adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

noviembre 28, 2010

gélidas brumas




Esa manía, en los 'edificios inteligentes', de poner el clima artificial tan frío mientras afuera el sol arde en todo su esplendor otoñal. Me siento como camarón congelado, en tanto mis pobres neuronas están como enteleridas y mis recuerdos se hacen bolita, tratando inútilmente de conseguir un poco de calor. Y así es como los evoco: mezclados, inconexos, 'hechos bolas'. En estos últimos días he recordado un montón de cosas que guardan poca relación entre sí. [digresión: cuando algo así me pasa me da un poco de miedo, pues temo que eso sea el inicio del camino a la locura]. En fin, decía que he recordado sucesos, momentos, sin relación entre sí. Al menos no aparente. Por ejemplo, el día en que por vez primera (y única hasta hoy) visité un quirófano. Hasta antes de aquella tarde, me parecía increíble cuando en una película o programa de TV veía personajes que tras ser sometidos a una cirugía al volver en sí decían no recordar nada de nada, ni siquiera cómo habían llegado hasta ese lugar. Y yo los veía sin creer… ni en la ficción: cómo va a ser que uno no se acuerde que lo acaban de acuchillar, me decía yo. Me parecía que hasta como efecto melodramático, era algo difícil de creer. Y ahora al mirar atrás, los recuerdos de lo sucedido aquel día vuelven tamizados por las brumas del tiempo, que son las de mi memoria, aunque en algunos segmentos los recuerdos discurren con tal nitidez que casi me parece estarme viendo en una película 3D. Empiezo…

Aquel amanecer, como ocurría a diario, el despertador sonó implacable, cruel, a las 5:00 de la madrugada. Y también como todas las madrugadas, con todo el dolor de mi alma, o para decirlo sin eufemismos, con toda la flojera de mi ser me dispuse a abandonar la calidez del lecho para sumergirme en la frialdad del baño. No sé en sus casas, pero en la casa familiar el cuarto de baño era (sigue siendo) un lugar casi gélido. A tal grado era la diferencia de temperatura entre el baño y el resto de la casa, que cuando la energía eléctrica fallaba, el lavamanos del baño resultaba un buen sucedáneo de refrigerador para conservar, por ejemplo, los productos lácteos tan sensibles a los cambios drásticos de temperatura. En fin, después de unos minutos de inútil resistencia, di inicio, de manera mecánica, al ritual de cada mañana. Una hora más tarde me encontraba bañada, vestida, peinada (es un decir) y lista para tomar un café antes de salir rumbo a la escuela. La clase era a las 7:00, pero la puerta de entrada cerraba quince minutos antes. Lo que siguió, el tiempo transcurrido entre mi primera clase y la última (a la una de la tarde), apenas lo recuerdo. La última imagen que tengo de mí antes de entrar al quirófano, debe ser de las cuatro de la tarde cuando un dolor inaguantable me postró en el asiento trasero del auto de la madre de una compañera. Después, apenas recuerdo haber franqueado las puertas de cristal del hospital de la colonia Roma, mi paso por laboratorios (no haber desayunado ni comido me ayudó y no hubo necesidad de lavarme el estómago, ni de ningún otro tipo de procedimiento previo a la extracción de sangre y la realización de los demás exámenes que me hicieron). Y de pronto me vi en un frío quirófano, no sin antes conocer el implacable diagnóstico: un día de retraso más y de una 'todavía' operable apendicitis habrías pasado a peritonitis de pronóstico reservado. Serían las siete de la noche. Y hasta ahí. Lo que sigue es difuso… hasta las primeras horas del día siguiente.

Era la una de la madrugada con treinta minutos cuando desperté, completamente descontrolada. Conforme abría los ojos, adormecida, aun con los resabios de la anestesia, iba siendo consciente de un punzante dolor en mi vientre. Y cual película de ficción (o serie de horror), de pronto me vi igual que esos personajes: me costó trabajo recordar dónde estaba. Frente a mí, muy cerca de mi rostro, un hombre de pelo castaño y barba cerrada me miraba sonriente al tiempo que exclamaba: vaya, por fin se digna despertar la bella durmiente, tendrías que haberlo hecho hace un par de horas; pero no, has seguido durmiendo muy quitada de la pena, mientras yo sigo aquí preocupado y sin poderme ir a casa. La luz blanca que iluminaba la habitación hería mis ojos y lejos de ayudarme a esclarecer la mente me atarantaba más. El hombre siguió hablando, mencionó que la operación había sido un éxito pero apenas a tiempo, pues yo estaba –repitió, ahora lo sé- a un tris de la peritonitis. Mi reacción debió ser de completo azoro, porque él siguió hablando, dándomesanto y seña de lo sucedido:

"¿no te acuerdas? te hice una apendicetomía; por poco y no llegas a tiempo, pero no te preocupes que todo salió bien y de una vez aproveché que ya te tenía abierta, para deshacernos de algunas molestas e inesperadas burbujitas (quistes) que me encontré por ahí". Como yo seguía muda, él dio por concluido su informe diciéndome: ya te van a subir a tu habitación, balbuceé algo sobre la fuerza que estaba cobrando el dolorcito, a lo que él atajó: ahorita te inyecto un analgésico, luego una jeringa entró en la sonda del suero y yo volví al mundo de los sueños del que salí unas horas más tarde, justo a las cinco de la mañana, y sin necesidad de despertador, espantada porque se me haría tarde para la escuela. No recordaba nada otra vez. Había olvidado que estaba en un hospital, recién operada, lo cual me mantendría alejada de la molesta clase de 7:00 de la mañana durante varios días. Nada, seguía como anestesiada, instalada en una realidad alterna 



 imagen: anestesia, tomada de cedepapedu

noviembre 21, 2010

la vida virtual de la escritura


La escritura es lo desconocido. (Marguerite Duras, Écrire. Gallimard, 1993).

La escritura en tiempos de internet y la vida virtual. Amén de ser un ejercicio creativo, un arte para unos tan vital como el oficio de vivir, escribir sirve para sacar, en una especie de exorcismo, todos los demonios, dolores, enojos y demás pesares que se lleven dentro. Dicen. Hablo de pesares y no de dichas, lo cual no significa que no esté consciente de que hay quien escribe con el único afán de compartir sus pequeñas y grandes dichas. Debe ser que soy adepta a esa frase vuelta cliché y atribuida a escritores tan disímiles como Tolstoi y Borges, de que los hombres felices no tienen historia. Pero no obstante lo afirmado, no todos encuentran alivio: para algunos, la escritura es un proceso difícil (más allá de lo que cueste poner en letras lo que se piensa y siente), mediante el cual, lejos de encontrar alivio, acaban por hundirse en el dolor al revivir cosas que preferirían olvidar. Si uno tuviera el poder ver hacia adelante y saber cómo van a terminar sus escritos, posiblemente desistiría al primer intento. O tal vez ni siquiera se animaría a intentarlo. En su libro Escribir (Écrire, Gallimard. París, 1993), Marguerite Duras dice que la escritura suele despertar miedo entre quienes se animan a ella. Se teme escribir [interpreto yo] como se teme a lo desconocido. Uno se aterra ante la idea de la imagen que de sí mismo, por mínima y difusa que sea, por más ficticio que sea el texto, pueda devolverle el espejo de su escritura. (digresión: al escribir esto casi puedo sentir a Roland Barthes diciendo «Toda autobiografía es ficcional y toda ficción es autobiográfica»). Claro [se dirán ustedes], pero esto sólo sucede con los verdaderos escritores, no con las humildes blogueras aporrea teclados. Pero no. Si bien nada puede compararse al reto que enfrenta un verdadero escritor cada que inicia un nuevo proyecto -e incluso ya en pleno desarrollo de este-, los que somos meros aporrea-teclados por gusto y/o necesidad (quizá más esto último) también sufrimos, también enfrentamos temores. Tal vez el primero, y más común, sea hallarse frente a la nada. Sentirse delante de un inmenso vacío. Un vacío que en idea habría de llenarse con la escritura, pero que en la práctica se agiganta, se vuelve imposible de llenar. Y en ese momento, los no tocados por la gracia divina, por un talento especial, tememos no poder hilar nada que logre llenar ese vacío y, en un descuido, hasta perdernos en él. Como en cuento de terror: que el vacío, que la nada de la hoja en blanco, la pantalla de la computadora, que es a la vez la inmensidad, nos engulla.

Pero el vacío de la hoja en blanco (la pantalla de la computadora), no es el único riesgo posible. Hay otro del que sólo se es consciente con el paso del tiempo, cuando ya se han padecido sus efectos. Un riesgo que cuyos alcances, en el corto, mediano y hasta largo plazo, pueden ser dañinos. Y no me malinterpreten. No piensen que estoy ensayando una especie de visión inquisidora de la escritura. Mi divagación no va por ahí, sino por el sendero de las múltiples interpretaciones que dicha escritura pueda tener: uno escribe algo simple, una frase que no tiene mayor pretensión que la de ensayar un poco de ironía, un tris de sarcasmo, ser un vehículo catártico. Sólo eso. Y de pronto, sin que se lo espere, sucede que merced a esa frase escrita sin la menor intención de ofender a nadie, uno se ve uno envuelto en polémicas, es acusado de cualquier cantidad de delitos (antisemita, racista, elitista, discriminador, etc. etc.), juzgado, condenado y hasta linchado por los mismísimos defensores de la corrección política y… la tolerancia. Dicen por ahí: nada puede golpear tan fuerte como las palabras (así o algo parecido) y esto vale para quien sin querer hiere la sensibilidad de otros, como para los que en aras de la defensa de esa sensibilidad herida terminan ejerciéndola de inquisidores-linchadores. También sin querer. Dirán.

Y es entonces cuando surge el temor a escribir. Uno empieza a autolimitarse por el temor a que, como rezan los abogados en las series policiacas gringas: cualquier cosa que escriba pueda ser usada en su contra… en una corte mediática.

Pero no. Hay que leer y escribir a pesar de todo, pese a la desesperación y sus riesgos. No: con la desesperación y sus riesgos. Escribir a sabiendas de que lo que se escriba no nos hará ser amados por quien amamos… (susurran desde el infinito las voces mezcladas de Marguerite Duras y Roland Barthes).

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«Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación. Qué desesperación? No sé su nombre». Marguerite Duras. (Escribir).

«Saber que no se escribe para otro, saber que estas cosas que escribo no me harán ser amado por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es, precisamente, el lugar donde no estás -es el comienzo de la escritura». Roland Barthes. (Fragmentos de un discurso amoroso).

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Concluyo: Nunca he tenido la pretensión de sentirme escritora. Pero me gusta escribir. Intentarlo. Y por eso blogueo, tuiteo… aporreo el teclado sin piedad.




imagen: Anne Julie Aubry: Spiral. Más de la artista aquí: http://www.annejulie-art.com/



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noviembre 15, 2010

entremés poético

«Il est temps de faire parler le mouvement» © Cath.An (Magazine Photo)

Si al igual que yo, ustedes no conocían la obra de la poeta mexicana Pura López Colomé, creo que este  poema resultará un buen primer acercamiento a su obra. Debo decir que yo supe de ella gracias a un twittero, para que no digan que todo en twitter es frivolidad.


¿En qué página de qué diccionario
se esconde la definición de este misterio,
en qué párrafo de qué divina narración, 
en qué ficción que aterre 
desgañitándose: 
hay una gran oscuridad 
en el claror de la belleza, 
hay oscuridad que encierra, 
que bajo el seudónimo de soledad 
ha forjado y se ha tragado la llave? 
¿En qué canto de pájaro de la antigua Alhambra, 
en tonos arábigos, hebraicos y latinos, 
de selvas rumorosas 
o de grabados a punta seca de altos vuelos 
se esconderá el eco de quienes 
bordaron su mortaja 
a tiempo 
a cambio 
de una eternidad 
plena 
de sílabas, diptongos, hiatos?


«Diálogo en las cenizas» [Santo y seña, 2007].

En este link encontrarán este poema y una interesante entrevista, en la cual la poeta expresa su sentir en torno al quehacer poético y entre otras cosas afirma: ’Yo aprendí a rezar con un soneto”

Post Scrptum. Más tarde vuelvo con una pequeña historia de la vida real.



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noviembre 10, 2010

ante mis ojos*

He perdido la noción del tiempo que he pasado en esta cama; enlazada a sondas y conectada a un monitor, el cual pareciera estar dando cuenta de los latidos de mi corazón, mediante su constante bip-bip. Pero a pesar de mis confusiones temporales, siento que ya han trascurrido varios días desde que me dejaron en este cuarto; lo creo así, porque aún con las persianas cerradas, he podido distinguir cómo la luz diurna ha ido dando paso a la oscuridad que acompaña al anochecer. Lo que no sé, es cuándo y cómo llegué aquí; sobre ese hecho en particular, tengo una especie de vacío en mi mente. Me imagino que antes de percatarme dónde me encontraba, estuve sumida en un profundo sueño, pues todavía suelo tener algunos periodos de ausencia, durante los cuales no percibo los cambios de la luz, ni me doy cuenta de las visitas de las enfermeras y médicos, quienes a diario vienen a revisar los registros del monitor y la frecuencia del goteo en las sondas.

No sabría decir con exactitud, cuando empecé a sentirme incómoda dentro de mí. Debió ser aquel día, en que mirándome desnuda al espejo, no me reconocí en la imagen que éste me devolvió. Mi cuerpo lucía tan cambiado; ya no quedaba vestigio de mi pecho liso y mi cadera lucía una redondez que me desconcertó. Me perturbó tanto verme así, que me sentí avergonzada y aún en la soledad de mi habitación, de inmediato me cubrí. Busqué la ropa más holgada, una que disimulara mis pechos crecidos y la recién descubierta forma de mi cadera. A partir de ese día, dejé de usar camisetitas ajustadas y en general cualquier vestimenta que permitiera adivinar mis nacientes curvas y adquirí la costumbre de andar siempre vestida con pants y sudaderas holgadas; sólo cuando no me quedaba más remedio, usaba vestidos, también muy holgados y un tanto aniñados. Todo para ocultar las formas de mi cuerpo y ponerme a salvo de las miradas de los demás.

Fue en esa época, en la que empecé a notar cambios en mi estado de ánimo; me sentía irritable y sensible al extremo; en esos días, hubiera preferido no salir de mi cuarto, para que nadie notara lo que me estaba pasando. Y fue también, cuando iniciaron las alteraciones en mi apetito; sentía más hambre de la normal y comía para apaciguar esa repentina avidez, pero siempre terminaba sintiéndome mal por haberlo hecho. La comida se volvió un suplicio para mí y muy pronto me di cuenta, de que comer me causaba verdadera angustia. Busqué la manera de reprimir mi necesidad de comida; como al principio me costaba trabajo controlarla, llenaba mi estómago con agua y procuraba mantenerme alejada de la cocina, evitando a toda costa la tentación de la comida. Pero con el paso de los días y un buen esfuerzo de mi parte, conseguí dominar mi hambre de tal forma, que dejé de sentirla y ya ni siquiera requería engañar a mi estómago con litros de agua; en todo el día, únicamente comía algo de verdura y fruta. Me había hecho a la idea de que, reduciendo mi ingesta alimenticia a lo mínimo indispensable, mi pecho podría volver a lucir plano y mi cadera dejaría de verse redondeada.

Pero nada parecía dar resultado. No obstante que apenas comía y me ejercitaba mucho, cuando me miraba al espejo me seguía viendo igual, con esas formas que nada me gustaban; mis pechos continuaban creciendo y mi cadera redondeándose. El espejo y la comida se habían convertido en mis peores enemigos; sólo en el sueño encontraba un escape para evadir mis angustias. Huía de las miradas ajenas, lo mismo en casa que en la escuela o en la calle, para no sentirme presa de su escrutinio. Aunque siempre había sido solitaria, en ese tiempo me aislé aún más; de la escuela regresaba para encerrarme en mi cuarto, hacer mi tarea y dormir. Vivía tan aislada dentro de la casa familiar, que nadie se dio cuenta cuando un día, después de ejercitarme duramente, sufrí un ligero desvanecimiento; yo me asusté un poco, porque me quedó la sensación de un sudor helado recorriéndome todo el cuerpo, pero me tomé un thé bien caliente y me metí a mi cama para calentarme, hasta que esa extraña frialdad se desvaneció. Sin querer, había descubierto que era capaz de controlar no solo mi hambre, sino también cierto tipo de malestares; así lo creí y me sentí bien conmigo, casi feliz. Quizá por ello, es que no consigo entender qué fue lo que ocurrió después; cómo fue que terminé en este hospital.

Y aún sin saber qué fue lo que me sucedió, ahora me siento más tranquila. Acostada en esta cama y bien resguardada bajo la sabana y el cobertor extra, no tengo que preocuparme por las miradas escrutadoras; cuando llega la hora de la comida, ya no me angustio y no necesito buscar pretextos para no comer o mentir diciendo que ya lo hice. Nadie puede obligarme a ingerir alimento, pues no estoy en condiciones de hacerlo. Paso dormida la mayor parte del tiempo y a veces, hasta tengo gratos sueños; como anoche, cuando soñé que estaba sola en una hermosa y tranquila playa.

Pero sin duda, lo mejor de estar aquí... es que no hay ningún espejo.

No tengo idea de cuánto tiempo llevo hospitalizada; tampoco, de cuándo podré abandonar este sitio. Lo único que sé, es que el día que logre salir, me gustaría hacer realidad mi sueño e irme a vivir a la orilla del mar; creo que allá podría olvidarme de los espejos y de la angustia que me provocan la comida y las miradas ajenas.

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Este relato no es nuevo. Lo escribí hace 18 meses. El personaje es tan ficticio y real como  la vida misma. Algunos de ustedes -quienes me hayan hecho el favor de leerme en el blog colectivo Escribidores y literaturos- tal vez lo conozcan, pero creo que serán los menos.


*Publicado originalmente en junio de 2009 en el blog colectivo Escribidores y literaturos (este relato fue mi debut en ese blog).


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noviembre 07, 2010

marichuy con c + h



Las nuevas reglas ortográficas de la RAE (alfabeto tradicional español pasa de 29 a 27 letras), adiciones al DRAE… y yo.

Que los idiomas son cambiantes y no herramientas inanimadas, lenguas muertas, bien lo sé. Lejos estoy de ser una purista del idioma, negada a los cambios o renegada de la buena ortografía. Sólo estoy confundida (por decirlo en términos civilizados) con los cambios al idioma español dados a conocer anteayer por la RAE. Confundida (también por decirlo en términos civilizados), porque siento que algunos contradicen las adecuaciones al Diccionario de la propia Academia recientemente dados a conocer, merced a los cuales nos han hecho el favor (con un ligero retraso) de aceptar algunos "americanismos", incluidos mexicanismos como los vocablos derivados del narcotráfico. Es decir, los Académicos han aprobado la inclusión en su Sacro Diccionario de palabras como narcocorrido y aceptado un significado adicional para levantar levantón. Asimismo, con perdón de sus castos ojos, en buena hora (décadas después de que el poeta Octavio Paz escribiera acerca de lo mismo) han admitido el que posiblemente sea el más mexicano de los vocablos: chingar (y varios de sus derivados). Y es aquí donde entra mi confusión: si apenas hace unos días ya se valechingar, cómo es que ahora (anteayer) salen con que la letra Ch desaparece del alfabeto junto con la Ll. Estas y otras modificaciones francamente inocuas, como las referidas a la forma de nombrar las letras b, v, w, i, y. Más algunas no tan inocuas (al menos no para mí), como la eliminación del acento de sólo o de guión.

«Levantón: Secuestro (o plagio) cuya intención es diferente a la de pedir algún rescate económico». RAE. (Ergo, no podrás rescatar el post, tweet o escrito que te levanten)

Bienaventurados los que siempre han hecho caso omiso de las tildes, porque de ellos será el nuevo reino de la RAE.

Que la RAE se moderniza es innegable. Por lo que se deja ver, los Académicos han pasado de Dinosaurios a Sicarios casi en un dos por tilde.

Que desparezca la letra Ch es como agredirme. Sin el como. Es violentar mi nombre. ¿Ahora seré Maricuy?

¿Lloraré yo? Ya no. Ahora ¿loraré o yoraré? Loraré yo como un loro. Yoraré como yo.

Nosotros tan diacríticos y la RAE tan prosódica.

Sólo hoy, solo estoy. Solo hoy. Sólo por hoy.

Intentaré olvidar que mutilarán mi nombre. (Bajémosle al egocentrismo. La Chuyita y los chilangos). Pero mentar la madre sin Ch. Eso sí que no. Digo yo, mentarle su madre a un indeseable sin la letra Ch, sino con C más h no sabe igual. Debe ser como coger sin g (coger en mexicano. follar sin ll para los españoles. ustedes perdonen, hoy me salió mi vocabulario políticamente incorrecto). Y lo peor, nos dejan sin armas para mandar los cambios propuestos por la RAE… a ese bonito sitio tan bien descrito por Octavio Paz, porque ¿cómo se manda a alguien a la chin… sin Ch sino con una C más h?

Ah... y de que la Marichuy siga de chillona, ni hablar. Ni de la Marichuy ni de chillar.

En el fondo casi entiendo la eliminación de la Ch como una sola letra, pero igual me choca. Para los mexicanos Ch es una sola letra, no más h. Eso es todo. Lo demás, mero juego de palabras. Y obvio. Ahora será doble l en vez de ll. Supongo.

Y ya. Sólo necesitaba desahogarme un poco. 






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noviembre 03, 2010

la muerte no necesita permiso

La muerte posee la suavidad de la sombra. (Edmond Jabès).

Como saben ayer 2 de noviembre conmemoramos el día de muertos en México. Fecha que lejos de ser lamento, deviene en celebración, mitad pagana mitad religiosa, extraña tal vez, jamás triste. Llena de luces, aromas, sabores y colores floridos. Al menos así había sido hasta no hace mucho. Pero de un tiempo a esta parte, unos cinco años, la muerte dejó de ser una noticia más y una celebración anual, para convertirse en el pan nuestro de cada día. Treinta mil ejecutados y contando, en los últimos cuatro años. Más de cuatro mil "daños colaterales", como les llama el Presidente a los muertos inocentes: civiles que nada tenían que ver con la delincuencia y a quienes una bala perdida, el disparo de un policía o un militar insensato, dejó sin vida en un tris.

Cierto, la muerte nunca nos ha sido ajena. Ni a los mexicanos ni a nadie. Dado mi lugar de nacimiento, crecí escuchado historias de paisanos muertos, lo mismo en disputas por tierras o mujeres, que al intentar cruzar el Río Bravo.

En cuanto al narcotráfico, tampoco me resulta novedoso. Mi pueblo era ‘gomero”, así que si mis paisanos no se iban de braceros a Estados Unidos, se dedicaban al cultivo y comercio de amapola o mariguana. El ejército es otro viejo conocido, presente en mi pueblo desde que tengo memoria. Pero antes, cuando era niña, adolescente, todavía hasta hace pocos años, la violencia no se manifestaba de la forma tan flagrante, sin tapujos, tan de film gore, como hoy lo hace. Y los hechos violentos que pudieran ocurrir, me parecían lejanos, historia de pueblo, tan perdidos en las páginas de nota roja del periódico, que por más que me impresionaran (salvo excepciones, se entiende), difícilmente me llevaban a experimentar la sensación de horror y tristeza que hoy me aqueja. Es más, ya en plena ‘guerra’ calderonista contra el narco, nunca me había sentido tan tocada como en los últimos meses. Quizá porque hasta antes del asesinato de los migrantes en Tamaulipas, yo, perdonarán la cursilería, aún tenía esperanza, lo que sea que signifique esa entelequia, y me faltaba miedo. Pero a raíz de ese hecho monstruoso, junto con la desazón, se ha apoderado de mí una sensación de indefensión que ya no puedo ignorar. Y me pesa. Y con el pesar me llega la nostalgia por los días de muertos de antaño...

Los días de muertos en mi infancia eran un mélange de perfumes, colores y sabores. Las ofrendas del día de muertos que ponía mi abuela en memoria de sus seres queridos ya ausentes, forman parte de mis mejores recuerdos. Eran aromáticas, coloridas y luminosas. También, la promesa de un festín pasado el día 2 de noviembre, cuando yo devoraría dulce de camote, pan de muerto y ate de guayaba. El día de muertos de mi infancia, pues, era un sinfín de olores y bocados. Era mi abuela. Olía a ella. Hoy huele a su recuerdo, sabe a su ausencia. También, a la falta de esperanza que aqueja al México de 2010.

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¿Y si mejor nos morimos de amor... antes que la ráfaga perdida de un AK47, el disparo de un policía federal, nos convierta en un daño colateral más?

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imagen: Ofrenda de día de muertos en Xochimilco


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