólo sea momento de refrendar el gusto por el blog. Otra confesión (ya había comentado algo aquí): mi trabajo me roba tiempo y twitter me distrae contra mi voluntad. Bloguear demanda más tiempo que twitter. La egolatría es la misma en mil cuatrocientos caracteres que en ciento cuarenta. Pero el tiempo que requiere expresarse en 140 caracteres es nada comparado al que necesario para hilvanar un escrito medianamente decente. Quienes hacemos vida virtual somos egocéntricos (y el que diga que no… o es un Santo o es un mentiroso... y el mundo está lleno de mentirosos no de Santos). El otro día vi un tweet que era verdad pura: en tierra de twitter el ego es rey. Y yo completo: y en tierra de blogger... también. Tal cual. Y no obstante, con todo y todo, en medio de supinas egolatrías, se encuentran buenas cosas (y mejores personas, amigos virtuales increíblemente interesantes y hasta entrañables). Sólo por eso sigo ahí: porque siempre encuentro información interesante, letras que me tocan muy de cerca. Y sólo por eso seguiré aquí. Porque me gusta palabrear como decía Fernando Pessoa. Porque me gusta aporrear el teclado, como dice Marichuy. Porque escribir, decía Gustave Flaubert, es una manera de vivir. Y aunque uno no sea escritor le gusta escribir.

“¿Por qué escribir? ¿Para qué nombrar? ¿Para qué contar? Para entender. Para amar y que te amen. Para saber, para conocer. Por miedo, por necesidad, por dinero. Para sobrevivir, porque no todo el mundo sabe bailar el tango, ni jugar bien al fútbol. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir las propias”. (Por qué escribo? http://bit.ly/hYNfOM).

Y yo agregaría. Porque así como no se elige el amor ni a quien amar, escribir -aporrear el teclado- es una necesidad y más que eso, no es un alivio pero sirve como desahogo, no quita la pena pero nos provee de mejores desasosiegos, no nos da respuestas pero nos ayuda a hacernos nuevas preguntas, porque no se busca… se encuentra. Porque escribir, como decía Marguerite Duras, es aullar sin ruido, es gritar de dolor, de alegría, de ganas, de pasión… sin alaridos ensordecedores. Escribir –intentarlo- nomás por que sí.

Bienvenidos seamos, para bien y para mal, al primer año de la segunda década del siglo XXI o como canta Étienne Daho: bienvenidos al primer día del resto de nuestras vidas.

*Armand Salacrou. 







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enero 03, 2011

y a veces el silencio


Así como del fondo de la música 

brota una nota 
que mientras vibra crece y se adelgaza 
hasta que en otra música enmudece, 
brota del fondo del silencio 
otro silencio, aguda torre, espada, 
y sube y crece y nos suspende 
y mientras sube caen 
recuerdos, esperanzas, 
las pequeñas mentiras y las grandes, 
y queremos gritar y en la garganta 
se desvanece el grito: 
desembocamos al silencio 
en donde los silencios enmudecen.


[Silencio, Octavio Paz. Raíz de hombre, Sex Barral, 1979].




*/ este es un no-post, mientras regreso... que sera en un rato.


Buen año 2011


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