«La fealdad tiene algo de superior a la belleza: dura más», dijo alguna vez el nada bello Serge Gainsbourg, quien fue famoso, entre otras cosas, por sus romances con hermosas mujeres. Y es que al parecer, la gran mayoría prefiere la inferioridad de la finita belleza a la superioridad de la perdurable fealdad. Y si no se tiene, se busca… a costa de lo que sea. Como la mamá de Alicia, quien al son de lo que no se hereda se hurta, se propuso hacer de su hija una obra maestra de belleza conseguida a base de esfuerzo y sin importarle fastidiar la infancia y adolescencia de la chica, con la imposición de una dura disciplina compuesta por clases de ballet, sesiones de gimnasia, rigurosa dieta alimenticia y un sinfín de sacrificios físicos más… pues la belleza tiene un precio. Y si algo tenía, eso era dinero de sobra para pagar lo que hiciera falta (como buena nueva rica, ansiaba desterrar cualquier vestigio de la pobreza padecida en su infancia). Tanta disciplina, junto con una cirugía plástica nasal y el tamiz de puntuales lecciones de idiomas y cultura general, dieron frutos. Y a los 19 años, Alicia estaba a punto de darle el plus faltante a la neo riqueza de sus padres: un buen apellido. El elegido, Alex, distaba de ser un adonis, pero a cambio poseía una respetable fortuna, un apellido con la prosapia anhelada por su madre y, lo más importante, deseos de casarse cuanto antes. Alicia no estaba muy enamorada, pero se convenció de que casarse era lo mejor que podía pasarle y así, con la disciplina aprendida desde su niñez, se afanó en tener una boda de ensueño. Y la consiguió. Su casamiento fue un evento fastuoso, debidamente reseñado en la prensa especializada. Mejor imposible, decía su orgullosa madre y Alicia, de tanto escucharla, lo creyó. Durante más de un año creyó, o quiso creer, que su vida no podía ser mejor… hasta que un buen día no tuvo más remedio que aceptar cuán perdida se sentía en esa enorme casa, en la cual apenas cumplía funciones decorativas y casi siempre sola, pues los negocios del marido lo mantenían lejos la mayor parte del tiempo. Dieciocho meses y ya estaba aburrida y además, decepcionada pues Alex no había resultado ser el amantísimo marido que ella creía, ni la vida matrimonial como la soñó. Y como en una ópera, aburrimiento, soledad y decepción fueron in crescendo hasta que sobrevino el final. A los 22 años se encontró divorciada y sin haber vivido gran cosa, ni siquiera decidido por ella misma. Era hora de empezar a vivir, repetía como un mantra… hasta que por fin encontró el valor para abandonarlo todo: la casa familiar donde se había refugiado tras el divorcio, la ciudad y el país… a la búsqueda de su propio camino.
Treinta meses después se hallaba muy lejos de casa, a cargo de sí misma por vez primera (aprender idiomas no había sido en vano), aún en busca de su camino, pero libre de presiones familiares, aunque no así de las económicas. Ese mediodía veraniego, caminaba sin rumbo pensando en la manera de incrementar sus raquíticos ingresos (la sola idea de volver a casa, al lado de su madre, quien seguro ya tenía nuevos prospectos para ella, era suficiente aliciente para no cejar en su intento). Su andar distraído la conducía por sitios desconocidos, sin que ella les prestara demasiada atención; hasta que de pronto algo irrumpió intempestivamente en sus cavilaciones: ahí frente a ella, como una visión en el desierto, surgió una fuente en cuyo derredor departía un grupo de jóvenes. Pero no eran ellos, ni la fuente, la causa de su súbita distracción. No, lo que la había sacado de sus cavilaciones era un solitario hombre con el torso desnudo, quien permanecía pensativo, ajeno a la algarabía y con la mirada perdida en la nada. Fue verlo y estremecerse; sentirse como imantada por ese desconocido. Acto seguido, se aproximó hacia él, decidida, irreconocible para sí misma. Y pese que una vez a su lado, sintió temor, el poderoso imán que la había impulsado hasta ahí, la ayudó a desechar miedos e inseguridad, imbuyéndole el valor necesario para balbucir alguna pregunta nimia, a la cual, tras segundos eternos, él respondió con una tímida sonrisa, como si agradeciera que alguien lo sacara de sus cavilaciones. Su sonrisa, esa voz algo ronca, terminaron de derretir a la pobre Alicia, quien presa de total arrobamiento lo escuchó confesarse cohibido en medio de tanta gente, pues normalmente a esa fuente no acudía nadie aparte de él. Después… una de esas raras conversaciones en las que dos extraños acaban contándose partes fundamentales de sus vidas, en la creencia de que jamás volverán a verse; largo rato, mientras por la mente de ella cruzaban un sinfín de ideas, a cual más disparatada, y el atardecer los alcanzaba sin que ninguno notara el tiempo transcurrido. Tres horas de conversación más tarde, Alicia sabía lo esencial de él: no portaba un apellido rimbombante, ni poseía grandes riquezas y ocupaba sus noches en escribir versos en prosa que a nadie leía. Y lo más importante fue que, tras esa platica, ella había descubierto que por lo pronto el único camino que deseaba emprender, era el que conducía a su departamento… de preferencia con ese hombre de melancólica mirada, quien acababa de revelársele como la compañía idónea para continuar la búsqueda emprendida 30 meses atrás…
"Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
[…]
Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?
[…]
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
[…]
Todo principio
no es más que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad"
Wislawa Szymborska. Amor a primera vista (fragmento)
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