adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

diciembre 31, 2010

notre jour viendra

El volcán Popocatépetl la madrugada de ayer (foto: Cristina Rodríguez)
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En medio de la nostalgia que de manera casi inevitable llega con el fin de año, por poco y termino escribiendo una elegía al cierre de este aciago 2010. Aciago a nivel personal, familiar, profesional, social, nacional y mundial. Más para unos que para otros, desde luego, pero creo que 2010 quedará en el recuerdo como uno de los años menos dulces y llanos en los últimos tiempos. Quizá esté bien que haya sido así. Tal vez sería demasiado facilón (y hasta aburrido) que la década se fuera ligerita y sin raspones. No obstante, habría sido bueno que no nos golpeara tan de cerca, que nos hubiese encontrado menos indemnes, que no tocara tan abrupta e irremediablemente a los seres que amamos, que no nos hubiese separado de ellos. Pero c’est la vie y hay cosas que por más que lo deseemos no podemos cambiar. Siempre que pienso en un fin e inicio de año ideal viene a mi mente el mar. El mar principio y fin de todo, dador y robador de vida, inabarcable e insondable, agreste y misterioso como la noche, noble y traidor. Por ello el año pasado, en estas mismas fechas, escribía sobre naufragios (feliz naufragio). Naufragios no como una desgracia ni mero símbolo del extravío, sino como salida, viaje a ninguna parte en el mejor de los sentidos -si es que este sinsentido fuera posible-, como dejarse ir sin pensar en lo que venga después y aunque ello signifique dar uno que otro traspié. Porque el mar se lleva todo. Casi todo. A veces lo imagino como una fuerza capaz de limpiar, de llevarse consigo pesares (como aquella historia que les contaba aquí alguna vez, de cuando me llevaban a lanzar flores rojas al río para tirar la tiricia y devolver la alegría a mis ojos). El mar, tan agreste e indomable, capaz de arrastrar todo... casi todo. Hay amores, pasiones, dolores y recuerdos que ni el oleaje más violento o la tormenta más devastadora logran borrar. Pero esa es oootra historia.

En este año a unas horas de finalizar, muchos de ustedes habrán tocado el punto más alto de la felicidad, pero otros –espero los menos- habrán lindado muy de cerca el dolor, las ausencias, la pérdida de seres amados, la ida de amores. Ojalá y no sea su caso. Pero en una u otra alternativa, creo todos queremos que este 2010 acabe de irse de una buena vez para dar paso a un nuevo ciclo, esperándolo con dosis iguales de incertidumbre y expectativas. Así que sin angustia por contar las horas faltantes, deseo que las pasen bien, las que quedan de este año y las que darán inicio al nuevo. El recuento personal de 2010 me lo guardo, lo mismo que la lista de propósitos (que nunca hago) para 2011. No obstante, me gustaría decir que contra todas mis expectativas (yo la madre del escepticismo), este año, en su último tercio, me permitió conocer gente valiosa, interesante. Gente a la que de no ser por esta vida virtual tan de nuestro tiempo, quizá jamás habría tenido la oportunidad de conocer, menos de intercambiar ideas. Por supuesto que nada sustituye al contacto persona-persona, pero a veces, por extraño que suene, resulta más fácil intercambiar ideas con alguien cuyo rostro no ves, cuyos ojos no te escrutan. Uno se siente más libre (hasta un punto, claro) de decir y defender ideas que tal vez de otra forma se cohibiría antes de expresar. Eso es algo que debo agradecer a este aciago 2010. Gracias por los encuentros, los desencuentros y hasta las incertidumbres que tanto miedo me causaban en el pasado, que aún siguen sin gustarme del todo, pero que no puedo evitar, menos controlar como yo quisiera, acorde a mi infinita soberbia.

Me gusta más dar deseos de Año Nuevo que de Navidad, no sé por qué y aunque mi deseo no es original no por ello es menos sincero:

Que 2011 les resulte un gran año, rico en experiencias -serán gratas e ingratas qué le vamos a hacer, pero de preferencia sólo de las primeras, desde luego-, en aprendizajes, en avances, en intensidades y en pasiones. Como dice esa frase de Balzac que aparece arriba, y que es mi firma de correo electrónico: la pasión constituye todo lo humano y sin pasión poco o nada tendría sentido (y mi santo padre que siempre me encomienda no ser tan apasionada).

Y poder gritar a los cuatro vientos con la Piaf 
 
Non, Je ne regrette rien 
♪ 
Tal vez, sólo tal vez, (re)comenzar de cero...








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diciembre 28, 2010

la insoportable levedad de la culpa


Será la temporada de fin de año, será el clima, seré yo… lo cierto es que estos días he pensado mucho en eso que llamamos culpa. Bien a bien no sé el porqué, pues según yo no me siento culpable de nada, como no sea de los atascones de comida en los que uno incurre casi sin querer. Pero el hecho es que la idea de la culpa me ha rondado muy de cerca y en medio de mis divagaciones silenciosas –entrampadas en un circulo- vino a mi mente el recuerdo de un relato leído hace mucho tiempo. Se llama Sin Compañía y fue escrito por alguien que nunca ha sido el escritor de mis amores. Un escritor (historiador e intelectual, dice su biografía) me es tan antipático como Vargas Llosa, con el agravante de no ser tan buen escritor como el peruano. Pero como todo en la vida hay excepciones y hasta en los escritores saltimbanquis y acomodaticios, sucedáneos Región 4 de los intelectuales orgánicos tan bien tipificados por Antonio Gramsci, encuentra uno puntos en común. La historia central de su relato era lo de menos, lo que mí me interesó fue lo acontecido en un segundo plano, un lejano recuerdo traído al presente por la coprotagonista de la historia principal. El recuerdo de un amor prohibido, nada original ciertamente, entre un sacerdote jesuita y una niña bien. Un amor surgido entre los oscuros pasillos de la Universidad Iberoamericana, hacia finales de los años 60’s y principios de los 70’s del siglo pasado. El sacerdote era todo lo que cualquier adolescente podría idealizar como epítome del amor platónico: teólogo, historiador, cosmopolita, cultísimo, profundamente sensible y, claro, más guapo que cualquier badulaque Brad Pitt. Demasiado cliché por donde se le mire. Aún así, el personaje me resultó interesante no tanto en esa etapa en que ella, cual encarnación de Eva intelectualoide, lo tentó con sus mundanos y carnales encantos hasta hacerlo caer en pecado (un hombre más víctima de los lances de una lagartona caprichosa y millonaria), sino después, cuando se sabe totalmente perdido. Me gustó la forma en cómo asume su perdición, la cual creo no inició la noche que hace el amor por primera vez con la niña bien (ella se propuso meterlo en su cama y lo consiguió, aunque en el camino también se enamoró; otro cliché, pero si el amor lo es, qué más se podría esperar), sino en el momento en que confiesa su culpa ante el padre de la seductora, quien se propuso meterlo en su cama y lo consiguió aunque en el camino, claro, también se enamoró. De ahí en adelanta todo es cuesta abajo y de ser la promesa dorada de la Compañía de Jesús, el más brillante egresado en años, literato políglota experto en Teilhard de Chardin y Jacques de Maritain, el guapo sacerdote que lo mismo atestaba la misa dominical que los salones de clase (a los 28 años), pasó a convertirse en un hombre avejentado y frustrado que arrastraba su culpa entre manglares y cuartos de hoteles inmundos en algún país del sudeste asiático a donde fue exiliado como castigo. No era mi intención contar todo el relato, sólo quería hablar del sacerdote jesuita, del momento en que completamente perdido se despierta una madrugada sin saber cómo llegó a ese inmundo cuartucho ni cómo se levantó a la dama de la vida galante que yace a su lado y de pronto, en medio del horror de sí mismo, se asoma a la ventana, aspira el fétido aire y levanta la vista hacia el cielo límpido y estrellado para gritarle, reclamarle, a su Dios cómo pudo dejar que hiciera eso de él (de Dios) dentro de sí. Hasta ese momento el hombre guardaba un algo parecido a la Fe, pero fue esa misma madrugada cuando la perdió por completo, pues Dios, obviamente, no le respondió. Y todavía más: acorde a su manera de ver las cosas, Dios permitió que siguiera revolcándose entre los restos de dolor y culpa. Fin del relato del relato.

De todas las taras heredades, inculcadas, por el cristianismo, ninguna como la culpa. Casi indisolubles, la culpa me parece más terrible que la propia noción del pecado. Admiro (y lo digo en serio) a quienes van por la vida sin conocer esa terrible tortura producida por la culpa. Tal vez suene soberbio pero nunca me he sentido "pecadora". En cambio, la de veces que lidiado con culpas. Unas nimias, otras no tanto. Desde que tengo memoria he batallado contra esa sensación: culpa por alejarme de ciertas creencias, de ciertas personas, culpa por terminar relaciones, culpa por no querer, por querer de más o de menos, por querer a quien no se debe, por creer en quien no debía, etc. Tantos motivos. Aunque la peor y la más reprochable de todas, debe ser la culpa que genera el no hacer o decir algo a tiempo. El arrepentimiento-culpa por lo que no se hizo, dijo o demostró, es lo más triste que puede haber. Claro, no peor que buscar culpar a otro cuando uno ya no puede más con la carga de culpabilidad. Sería bueno que así como existen los antidepresivos existiese algo similar para prevenir la culpa. Pildoritas para no sentir culpa. De preferencia no adictivas y sin efectos contraproducentes. 




la llorona, figura de la mitología mesoamericana

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diciembre 24, 2010

miss catastrophe c'est moi

Photo: Brassaï: mariposa y vela (1933)

Fromage et chocolat noir, très noir, para todos. Esto, más lo que beban, son mis mejores deseos. Bien saben que eso de los discursos navideños no es lo mío.

Les dejo no una canción navideña pues, como mandan los cánones, los villancicos tampoco son mi hit y si escucho una vez más a cualquier cantorcillo televiso cantando por enésima vez el niño del tambor… juro que lo mato :).

Pero Benjamín Biolay sí es de mí (ja, brincos diera yo) y esta chanson en especial está que ni mandada hacer para mí. Miss Catastrophe se llama

Que la cena navideña les resulte buenísima y el brindis aún mejor, pero que la cruda les sea leve y, sobre todo, que no los obliguen a decir un cursi discurro en la cena familiar.

Au revoir




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diciembre 21, 2010

dormir... tal vez soñar

Photo: Brassaï (Gyula Haläsz). Le Pont Neuf à Paris, 1932.
Hoy me da por divagar en torno a los sueños, mientras añoro las vacaciones que este año ya no tuve. En varias oportunidades he cometido aquí sobre una frase atribuida a Marcel Proust, frase que leí hace tanto tiempo que ya no sé si la leí tal como la recuerdo o si yo le agregué algunos aderezos para acomodarla a mi forma de ver y pensar sobre ciertos temas. (digo atribuida porque quien la citaba no estaba del todo seguro de la autoría). La frase que alguno de ustedes quizá recordará, dice más o menos así (cito de memoria):

Lo malo no es que los sueños no se realicen sino que lo hagan demasiado tarde, cuando ya hemos perdido la pasión que nos llevó a concebirlos y la ingenuidad que nos hizo confundirlos con el sentido de nuestra existencia.

Hacía tiempo que no la citaba, pero recientemente he vuelto a pensar en ella (aunque en realidad nunca la he olvidado: desde la primera lectura la guardé en algún resquicio de mi tramposa memoria) y la he pensado no porque un sueño se me haya realizado a destiempo, sino por un extraño sueño que tuve, mientras dormía, hace unos días. Desconozco todo, absolutamente todo, sobre la interpretación de los sueños. A veces quisiera aprender, pero luego desisto. Quizá sea cobardía porque con todo mi desconocimiento al respecto, no ignoro que los sueños, las más de las veces (¿siempre?), suelen ser proyecciones, deseos, unos insatisfechos otros escondidos. Cobardía porque tal vez prefiero quedarme con la duda de lo que se esconde tras las locuras que suelo soñar… mientras duermo. Las otras locuras no necesito buscarles ningún significado. Es extraño, hace unas semanas mientras veía parte del acervo fotográfico del artista que ilustra esta entrada Brassaï (Gyula Haläsz), recordé una cita de Milan Kundera donde afirma que la memoria guarda fotografías, no películas. Y me llama la atención por la sencilla razón de que mis sueños discurren como en una película. Entonces, tal vez ese sea el motivo de que a menudo olvide lo que soñé, de que al otro día no recuerde  la película que acabo de ver. Película que muy seguido es en blanco y negro, sólo imágenes en movimiento, normalmente rarísimas y sin diálogos y casi nunca acompañadas de música. Como película muda. La verdad es que no muy seguido sueño a colores y tal vez sea este el motivo de que el sueño reciente que mencionaba al principio de esta entrada, me haya llamado tanto la atención. Tampoco hubo música, pero en compensación abundaron las imágenes de rara hermosura. Un sueño visto desde la altura, lo que ya es decir. No volaba como cuando niña. Ahora caminaba, caminaba ente nubes y si hubiera querido quizá hasta habría podido meter mis manos entre ellas, como si de pompas de jabón se tratase. Tan extraño.

Soñé que caminaba ente nubes. Blanquísimas nubes, como pompas de algodón. Casi espumosas. Un hombre cuyo rostro no logré ver, iba a mi lado. Ese sitio nuboso, obvio en lo alto, no a la orilla del cielo sino sobre el cielo. Veíamos a mucha gente pero sin hacer caso. Como si él yo fuésemos ajenos a lo que nos rodeaba. Hablábamos de algo, pero no recuerdo de qué. Y de pronto, ese sitio nuboso era como un mirador. Caminamos hasta una especie de barda, baja, y desde ahí contemplamos el paisaje, ahora las nubes quedaban atrás de nosotros., La gente no se veía. Y nosotros ya no hablábamos, sólo mirábamos frente a nosotros, pero con dirección hacia abajo. Como si el mundo quedara abajo; el paisaje era de una rara belleza, nada parecido a ninguno que yo hubiera visto. Largo rato en silencio sólo mirando como ese paisaje se transformaba, como si el viento cambiara las tomas hasta que por fin reconocí un sitio (y esto fue lo que más me gustó) ahora veíamos los volcanes. No sé cómo pero de pronto estaban frente a nosotros el Popo y la mujer dormida. Ella blanquísima de nieva, casi plateada y él como el fuego, ardiente, sin hacer erupción, sin lanzar humo, ni llamas, sólo con el color del fuego: rojizo, naranja, como si algo ardiese dentro de él. Una pareja extraña, como siempre han sido esos volcanes, pero con su dispar armonía acentuada en mi sueño. Extraño se veía ese par. Esa visión de uno ardiendo y la otra tan blanca, como inmaculada, fue lo mejor de mi sueño. Nos quedamos así. No sé si pasó algo más después. El despepitador sonó y mi sueño llegó a su fin. Pero por primera vez mi memoria lo recuerda con exactitud. Casi como si lo viera otra vez, como en una película, no como fotografías. Como si tuviera el DVD y pudiera repetir las escenas de mi preferencia una y otra vez. Y ahora sí, que venga Freud o alguno de sus colegas y me explique. Mientras yo me quedo sin saber con exactitud (aunque alguna idea pueda tener, sobre todo después de habérselo platicado a alguien que tiene más imaginación que yo) qué significa haber soñado eso. Me quedo saboreando esa imagen fijada en la retina de mi memoria (¿la memoria tiene retina?),  con los volcanes juntos pero tan distintos, tan contrastantes. Hielo y fuego.


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diciembre 19, 2010

para todo mal, chopin y para todo bien... también

Por las nubes, photo By Darth Kraken

Dice un refrán mexicano: para todo mal, mezcal y para todo bien... también. Otro tanto podría decirse de la música de Frédéric François Chopin, la cual debería formar parte de la canasta medicinal básica. Ser indicada por los médicos, en lugar de pastillitas propiciadoras de dicha artificial. Una dosis de Chopin cuando haga falta acariciar el alma con la suavidad de la seda:

Para todo mal, Chopin y para todo bien... también. 

Su Nocturno No. 20 no tiene precio. 


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Este es un no-post.

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diciembre 16, 2010

hilando

anne julie aubry, medium

La hilandera de la luna, la de las manos sensibles a los destinos humanos, la que sabe leer en los espejos de esa arena que mueve el viento, las vidas escritas en granos volátiles. 
[Alberto Ruy Sánchez sobre Marguerite Yourcenar]

Los deseos y los sueños, como parte de la vida, son cambiantes, aunque haya algunos que permanezcan siempre con nosotros. Aún no contabilizo los sueños adolescentes que perecen intactos con mí. De lo que sí tengo certeza es que el de ser como la Dietrich que se comía (metafóricamente, se entiende) a más de un hombre, lo he dejado hace rato atrás. Ahora tengo uno un poco más etéreo y que sin embargo puede ser más soberbio que noble. Igual de imposible que el de la femme fatale: hilar fabulas, no-ficciones, historias con finales menos tristes y tramas menos crueles. Quiero ser como una hilandera. No luminosa, no la de la luna. Libre de grandilocuencias. Con los deseos y los sueños sin gastar y las certezas aún por construir. Una hilandera, a la manera de las tejedoras antiguas, para tejer más de una historia. Por ejemplo, una donde fuera posible resarcirte de las deudas sin edad ni tiempo, los olvidos del ayer, la falta de porvenir. Una nueva. Una sólo tuya, en la que nadie decidiera por ti. No como una ruptura absoluta con el pasado, sabemos que eso es imposible. Sí como la posibilidad de armar con los retazos queribles de tu vida anterior, otra, quizá no tan perfecta, no tan estúpidamente hermosa y controlada; no demasiado predecible, ni aburrida. Sólo diferente; un poco mejor. Una no-ficción donde la palabra opción fuera eso: una opción posible de elegir de entre un abanico de posibilidades. Otra vida en la que las amarguras no pesaran tanto, los silencios quemaran menos y las ausencias dolieran sin lastimar. No pretendería construirte quimeras ni sueños imposibles. Sólo un sitio en el cual pudieras preservar tus ganas de creer, tus anhelos de ser, la inocencia que aún hay dentro de ti. Un lugar donde el desengaño no terminara venciéndote. Un escenario novel en el que los aullidos del silencio no perforaran el alma, los fríos venidos de tiempos inmemoriales no quemaran dejando cicatrices indelebles y los vientos que acarrean recuerdos dolorosos y se llevan olvidos amados, soplaran con menos fuerza.

Ser como la más vieja de todas las hilanderas, esa que compensa la juventud perdida con los hilos de la sabiduría y la sensatez que sólo con la edad es posible adquirir. Y que pese a los años que carga sobre sí, en su cansado corazón aún en capaz de albergar pasiones y amores con el fuego y la intensidad de los años idos. Tendría que ser como ella, para impregnar con su esencia al tejido de tu nueva vida. Sentarme como ella frente al bastidor y unir, con paciencia infinita, los hilos de tu memoria -esa que sí deseas preservar- con las tramas de la vida por venir.

Eso quiero ser, no hoy, tal vez mañana, un año de estos. Eso quiero ser y sé que sonará soberbio en extremo, que lo es, y lo peor no sé si deseo disculparme por semejante atrevimiento, por anhelar cosas así de disparatadas. Creo que de momento no.

PS no sin una poquita de pena, comento que este mes sí publiqué en el blog colectivo de Escribidores y literaturos, si gustan leer, aquí el link: ella se fue





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diciembre 12, 2010

función de media noche

fotograma del film De battre mon coeur s'est arrêté

Por el breve tiempo que dura un film, el cine (casi) puede ser mejor que la vida... siempre que uno no se equivoque de película. Me gusta el cine de Jacques Audiard, cineasta galo poco conocido en México. Sus películas tienen algo que me atrae casi de manera extraña. Decir que sus películas me gustan porque son buenas sería una boludez, como dicen los argentinos. Quizá algo que si puedo afirmar, a riesgo de sonar pretenciosa, es que el hombre sabe dar un toque elegante a sus filmes, aun cuando sus historias sean casi sórdidas. Otro aspecto que me llama la atención de su cine (aunque también suene a boludez) es su predilección por personajes en el límite la ambigüedad moral. Criaturas extraviadas, perdidas de todo, especialmente de sí mismas, que deambulan por las historias dando tumbos, pero siempre con un cierto toque de arrogancia, negadas a la humillación per se. Y es aquí donde la mano del Director brilla en todo su esplendor: Audiard trata a sus ambivalentes personajes con una mano tan suave como firme, a tal punto lo hace bien, primero delineándolas y luego dirigiéndolas en el set, que sus amorales criaturas terminan resultándonos queribles. Ese es el caso del arrogante Thomas de De battre mon coeur s'est arrêté (De latir mi corazón se paró). El chico tiene todo para repelerlo: es un personero, ejecutor de las fechorías de su padre, mafioso inmobiliario, y lo peor es que lo hace sin estar completamente convencido, consciente de lo que hace. Quizá por ello, buscando ensordecerse para no escuchar sus íntimos reclamos (si acaso los tuviera) se refugia en la música, transitando con pasión y temor del techno a J. S. Bach.

Pero ya fue suficiente blabla. Todo este rollo sólo es un mero preámbulo (pretexto), para poner en función de media noche dos videos con imágenes y música de dicho film. El primero es un extracto, tal como aparece en el film, donde se muestran los tormentos musicales del protagonista Thomas. Mientras que el segundo presenta una amalgama de diversas escenas musicalizadas por Radiohead.


thomas y la maestra de piano
 

radiohead, jacques audiard y j.s. bach... un trío impensable


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diciembre 09, 2010

descomposturas invernales ii

“(...) Porque la nuestra será, por fortuna, una historia inconclusa. Por eso tenemos que seguir soñando, leyendo, escribiendo, la más eficaz manera que hayamos encontrado de aliviar nuestra condición perecedera, derrotar a la carcoma del tiempo y convertir en posible lo imposible”. Líneas finales del discurso de Mario Vargas Llosa, durante la ceremonia del Premio Nobel 2010. (el discurso completo aquí: Elogio de la lectura y la ficción).

El discurso pronunciado por Mario Vargas Llosa, sobre todo en su parte inicial y hacia el último párrafo (el arriba citado), me trajo de regreso a mi abuela. Esta afirmación me suena un tanto extraña, dado que Vargas Llosa no era de las preferencias de esa mujer más bien decimonónica. Y sin embargo, tras las evocaciones lectoras del Vargas Llosa niño (un párrafo que me resultó particularmente bello, nostálgico y conmovedor -y lo dice alguien que no siente simpatía por el escritor peruano-), recuperé mucho de mis inicios lectores junto a ella y hasta un fragmento de la niña que fui. Cuando mi abuela se sentía agobiada por el peso de alguna pena, en lugar de gritar, llorar o desquitarse con el de al lado (más bien la de al lado, yo), rezaba o leía novelas rusas. A mis pocos años, esto último me parecía algo rarísimo, contraproducente, casi como atizar el fuego. Y es que las novelas rusas, al menos las que ella leía, con las que crecí (de Gorki a Tolstoi), eran todo… menos un canto a la dicha. Pero ella las leía y gozaba mientras las sufría. Recuerdo con especial claridad su angustiosa lectura (la de ella y la mía) de La Madre. Novela dramática y por momentos realmente angustiosa pues uno teme que los revolucionarios en ciernes, entre ellos Pavel el hijo de la devota madre Pelagia Vlasor, sean descubiertos. Y a pesar de ello, o tal vez merced a ello, la leía, gozaba y padecía con especial dedicación. Y pese a no entenderlo del todo, yo era fiel acompañante en ese suplicio, a veces hasta con la lectura en voz alta. Sólo con el paso de los años y la llegada de mis primeras penas (cúlpese al otoño de semejante cursilería), entendí y aquilaté en toda su nobleza dicha práctica: al sumergirse en las enormes tragedias ficticias, ella olvidaba las propias; mezclaba su penar con el del personaje literario en turno y de alguna manera conseguía alivio. Hacía catarsis, pues. Qué esperanzas que la abuela leyera libros de autoayuda o supiera de psicólogos. Nada. Ella llevaba sus penas en forma casi estoica, o bien les echaba sal y limón para que dieran todo de sí. Un día descubrimos a Sor Juana y a Allan Poe y de las tragedias rusas pasamos a los estupores y miedos del cuentista estadounidense y a la inflamada poesía de la Décima Musa. Así crecí. Así enjugó ella más de una pena. Después de eso, ¿cómo no iba yo salir medio rara? ¿Cómo no iba yo a terminar repitiendo su patrón de cura? Sólo que en la actualidad, en lugar de leer tragedias rusas, cuando me gana la desazón, por lo general opto por los poetas intensos, fatalistas, suicidas; casi nunca ultra románticos. Y hago catarsis. Encuentro un poco de consuelo mediante el olvido temporal de esos inoportuno penares y descomposturas. Desarreglos caprichosos que tienen el mal gusto de apersonarse justo en el momento menos indicado… nomás por el placer inicuo de romper mi falaz serenidad.


Post Scriptum. Lo bueno es que siempre nos quedará el otoño. Su manto protector para arropar las más grandes cursilerías, su melancólica luz rojiza para camuflar nostalgias propias, sus helados vientos nocturnos para confundirlos con fríos venidos desde tiempos inmemoriales…





imagen: Anne Julie Aubry. Más de la artista aquí: anne julie-art


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diciembre 08, 2010

pasiones desesperadas


René Creval (poeta francés, 1900-1935)

Tanto leer y releer; decirme y contradecirme; pensarle y, repensarle, gozar y sufrirle... para venir a encontrar la condensación de ese periplo literario y vivencial en un par de breves citas salidas de la pluma de un escritor húngaro, expatriado y suicida. Pareciera un cliché y a veces casi me asusta, pero me he dado cuenta que tengo predilección por letras de escritores suicidas… hasta  Sándor Márai que es como el Cioran del Danubio (algunas, no todas. Mentiría si dijera eso).

"Porque la pasión no conoce el lenguaje de la razón, ni sus argumentos. Para una pasión, es completamente indiferente lo que reciba de la otra persona: quiere mostrarse por completo, quiere hacer valer su voluntad, incluso aunque no reciba a cambio más que sentimientos tiernos, buenos modales, amistad y paciencia"

"Todas las grandes pasiones son desesperadas: no tienen ninguna esperanza, porque en ese caso no serían pasiones, sino acuerdos, negocios razonables, comercio de insignificancias" 

[El último encuentro Sándor Márai]


link de interés: fotos y cigarros 
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diciembre 07, 2010

descomposturas invernales i


Mis dedos insisten en contradecir lo que dicta mi mente. Pocas veces lo logran. Duelo de tercos derrotados por una terquedad mayor: la mía. Como los Mosqueteros, los tercos que somos yo dividida en tres vamos por ahí dejando regadas nuestras insensateces y mientras... este pobre blog tan abandonado y desatendido. Ya vuelvo, en la noche o mañana. En el ínter hago caravana con sombrero ajeno mediante este poema


Porque estos días lluviosos me lo exigen
con su necia soledad vespertina,
y la ajena belleza de unos cuerpos
que conozco bien y que me desconocen
es apenas una daga feliz
que en mí se derrumba. También porque es cierto
que la vida es una vano,
un inútil montón de negligencias.

Volver a ese tibio gozo
que implicó cada cosa hecha contigo;
a la rutina y al aburrimiento,
tan queribles, pero al ardor también,
al ardor, a la dicha y a la alegría.
Al sencillo detalle de abrazarte"

Alonso Ruvalcaba 

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diciembre 02, 2010

la vida prometida



He ganado mi pecado,
ha gastado casi mi alma,
he andado perdido... hasta ahora.

En el confín del mundo
he hallado una puerta.
En el confín del mundo
puedo ver otra vez.

Navegue pues mi barco como el de Brandán
llevándome de regreso.
Guíen los Tres mi travesía
hacia la Isla de la Luz,
... hacia la Isla de la Esperanza.
- J. Johnson

No quería que te fueras. Esa es la verdad. No mentiré. Como todo egoísta que se precie, antes de pensar en tus deseos pensaba en mí. Me atormentaba la idea de tu partida… aún antes de ser realidad. Obnubilada por el dolor a priori, perdida entre reproches acallados, gastaba el tiempo que nos quedaba pensando en el dolor que tu ausencia me carrearía. También, en los esporádicos momentos de serenidad, en imaginar lo que sería de mi vida sin ti, en cómo le haría para transitar el invierno del resto de mi vida sin tu presencia. Bien sabía que una vez que hubieras cruzado esa puerta, no habría vuelta atrás. Y es que la renunciación no se hizo para mí. Pensaba entonces. Lo pienso hoy. A la inabarcable lista de mis fallas y defectos, habría que agregar que no nací con el gen que posibilita la resignación, menos el que facilita la renunciación sin lamentos ni reclamos. Qué puedo decir. Ni siquiera intentaré una disculpa fingida por ello. Peor sería afirmar lo contrario. Lo poco dada que soy a aferrarme a las cosas materiales, es inversamente proporcional a lo que me cuesta desprenderme de quereres y personas. De todas. Más de algunas. Aferrarse a un amante es el pan nuestro de casi todos los enamorados. Querer aprisionar, como se aprisiona agua entre los dedos, a quien se ama más de lo que se amaría a un amante pero en una forma distinta, es el lugar común de nosotros los más insensatos. Y yo te quería aprisionar. Proteger de los humos del tiempo y el olvido, cada soplo de tu vida, cada mirada de esos ojos que sabían verme más allá de lo visible, cada una de esas esporádicas pero contagiosas sonrisas tuyas, cada una de tus lágrimas, cada grito seco y profundo, aullidos sin ruido, emitidos al son del dolor más agudo. Quería guardarlo todo. Peor aún: no quería que se acabaran. La idea de vivir en su añoranza, de vivir extrañándolos, entrañándote, contando mis recuerdos a escondidas, cual versión cursi de Shylock el Mercader de Venecia, por más romántica y novelística que suene, no me atraía en lo más mínimo. Menos que me proveyera de alguna especie de consuelo. Y mientras yo me atormentaba antes de lo debido, el tiempo, implacable e inexorable, corrió para llegar a su hora, es decir para llegar a la hora que tu habías fijado como la definitiva. Y llegó. Y te fuiste. Sin gritos estentóreos. Sin dramas de tu parte. Casi sin hacer ruido, de no haber sido por tu carta, la más larga, hermosa y dolorosa. La única que no hubiera querido recibir, menos conservar. Leerla fue como recibir un golpe seco que no por esperado duele menos. Gancho al corazón, al hígado. Trancazo a la razón. Y sin atenuantes. Como si yo no lo supiera desde antes, como si no lo hubiésemos platicado. Igual me dolió. No con la violencia de la sorpresa, sino con la intensidad de lo sabido, con la fiereza de la impotencia.

Y sin embargo lo entendía. En verdad que sí. Si hay alguien que respeta a la gente que decide irse, esa soy yo. Jamás los he criticado, ni por razones morales-religiosas, ni por las otras… que no sé cuáles sean. Si uno ya no está a gusto en un sitio, nadie tiene derecho a oponerse a su partida. Cuántas veces lo había meditado. Claro, una cosa era concebirlo de lejos, verlo como quien ve llover sin mojarse y otra muy diferente tener la lluvia tan cerca como para empaparse. Y es que más allá de la literatura y la poesía, yo no sabía de eso. Jamás había tenido cercanía con alguien que hubiera decidido irse por su propia mano. Nunca antes de ti. Y ahí fue donde todo me hizo corto. En un instante pasé del dolor, la rabia y la impotencia a la culpa. De tanto escuchar típicos "no hiciste nada por convencerlo de no hacerlo", terminé sintiéndome corresponsable. Revertir esa sensación fue un proceso arduo, pese a lo pueril de su origen. Arduo y largo. Al fin lo logré. Y por fin me animo a decirlo abiertamente: si no intenté persuadirte fue porque si alguien conocía, entendía y hasta sufría tu dolor, esa era yo. Y ante ello, habría sido más que intrusivo intentar convencerte de seguir pelando una batalla que de antemano sabíamos perdida: El fin no llegará cuando quiera él, sino cuando diga yo. Ese será mi pequeño triunfo. Y lo fue. Y allá que digan, como habría dicho la Pizarnik



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imagen: la tierra prometida. tomada del sitio: clfm, fotografía


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