erotismos fallidos, pudores pueriles y otros melindres
Esta mañana muuuy temprano, casi de madrugada -como las brujas diría mi abuela-, leía a Anaïs Nin y escuchaba a Philippe Jaroussky cantar esta Aria http://bit.ly/beloc1 ( Lascia ch'io pianga de la Ópera Rinaldo de Händel) que tanto me gusta. Rara y exquisita combinación. De esas que provocan una inmersión en los recuerdos, al tiempo que llevan a instalarse en un extraño mood, mitad melancólico mitad ansioso. La Nin, con su pensamiento y escritura tan evolucionados, tan libres de atavismos. Y Lascia ch'io pianga, la melancolía vestida de belleza (y más con Jaroussky, contratenor, voz de castrato desgranada con la fuerza de un hombre joven, apasionado, dispuesto a la vida plena). Quizá sea en ese punto donde converjan la música de Händel y las letras de Anaïs: en la pasión. De la contención que por momentos demanda la apasionada interpretación del cantor, a la expresión escrita sin cartabones, casi lírica de la escritora francesa. Y del mood madrugador extraño… a la pura divagación. Divago sobre este tema porque a menudo me he descubierto auto-represora, auto-censora. Al menos en lo que a mis divagaciones escritas refiere. Tal vez porque como me decía Curiyú (poeta argentino amigo de este blog), de pronto me es inevitable llevar hasta las últimas consecuencias el adagio de Chejov: Saber escribir es saber tachar…
«Somos como escultores, constantemente tallando en los demás imágenes que anhelamos, necesitamos o deseamos, a menudo en contra de la realidad, contra su beneficio, y siempre, al final, un desengaño, porque no se ajusta a ellos» Anaïs Nin
Toda censura es reprobable. Sin excusa ni pretexto. Sí. Y la autocensura, quizá con mayor razón. Y sin embargo, es posible que sea la de más común práctica. Me pongo de ejemplo. Desde que empecé en esto de la blogueada. Corrijo, antes de bloguear, desde que cursaba el bachillerato, he querido incursionar en el relato erótico y las veces que lo he intentado, a medio escrito, y hasta completado éste, he terminado dándole delete al texto. Más allá de mis limitaciones como escribidora, el motivo que me ha orillado a tal cosa… ha sido un nauseabundo pudor. Háganme el favor! Mi principal problema con la escritura (su intento) de tintes eróticos, ha sido dar la tesitura ad hoc (ad hoc para mí, claro). Esa que sin perder ni un ápice de calidez y ánimo perturbador no rebase ciertos límites para mí infranqueables. Esto es: no pasar del soft al hardcore dado que no soy experta en la materia, ni dueña de los recursos indispensables para hacerlo, sin que en el camino lo erótico se convierta en un vulgar brochazo poblado de palabras e imágenes cuya crudeza carezca del menor sentido. ¿Ven cómo me censuro? Ya desde aquí estoy poniendo cartabones. Y es que recientemente me han tocado los extremos: por un lado he tenido la suerte de leer textos eróticos subiditos de tono, sin soslayar sus toques de rudeza, jamás caen en la vulgaridad carente de forma, fondo y gracia. Y frente a estos, una serie de líneas como un amasijo de palabras o referencias supuestamente hot que lejos de resultarme incitantes, me han hechos sentir como militante activa del Club de la Vela Perpetua Melindrosa: ni excitación ni antojo, apenas desagrado o peor: indiferencia. Y llegada a ese punto, no puedo menos que pensar que lo mío nuca será el relato erótico. Y no saben la pena que me da… con las ganas que tengo de escribir uno así y que me guste y no me de pena compartirlo aquí…
En cambio Anaïs Nin…
«Tenía al hombre que amaba en mis pensamientos; lo tenía en mis brazos, en mi cuerpo. El hombre que busqué por todo el mundo, que marcó mi niñez y me perseguía. Había amado fragmentos de él en otros hombres: la brillantez de John, la compasión de Allendy, las abstracciones de Artaud, la fuerza creativa y el dinamismo de Herny. ¡Y el todo estaba allí, tan bello de cara y cuerpo, tan ardiente, con una mayor fuerza, todo unificado, sintetizado, más brillante, más abstracto, con mayor fuerza y sensualidad! Este amor de hombre, por las semejanzas entre nosotros, por la relación de sangre, atrofiaba mi alegría. Y de este modo, la vida hacía conmigo su viejo truco de disolución, de pérdida de lo palpable, de lo normal. Soplaba el viento mistral y se destruían las formas y los sabores. El esperma era un veneno, un amor que era veneno...» Anaïs Nin, Diarios.
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imagen: Anne Julie Aubry. Más de la artista aquí: http://www. annejulie-art.com/
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