«Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrépito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando así de la luz inefable de las inteligencias angélicas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aún me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento (...) Me internaré de prisa en ese desierto vastísimo, perfectamente llano e inconmensurable, donde el corazón piadoso sucumbe colmado de beatitud (...) Caeré en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay obra ni imagen.
Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus»
Umberto Eco, El Nombre de la rosa. Pág. 400
Estas líneas siempre me han conmovido; desde la primera vez que las leí, aquella madrugada cuando después de tres días de casi no dormir terminé de devorarme el libro. No sabría decir exactamente el porqué; lo único que tengo claro es que la emoción que me producen no se debe tanto a su belleza, o la riqueza literaria que encierran, algo que a nadie pasa desapercibido (o a casi nadie). Supongo que la razón se ubica en esa esfera llamada conexión del lector con el escritor... y sus letras, con la historia y los personajes. Ese clic que convierte en inolvidables a unas obras y cuya ausencia hace que otras sólo sean apreciadas como buenas. O tal vez sea que esas líneas finales de El nombre de la rosa, me conmueven especialmente porque me recuerdan a la oración con la que cierra Memorias de Adriano:
"Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos..."
Lo cierto es que cuando las leo, me siento tan vieja como el monje y presa de una rara sensación de frío que nada tiene que ver con el clima. Volviendo a Guillermo de Baskerville y al paralelismo que establece entre su estado físico y el del mundo que le tocó vivir, resulta inevitable (y un lugar común, lo sé), aventurar la duda: si cientos de años atrás, en el Siglo XIV, el monje veía al mundo anciano, canoso y decrépito... ¿cómo lo vería hoy, en el antepenúltimo día del séptimo mes del décimo año del siglo XXI? O, cambiando al personaje de Eco por uno real, ¿cómo lo vería un hombre iluminado como Leonardo, por ejemplo? ¿O cómo lo verían los seres anónimos que poblaron el Medioevo fuera de la ficción literaria? Incomprensible, eso es seguro. ¿Muy moderno o demasiado decadente? Estoy divagando, lo sé. Pero cuando se vive en un país en el cual lo único seguro... es que lo impensable siempre puede suceder. Cuando se habita en un país en donde la violencia ya es parte del paisaje cotidiano y ser periodista ha devenido un oficio más peligroso que ejercer de mercenario al servicio del ejército yanqui ocupando Irak o invadiendo Afganistán, modernidad, decrepitud y decadencia adquieren visos un tanto diferentes a los tradicionalmente considerados. La lógica diría que a estas alturas, en pleno Siglo XXI, seríamos un mundo, una nación (México), absolutamente modernos. Y lo somos. Es más, ya rebasamos esa etapa: ahora somos posmodernos (transitar de la modernidad a la posmodernidad ¿será como pasar de metrosexual a übersexual?) Vivimos en la posmodernidad… ¿la posmodernidad distópica? No lo sé. No quiero arriesgar una respuesta terminante… quizá porque en el fondo la temo cierta. Mejor dejarla abierta, mejor pensar que tal vez, sólo tal vez, otro escenario puede ser...
Final de remake… como en el cine. Y también, como ocurre casi siempre en el cine de Hollywood, un remake que sólo servirá para echar a perder la obra original:
Hace frío en esta habitación, me duele la muñeca derecha de tanto manipular el mouse de la computadora. Posteo estas líneas, no sé para quién, estas líneas, que ya no sé de qué hablan…
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Post Scriptm Si sienten muy pacheca esta divagación (mexicana pachequez, término aplicable a esa suerte de felicidad ausente y elevada, obtenida merced a la ingestión de cannabis y bajo cuyo influjo uno es capaz de, como en Fantasía de Walt Disney, ver volar elefantes. Dicen; no me consta), espérense a ver Inception, el ya famoso más reciente film del británico Christopher Nolan. Y sobre el cual se ha dicho –entre otras cosas- que es una muy bella pachequez. Por lo pronto, en el trailer hay una escena que va sobre esa idea: París quebrándose, doblándose hacia el centro, destruyéndose... el sueño húmedo de Hitler, hermosamente realizado.
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