pour toi…
Soberbia como soy, siempre me he creído capaz de escribir cartas; de cualquier tipo, no sólo amorosas. Pero más allá de esa impúdica presunción, la verdad es que nunca me ha costado gran trabajo hacer una. Corrijo, hasta ahora jamás se me había complicado. Es tan sencillo lo que he querido decirte desde hace varios días y sin embargo, es la hora que no encuentro la manera. Es la primera vez que no sé cómo empezar una misiva. Es la primera vez que cada palabra que escribo me crea dudas. Cómo pretender darle aliento a alguien, sin caer en cosas como échale ganas, tú puedes. ¿has notado cómo entre más rehuimos a los lugares comunes, más rápido caemos en ellos? Lo más probable es que estas líneas que escribo mientras el frío amanecer va descendiendo sobre la ciudad oscura, terminen siendo eso que no quiero: un mero lugar común. Tal vez sea un prejuicio extremo de mi parte, alguien que nunca ha sido a la filosofía del optimismo, que cualquier frase para brindar aliento casi siempre me resulte insufrible, como si de un mantra de Paulo Coelho o Miguel Ángel Cornejo se tratara. Y es en ese punto, cuando siento que ya he lindado los terrenos del "únete a los optimistas", donde vuelvo a borrar, una y otra vez, las líneas que llevo escritas. Pasa que siempre que pienso en alguien (incluida yo) atravesando por momentos duros y casi puedo escuchar la típica preguntita ¿cómo te sientes?, no dejo de sentirla no sólo absurda, sino casi irritante. Una pregunta sobrante. Es obvio que uno se siente del carajo y ante ello, tal cuestionamiento, por mejor intencionado que sea, para lo único que sirve es para recordárselo... en el hipotético caso de que lo hubiese olvidado.
Así que no preguntaré cómo te sientes y tampoco te diré que le eches ganas. Visto así, dejando de lado tales formas, sólo me queda recordar, para mí más que para ti, que por más que conozcamos a alguien (amigo, familiar, pareja sentimental) y por más cercano a él que creamos ser, jamás podremos dimensionar el peso de su desazón y del dolor que un malestar meramente físico puedan causarle, aunque aparentemente este último podría resultarnos menos difícil de imaginar. Lo sé. Lo asumo. No me gusta. Nada. Será porque mi soberbia va más allá de creerme capaz de escribir cartas: también apunta a querer sentirme el sostén de alguien más. Y esto sí es un problema; un pecado según las escrituras. Pero qué le voy a hacer, pecadora irredenta soy, y en estos días en que todo el viento del mundo sopla contra nosotros (con perdón del Silvio Rodríguez por descomponerle su canción: http://bit.ly/dAyQGm), quisiera poder brindarte algo más que un hombro metafórico para acurrucar tu pesadumbre. Como nunca, desearía ser capaz de decirte algo más útil que la sarta de naderías que he escrito aquí. Como jamás lo creí, me gustaría poseer un poder mágico para hacerte sentir, en toda su intensidad, el entrañable abrazo que te doy desde aquí hasta donde te encuentras… tan cerca y tan lejos de mí. Y luego recordarte, por si no te lo hubiera dicho lo suficiente, que si alguien es capaz de darme un poco de sosiego aún en plena tormenta, ese eres tú, con tus palabras precisas y las imágenes que estas desprenden. Por ello, no sabes cuánto me pesa no tener los medios para hacer realidad mis deseos: ni imaginas lo inútil y torpe me siento a no poderlo remediar.
Termino estas líneas con terquedad: abrazándote con fuerza y evocando para ti el perfume dejado tras la lluvia nocturna, el aroma del café recién hecho y el olor inigualable de un libro antiguo, a manera de bálsamos que ayuden a sentir menos duro tu transe por "estos días en los que no sale el sol, sino tu rostro… y en el silencio, sordo del tiempo, gritan tus ojos…"
… retour à toi.







