escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

octubre 28, 2010

melindres



erotismos fallidos, pudores pueriles y otros melindres

Esta mañana muuuy temprano, casi de madrugada -como las brujas diría mi abuela-, leía a Anaïs Nin y escuchaba a Philippe Jaroussky cantar esta Aria http://bit.ly/beloc1 (Lascia ch'io pianga de la Ópera Rinaldo de Händel) que tanto me gusta. Rara y exquisita combinación. De esas que provocan una inmersión en los recuerdos, al tiempo que llevan a instalarse en un extraño mood, mitad melancólico mitad ansioso. La Nin, con su pensamiento y escritura tan evolucionados, tan libres de atavismos. Y Lascia ch'io pianga, la melancolía vestida de belleza (y más con Jaroussky, contratenor, voz de castrato desgranada con la fuerza de un hombre joven, apasionado, dispuesto a la vida plena). Quizá sea en ese punto donde converjan la música de Händel y las letras de Anaïs: en la pasión. De la contención que por momentos demanda la apasionada interpretación del cantor, a la expresión escrita sin cartabones, casi lírica de la escritora francesa. Y del mood madrugador extraño… a la pura divagación. Divago sobre este tema porque a menudo me he descubierto auto-represora, auto-censora. Al menos en lo que a mis divagaciones escritas refiere. Tal vez porque como me decía Curiyú (poeta argentino amigo de este blog), de pronto me es inevitable llevar hasta las últimas consecuencias el adagio de Chejov: Saber escribir es saber tachar

«Somos como escultores, constantemente tallando en los demás imágenes que anhelamos, necesitamos o deseamos, a menudo en contra de la realidad, contra su beneficio, y siempre, al final, un desengaño, porque no se ajusta a ellos» Anaïs Nin

Toda censura es reprobable. Sin excusa ni pretexto. Sí. Y la autocensura, quizá con mayor razón. Y sin embargo, es posible que sea la de más común práctica. Me pongo de ejemplo. Desde que empecé en esto de la blogueada. Corrijo, antes de bloguear, desde que cursaba el bachillerato, he querido incursionar en el relato erótico y las veces que lo he intentado, a medio escrito, y hasta completado éste, he terminado dándole delete al texto. Más allá de mis limitaciones como escribidora, el motivo que me ha orillado a tal cosa… ha sido un nauseabundo pudor. Háganme el favor! Mi principal problema con la escritura (su intento) de tintes eróticos, ha sido dar la tesitura ad hoc (ad hoc para mí, claro). Esa que sin perder ni un ápice de calidez y ánimo perturbador no rebase ciertos límites para mí infranqueables. Esto es: no pasar del soft al hardcore dado que no soy experta en la materia, ni dueña de los recursos indispensables para hacerlo, sin que en el camino lo erótico se convierta en un vulgar brochazo poblado de palabras e imágenes cuya crudeza carezca del menor sentido. ¿Ven cómo me censuro? Ya desde aquí estoy poniendo cartabones. Y es que recientemente me han tocado los extremos: por un lado he tenido la suerte de leer textos eróticos subiditos de tono, sin soslayar sus toques de rudeza, jamás caen en la vulgaridad carente de forma, fondo y gracia. Y frente a estos, una serie de líneas como un amasijo de palabras o referencias supuestamente hoque lejos de resultarme incitantes, me han hechos sentir como militante activa del Club de la Vela Perpetua Melindrosa: ni excitación ni antojo, apenas desagrado o peor: indiferencia. Y llegada a ese punto, no puedo menos que pensar que lo mío nuca será el relato erótico. Y no saben la pena que me da… con las ganas que tengo de escribir uno así y que me guste y no me de pena compartirlo aquí…

En cambio Anaïs Nin…

«Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez de John, la compasión de Allendy, las abstracciones de Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo de Herny. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad! Este amor de hombre, por las semejanzas entre nosotros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría. Y de este modo, la vida hacía conmigo su viejo truco de disolución, de pérdida de lo palpable, de lo normal. Soplaba el viento mistral y se destruían las formas y los sabores. El esperma era un veneno, un amor que era veneno...» Anaïs Nin, Diarios.

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imagen: Anne Julie Aubry. Más de la artista aquí: http://www.annejulie-art.com/



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octubre 25, 2010

video nocturno

Mañana, si no pasa nada extraordinario, este blog estará de vuelta con las acostumbradas divagaciones de su anfitriona. En tanto llega ese momento, y por si algún desvelado pasara por aquí, dejo esta canción de los canadienses Arcade Fire -de reciente visita a México-: My body is a cage, ilustrada con extractos de los filmes La fille sur le pont (que ya ha andado por aquí), Blade Runner y Matrix Revolution, así como del video Stranger in Moscow. Espero sea de su agrado. 




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octubre 23, 2010

desde el quinto mundo

relatos mini
Ejemplos de relatos breves y buenos. Buenos a mi humilde entender, claro (y que yo desearía haber escrito. todos).

«Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las costillas intactas». (Cláusula III, Juan José Arreola)

Anoche en un bar, a tan sólo tres taburetes de mí, hallé al chico con el que cada domingo leeré el periódico en la cama. De repente entró una mala pécora y, con un beso, le hizo olvidar lo que en realidad deseaba: un hombre como yo.
(Instantánea de amor, Manuel López)

La Bella Durmiente cierra los ojos pero no duerme. Está esperando al príncipe. Y cuando lo oye acercarse, simula un sueño todavía más profundo. Nadie se lo ha dicho, pero ella lo sabe. Sabe que ningún príncipe pasa junto a una mujer que tenga los ojos bien abiertos.
(La bella durmiente del bosque y el príncipe, Marco Denevi)

«Hoy me siento bien. Un Balzac: estoy terminando esta línea».
(Augusto Monterroso, Fecundidad).




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Atento Aviso

Desde ayer estoy sin Internet en casa (Cablevisión… empresa de clase mundial... o sea... del quinto mundo). Ahí el motivo de mi ausencia aquí y en sus blogs. Espero regresar pronto (si la empresa de clase de quinto mundo restablece pronto el servicio)


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imagen: fotograma del film Luz silenciosa

octubre 19, 2010

escribir o no escribir...



Escribir a pesar de todo, pese a la desesperación. No: con la desesperación 
Marguerite Duras (Escribir, 1993)
 
hoy es un buen día para cumplir pendientes
Ya lo he dicho: los “memes” no son mi hit. Los detesto casi tanto como a las cadenitas de rezos y angelitos de la buena suerte. Pero como en todo, mi animosidad tienes sus excepciones. Como la de hoy. Canalla, a quien tampoco parecen emocionarle los memes, fue bendecido con uno y decidió que era la oportunidad de compartir bendiciones y heme aquí… Bendita yo. El mandato del meme es el siguiente: 


Enuncie tres libros que obligaría a leer a un aspirante a escritor, así como las razones de cada uno.


Antes de empezar… precisemos: esto es un ejercicio lúdico. Sólo eso. De ninguna manera se piense que yo me siento en posición de andar recomendando, y menos obligando, lecturas a un aspirante a escritor… ni que yo fuera escritora. Aclarado el punto, a lo que venimos

1.- Soy decimonónica. Qué quieren que haga. Es como ser romántico incurable (casi siempre cursi) de nacimiento. Así que no puedo dejar de recomendar algo de literatura del Siglo XIX:

Casi cualquier cuento de Anton Chéjov, prolífico Magíster del género. Dicen algunos que el cuento es, después de la poesía, el género literario más difícil de lograr. A saber; los escritores sabrán. Facilito: La dama del perrito. Los que gustamos de escribir -o aporrear el teclado como quien esto les dice-, deberíamos (yo la primera) tatuarnos esta máxima chejoviana:

«Saber escribir es saber tachar»

La cual no equivale a no decir nada o a decir menos de lo debido; sino a ser capaces de retratar, delinear atmosferas, personajes, contar historias dejando de lado sobrantes, excesos de adjetivos y demás florituras. Como complemento, después de leer La dama del perrito podrían ver Ochi chyornye (Ojos negros), una belleza de film ruso-italiano donde Marcello Mastroianni brinda una actuación entrañable y en cuya trama se entretejen partes de cuentos de Chéjov, en especial La dama del perrito. Y tal vez, si el joven aspirante no se convierte en escritor, se vuelva guionista de cine… o ambas cosas.

2.- Estas ruinas de que ves, de Jorge Ibargüengoitia (aunque la crítica especializada considera que su mejor novela son Las muertas, yo me decanto por Estas ruinas…). Este escritor mexicano le recuerda a uno, sea lector o aspirante a escritor, que la lectura y la escritura no son, o no debieran serlo, solemnes. Tras una escritura en apariencia simple y desenfadada, anida una punzante ironía que jamás cae en la rasgadura de vestiduras ni en lo panfletario.

3.- Marguerite Yourcenar. Como en el caso de Chéjov, casi cualquier texto de ella es recomendable, pero no sugeriré Las Memorias de Adriano, sino una obra escrita antes de que Marguerite cumpliera 30 años (aunque se publicó hasta 1936, cuando tenía 33) y en donde se muestra mucho más personal: Fuegos. Y diré lo siguiente: si uno ha de azotarse, escribiendo, merced a una pasión desesperada, mal correspondida, que sea sin perder el estilo como decía mi abuela. Tal como lo hace esta escritora francesa nacida en Bélgica en Fuegos: mezcla de prosa y poesía, prosa a ratos poética, poesía a ratos prosística. (eso sí, que el aspirante a escritor mantenga alejados de sí los ejotes: hay fragmentos como para cortarse las venas).

Bonus. Libertad bajo palabra de Octavio Paz. Una selección de los poemas que escribió décadas antes de ser Premio Nobel. Aunque el aspirante a escritor no tenga pensado discurrir por el camino de la poesía, no debería privarse de su lectura llevado por la creencia de que poema es sinónimo de melcocha y cursilería. Leer poesía casi siempre resulta enriquecedor. Claro que si la poesía de plano le regurgita, que olvide mi recomendación... pero lea algo de Paz, por ejemplo La llama doble, exquisito ensayo sobre el erotismo. En este país hacen falta buenos escritores de género erótico (La novela semanal, con la pena, no califica como género erótico).

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No les heredaré el meme. Claro que si gustan hacer el ejercicio, por ejemplo, en sus comentarios, sería magnífico poder conocer sus recomendaciones.


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octubre 17, 2010

(cuasi) impasse...







Estoy que posteo y posteo y posteo y posteo... y no he posteado...

Ya pronto lo haré. En un rato. Tengo unos compromisos que atender -qué pesada y bluff suena esta frase; lo peor es que es cierto y ni cómo salvarme-. En cuanto regrese, subo ese post atorado entre mi cabecita y el teclado. A manera de adelanto, les comento que fui premiada con un meme y aunque no son mi hit, esta vez me gustó. Tiene que ver con los libros que recomendaríamos y los motivos para ello. Esa es la buena. La mala es que no se los pasaré. Sólo cumpliré con mi "encarguito" pero sin desquitarme con ustedes.

Y hablando de libros, si tienen tiempo y ganas de ejercitar su imaginación -y de paso prevenir la oxidación de los recuerdos-, les comento que ayer en twitter jugamos #amalgamas; juego consistente -como su nombre lo indica- en amalgamar, en este caso, el nombre de dos creadores literarios y/o fílmicos junto con el título de una de sus obras, para dar como resultado una obra y autor híbridos. Por ejemplo:


  • De Honoré Garro: Las ilusiones del porvenir
  • De Honoré Pitol: Esplendor y miseria conyugal
  • De Jules Céline: Viaje al centro de la noche
  • De Louis-Ferdinand Verne: Viaje al fin de la tierra.
Tal vez soy simplona, pero en verdad me divertí. Lástima que no pude jugar tanto como yo hubiera deseado (o laboro... o tuiteo).


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PS Debo algunas  visitas  a sus blogs. Más tarde me pongo al corriente.



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octubre 12, 2010

los límites del corazón


Dicen que una mujer enamorada (y un hombre, claro, pero yo hablo desde mi perceptiva) es capaz de hacer cualquier cosa por el ser amado. Lo que sea. Desde lo más difícil y rompedor para su estilo de vida y forma de pensar, hasta las cosas más sencillas y cotidianas, como acompañarlo en sus aficiones deportivas, musicales y su afección por la peores películas de acción que haya conocido el celuloide. Para algunas mujeres, en el concepto "lo que sea" entran cuestiones como hacerle de comer, tenderle su cama o recoger la ropa sucia que su amorcito dejó tirada en el piso del baño. Dicen. Claro que cada quien tendrá establecidos sus límites de lo que es hacer cualquier cosa por el amado. Bien lo dijo Blaise Pascal: el corazón atiende razones que la razón ignora. Pero suponiendo que usted está enamorada de un fanático indómito del futbol (o usted es el enamorado de una futbolera de hueso colorado... se dan casos), deporte que a usted le excita tanto... como mirar por TV el apareamiento de osos polares; al punto tal de martirio, que le parece mucho más divertido hacerle de comer o recoger su ropa sucia... antes que asistir a ver un encuentro de fut el domingo a mediodía. Parece tan simple decir NO; cuestión de responderle al dueño de su corazoncito:

Mi rey (o mi reina) el futbol es uno de los 50 millones de temas de este mundo que me son completamente inclusive, así que no me pidas que te demuestre mi amor chutándome un encuentro futbolístico, porque eso no sería demostración de amor… sino una prueba de sacrificio”.

En realidad nada de malo tendría responderle así. La cuestión es que -se supone- la convivencia en pareja incluye este tipo de negociaciones (no quiero llamarlos concesiones porque luego se hieren sensibilidades). Ddebe tener su encanto ser fan, aficionado incondicional de algún equipo y jugador de futbol. Eso me digo cada domingo, al ver pasar a mis vecinos ataviados con la camiseta de su equipo de futbol favorito. Cuando los veo tan entusiasmados, me digo que es una lástima que algunas carezcamos de tal sensibilidad o desprendimiento para gastar nuestros afanas en vitorear -y dejar medio hígado mientras le tiramos bronca a los de la porra del equipo rival- a 22 hombres que corren tras un balón en un campo de futbol. Claro, siempre habrá días más terribles que los domingos de futbol... los lunes de futbol americano. La diferencia entre ambos, yo, que ignoro las reglas y maravillas de ambos deportes, la reduzco a su mínima expresión: en el futbol cabe la posibilidad de que con sólo ver unos minutos de la liga italiana, una disfrute la contemplación de la mítica belleza de los hombres italianos. En cambio en el futbol americano, los jugadores van ataviados de tal forma que no sólo es imposible verles el rostro, sino también constatar si esa musculatura tan apabullante es toda suya o sólo se trata de un mero camuflaje. Recuerdo la penuria de un super bowl. Oh my god: casi cinco horas que se me hicieron como 24! Qué horror de aburrimiento. Ya no sabía si sentarme, pararme, correr, bostezar descaradamente o qué. Y mientras yo me desgañitaba para medio disimular mi hartazgo, el susodicho parecía abducido por las jugadas repetidas hasta el cansancio en la TV. Ni siquiera el concierto roquero del medio tiempo, logró sacarlo de sus elucubraciones sobre las jugadas que el equipo de sus amores debería intentar si quería coronarse. Después de ese penoso día, decidí dejar la pena en el congelador… y nunca más volví a chutarme semejante suplicio.

Pero estos son los temas leves. Hay cosas mucho más profundas e importantes, merced a las cuales uno acaba, incluso, modificando su manera de pensar y ver la vida… hasta límites inimaginables. Aunque al final, creo, siempre llega a descubrirse el límite después del cual ya no se está dispuesta a aguantar… por mucho que se ame. Ahorita recordé el límite del amor de un personaje femenino de una divertida -aunque en el fondo es un drama- novela llamada La Hescritora, así con h. Historia en la que (h)amor también se escribe con h dada su imperfección. Y en donde la protagonista profesa un amor ciego hacia su pareja: un vaquetón mujeriego que se siente mejor de lo que en realidad es y a quien ella cumple todos sus caprichos y antojos: desde lavarle su ropa hasta lo que sea. Así por años. De todo le tolera como si no tuviera límite… hasta que una noche él le confiesa, un poco forzado, su infidelidad. Y es entonces, en medio del dolor que tan repentino descubrimiento le causa, cuando ella descubre su propio límite de aguante: en plena cena romántica (que ella iba a pagar), durante la cual lo había sorprendido con el obsequio de una costosísima estilográfica de plata, porque él también pretendía convertirse en (h)escritor. Antes de abandonarlo en el restaurante, aguantándose las lágrimas más de rabia que de dolor, la hescritora tiene la suficiente lucidez para arrancarle de las manos la costosa pieza de escritura francesa que acaba de regalarle. Está dolida, casi no puede contener la explosión de llanto que ya siente venir, pero esa joya le costó demasiado dinero... como para dejársela a ese mal agradecido... 

Y hablando amores ilimitados, llegó el plazo para mi publicación mensual en el blog colectivo Escribidores y Literaturos: aquí la liga a mi relato por si todavía les quedan ánimos de seguir leyéndome: etapa superior




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imagen:  Le baiser, Aguguste Rodin.

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octubre 07, 2010

olvidos en corto

La Ciudad de México, el lunes 4 de octubre, vista desde el Castillo de Chapultepec, 
(foto Cristina Rodríguez)






estampas de una tarde sabatina.

Son las primeras horas de un atardecer algo aireado pero tibio; los rayos solares de las cinco de la tarde iluminan a plenitud, irradiando un suave calor. Todo ocurre en el parque central de una antigua colonia de la Ciudad de México, que, como en tantas otras colonias similares, se encuentra ubicado frente a la Iglesia principal cerrada a esa hora de la tarde sabatina y de espaldas a una heladería.

Si cierro los ojos, aún puedo escuchar los murmullos del viento de esa tarde, casi con la misma claridad con que resuenan los gritos de los chicos que juegan en el parque, unos pedaleando bicicletas, triciclos, y otros intentando mantener el equilibro sobre sus patinetas. Y mientras ellos corren y juegan, un pregonero ofrece nubes de algodón de azúcar y manzanas caramelizadas. La escena discurre frente a mis ojos desmesuradamente abiertos, y expectantes, ante la visión de tanto niño departiendo, algo asombroso para mis jóvenes tres años viviendo sola con mi abuela y ansiosa porque llegue el día de ingresar al Kindergarten. Miro a los chiquillos desde la altura de los brazos de un hombre que me carga como si yo fuera un bebé, mientras me pasea por las inmediaciones del parque y goza viéndome comer el helado de chocolate que acaba de comprarme. Si me concentro en ese fresco de una tarde sabatina, puedo verme vestida con un coordinado de pantalón corto y blusa camisera sin mangas color uva, confeccionado por mi abuela. El hombre que me sostiene en brazos no es mi padre, se trata de un sobrino de mi abuela que a menudo la visita y me lleva a pasear al parque, como si yo fuera su hermana pequeña, su hija o algo parecido. Las visitas y paseos continuaron efectuándose con regularidad, hasta que un día, sin que mediara motivo aparente, el sobrino dejó de visitar a mi abuela y con ello, mis paseos en sus brazos comiendo helado de chocolate se vieron abruptamente interrumpidos. Tiempo después me enteraría que él había ido a dar, con todo y motocicleta, hasta el fondo de una hondonada en la vieja carretera a Cuernavaca. Pero eso sólo lo supe cuando ya no estaba en edad de que alguien me paseara en brazos en el parque. Ese parque, cómo lo recuerdo, quizá porque hoy vivo en el extremo opuesto de la ciudad, y me da gusto saber que, por increíble que parezca en una ciudad empeñada en destruirse a sí misma, aún existe, lo mismo que la iglesia. Sólo la heladería desapareció para dejar lugar a una franquicia del mediocre y pretencioso café Starbucks.

Sucedió hace tanto tiempo y sin embargo, puedo recordarlo, revivirlo, con claridad pasmosa. Tanta, que me aterra. La paranoia me entra y viene a mi mente mi vecina quien desde antes de los 35 años, poco a poco, ha ido viendo cómo su vida se le borra. Repaso lo que me contó su pareja acerca de que sus primeros síntomas, que bien puede resumirse así: un mal día, de la noche a la mañana, empezó a olvidar el cómo y cuándo de actos cotidianos, sistemáticos y recientes: lo que había hecho el día anterior, qué había desayunado esa mañana, si se había duchado, etc. Y mientras, entre olvido y olvido del sorbo de agua bebido minutos atrás, era capaz de recordar detalles nimios de hechos acontecidos años atrás. Así, hasta que todo fue la nada salpicada de chispazos de recuerdos claros. Tan triste.

Cada que pienso en ella, me digo que aunque hay sucesos, personas y dolores de mi vida que merecen irse derechito al rincón del olvido... todavía no quiero olvidar…




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octubre 02, 2010

octubre


Cúlpese al otoño de mis divagaciones...

Pobre otoño… en su nombre se han cometido, hemos cometido, muchas de las peores cursilerías que haya visto la humanidad. Decía George Sand que el otoño es el andante melancólico que prepara el solemne adagio del invierno. Supongo que esto aplica, sobre todo, en países cuya situación geográfica propicia los otoños e inviernos fríos y grises, cosa que no ocurre en este México cuasi tropical. Pero eso no obsta que una le tenga amor al otoño todo y al mes de octubre en especial.

Llegó octubre… y la vendimia tan lejos!

Lejanos los días de vino y flores, que no eran rosas sino tulipanes, las flores más bellas a los ojos de quien esto escribe. Octubre es mi mes favorito. Alguna vez leí que octubre era el mes en el cual el silencio se acrecentaba. Me gustó la idea, aunque yo la reinterpreto diciendo que en octubre… el silencio se escucha mejor. Me gustan sus amaneceres claros y fríos; la luz de sus tardes, en ocasiones ocre, en otras casi rojiza; el viento frío de sus noches con o sin luna; el aroma que desprenden sus madrugadas, cuando la claridad del plenilunio nos invita a abrir ventanas y dejarnos envolver por su perfumado aire frío. Es un cliché; lo sé. Tanto, como decir que el otoño acarrea melancolía y hasta depresión (aunque científicamente esté demostrado que los climas, la presencia constante de sol o la abundancia de días nublados y grises, afectan el carácter y estado de ánimo de las personas). Pero así es. Será causa de los engranajes de la vida (y no porque yo lo haya buscado), pero octubre ha sido para mí, mes de grandes comienzos -y uno que otro final-, de los mejores periplos de mi vida; de los encuentros que para bien y para mal más huella me han dejado. Mientras tecleo esto, casi adivino alguna respuesta: "yo no necesito que sea tal o cual mes, o estación del año, para ser, hacer y deshacer y, menos, para ser feliz". Bien. Cada quien sus vivencias y recuerdos.

Dicen que el otoño alienta a la escritura. No a escribir odas o elegías otoñales, sino a escribir con más ahínco pues sus temperaturas frescas, la acortada duración de sus días y su luz tenue, invitan a quedarse en casa escribiendo y/o leyendo. De nuevo, ya lo sé, todo mundo dirá: yo leo como poseso sin importar la temperatura, estación del año u hora del día. Seres privilegiados. Pero habemos (para que no digan que me excluyo) otros a quienes ciertos climas y atmósferas nos invitan con más fuerza a leer y aporrear el teclado o manuscribir algo.

Y ya me extendí en esta divagación, cuya única finalidad era darle la bienvenida a octubre y con ese pretexto, aunque no tenga nada que ver con el otoño ni con este mes, pero sí con la lectura de poesía so pretexto de, dejarles estos versos del escritor y poeta cubano Severo Sarduy, quien ya en otras ocasiones ha aparecido por este blog.

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No me esperes, no llames. Otro río
Cruza sobre el de entonces. Aquel sitio
No es sino polvo: el mar se ha ido.
El tiempo ha terminado. Somos otros.

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Volveré, pero no en vida
que todo se despelleja
y el frío la cal aqueja
de los huesos. ¡Qué atrevida
la osamenta que convida
a su manera a danzar!
No la puedo contrariar:
la vida es un sueño fuerte
de una muerte hasta otra muerte
y me apresto a despertar.

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Severo Sarduy, Epitafios

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