El volcán Popocatépetl la madrugada de ayer (foto: Cristina Rodríguez)
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En medio de la nostalgia que de manera casi inevitable llega con el fin de año, por poco y termino escribiendo una elegía al cierre de este aciago 2010. Aciago a nivel personal, familiar, profesional, social, nacional y mundial. Más para unos que para otros, desde luego, pero creo que 2010 quedará en el recuerdo como uno de los años menos dulces y llanos en los últimos tiempos. Quizá esté bien que haya sido así. Tal vez sería demasiado facilón (y hasta aburrido) que la década se fuera ligerita y sin raspones. No obstante, habría sido bueno que no nos golpeara tan de cerca, que nos hubiese encontrado menos indemnes, que no tocara tan abrupta e irremediablemente a los seres que amamos, que no nos hubiese separado de ellos. Pero c’est la vie y hay cosas que por más que lo deseemos no podemos cambiar. Siempre que pienso en un fin e inicio de año ideal viene a mi mente el mar. El mar principio y fin de todo, dador y robador de vida, inabarcable e insondable, agreste y misterioso como la noche, noble y traidor. Por ello el año pasado, en estas mismas fechas, escribía sobre naufragios (feliz naufragio). Naufragios no como una desgracia ni mero símbolo del extravío, sino como salida, viaje a ninguna parte en el mejor de los sentidos -si es que este sinsentido fuera posible-, como dejarse ir sin pensar en lo que venga después y aunque ello signifique dar uno que otro traspié. Porque el mar se lleva todo. Casi todo. A veces lo imagino como una fuerza capaz de limpiar, de llevarse consigo pesares (como aquella historia que les contaba aquí alguna vez, de cuando me llevaban a lanzar flores rojas al río para tirar la tiricia y devolver la alegría a mis ojos). El mar, tan agreste e indomable, capaz de arrastrar todo... casi todo. Hay amores, pasiones, dolores y recuerdos que ni el oleaje más violento o la tormenta más devastadora logran borrar. Pero esa es oootra historia.
En este año a unas horas de finalizar, muchos de ustedes habrán tocado el punto más alto de la felicidad, pero otros –espero los menos- habrán lindado muy de cerca el dolor, las ausencias, la pérdida de seres amados, la ida de amores. Ojalá y no sea su caso. Pero en una u otra alternativa, creo todos queremos que este 2010 acabe de irse de una buena vez para dar paso a un nuevo ciclo, esperándolo con dosis iguales de incertidumbre y expectativas. Así que sin angustia por contar las horas faltantes, deseo que las pasen bien, las que quedan de este año y las que darán inicio al nuevo. El recuento personal de 2010 me lo guardo, lo mismo que la lista de propósitos (que nunca hago) para 2011. No obstante, me gustaría decir que contra todas mis expectativas (yo la madre del escepticismo), este año, en su último tercio, me permitió conocer gente valiosa, interesante. Gente a la que de no ser por esta vida virtual tan de nuestro tiempo, quizá jamás habría tenido la oportunidad de conocer, menos de intercambiar ideas. Por supuesto que nada sustituye al contacto persona-persona, pero a veces, por extraño que suene, resulta más fácil intercambiar ideas con alguien cuyo rostro no ves, cuyos ojos no te escrutan. Uno se siente más libre (hasta un punto, claro) de decir y defender ideas que tal vez de otra forma se cohibiría antes de expresar. Eso es algo que debo agradecer a este aciago 2010. Gracias por los encuentros, los desencuentros y hasta las incertidumbres que tanto miedo me causaban en el pasado, que aún siguen sin gustarme del todo, pero que no puedo evitar, menos controlar como yo quisiera, acorde a mi infinita soberbia.
Me gusta más dar deseos de Año Nuevo que de Navidad, no sé por qué y aunque mi deseo no es original no por ello es menos sincero:
Que 2011 les resulte un gran año, rico en experiencias -serán gratas e ingratas qué le vamos a hacer, pero de preferencia sólo de las primeras, desde luego-, en aprendizajes, en avances, en intensidades y en pasiones. Como dice esa frase de Balzac que aparece arriba, y que es mi firma de correo electrónico: la pasión constituye todo lo humano y sin pasión poco o nada tendría sentido (y mi santo padre que siempre me encomienda no ser tan apasionada).
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