escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

julio 29, 2010

ecos de eco

«Ya al final de mi vida de pecador, mientras, canoso y decrépito como el mundo, espero el momento de perderme en el abismo sin fondo de la divinidad desierta y silenciosa, participando así de la luz inefable de las inteligencias angélicas, en esta celda del querido monasterio de Melk, donde aún me retiene mi cuerpo pesado y enfermo, me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento (...) Me internaré de prisa en ese desierto vastísimo, perfectamente llano e inconmensurable, donde el corazón piadoso sucumbe colmado de beatitud (...) Caeré en la divinidad silenciosa y deshabitada donde no hay obra ni imagen.

Hace frío en el scriptorium, me duele el pulgar. Dejo este texto, no sé para quién, este texto, que ya no sé de qué habla: stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus»

Umberto Eco, El Nombre de la rosa. Pág. 400





Estas líneas siempre me han conmovido; desde la primera vez que las leí, aquella madrugada cuando después de tres días de casi no dormir terminé de devorarme el libro. No sabría decir exactamente el porqué; lo único que tengo claro es que la emoción que me producen no se debe tanto a su belleza, o la riqueza literaria que encierran, algo que a nadie pasa desapercibido (o a casi nadie). Supongo que la razón se ubica en esa esfera llamada conexión del lector con el escritor... y sus letras, con la historia y los personajes. Ese clic que convierte en inolvidables a unas obras y cuya ausencia hace que otras sólo sean apreciadas como buenas. O tal vez sea que esas líneas finales de El nombre de la rosa, me conmueven especialmente porque me recuerdan a la oración con la que cierra Memorias de Adriano:
"Mínima alma mía, tierna y flotante, huésped y compañera de mi cuerpo, descenderás a esos parajes pálidos, rígidos y desnudos, donde habrás de renunciar a los juegos de antaño. Todavía un instante miremos juntos las riberas familiares, los objetos que sin duda no volveremos a ver... Tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos..."
Lo cierto es que cuando las leo, me siento tan vieja como el monje y presa de una rara sensación de frío que nada tiene que ver con el clima. Volviendo a Guillermo de Baskerville y al paralelismo que establece entre su estado físico y el del mundo que le tocó vivir, resulta inevitable (y un lugar común, lo sé), aventurar la duda: si cientos de años atrás, en el Siglo XIV, el monje veía al mundo anciano, canoso y decrépito... ¿cómo lo vería hoy, en el antepenúltimo día del séptimo mes del décimo año del siglo XXI? O, cambiando al personaje de Eco por uno real, ¿cómo lo vería un hombre iluminado como Leonardo, por ejemplo? ¿O cómo lo verían los seres anónimos que poblaron el Medioevo fuera de la ficción literaria? Incomprensible, eso es seguro. ¿Muy moderno o demasiado decadente? Estoy divagando, lo sé. Pero cuando se vive en un país en el cual lo único seguro... es que lo impensable siempre puede suceder. Cuando se habita en un país en donde la violencia ya es parte del paisaje cotidiano y ser periodista ha devenido un oficio más peligroso que ejercer de mercenario al servicio del ejército yanqui ocupando Irak o invadiendo Afganistán, modernidad, decrepitud y decadencia adquieren visos un tanto diferentes a los tradicionalmente considerados. La lógica diría que a estas alturas, en pleno Siglo XXI, seríamos un mundo, una nación (México), absolutamente modernos. Y lo somos. Es más, ya rebasamos esa etapa: ahora somos posmodernos (transitar de la modernidad a la posmodernidad ¿será como pasar de metrosexual a übersexual?) Vivimos en la posmodernidad… ¿la posmodernidad distópica? No lo sé. No quiero arriesgar una respuesta terminante… quizá porque en el fondo la temo cierta. Mejor dejarla abierta, mejor pensar que tal vez, sólo tal vez, otro escenario puede ser...

Final de remake… como en el cine. Y también, como ocurre casi siempre en el cine de Hollywood, un remake que sólo servirá para echar a perder la obra original:

Hace frío en esta habitación, me duele la muñeca derecha de tanto manipular el mouse de la computadora. Posteo estas líneas, no sé para quién, estas líneas, que ya no sé de qué hablan…


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Post Scriptm Si sienten muy pacheca esta divagación (mexicana pachequez, término aplicable a esa suerte de felicidad ausente y elevada, obtenida merced a la ingestión de cannabis y bajo cuyo influjo uno es capaz de, como en Fantasía de Walt Disney, ver volar elefantes. Dicen; no me consta), espérense a ver Inception, el ya famoso más reciente film del británico Christopher Nolan. Y sobre el cual se ha dicho –entre otras cosas- que es una muy bella pachequez. Por lo pronto, en el trailer hay una escena que va sobre esa idea: París quebrándose, doblándose hacia el centro, destruyéndose... el sueño húmedo de Hitler, hermosamente realizado.



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julio 26, 2010

devociones y confesiones


Escéptica y descreída de casi toda Fe, también tuve mis épocas de rezos. Bueno, en realidad yo no rezaba, únicamente trabajaba en un colegio religioso. Una experiencia fugaz pero intensa. En ese tiempo, a los 19, cursaba el tercer semestre de la carrera y por extrañas circunstancias terminé aceptando dar clases de Ciencias Sociales en una escuela de puras niñas y manejada por monjas. Mis niñas eran adolescentes de entre 12 y 16 años, alumnas de primero, segundo y tercero de secundaria. Todas niñas bien, o para decirlo con mayor propiedad, niñas muy ricas; no pocas provenientes de familias desintegradas. Y todas, sin importar el grado de integración de sus familias, tremendas. En especial las de tercero, cuyo comportamiento parecía moldeado por el cine de adolescentes (más cercano a Niñas mal que a Entre les murs; no tuve una alumna que me desafiara declamando pasajes enteros de La República de Platón, pero sí a varias que recitaban de memoria los tips de la revista Cosmopolitan). En plena edad de la punzada, aquellas niñas parecían habitar la isla de las mujeres solas. Veían un hombre, cualquiera que fuera, sin distingo de raza o condición social: desde el profesor de matemáticas, pasando por el prefecto, hasta llegar al jovencísimo ayudante del maestro albañil que en esa época trabajaba en la elevación de la barda del Colegio (al lado había una escuela sólo para varones), y con eso tenían. No hacía falta mucho más. Bastaba que el sujeto exudara algo de testosterona para que ellas enloquecieran. Su excesiva fijación no me habría llamado tanto la atención, de no ser porque con todo y tratarse de un colegio femenino y religioso, ninguna de ellas parecía privada del contacto masculino (la mayoría tenía novio y a no pocas, era él y no su madre quien pasaba a recogerlas a la salida de clases). Su curiosidad por los miembros del sexo opuesto parecía no tener límite; mientras yo, que no hacía mucho había tenido su edad, no recordaba haberme sentido ni comportado de tal forma… tal vez fui demasiado fresa.

De todas mis experiencias vividas con esas chicas, recuerdo en especial la acaecida un día en el que llegué antes de la hora indicada y las encontré casi desconocidas: sin su escándalo habitual, formadas en una larguísima y ordenada fila que circundaba el patio -el colegio no era muy grande-. Al ver mi asombro, una de las monjas me informó están esperando turno para confesarse (los viernes primero de mes era día de misa). Al escucharla, me sentí un poco mal por haberlas creído demasiado urgidas de hombre. Viéndolas ahí, formadas con expresión de devoción, casi ansiosas por confesar sus pecados -que seguro no iban más allá del pensamiento-, por poco y me dispongo a formarme detrás de ellas para confesarme yo también –pecado de mal pensamiento-. La Hermana, que seguía atenta las expresiones de mi rostro y el vaivén de mi mirada, me hizo una invitación de esas que difícilmente pueden rechazarse por más que uno quiera hacerlo: hija por qué no entras a misa con nosotros, nunca te lo hemos pedido porque no queremos que te sientas obligada, pero ya que estás aquí y todavía faltan casi dos horas para tu primera clase, deberías aprovechar y entrar, no imaginas qué bonita es la misa del padre Alejandro. Y acepté; un poco por pena, y no saber decir NO, y otro tanto a causa de un inusitado remordimiento… por haber sido tan estrecha de mente respecto del comportamiento de mis alumnas. Cuando las confesiones hubieron terminado, la Hermana Alicia (la monja que me había invitado) y yo entramos a la capilla y tomamos asiento en una de las últimas bancas, justo para tener el panorama completo y atestiguar la devota expresión de las chicas. La música del órgano subió de tono y luego bajó, hasta que finalmente apareció el Padre Alejandro, especie de párroco ambulante y confesor de las niñas. Y entonces lo supe. Entonces constaté, una vez más, que la más ingenua en ese colegio… era yo. Ante mí tenía el verdadero motivo de tan inexplicable -para mí- devoción y ansia de confesión: el Sacerdote no tendría más de treinta años y era, de lejos, el más bello ejemplar eclesiástico que yo había visto en mi vida. Estaba claro que mis devotas niñas no andaban nada perdidas, ni desperdiciaban el tiempo en esas largas filas. No Señor. Su devoción, si bien distaba de tener un motivo espiritual, era totalmente comprensible y en un descuido... contagiosa…


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julio 23, 2010

volver a empezar


Qué difícil volver a empezar y volver a creer (no tanto en otro, como en uno mismo) después de una ruptura. Cuando el final llega, siempre es difícil encararlo. Por más que sepamos que eso es lo mejor que pudo suceder, cuando uno deja atrás una relación intensa, honda, duradera (tanto como puede ser duradera una relación en estos tiempos del imperio de lo efímero) los días inmediatos son difíciles. Y sin importar que ya no quede rastro del sentimiento que hubo, sigue siendo duro. Dice una canción popular mexicana "no cabe duda que la costumbre es más fuerte que el amor" (digresión: esta frase de filosofía región 4 resulta cero chic al lado de algún aforismo de Émile Cioran, por citar a uno de mis favoritos; pero qué puedo decir… una tiene sus guilty pleasures y esa canción de JuanGa es uno de los míos, hasta hoy mantenido como un gusto inconfesable). Y en tanto no se pruebe lo contrario, tal parece que la canción, y el viejo refrán, no se equivocan. Las relaciones crean lazos; uno se acostumbra a estar con alguien, a convivir con ese alguien y hasta, faltaba más, a pelear con él. Y cuando un buen día todo eso termina, por así decirlo, sin previo aviso, el desconcierto, el no saber qué hacer ni hacia dónde girar, sobrevine de manera casi inevitable. Y no pocas veces, tal desconcierto viene acompañado de una inesperada sensación de falta, de ausencia. Aún cuando los últimos días compartidos transcurrieran entre peleas, desencuentros y pesados silencios, el vacío se resiente. Y ya vendrán los consejos bienintencionados y las recomendaciones que rezuman pragmatismo (como de manual de autoayuda, que lo mismo valen para un curso de alta gerencia que para uno de autoestima), instándonos a convertir nuestras debilidades en fortalezas (algunos consejeros parecieran analizar y proponer soluciones para la vida afectiva, como si de un plan de negocios se tratara). Pocos, por no decir casi ninguno, surtirán el efecto deseado.

Pese a haber creído siempre -puedo estar equivocada- que no es posible hablar de finales sin pensar en inicios; que más que verlos por separado y como algo trágico, habría que pensarlos como lo que son: el fin de un ciclo más de nuestra existencia (la vida es básicamente una sucesión de ciclos), tengo claridad en que no es sencillo sobrellevarlos... ni el final ni el reinicio. Al menos no a todos nos resulta tan simple. Y aunque uno agradece, por supuesto que sí, el consejo desinteresado de un buen amigo o familiar, casi siempre nos es de poca utilidad y no por soberbia o terquedad (aunque no están excluidas), sino por algo más simple, más primario: cuando uno se halla en medio de una ruptura, todavía con las vísceras hechas trizas, lo menos que le alumbra es la sensatez.

Es duro, triste, doloroso, que alguien decida irse de nuestro lado (no todos los finales son de mutuo acuerdo; eso suena bien como ideal, pero en la vida real no siempre es posible). Pero más difícil todavía, ser uno quien lo decida. Al menos a algunos seres, más insensatos o egoístas o inmaduros o débiles o más lo que sea, nos cuesta mucho terminar una relación. Darla por terminada nosotros, no que el otro lo haga. Y luego, claro, vienen las consecuencias de la debilidad y cobardía. Consecuencias que sólo resentimos cuando la situación es insostenible; cuando por no haber querido fungir como el villano de la película, por no haber tenido el valor para dar un golpe, sólo uno, duro y tajante, optamos por dar varios, suaves y en apariencia inicuos, que a la larga causaron un daño mayor. Y después de eso, después de sentirse tan mal por ser cobardes o egoístas (no querer personificar al malo de la historia, encarna algo de egoísmo y soberbia, me parece), encontrar el ánimo, hacerse a la idea y tomar el ímpetu necesario para empezar de nuevo, aventurarse en una nueva relación... cuesta… a veces mucho más de lo que podría creerse.




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julio 20, 2010

estar y no


Voy y vuelo, me revuelvo y me revuelco, salgo y entro, me asomo, oigo música, me rasco, medito, me digo, maldigo, cambio de traje, digo adiós al que fui, me demoro en el que seré. Nada me detiene. Tengo prisa, me voy. ¿Adónde? No sé, nada sé -excepto que no estoy en mi sitio." [Octavio Paz, Libertad bajo palabra]
Así me siento yo. Voy y vengo; subo y bajo; duermo y me levanto sintiendo que una parte de mí se quedó atrapada entre las sábanas y el sueño incompleto. Salgo y avanzo como si al devorar las calles pudiera abreviar mi camino. Entro en la librería en busca de un texto que se encuentra agotado y salgo de ella con tres cuya existencia no recordaba, pero que ahora me parecen imprescindibles para continuar. Leo en paralelo dos de esos libros tan distintos como distantes, e intento reflexionar sobre lo leído mientras bebo café caliente y negro como el suéter que uso (en pleno verano) y que no consigue librarme del inusitado frío de este julio nublado. Vuelvo a salir y a caminar por las mismas calles, como si al volverlas a andar intentara fijarlas en mi recuerdo porque ya nunca más las pisaré. Mis apresurados pasos podrían ser los de quien huye de su pasado, pero también los de quien intenta acortar el tramo faltante para arribar a un nuevo tiempo. Deseo decir adiós a la que fui, pero no consigo hallarme con la que seré.

Y mientras envío (vía mail) estas líneas confusas como yo, mi mente debe ocuparse de estados financieros y balances. Al atestiguar la danza de los millones que sólo veré en la pantalla de la computadora, mi confusión se acrecienta... no imagino un terreno laboral más árido… que el del dinero ajeno y virtual.


Post Scriptum Si me preguntan qué hace el devoto hombre de aquí al lado en esta breve entrada, no sabría contestar con exactitud. Tal vez sólo sea un reflejo de mi subconsciente... buscando en las alturas, divinas o no, ayuda para sus dudas más esotéricas que terrenas.



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julio 16, 2010

bon appétit

Ese día, después de muchos meses de no verse, los amigos volverían a reunirse en una comida en casa de Olivia. El menú consistiría en ensalada de lechuga con nuez de la india y queso de cabra, salmón a la naranja con guarnición de vegetales y como postre, pastel de chocolate (adicionalmente, en previsión de que alguien no comiera pescado, prepararía unos tallarines bañados en salsa de champiñones). A Olivia le gustaba cocinar sin prisas, dedicando a cada procedimiento el tiempo indispensable para lograr el punto de cocción y la sazón adecuados. Primero preparó el postre, pues su elaboración consumía más tiempo y además, necesitaba reposo suficiente antes de la decoración. Una vez cumplida la primera fase, mientras el pastel estaba en el horno, se dispuso a lavar y desinfectar verduras y legumbres, a limpiar el pescado, a elaborar la salsa de champiñones para acompañar los tallarines. Finalmente, tras casi tres horas de afanes todo estuvo listo, momento que Olivia aprovechó para darse un duchazo y una manita de gato… justo a tiempo, porque a las tres de la tarde en punto sonó el timbre, anunciando la llegada de los primeros invitados. Tras los abrazos y besos de rigor, ofreció algo de beber a los tres recién llegados, Jorge, Silvia y Aurora; pensó en vino tinto pues era la bebida favorita de todos… Era… Aurora se había transformado en una hipocondriaca, por lo que en previsión de posibles quistes mamarios y migrañas, ya no tomaba vino tinto, Silvia estaba a dieta y no ingería bebidas alcohólicas y Jorge, ahora era más cervecero, pero como últimamente tenía muy elevados los niveles de ácido úrico terminó por aceptar el vino tinto. Veinte minutos después, llegaron las tres invitadas restantes: Adriana, Marta y Sandra. Mientras les abría la puerta, se preguntaba con qué novedad le saldrían ellas; mejor no lo hubiera pensado… Adriana, estaba deprimida tras una enésima ruptura amorosa, así que tenía ganas de emborracharse con vodka, bebida que por supuesto no había en casa; Marta, hacía tiempo que sólo bebía vino blanco y Sandra se había vuelto naturista, así que sólo bebería vino si éste era producido de manera orgánica. Tras zanjar el asunto de las bebidas con la ayuda de Jorge, quien se ofreció a ir al supermercado más cercano a comprar vodka y vino blanco, los amigos estuvieron conversando un rato, antes de pasar a la mesa, donde la tónica inicial continuó desde el primer platillo.

Aurora, fiel a su hipocondría, se dedicó a eliminar de su ensalada las nueces y los trozos de queso (no fuera a ser que favorecieran la formación de quistes en un futuro); Silvia, de ninguna manera comería esas nueces y menos ese queso grasoso, ¿no tienes queso cotagge ni aderezo light? preguntó ella y Olivia, que había elaborado un aderezo a base de vinagre balsámico, aceite de oliva extra virgen, mostaza y miel de abeja, sólo pudo ofrecerle jugo de limón y vinagre; la deprimida Adriana parecía más interesada en el Stolichnaya que en comer, mientras que Marta, antes fuerte aficionada a los quesos, había adquirido un repentino odio por ese producto lácteo, por lo que también se concentró en eliminarlo de su plato; Sandra, que no comía ningún producto natural (vegetal, carnívoro, lácteo o etílico) que no tuviese garantía de ser "orgánico", declinó la ensalada, optando por "unos poquitos de tallarines"… pero sin salsa de champiñones; Olivia ya sólo esperaba que Jorge saliera con alguna alergia…a las lechugas, afortunadamente se equivocó, pues él pidió su ensalada con mucha nuez y queso y tallarines con doble ración de salsa de champiñones (Olivia casi quería besarlo; de no ser porque en esos días él sostenía una relación inclasificable con Aurora y que ésta junto con la hipocondría había adquirido la manía de los celos injustificados, lo habría hecho). La llegada del Salmón pareció relajar un poco a los comensales, pero no evitó la pregunta de Sandra, referente a los hábitos de cultivo y/o pesca del Salmón chileno, ni el cuestionamiento de Silvia sobre la cantidad de grasa empleada en la elaboración del platillo. Sólo Adriana -suficientemente relajada gracias al Stolichnaya- y Jorge no hicieron preguntas. Y finalmente llegó la hora del postre, pero Olivia ya no estaba para dulzuras de ningún tipo, así que sin más dijo a sus amigos:

“Hice un pastel de chocolate amargo que es mi especialidad y me queda delicioso, pero ni les ofrezco pues contraviene todos sus nuevos hábitos alimenticios: tiene muchas calorías, podría ser un factor de riesgo en la formación de quistes mamarios, el cacao con el que se elabora el chocolate no es orgánico y como todos ustedes saben, los huevos, al igual que la mantequilla, contienen altos niveles de colesterol. Ah, también hay café de Coatepec, que no es ni descafeinado ni orgánico. Pero si gustan, tengo un licor de anís casero, muy bueno para los cólicos estomacales y que fue elaborado por unas monjas en Morelia, lo cual podría proveerles algunas bendiciones y hasta cierto alivio a sus conciencias... en caso de que sientan haber cometido pecado de gula…"



Afiche tomado de: imaginaction over blog


Post Scriptum. Esta entrada la publiqué originalmente en otro blog (hará cosa de un año). Ahora, con algunas variantes, la publico aquí debido a que el fin de semana pasado... la ficción se me volvió realidad… casi punto por punto.



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julio 12, 2010

recuerdos silenciosos



Hoy se cumple un aniversario más de la partida de mi abuela. Será el primero que no estaré en el cementerio. Aún recuerdo aquel 12 de julio tan parecido al de hoy: un día veraniego inusual, lluvioso, nublado, frío. Más aún, con el desvelo a cuestas y el desasosiego creciendo a cada instante dentro de mí; rodeada de extraños, llena de abrazos, sola. Por primera vez en mi vida, consciente de la hasta entonces desconocida soledad.




Siempre me han gustado los panteones. Desde que tengo memoria me encantaba pasear en ellos; recorrer las veredas que circundan las tumbas de seres desconocidos, ver sus fechas de nacimiento y deceso, casi condolerme si se fueron muy jóvenes y admirarlos si aguantaron en este mundo más allá de los 90. Aún me gusta caminarlos, explorarlos cuando visito una ciudad que no es la mía. No sé si sea una forma de necrofilia, pero lo disfruto. Todos los cementerios me llaman, menos ese donde está mi abuela. Los mausoleos asépticos, ordenados y recubiertos de mármol me deprimen. Ese acomodo de los cuerpos -lo que queda de ellos-, ordenados en vertical, uno sobre otro, como cajas de zapatos, me parece lo más impersonal y frío del mundo. La morada menos deseada para quien se ama. Pero nadie me preguntó y decidieron que la abuela se encontraría bien ahí. Yo creo que no. Si bien cuando uno está cercano a la muerte, lo que menos debe preocuparle es a dónde irán a parar sus restos, casi estoy segura que ella hubiera preferido el viejo cementerio en la colina; poblado de vegetación, algo descuidado pero cálido. Un sitio que invita a las vistas, a permanecer un largo rato ahí y dialogar con el difunto mientras se cambian las flores; tal vez contarle sus penas o confesarle algunos pecadillos. En cambio en el mausoleo, reluciente con sus flores de seda o de plástico (tan falsas como las votivas eléctricas que alumbran algunas "gavetas") para no dejar residuos que manchen su inmaculado aspecto, no vaya a ser que de pronto casi se sienta un poco de calidez humana ahí. Dice mi papá que no me queje; que no importa la frialdad del mausoleo; que tal vez así los restos de la abuela se preservarán por más tiempo. Busca darme consuelo y me repite la vieja consigna de "nuestros seres amados nunca nos dejan del todo" y que ella vela por mí sin importar las frías losas de mármol recubriendo su ataúd. Tal vez tenga razón y lo mío sólo es una bobería infantil. Muerta ella, qué más da si sus restos se hallan depositados en el viejo camposanto de la colina, al cobijo de la vegetación silvestre y el aroma de la hierba húmeda… o si por el contrario, yacen en un mausoleo, si una sola pringa, hierba, sol ni lluvia. Nada que rompa con su inmaculado aspecto. Da igual. Ella ya no está y eso es lo único que cuenta. Eso y su recuerdo perenne en mi memoria, mientras encendiendo una vela con aroma a canela y le digo que me porto bien… a pesar de todo... a pesar de mí… 

Y hablando de recuerdos, nuevamente me toca publicar en el blog colectivo Escribidores y Literaturos, donde también hablo del silencio o más bien, de cuando: sólo el silencio habla



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julio 09, 2010

de bordados y lluvias

Bordados. Mi abuela siempre tuvo la ilusión de que yo aprendiera a bordar en punto de cruz. Un buen bordado, solía decir, se distingue porque no hay diferencia entre el acabado al derecho y al revés, pues los hilos (amarres, terminaciones) no se notan. Obvio, tuvo que buscarse otra nieta en quien ver cristalizada su ilusión: yo carezco de la vocación, paciencia y habilidad necesarias para tales monerías. Traigo a coalición esa historia doméstica, porque ayer alguien me preguntó ¿para ti, qué es escribir bien? Difícil pregunta y más aún, dar con una respuesta medianamente clara, satisfactoria y, sobre todo, sencilla. Habría sido bueno tener a mi lado a un escritor para que él le contestara con mayor propiedad; desafortunadamente no había tal, así que no me quedó más que improvisar y, a falta de una mejor idea, recurrí a la ilusión bordadora de mi abuela. Les contesté, pero la verdad es que sigo sin tener una respuesta definitiva y tal vez no exista más allá de lo que puedan decir los manuales del buen escritor (¿servirán tales adminículos?). Alguna vez ya he mencionado aquí que escribir se parecía un poco al arte del tejido (o bordado): así como hay quienes convierten simples estambres e hilos en verdaderas obras de arte, un buen escrito es como un entramado de ideas bien hiladas… como un bordado de punto de cruz al que no se le ven los remaches por ningún lado. Y sin embargo, ni la perfección en el bordado del punto de cruz ni la maestría ejecutora del escritor garantizan, per se, que nos sintamos prendados de sus obras. Si la mecánica del corazón es indescifrable, la del cerebro debe ser la más compleja que pueda existir. Uno, desde su modesta perspectiva, puede reconocer la belleza de una obra artesanal o lo bien que X escritor cuenta historias, pero sin que ello le provoque mayor emoción. A mí no me interesa un mantel de punto de cruz, por más que aprecie el trabajo casi de filigrana que conlleva, no es para mí. Y con los relatos, novelas, cuentos de los grandes escritores (lo qué sea que signifique ser un gran y reputado escritor) puede suceder igual: la riqueza de su lenguaje, el dominio sobre el arte de escribir que posea determinado autor, no es suficiente para sentirse conectados con él, atrapados en su lectura. Uno, que no es ni crítico literario ni profesional de la escritura, puede reconocer (creo, tampoco es tan seguro) un buen escrito cuando lo tiene delante, pero esto no significa que se sienta hechizado por sus hilos narrativos. Y es que lo que ya no resulta tan sencillo, me parece, es la conexión de nosotros los lectores con la historia, personaje, estilo narrativo, etc., hace falta un algo que no sabría definir, apenas saber cuando lo siento y cuando no. Ese clic, esa conexión, que vuelve (para nosotros) inolvidables a unas obras y sólo buenas a otras…





De lluvias. En tanto en otras latitudes boreales empiezan a resentirse los primeros estragos de la canícula, la Ciudad de México se refresca justo cuando más calor deberíamos sentir (julio-agosto) y de pronto, en medio de lluvias y resabios de huracanes, parece otra. Ha llovido casi sin parar desde la media noche de anteayer y hoy, el amanecer es húmedo, punto menos que frío… en pleno verano. La ciudad bajo la lluvia me gusta, el cielo nublado le confiera un aura algo melancólica; si no fuera por algunos necios que insisten en conducir sus automóviles como si fuesen los dueños de la calle y los peatones no existiéramos, sería perfecta… con todo y lo que implica desplazarse en una ciudad que no parece hecha ni para las lluvias torrenciales ni para las mujeres con altos tacones y en donde, en ocasiones, uno rogaría porque de la nada surgieran puentes (como el de aquí arriba) para poder cruzar el pantano (los encharcamientos) sin mácula… como las aves del poeta...
 
«Llora en mi corazón como llueve sobre la ciudad...» dice Paul Verlaine en algún poema*.
[Llora en mi corazón
como llueve sobre la ciudad.
Qué es este desazón
que penetra mi corazón?*]

Fuera de tema (¿había tema en este post?). Como es viernes, día de estrenos de cine (puro blockbuster veraniego, como mandan los cánones), me parece un buen momento para comentar la nueva idea del cineasta británico Ridley Scott: coproducir un largometraje a partir de los vídeos realizados por internautas de todo el mundo... quienes filmarán un día en su vida... su vida en un díaAquí el video promocional (ágil, breve y atractivo). 



la vida en un día... un día en la vida 

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Imagen: William Kentridge, Bridge [Pont], 2001. Bronze et livres, 60 x 93 x19 cm. Marian Goodman Gallery, New York/Paris, et Goodman Gallery, Johannesburg ©2010 (tomada de: liberation/culture)

 

Más del trabajo del artista sudafricano, aquí William Kentridge on Art-Net



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julio 05, 2010

de evasiones y catarsis





Dice un amigo que bloguear es el mejor sucedáneo del psicoanalista... e infinitamente más barato que éste. Quizá no llegue a tanto, pero no hay duda que resulta un medio efectivo, hasta un punto, para la evasión y la catarsis. La libertad de escribir lo que a uno se le antoje, sin límite de extensión, tema o estilo, ni censura de por medio, posibilita la experimentación en materia de escritura, al tiempo que permite descargar los pesares propios y ajenos. De todo hay en ella viña del Señor Blogger y sin duda una de sus vetas más socorridas es la bitácora personal. Esos blogs en lo que uno, voyeur al fin, puede atisbar desde las rendijas de la pantalla las dichas y quebrantos de seres desconocidos, quienes comparten con lujo de detalle sus chocoaventuras diarias. Desafortunadamente, no a todos se nos da la desinhibición catártica. Me refiero a los relatos en primera persona que narran sucesos reales, no a las fantasías escritas, muy meritorias en tanto producto de la imaginación, pero en definitiva pertenecientes a otra categoría de escritura. Por lo que no nos queda más que evadirnos mediante relatos mitad ficción-mitad realismo, que nos ayuden a seguir sin voltear al lado de la realidad. Y a eso me he dedicado la mayor parte del tiempo de mi vida bloguera: a hacer como que no me entero de lo que pasa, social y políticamente hablando, a mi alrededor; a habitar en el país del no pasa nada. Sin duda una posición muy cómoda; sin embargo, eso no evita que de pronto me reproche el haberme vuelto tan evasiva Sin duda una posición muy cómoda; sin embargo, eso no evita que de pronto me reproche el haberme vuelto tan evasiva (lo cual no deja de ser una tontera, habida cuenta la mayor parte del tiempo los mexicanos –quizá con fines de preservación- pareciéramos vivir en la inopia y tal vez sin mayor asomo de culpa) y es entonces cuando no me queda más que acogerme al remedio temporal de la catarsis. Y justo cuando transito por esta etapa de cuestionamientos anti-evasivos, me ha llegado una invitación, a la que no pude negarme, para escribir un texto alusivo a la celebración del Bicentenario Independentista. Enorme reto escribir sobre algo que no me convence, pero que como ciudadana de este país me atañe... aunque no lo quiera. Y es que desde el inicio de la algarabía celebratoria oficialista, lo único que he podido pensar es en la mala jugada del destino o de nuestra historia -o tal vez de nosotros mismos-, quien ha querido que los festejos por el bicentenario de Independencia Nacional y el centenario de la Revolución Mexicana, vayan a ser encabezados por un grupo de criollistas que representan la antítesis del espíritu independentista y revolucionario, por no decir a la esencia de la contrarrevolución y el aliento reaccionario. Y como si eso no fuera suficiente infortunio, la conmemoración ocurre cuando el país se halla hundido en el fango político, la violencia criminal y la ignominia de la desigualdad socio-económica. Con este panorama es difícil compartir los ánimos festivos oficialistas, que parecieran querer ocultar nuestras miserias bajo el artificio de relumbrón, tan retórico como falaz. Mientras no muy lejos del escenario de cartón piedra -pero fotogénico-, los saldos de la guerra anticrimen nos restriegan, día tras día, muerto tras muerto, nuestro fracaso nacional, dejándonos como único consuelo la esperanza de que el fondo del fango ya no esté lejos y que pronto habremos de tocarlo y entonces tomar el impulso necesario para emerger...
.....

"Soy el llanto invisible
de millares de hombres.

Soy la ronca miseria,
la gris melancolía,
el fastidio hecho carne.
Yo soy mi corazón desamparado y negro.

Ciudad, invernadero,
gruta despedazada.

Bajo tu sombra, el viento del invierno
es una lluvia triste, y los hombres, amor,
son cuerpos gemidores, olas
quebrándose a los pies de las mujeres
en un largo momento de abandono
-como nardos pudriéndose."                    
                                         (Efraín Huerta, Declaración de amor –fragmento)


Post Scriptum. Ustedes disculparán esta catarsis tan localista  


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julio 03, 2010

de duchas y conjuros


Siempre he fantaseado con tener una columna llamada El rincón de Madame Amarguetta (Madame Mon Amour ya me lo ganaron). Pero como tal cosa me es imposible, sacio mi gusto culposo leyendo, en la fila del supermercado, y no sin un poco de vergüenza, El Rincón sentimental de la tía Alma -sección de una revista que me es cero grata: Contenido-. Por supuesto que es insulsa, con la única gracia de que su responsable inventa las preguntas y respuestas, por lo que en ciertas ocasiones puede resultar muy divertido dentro del absurdo. Semejante fantasía la debo, en parte, a la suerte que tengo para que mis amigos, y ni tan amigos, me cuenten sus penas de amor. Una verdadera ironía de la vida, pues mi historial amoroso está más cercano a ejemplificar una versión Región 4 de El libro de los amores ridículos de Milan Kundera, que a otra cosa; amén de que yo, lejos estoy de tener las respuestas que ellos quisieran escuchar. Sin ir más lejos, el sábado pasado una amiga me compartió, como quien comparte una máxima suprema, su más reciente descubrimiento:

"La infidelidad -como casi cualquier pringa- se quita con una buena ducha" ¿No lo crees?

Y no supe cómo refutarla. Apenas atiné a decirle que en todo caso tal consigna aplicaría, especialmente, a relaciones meramente físicas (por no decir al mero intercambio de fluidos). Pues de lo contrario, si sólo fuera cosa de duchas, baños de tina, y hasta limpieza con legía, para extirpar de la piel (y de otras áreas menos corpóreas) los vestigios de pasiones y dolores quemantes, los dolientes de amores fallidos ya serían una especie en extinción (o en vías de serlo). Ni tampoco abundarían los seres desesperados en busca de conjuros para desterrar de sus vidas las huellas del dolor y los resabios de un amor malogrado: conjuros como plegarias clamando por sobredosis de sentido común y pragmatismo; juramentos para no volver al recuerdo del interfecto como quien vuelve a un Santuario con la esperanza de una aparición; promesas de sepultar a los ingratos en el rincón del olvido, enterrados bajo toneladas de insultos y agravios exacerbados.

Alguien me dijo en cierta ocasión, que bastaba un poco de sentido común -aderezado con frialdad, completo yo-, para combatir cualquier asomo de sentimentalismo inútil. Y a partir de ahí, entender que para bregar con éxito en los mares embravecidos, y a veces traicioneros, del amor lo último aconsejable es desplegar las banderas de la sensibilidad y emotividad desmedida; que comportarse como heroína de novela romántica decimonónica en pleno Siglo XXI, rebasa los límites de la ingenuidad y romanticismo, lindando en los de la estulticia. Pero que no obstante, la alta dosis de sensatez no excluye –en casos desesperados, continuaba aquel cerebral consejero- la adopción de métodos disparatados como la trepanación cerebral (metafóricamente hablando), las sesiones de limpia en Catemaco, el rezo de veinte novenarios a San Judas Tadeo (Patrono de los casos perdidos)… hasta lo que sea, incluida la posibilidad de exterminarlo vía fumigación, con tal de sacarse de la cabeza, el corazón y del último rincón en donde haya logrado adentrarse -permaneciendo agazapado, al acecho como un depredador- a ese intruso que nos rompió el esquema, el corazón, el hígado... o lo que sea que a uno se le cuartee cuando las cosas del querer salen mal. Y, lo más importante, aceptar la posibilidad de que tales ritos no traigan el alivio, ante lo cual quedará el consuelo de unos versos… a manera de conjuro:

Desde una noche ciega
desde olvido
desde horas cerradas
en lo solo
sin lágrimas ni amor
te estoy llamando
como a la muerte
amor
como a la muerte.
[Idea Vilariño]


Post Scriptum. Disculpen que no haya contestado a sus comentarios en la entrada anterior y que me tarde en visitar sus blogs: tengo cuatro días sin servicio de Internet en mi casa… merced a los nada buenos oficios de la empresa Cablevisión (y en mi oficina tengo denegado el acceso a sitios de entretenimiento y redes sociales -este post lo envío por mail).

él no viene al caso con el tema del post, lo sé




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