Son tiempos difíciles para los soñadores. (Le fabuleux destin d'Amélie Poulain).
Recomenzar. Reanudar el camino ya andado. Más de una vez he llegado a pensar que resulta más complicado rehacer algo (unir los pedazos salvables de sueños rotos, los buenos momentos de años aciagos, los fragmentos de un amor perdido... los trozos de un corazón hecho trizas) que empezar desde cero. Tal vez sea un pensamiento generado en alguna de mis etapas in mood confundido, pero lo cierto es que por bien unidos que queden los fragmentos de un espejo roto, nada vuelve a ser lo que era, nada vuelve a verse como era entonces. Nada. Y sin embargo, nada evita que a veces, de entre los escombros de un pasado ruinoso, los restos de un libro roto, una carta hecha mil pedazos, una vida maltrecha, logren rescatarse momentos, segmentos completos, valiosos. No sé si peco de optimista, pero como decía un filósofo* que luego anda por aquí: un hombre sin recuerdos –así sean los más dolorosos, agrego yo- es un hombre perdido. Y reanudar o recomenzar es un poco eso: intentar, a partir de los recuerdos, del pasado, nuevos horizontes, caminos distintos.
Una vez dicho lo anterior y en el entendido de que recomenzar, o comenzar de cero como cantaba la gran Edith Piaf, no está sujeto a fechas preestablecidas, es decir no tiene que ir necesariamente ligado al inicio de un nuevo año, haré una confesión: He llegado a pensar que el tiempo de este blog ha llegado a su fin. Que yo ya no tengo mucho que aportar y que mis lectores habituales ya estarán un poco hartos de él (la notoria disminución de comentarios algún mensaje tendrá, aunque es contradictorio y curioso que ahora que hay menos comentarios, tenga muchos más seguidores que cuando tenía más de cien comentarios en un post). Lo he llegado a pensar, lo cual no signifique que esté convencida. Seguro lo he elucubrado en uno de esos momentos en que me hallo in mood rarito. Pero no, creo que aún no es tiempo. Quizá sólo sea momento de refrendar el gusto por el blog. Otra confesión (ya había comentado algo aquí): mi trabajo me roba tiempo y twitter me distrae contra mi voluntad. Bloguear demanda más tiempo que twitter. La egolatría es la misma en mil cuatrocientos caracteres que en ciento cuarenta. Pero el tiempo que requiere expresarse en 140 caracteres es nada comparado al que necesario para hilvanar un escrito medianamente decente. Quienes hacemos vida virtual somos egocéntricos (y el que diga que no… o es un Santo o es un mentiroso... y el mundo está lleno de mentirosos no de Santos). El otro día vi un tweet que era verdad pura: en tierra de twitter el ego es rey. Y yo completo: y en tierra de blogger... también. Tal cual. Y no obstante, con todo y todo, en medio de supinas egolatrías, se encuentran buenas cosas (y mejores personas, amigos virtuales increíblemente interesantes y hasta entrañables). Sólo por eso sigo ahí: porque siempre encuentro información interesante, letras que me tocan muy de cerca. Y sólo por eso seguiré aquí. Porque me gusta palabrear como decía Fernando Pessoa. Porque me gusta aporrear el teclado, como dice Marichuy. Porque escribir, decía Gustave Flaubert, es una manera de vivir. Y aunque uno no sea escritor le gusta escribir.
“¿Por qué escribir? ¿Para qué nombrar? ¿Para qué contar? Para entender. Para amar y que te amen. Para saber, para conocer. Por miedo, por necesidad, por dinero. Para sobrevivir, porque no todo el mundo sabe bailar el tango, ni jugar bien al fútbol. Por costumbre, para matar la costumbre, por vivir otras vidas y revivir las propias”. (Por qué escribo? http://bit.ly/hYNfOM).
Y yo agregaría. Porque así como no se elige el amor ni a quien amar, escribir -aporrear el teclado- es una necesidad y más que eso, no es un alivio pero sirve como desahogo, no quita la pena pero nos provee de mejores desasosiegos, no nos da respuestas pero nos ayuda a hacernos nuevas preguntas, porque no se busca… se encuentra. Porque escribir, como decía Marguerite Duras, es aullar sin ruido, es gritar de dolor, de alegría, de ganas, de pasión… sin alaridos ensordecedores. Escribir –intentarlo- nomás por que sí.
Bienvenidos seamos, para bien y para mal, al primer año de la segunda década del siglo XXI o como canta Étienne Daho: bienvenidos al primer día del resto de nuestras vidas.
*Armand Salacrou.