Ayer, entre charlas a distancia y viajes en la memoria, volvió a mí un tema que jamás he podido entender, pero siempre me ha inquietado: el vacío visto como una carga dolorosa e insostenible; esa sensación que paradójicamente a lo que su concepto podría sugerir, es capaz de llenarlo todo, copar una vida y arrastrarla consigo. Dice Juan Gelman (en el poema de aquí abajo) que el vacío no tiene solución, que tiembla entre su continuidad y su ruptura. Si el vacío se siente, esto –lo sentido- debe ser muy similar a la sensación de la nada, a saberse y sentirse ausente de todo, incluido uno mismo. Sobre el vacío, los vacíos sin llenar, se ha dicho tanto y propuesto las más variadas “soluciones”, desde puntos de vista tan distantes como el religioso y el psicológico. Todas, como es obvio, sean meros placebos o soluciones serias, apuntan hacia el llenado de ese vacío. Posiblemente me equivoque, pero me da la impresión de que quienes buscan ayudar, lo hacen partiendo de la idea de que únicamente se trata de colmar huecos, espacios sin llenar. Llenar por llenar. Para que el vacío ya no “haga ruido”. El problema es que no pocas veces, y aún cuando en apariencia consigan su objetivo… llenen el hueco, las cosas no necesariamente se componen. A riesgo de ser malinterpretada (o algo más fuerte), me atrevería a decir que hay vacíos que no se llenan con nada, quizá porque en principio ni siquiera se entiende su origen, las razones o sinrazones del mismo. En un tiempo que ahora me parece sucedió hace siglos -cuando en realidad no hace tanto y cuya lejanía en mi mirada debe ser un mecanismo, tramposo, para protegerme y perdonarme por lo que considero un fracaso muy doloroso- tuve relación con alguien a quien siempre consideré un ser luminoso y sensible, quien, no obstante su innegable riqueza interior, arrastraba un vacío rotundo, imbatible. Pocas relaciones tan cercanas y simbióticas en mi vida. Podíamos vernos el uno en el otro, confiábamos el uno en el otro. Y sin embargo, pese a esa cercanía, a ese muto entendimiento, jamás fui capaz de dilucidar las razones y sinrazones del vacío que parecía venir con él desde su nacimiento. Terca, ingenua y arrogante, pensé que al estar con él yo debía hacer lo posible por atenuar sus penas, acompañarlo en sus desasosiegos y, claro, entender y aliviar el vacío con el que convivía como si fuese su karma, su sino irrebatible. La ingenuidad y mi arrogancia a partes iguales, me llevaron a creer que el amor y la comprensión sin fisuras que según yo había entre ambos, bastarían para ello. No fue así. A mi fracaso personal lo acompañó el fracaso colectivo: ni estudios, retiros espirituales, viajes, familia, amigos, relaciones pasadas… nada ni nadie consiguió jamás llenar el vacío de su alma (o donde sea que se localice el vacío) y ni siquiera atenuar el dolor que éste le causaba, y que con el paso del tiempo fue mermando sus ganas de ser, de vivir, hasta que ya no pudo más y decidió largarlo todo e irse...
Mucho más que el encuentro es
el deseo incesante
que fabrica silencios.
El vacío no tiene solución,
tiembla entre
su continuidad y su ruptura.
La sangre
se mueve contra
las leyes del estar.
La piel que arde solita
orbita en universos, se
parece a un alma sin agua.
Los océanos de la razón
son espejismos del sueño sin sueño.
Nunca les crece la
verde ramita de lo que no fue
Vistas, Juan Gelman
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