escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

junio 29, 2010

amor a primera vista


«La fealdad tiene algo de superior a la belleza: dura más», dijo alguna vez el nada bello Serge Gainsbourg, quien fue famoso, entre otras cosas, por sus romances con hermosas mujeres. Y es que al parecer, la gran mayoría prefiere la inferioridad de la finita belleza a la superioridad de la perdurable fealdad. Y si no se tiene, se busca… a costa de lo que sea. Como la mamá de Alicia, quien al son de lo que no se hereda se hurta, se propuso hacer de su hija una obra maestra de belleza conseguida a base de esfuerzo y sin importarle fastidiar la infancia y adolescencia de la chica, con la imposición de una dura disciplina compuesta por clases de ballet, sesiones de gimnasia, rigurosa dieta alimenticia y un sinfín de sacrificios físicos más… pues la belleza tiene un precio. Y si algo tenía, eso era dinero de sobra para pagar lo que hiciera falta (como buena nueva rica, ansiaba desterrar cualquier vestigio de la pobreza padecida en su infancia). Tanta disciplina, junto con una cirugía plástica nasal y el tamiz de puntuales lecciones de idiomas y cultura general, dieron frutos. Y a los 19 años, Alicia estaba a punto de darle el plus faltante a la neo riqueza de sus padres: un buen apellido. El elegido, Alex, distaba de ser un adonis, pero a cambio poseía una respetable fortuna, un apellido con la prosapia anhelada por su madre y, lo más importante, deseos de casarse cuanto antes. Alicia no estaba muy enamorada, pero se convenció de que casarse era lo mejor que podía pasarle y así, con la disciplina aprendida desde su niñez, se afanó en tener una boda de ensueño. Y la consiguió. Su casamiento fue un evento fastuoso, debidamente reseñado en la prensa especializada. Mejor imposible, decía su orgullosa madre y Alicia, de tanto escucharla, lo creyó. Durante más de un año creyó, o quiso creer, que su vida no podía ser mejor… hasta que un buen día no tuvo más remedio que aceptar cuán perdida se sentía en esa enorme casa, en la cual apenas cumplía funciones decorativas y casi siempre sola, pues los negocios del marido lo mantenían lejos la mayor parte del tiempo. Dieciocho meses y ya estaba aburrida y además, decepcionada pues Alex no había resultado ser el amantísimo marido que ella creía, ni la vida matrimonial como la soñó. Y como en una ópera, aburrimiento, soledad y decepción fueron in crescendo hasta que sobrevino el final. A los 22 años se encontró divorciada y sin haber vivido gran cosa, ni siquiera decidido por ella misma. Era hora de empezar a vivir, repetía como un mantra… hasta que por fin encontró el valor para abandonarlo todo: la casa familiar donde se había refugiado tras el divorcio, la ciudad y el país… a la búsqueda de su propio camino.

Treinta meses después se hallaba muy lejos de casa, a cargo de sí misma por vez primera  (aprender idiomas no había sido en vano), aún en busca de su camino, pero libre de presiones familiares, aunque no así de las económicas. Ese mediodía veraniego, caminaba sin rumbo pensando en la manera de incrementar sus raquíticos ingresos (la sola idea de volver a casa, al lado de su madre, quien seguro ya tenía nuevos prospectos para ella, era suficiente aliciente para no cejar en su intento). Su andar distraído la conducía por sitios desconocidos, sin que ella les prestara demasiada atención; hasta que de pronto algo irrumpió intempestivamente en sus cavilaciones: ahí frente a ella, como una visión en el desierto, surgió una fuente en cuyo derredor departía un grupo de jóvenes. Pero no eran ellos, ni la fuente, la causa de su súbita distracción. No, lo que la había sacado de sus cavilaciones era un solitario hombre con el torso desnudo, quien permanecía pensativo, ajeno a la algarabía y con la mirada perdida en la nada. Fue verlo y estremecerse; sentirse como imantada por ese desconocido. Acto seguido, se aproximó hacia él, decidida, irreconocible para sí misma. Y pese que una vez a su lado, sintió temor, el poderoso imán que la había impulsado hasta ahí, la ayudó a desechar miedos e inseguridad, imbuyéndole el valor necesario para balbucir alguna pregunta nimia, a la cual, tras segundos eternos, él respondió con una tímida sonrisa, como si agradeciera que alguien lo sacara de sus cavilaciones. Su sonrisa, esa voz algo ronca, terminaron de derretir a la pobre Alicia, quien presa de total arrobamiento lo escuchó confesarse cohibido en medio de tanta gente, pues normalmente a esa fuente no acudía nadie aparte de él. Después… una de esas raras conversaciones en las que dos extraños acaban contándose partes fundamentales de sus vidas, en la creencia de que jamás volverán a verse; largo rato, mientras por la mente de ella cruzaban un sinfín de ideas, a cual más disparatada, y el atardecer los alcanzaba sin que ninguno notara el tiempo transcurrido. Tres horas de conversación más tarde, Alicia sabía lo esencial de él: no portaba un apellido rimbombante, ni poseía grandes riquezas y ocupaba sus noches en escribir versos en prosa que a nadie leía. Y lo más importante fue que, tras esa platica, ella había descubierto que por lo pronto el único camino que deseaba emprender, era el que conducía a su departamento… de preferencia con ese hombre de melancólica mirada, quien acababa de revelársele como la compañía idónea para continuar la búsqueda emprendida 30 meses atrás…
 

"Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
[…]
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
[…]
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
[…]
Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad"

 Wislawa Szymborska. Amor a primera vista (fragmento)



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junio 25, 2010

apaleados


Mañana de jueves, fresca y nublada, pero iluminada con esa luz blanquecina que de tan brillante casi ciega a la primera mirada. El reloj marca las 7:20 AM. No es hora de dormir, pero cómo desearía poder hacerlo pese a que en estricto sentido no hay motivo para tal deseo. Ayer, como no ocurría desde hace tiempo, me dormí temprano, a resguardo de la fría humedad dejada por el torrencial aguacero con el que el verano decidió estrenarse en la ciudad. Dormí largo y soñé mucho… puras incoherencias, como ha venido sucediendo en los últimos tiempos, de las que no recuerdo gran cosa. Quizá por ello, esta mañana, a bordo del autobús con rumbo a mi oficina, me siento como apaleada y con una gran pesadez en los párpados. En tales condiciones, la lectura que suele acompañar mis trayectos matutinos no es la mejor opción, por más que el libro que lleve conmigo sea interesante. Intento distraerme observando a los viajantes más cercanos a mí, pero en realidad no hay mucho en qué distraerse: en la fila de enfrente, unos cuantos pasajeros sumidos en sus pensamientos o adormilados y un solitario estudiante repasando sus apuntes escolares; de mi lado, una señora con un niño pequeño inquieto y platicón, un hombre joven que escucha música mientras explora las monerías que ofrece su iPhone y muy cerca de nosotros, el conductor del bus quien aprovecha los semáforos en rojo para hojear el periódico deportivo de ayer, cuya primera plana da cuenta de la derrota de la selección nacional en el Mundial de Fut. Desisto de mi afán observante, temo no poder controlar las ganas de cerrarle la boca al pequeño que insiste en martillar mis oídos con las preguntas que hace (a gritos) a su madre. Para alejar la tentación del infanticidio, decido imitar a los ocupantes de enfrente y sumirme en mis pensamientos. Repaso un Test (Test de Wilde 8que leí anoche poco antes de dormirme. Un cuestionario para escritores integrado por más de una docena de preguntas relacionadas con la literatura y el cual pareciera ser una reelaboración del llamado Cuestionario Proust. De las catorce preguntas tres llamaron mi atención especialmente, quizá porque al ser las menos "técnicas", devienen en cuestiones que de una u otra forma han pasado por la mente de muchos de nosotros, lo mismo al leer un libro que ver una película. Me entretengo jugando con varias opciones de respuestas, no sin antes tomarme alguna libertad (cambiar al personaje literario por uno fílmico):



4. Si pudieras cambiar parte del argumento de una célebre obra literaria, ¿qué obra sería y cuál sería el cambio?
Crimen y castigo. Me hubiera gustado que Raskólnikov no se entregara a la policía, menos que purgase su crimen en Siberia. Mejor, el castigo de vivir con la culpa carcomiéndole el alma (en ese aspecto, me gusta el giro dado por Woody Allen a la suerte del arribista Chris, personificado por Jonathan Rhys Meyers, en Match Point).

6. ¿A qué personaje literario (en mi caso cinematográfico) le caerías a golpes?
Apalearía a Rocco (sin sus hermanos) por ser alguien tan irritantemente ingenuo y bondadoso; porque después de que su hermano Simone y sus sátrapas amigos lo golpearon, no hizo nada para vengarse; porque aún amándola, decidió abandonar a su novia Nadia y porque no entendió que su sacrificio en pos de la Unidad Familiar... de nada serviría (eso sí, lo apalearía pero sin rozar siquiera su bellísimo rostro).

14. Si tuvieras el poder de regresar a la vida a un escritor ya muerto, ¿a quién elegirías y por qué (o para qué)?
Estoy consciente de que sería mucho más adecuado decir que yo traería de regreso a Borges, para que le dieran el Nobel de Literatura que le quedaron a deber. Sin embargo, optaré por un escritor menos famoso (a nivel internacional) en aras del simple goce egoísta: me gustaría tener el poder de traer de vuelta al mundo de los vivos a Jorge Ibargüengoitia.- No porque haya sido el escritor mexicano que el mundo esperaba (no sé quién sea tal), sino porque su sentido del humor e ironía nos vendrían bien en estos aciagos días. Y ya de una vez, para que adecuara sus Instrucciones para vivir en Méxicoa los tiempos de hoy, cuando como nunca antes estamos urgidos de un manual para sobrevivir, sin morir de miedo en el intento (mejor de risa), en este país de los ejecutados, descabezados y desaparecidos nuestros de cada día...



imagen: fotograma de Rocco y sus hermanos


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junio 22, 2010

érase una vez

«No deseo el amor sino el comienzo. Dejo mi sueño riendo en el agua y al alba en la miel de los higos. Dejo mi hoy y mi ayer en el pasaje hacia la plaza de la naranja donde vuelan las palomas» Mahmud Darwisch

En la entrada anterior, Enrique comentaba que él aún cree en los Cuentos de Hadas (en el sentido metafórico de las historias de amor posibles). Su comentario, al que contesté que hacía mucho tiempo que yo ya no creía, me dejó con una inquietud y es que a decir verdad, no recuerdo si en algún período de mi infancia en realidad creí en ellos. Por Cuentos de Hadas, me refiero básicamente a La cenicienta y La Bella durmiente, historias que a partir de los Hermanos Grimm pasando por Charles Perrault, incluida su versión china (que no pirata), han sido objeto de innumerables reelaboraciones y, con las variantes y adaptaciones del caso, base argumental para buena parte de las telenovelas mexicanas y no pocas comedias románticas hollywoodenses. Con tanto éxito de público, resulta inevitable pensar que si esas historias siguen adaptándose, una y otra vez, es porque aún hay quienes creen en ellas y fantasean con la idea de escapar de su ingrata existencia mediante el rescate de un príncipe azul. (¿Es eso o sólo un muy kitsch gusto fílmico y televisivo?). Y sin embargo, con mi escepticismo a cuestas, el cuento de La bella durmiente me gustaba un poco, pues desde mi precario punto de vista, la protagonista no sufría ni tenía que pasarse fregando pisos y lavando la ropa de horribles hermanastras. Pero como nunca hay gustos completos, a la historia le hacía falta algo para ser realmente deseable, así que sin más me atreví a reelaborar mi propia versión, con un pequeño cambio de nombre: La pequeña soñadora:



«Érase una vez una niña de grandes ojos oscuros, cabellos castaños enmarañados y anhelos insondables y disparatados, cuya imposible realización en el mundo real la había llevado a convertirse en una soñadora sin remedio ni medida. Una niña algo rara para quienes la rodeaban, quien en lugar de pedir que le compraran juguetes o la alimentaran a base golosinas y helados, se conformaba con soñar, despierta y dormida… sobre todo despierta. Tan soñadora era, que a cada tanto sus mayores debían reconvenirla para que bajara a tierra. Pero ella, que amén de soñadora era un poco terca, se las arreglaba para aterrizar sólo cuando era indispensable (para tomarse la leche tibia que tanto odiaba o cumplir con sus tareas escolares), El resto del tiempo, lo dedicaba a volar en sus sueños… o más bien, a danzar sobre enormes superficies de hielo asentadas en tierras tan lejanas como sus fantasías distaban del entorno que la rodeaba. Curiosamente, en su mundo de fantasía no existían las doncellas ilusas a merced de brujas malas, hermanastras feas y flojas o hechizos malignos, urgidas de que un arrojado príncipe azul, guapo y cargado de riquezas, acudiese en su rescate a bordo de un blanco corcel… para vivir juntos y felices por siempre. Los años de la primera infancia pasaron sin que ella perdiera su habilidad para despegarse de la realidad e instalarse en el goce a plenitud de sus fantasías. La adolescencia la encontró aún habitante de un mundo de ensueño en el que sólo ella era capaz de adentrarse y en el que, con el tiempo, las historias de danzarinas de gélidas tierras, habían dado paso a otras menos etéreas pero igual de fascinantes y con la ventaja de que ahora soñaba igual estando dormida que despierta. Qué felicidad, se decía, pues mientras ella aún volaba despreocupada en las alas de sus ensueños, sus amigas más precoces ya se angustiaban en la búsqueda del príncipe azul, cuyo rostro semejara al del actor de moda y que en lugar de corcel alado llegase a su rescate a bordo de un auto deportivo. Qué afortunada soy, repetía para sí misma, mitad ufana y mitad incrédula de que a su edad aún no experimentara la comezón de sus amigas. Ya creía que así sería por el resto de su vida, libre y despreocupada de conquistas y desilusiones amorosas… hasta aquella tarde en la que inesperadamente fue despertada de su enigmático sueño y sin que en un principio entendiera muy bien de qué se trataba, pues al igual que cuando era un bebé, la modorra del sueño abruptamente interrumpido aletargó sus movimientos psicomotrices… y mientras intentaba reaccionar… él continuaba besándola sin darle tiempo a escapar… sacándola de una vez y para siempre de su mundo de ensoñación, para ponerla, de golpe y porrazo, en un realidad que en nada se parecía al sublime mundo de sus fantasías»




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junio 18, 2010

día nublado


El día amaneció nublado, aliviado del calor de otros días. Bella mañana citadina cubierta por un cielo casi plateado, al que anima un vientecillo suave y fresco. De ser la hora del ocaso, la tarde estaría tequilera; como no lo es, la mañana es cafetera, propicia para una larga caminata sin prisas ni rumbo fijo. Lástima que sea un día laborable, por lo que habrá que conformarse con una mañana cafetera propicia para divagar sobre un tema tan gastado como inacabado: el amor (una cierta idea sobre éste).

Mi abuela, hija de la educación tradicional machista y católica, solía decir que el amor, la prueba fehaciente -hasta un punto- de su existencia, sólo podía darse en los hechos: "hechos son amores y no buenas razones". Por buenas razones se refería a los poemas, cartas de amor y promesas acostumbradas por los hombres de su tiempo, quienes antes de partir rumbo al Norte –EUA-, dejaban a las mujeres a las que habían enamorado por años, con la promesa de volver apenas les hubiese sonreído la fortuna… cosa que en el 90% de los casos jamás ocurría (el regreso). No sé cuántas veces habré escuchado ese dicho. Y lo escuché de los labios de la misma mujer que forjó buena parte de lo que podría llamar mi educación sentimental, en los intensos dramas de dos heroínas rusas: La Madre y Ana Karenina. Y como si tales historias no hubieran sido suficientes para llenar mi cabeza de marañas, tuve a bien completar mi educación con la Bovary. Con semejantes antecedentes, era casi imposible no crecer con expectativas amorosas tan confusas como encontradas y desproporcionadas. Pero al final creo que no fue tanto; por alguna ironía, en el mismo veneno hallé el antídoto: tras la primera lectura de Madame Bovary, lejos de suspirar por un sucedáneo de príncipe azul, estaba furiosa… a mis dieciséis años sentía una enorme rabia, no con Emma, sino con el par de cobardes en los que había depositado sus afanes. De ahí al escepticismo como norma fundamental de mi vida, el trayecto fue casi automático. No me enorgullezco de ello y aunque tampoco me avergüenzo, reconozco que me habría gustado experimentar, alguna vez, un despertar revolucionario como el de Pelagia, la abnegada Madre de Pavel (claro, antes tendría que haber sido una idealista sin remedio). Y también, poder encarnar (sin poses ni dobles intenciones) la ingenuidad de Emma Bovary, su terca persistencia en creer que el amor y los hombres, como ella los había delineado en su cabeza, eran posibles en la vida real… aún cuando los hechos se empeñaran en demostrarle lo opuesto (lo que de alguna forma, podría verse como un irreductible afán por contradecir a su sino).

Pero no. Terca y escéptica, es a lo más que he podido llegar. A eso y a personificar la contradicción; razón por la cual más de una vez me he sorprendido ingenua sin matices. Afortunadamente, sólo han sido lapsos breves. Y al pensar en esos deslices, recuerdo el prólogo de Fuegos (escrito al calor de una crisis pasional de su autora), donde Marguerite Yourcenar sostiene que el amor por una persona determinada, aun siendo tan desgarrador, no suele ser sino un hermoso accidente pasajero, menos real en cierto sentido que las predisposiciones y opciones que lo preceden y que sobrevivirán a él. Y en ese mismo prólogo -como si al decirlo tuviera en mente a la Karenina o la Bovary, aunque en realidad pensaba en el mito de María Magdalena-, afirmaría que el amor total se impone a su víctima a la vez como una enfermedad y como una vocación, al ser siempre el resultado de una experiencia y uno de los temas más trillados de la literatura

O sea. ¿una se empeña en desterrar de su ideario todas esas historias de amor novelescas y pobladas de clichés, mediante la ingesta de altas de dosis de realismo puro y duro, cuando lo que en verdad desearía… es vivir una justo así?


Post Scriptum. Hablando de contradicciones y cosas que no vienen mucho al tema (o quizá sí), esta canción casi surrealista, casi como de cuento de hadas... casi inclasificable: J'ai demandé à la lune, con el grupo Indochine

Sitio oficial del grupo: Indochine



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junio 14, 2010

dioses muertos


Debe tener su encanto, y hasta un toque de nobleza, ser fan incondicional de algo o de alguien; defender a capa y espada las cualidades, ciertas o imaginarias, del objeto de nuestra devoción. Alguna vez casi fui así, pero hace rato olvidé cómo es serlo y menos recuerdo si me sentía especial por pertenecer a un selecto grupo. Y tan distraída soy, que no ha sido sino hasta hace poco tiempo cuando he venido a constatar cuán desconectada y apartada -de la actualidad- puede sentirse una, al no ser fan de algo de lo que todo mundo lo es. El sábado estaba en una comida con amigos y conocidos, un grupo pequeño propio para la plática grupal sobre tópicos comunes –e impropio para el asilamiento o la formación de subgrupos-. De pronto, sin apenas notar el momento del giro de la conversación, todos hablaban acerca del recientemente finalizado programa de TV Lost; lo hacían con emoción, con la vehemencia propia de un fan a prueba de todo. Exultantes porque ese programa –casi- les había cambiado la vida (amén de haber "cambiado para siempre la forma de hacer y ver televisión") y al mismo tiempo, con la nostalgia de quien ha sido abandonado por un ser amado. Sobra decir lo incómoda que me sentí mientras era objeto de miradas algo más que incrédulas, ante mi ignorancia sobre las profundidades metafóricas y filosóficas de Lost. Y sin embargo, casi como una paradoja, fue justo en el momento en que era mirada como un bicho raro, cuando yo, más que mis jueces, estuve muy cerca de sentir lo que es saberse solo en una isla desierta… como Robinson si su Viernes (diría J. Sabina). Una nueva –y espero temporal- forma de sentirse una especie de outsider, es no haber visto las ¿seis? temporadas de Lost y, por ende, carecer de elementos para opinar sobre lo bueno o decepcionante que resultó su final; si valió la pena tanta publicidad previa anunciándolo como si del fin del mundo se tratara, o si por el contrario, fue más el ruido que las nueces, como dijo uno de los fans quien se confesó defraudado ante lo que él consideró una tomadura de pelo (tampoco lo miraron muy bien cuando dijo semejante cosa, por cierto).
 
En fin, esa plática sabatina tópica y típica, sirvió para recordarme los motivos de mi deserción del mundo de los fans: la cobardía. Ser fan de un ente viviente conlleva el riesgo de que él (ella o ellos) eventualmente pueda decepcionarnos. Y quizá no tanto a causa de sus posibles fallas, sino en razón de las cualidades sobrehumanas con las que lo hemos revestido… antes de subirlo al altar más alto de nuestro Panthéon personal; despojándolo de su connotación de ser humano falible; en una palabra… endiosándolo. Y una que se sabe débil para soportar ver cómo sus "Dioses vivientes" se tambalean desde lo más alto, ha optado por tener puros Dioses bien muertos, resguardados en el panteón común de los hombres del que ya nada ni nadie podrá hacerles caer… porque a los Dioses muertos ya no se les juzga, aunque sí se les extrañe a rabiar, al tiempo que su figura engrandece con el paso del tiempo… (y eso que no soy fan).

«Podrías hundirte de un solo golpe en la nada, adonde van los muertos: yo me consolaría si me dejaras tus manos en herencia. Sólo tus manos subsistirían, separadas de ti, inexplicables como las de los dioses de mármol convertidos en polvo y cal de su propia tumba. Sobrevivirían a tus actos, a los miserables cuerpos que han acariciado. Entre las cosas y tú no harían ya de intermediarios: ellas mismas se transformarían en cosas. Inocentes de nuevo, pues tú ya no estarías para hacer de ellas tus cómplices, tristes como galgos sin dueño, desconcertadas como arcángeles a quienes ningún dios da ya órdenes, tus inútiles manos reposarían sobre las rodillas de las tinieblas. Tus manos abiertas, incapaces de dar o de recibir ninguna alegría, me habrían dejado caer como una muñeca rota. Beso, a la altura de la muñeca, esas manos indiferentes que tu voluntad no aparta ya de las mías; acaricio la arteria azul, la columna de sangre que, antaño, incesante como el chorro de una fuente, surgía del suelo de tu corazón. Con sollozos pequeños y satisfechos reposo la cabeza como una niña entre esas palmas llenas de estrellas, de cruces, de precipicios de lo que fue mi destino.» 

[Marguerite Yourcenar. Fuegos: Fedra o la desesperación]
  

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junio 11, 2010

matando los recuerdos

"(...) No se es decididamente grande... hasta que la vida no te ha puesto en la prueba de negarte rotundamente y sin apelación algo que deseabas con todas tus ganas..."
Emmanuel Mounier*/)

Las noches en vela se sienten eternas, densas y pesadas. Llevaba horas dando vueltas entre las sábanas sin conseguir dormir, pues por más que lo imploraba, el sueño se negaba con ella. Tal parecía que al sueño nocturno también le afectaba el bochornoso calor veraniego. Cuando se supo lo suficientemente harta, dejó la cama y sin pensarlo más se dirigió a la pequeña habitación cuyo espacio era compartido por los libros, una mesa escritorio y la vieja mecedora heredada de su abuela. Una vez ahí, decidió que si Morfeo se le resistía, ocuparía ese tiempo en leer acunada en la mecedora, dejando que su suave vaivén acompasara su lectura y quizá, con un poco de suerte, hasta podría quedarse dormida. Y así lo hizo, pero justo cuando se acomodaba, al levantar la vista, sus ojos tropezaron con la caja metálica que guardaba en uno de los entrepaños del librero. Verla apenas una fracción de minuto, fue suficiente para que sus planes de lectura desvelada se vinieran abajo. Para cualquiera que no fuera ella, sonaría ridículo, pero no por ello era menos cierto: en esa caja, que hacía las veces de caja fuerte (sin llave ni nada), había depositado una parte de sus bienes más preciados: los recuerdos… las cartas en las que se entretejía, pedacito a pedacito, buena parte de su vida. Infinidad de veces había pensado en destruir esos vestigios del pasado, pero siempre, en el último momento, había desistido de tal cosa.

Nunca entendería de quién había heredado esa manía de coleccionar recuerdos escritos: lo mismo la servilleta en la que algún novio le había escrito algo parecido a un poema, que las tarjetas de los ramos de flores recibidos o las copias de los boletos de avión de los viajes realizados en compañía de algún amor. De todo guardaba en esa cajita, pero más que ninguna otra cosa cartas. Docenas de cartas, algunas escritas por ella y que nunca se animó a enviar y otras, las más, enviadas por seres que pertenecían a su pasado. Dejó el libro a un lado, bajó de la mecedora y sentada en el piso, con dedos nerviosos empezó a hurgar, a escoger de entre el hato de cartas, aquellas que él había enviado. Mientas lo hacía, sonrío para sí misma con un dejo de ironía… Cuántas veces se había prometido, casi puesto un ultimátum para dejar de pensar en él, nunca más volver a las viejas cartas que le había escrito y que ella tercamente conservaba como las únicas sobrevivientes de lo que alguna vez vivieron. Muchas veces, sobre todo cuando el dolor dio paso a la rabia -señal de que ya iba dejando atrás su duelo post rompimiento, según dictaminó su amiga Maruca, experta en descalabros amorosos y sobreviviente a tantos-, deseó armarse de valor para destruirlas todas y así terminar de una vez con ese rito casi mortuorio, definitivamente masoquista. Pero no lo conseguía y al final, cuando estaba a punto romperlas en pequeños pedacitos –así lo había imaginado- se arrepentía. Para justificar su cobardía o necedad, o ambas, se decía que de hacerlo, quizá más tarde, cuando ya no hubiera remedio, se arrepentiría por haber destruido el último girón de su deshilachado amor.

Pero esa noche, por primera vez, al leer -releer lo que casi sabía de memoria- esas líneas escritas al tenor de una pasión de la que ya sólo quedaba el recuerdo, no sintió tristeza, ni tampoco las picazones de dolor, acallado pero constante, que siempre le acometía tras su lectura. Y también, por vez primera desde su ruptura, dejó de reprocharse por no haber conseguido olvidarlo, por penar su recuerdo y por llorar –eso sí, a escondidas- su partida, por lamentar esa ausencia que a veces era insoportable. La sensación de esta madrugada era muy distinta a la vivida en tantas otras, cuando la relectura de sus cartas la hacía en medio de lágrimas y maldiciones. Esa noche, por fin, se supo lista para romper, si no el pasado, sí con los vestigios epistolares de un amor roto y que ella se había empeñado en atesorar, como si con ello pudiera rescatar, de entre las cenizas, una parte de su amor y un pedazo de él…

Y hablando de recuerdos, hoy me toca mi cita mensual con el blog colectivo Escribidores y Literaturos, que en esta semana celebra un año de existencia. Para tal encuentro, me ha dado por dialogar con mi corazón; si tiene ganas y tiempo, dejo la liga a mi texto: sístole y diástole




imagen: fotograma del film Nikita (Luc Besson, 1990)




*Emmanuel Mounier, Cartas desde el dolor, trad. Antonio Ruiz.
México, Editorial Jus, 2005, 133 pp.

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junio 07, 2010

fiebres y antídotos

Durante las próximas semanas algunos outsiders como la que esto escribe, buscaremos afanosamente un antídoto contra la llamada fiebre mundialista. Posibles opciones: refugiarse en alguna caverna precámbrica, un retiro espiritual en el Monasterio Cartujo de los Alpes, o el exilio temporal en algún país "virgen" sin servicio de Radio ni TV y ajeno a la pasión futbolera, los comerciales de la Coca-Cola, los gritos de los narradores televisivos y en donde no se escuchen -en el taxi y bus, el sonido ambiental del supermercado y más- los cánticos africanos de Shakira. ¿Existirá tal lugar? ¿Tal vez La Patagonia? Ahora que también queda la posibilidad de imitar a la actriz mexicana María Félix, quien, según la leyenda, buscaba recuperar juventud sometiéndose periódicamente a tratamientos de sueño inducido -durante un mes- en una prestigiosa clínica suiza. Pero si todo ello resultara imposible, no habrá más que armarse de paciencia e ir por la calle con las orejas toponeadas -a falta de iPad. Pues de lo contrario, como decía hace unos días el ex Consejero Presidente del IFE José Woldenberg, se corre el riesgo de terminar imitando los usos y costumbres de los fanáticos futboleros, quienes ciegos y sordos a cualquier opinión y preferencia distinta a la suya (cosa que no ocurre con el aficionado genuino, según Woldenberg), son capaces de arremeter contra quien los contraríe. Así pues, si no hay plata suficiente para una cura de (en)sueño en Suiza o un idílico periplo por los confines del mundo (y los Cartujos no nos reciben), no quedará más que resignarse, asegurar puertas y ventanas, para que los gritos y despotriques generados o pretextados por la pasión futbolera, no irrumpan en nuestro hogar, contagiándonos de su fanatismo y provocándonos inmanejables impulsos de salir a la calle y, al más puro estilo nazi, meter en un campo de concentración (con TV, para que no digan que uno es cruel) a todos esos desaforados fanáticos del deporte más popular del mundo, cuyo fanatismo trastoca nuestra cotidianidad (por exagerado que parezca). Treinta días pasan rápido... espero.

Y en tanto algunos militamos en la resistencia, muchos más serán entusiastas partícipes de la fiesta. La literatura no es la excepción. No pocos son los escritores practicantes del amour foot (que debe ser como el amour fou, nomás que sin sexo candente). Y también están los que delinean su oncena ideal integrada por escritores famosos. Un ejemplo, la selección literaria ideal del escritor mexicano Juan Villoro publicada este domingo en el periódico Reforma. Como de tácticas futbolísticas no entiendo, sólo diré que hasta donde recuerdo Jorge Luis Borges detestaba el futbol, considerándolo indigno de haber sido inventado (dicen ellos) por los civilizados ingleses. Por lo demás, la selección de Villoro me place en términos literarios y comparto la forma en que presenta la alineación de sus “jugadores”; no obstante, me declaro incompetente para opinar sobre la posición que le ha asignado a cada uno dentro de la cancha...
«Hago una selección literaria posterior al siglo 17. En la portería se necesita un solitario de inquebrantable ética: Albert Camus. Los laterales deben correr bien y ser ligeros: Italo Calvino y Anton Chéjov. Los centrales deben tener dramática contundencia: Tolstói y Dostoyevski. El medio de contención debe mostrar resistente enjundia: William Faulkner. Los dos medios creativos deben reinventar la fantasía: Jorge Luis Borges y Vladimir Nabokov. El extremo izquierdo debe ser un conocedor de los fantasmas: Juan Rulfo. El centro delantero, un maestro en la economía de efectos: Raymond Carver. El extremo derecho, un artífice capaz de burlar a cualquiera: Georges Perèc.

Como ven, mi equipo de clásicos modernos juega en 4-3-3.

Su entrenador debe dominar las causas perdidas (Joseph Conrad), tener un asesor que le plantee escenarios pesimistas (Franz Kafka) y un motivador que le renueve la confianza en los misterios de la vida diaria (Jorge Ibargüengoitia).»
 
  el dream team literario de Juan Villoro



Imagen al inicio: Philippe Ramette Objet à Voir le Monde (2004) 


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junio 04, 2010

de puntitas...

Cuando era niña, durante las festividades veraniegas de mi pueblo solía pasarme largo rato contemplando, entre asombrada y espantada, las suertes dancísticas burlescas e incoherentes, de las Mojigangas (llamadas también, en aquellos rumbos lejanos, Huesquixcles) que año con año llegaban a la Feria Anual, mitad religiosa –en celebración del Santo Patrono- mitad pagana. Ya con sus extravagantes disfraces y máscaras, algunas francamente espantosas, tenía yo suficiente motivo para el asombro. Y sin embargo, no era su extravagante apariencia lo que más llamaba mi atención, sino su increíble habilidad para bailar y desplazarse en perfecto equilibrio sobre sus enormes zancos, en esas calles empedradas, disparejas y llenas de pendientes. Mientras los veía desfilar, tan ajenos a la monótona cotidianeidad de mi pueblo perdido en la Sierra Madre del Sur, me resultaba inevitable preguntarme (con el nimio razonamiento de mis pocos años) cómo nos verían ellos a nosotros, cómo se miraría nuestra realidad pueblerina desde su altura y condición de fuereños.

Hacía tanto que no recordaba la Feria, que no pensaba en las Mojigangas que azoraban mis días infantiles… demasiado tiempo sin ir a mi pueblo… pero ayer, una extraña asociación de ideas las trajo de regreso a mi mente. Mientras leía un par de notas periodísticas referidas al más reciente libro del escritor italiano Antonio Tabucchi, El tiempo envejece deprisa , al ver la fotografía de su portada -la imagen que aparece aquí abajo-, recordé mis elucubraciones infantiles sobre la visión de la realidad que tendrían los danzantes. Y más aún, al conocer el nombre de la fotografía: Socles à réflexion y leer un breve comentario el propio Tabucchi, quien dice

“nosotros (los escritores) somos un poco como ese hombre que ilustra la portada: nos ponemos de puntitas frente a la realidad y tal vez sea un esfuerzo inútil, pero lo importante es participar”. 

 Philippe Ramette Socles à réflexion

Tras leerlo y volver el tiempo atrás, mirar en mi memoria a las Mojigangas de la Feria de mi pueblo natal, pienso que tal vez yo elucubraba de más pues esos estrafalarios danzantes no tendrían tiempo para la reflexión, ocupados como estaban en no perder el equilibrio mientras bailaban sobre las resbaladizas piedras de río que adoquinaban (adoquinan todavía) aquellas calles.

Dicen que las cosas se ven mejor de lejos; que hay que tomar distancia para apreciarlas en su justa dimensión, o por lo menos desde una perspectiva menos contaminada por el círculo vicioso en el que nos movemos a diario. Debe ser. En estos días de calores y soles inclementes (ok, para quienes viven a 43º C, los 31º C de la Ciudad de México deben parecerles casi invernales, pero a mí no), por más que pienso y repienso en los temas que me ocupan (y preocupan), al cabo de "darles vueltas y vueltas" sólo consigo confundirme más y acrecentar mis dudas e indecisiones. Quisiera echarle la culpa al calor, pues yo sostengo que las altas temperaturas y el sol inclemente y atarantador tienen efectos negativos sobre la agilidad mental (que apelmazan las neuronas, pues). Pero no. Tal vez –o seguro- lo que necesito es distanciarme, o por lo menos ponerme de puntitas como dice Tabucchi; subirme a unos zancos, no como las Mojigangas para entretenerme y entretener a los demás, sino como el hombre de la foto… en actitud reflexiva.


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Algo sobre la mirada del artista conceptual que firma la imagen de ese hombre reflexivo sobre sus zancos:


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junio 01, 2010

lluvias y sabores

En silencio y sola, al amparo de la oscuridad y acodada en el quicio de la ventana abierta al frío nocturno, contemplaba el paisaje después de la lluvia. Siempre le había gustado perder la mirada en la calle solitaria, desnuda, renovada después de un aguacero cuya furia había alejado todo vestigio de vida. Más de dos horas de tormenta y oscuridad; sin poder hacer nada tan sólo pensar; lo último que deseaba y que no podía evitar. Miraba sin ver la calle tenuemente iluminada por las luces amarillentas, mientras en su mente discurrían noches lluviosas como esta, cuando ella y su madre estaban solas en casa y ella se acunaba en su regazo, temerosa de los rayos y centellas venidos desde el cielo. Con los años sus pueriles miedos quedaron en el olvido; pero no podía evitar que la oscuridad y la lluvia intensificaran la sensación de desolación surgida a raíz de la intempestiva muerte de su madre y la partida dolida de Él -semanas antes del deceso materno- a causa de su negativa a irse juntos casi al otro lado del mundo. Detestaba pensarlo y luego se consolaba diciéndose que era cosa de la lluvia. Él amaba los aguaceros, porque –decía- eran capaces de llevarse todo y porque tras de sí dejaban un sosiego que hacía olvidar cualquier tormenta. Ella solía responderle –con inspiradísima cursilería- que las lluvias ciclónicas, podrían arrastrar consigo cualquier cosa; pueblos enteros incluso; todo… menos los recuerdos. Ahora estaba más segura que nunca de ello (con todo y cursilería), pues en ese instante, muchas noches lluviosas después, su recuerdo permanecía imborrable e intacto el sabor de sus labios en su memoria sensorial. Podía evocar, casi salivando, sus besos, cuyo sabor era una mezcla del aroma propio con el regusto dejado por los Montecristo y el buqué del coñac con que solía acompañarlos y que casi siempre terminaba tomándose ella con la complicidad de él, pues (erróneamente) atribuía al licor su posterior desinhibición. No dejaba de ser una ironía que a ella, no fumadora y repelente al cigarro común, le gustaran así los besos con sabor a habano. Pero así era. Y los extrañaba tanto. Buscando palear su falta, alguna vez se animó a seguir el consejo de Julito -su mejor amigo y dueño de un gran corazón habitado por un sinnúmero de amores alternos-, quien le había regalado una caja de habanos y una botella de coñac para que corroborara que los besos con sabor a Montecristo, y un poco de coñac, sabían todos igual. Pero se equivocó. El Arquitecto con quien se animó a experimentar, según él mismo, todo un experto en las artes amatorias y catador de los mejores licores y tabacos, resultó un chasco. Por más que fuera buen fumador y conociera de elixires etílicos, besaba que daba flojera en vez de emocionar, ya no se diga incitar a otra cosa. Y como los Montecristo no sabían igual en sus labios, ella había decidido conservar la duda respecto de sus demás aptitudes. Lo peor fue que desde ese fallido experimento, el recuerdo de Él era aún más recurrente. Ensimismada en su añoranza, casi brincó al escuchar el sonido del timbre que de improviso la regresó al presente. Si bien no era tan tarde, sí era muy extraño que alguien fuera de visita a esa hora. Cautelosa bajó las escaleras y se aproximó a la puerta sintiendo su corazón latir aceleradamente; antes de abrir, miró por el visor y lo que vio hizo que su pobre corazón casi se desbocara...



Abrió la puerta y lo miró aparentando una serenidad que distaba de sentir, preguntándose ¿qué hacía él ahí a quince meses de su partida y justo en uno de los días en que más lo había evocado? Quiso odiarlo por llegar como si nada; se reprochó sus nervios de quinceañera y deseó desaparecer de la faz de la tierra con todo y el temblor de sus rodillas. (y de otras partes menos púdicas) Todo eso le bullía por dentro, en tanto él la miraba con una sonrisa tímida e intentaba, con voz temblorosa, algo parecido a una explicación y algún otro descargo balbuceante, típicamente masculino. Fueron cinco largos minutos de mirarse sin decir nada, hasta que finalmente le franqueó la entrada. Una vez dentro, sin mayores preámbulos le ofreció un coñaquito para atemperar la fría humedad. Sin decir palabra, él asintió al tiempo que palpaba el bolsillo superior de su chaqueta y extraía un estuche individual de aluminio. Ella respiró hondo, puso la copa de coñac en la mesita de al lado, le acercó un cenicero y se sentó a esperar que fumara en busca de la calma necesaria para hablar; calma que no parecía llegar a juzgar por lo apresurado de sus movimientos. Cuando él hubo consumido un tercio del Montecristo, lo dejó sobre el cenicero y dio un trago al coñac antes de retornar a la silenciosa contemplación de su anfitriona. Harta del nerviosismo e indecisión de él, ella optó por mandar al carajo la sensatez que no tenía, apuró el resto del coñac, se puso de pie y se abalanzó sobre él. A horcajadas sobre sus piernas, lo besó con avaricia como si quisiera sorberle todo el sabor del tabaco y mezclarlo con el buqué del licor que acababa de tomar, para así recobrar el sabor de su nostalgia. Lo besó hasta casi dejarlo sin aliento. Una vez saciadas sus primeras ganas, se apartó ligeramente y mirándolo a los ojos, dijo para sí: Julito no tiene una maldita idea de nada. Y sin hacer caso al desconcierto de él, le lanzó un ¿y a qué has venido? Él sonrió, finalmente relajado, y pegándola hacía sí lo más posible, le contestó: primero me desquito y te beso hasta dejarte sin aire y después, ya sabrás
Y ella supo… ambos supieron…



"Cae la lluvia sobre junio
el espíritu de la mujer que ama
corre en tu cuerpo…
se desnuda en las calles"

Homero Aridjis
 
 
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