adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

mayo 28, 2010

a medio llenar

Ayer, entre charlas a distancia y viajes en la memoria, volvió a mí un tema que jamás he podido entender, pero siempre me ha inquietado: el vacío visto como una carga dolorosa e insostenible; esa sensación que paradójicamente a lo que su concepto podría sugerir, es capaz de llenarlo todo, copar una vida y arrastrarla consigo. Dice Juan Gelman (en el poema de aquí abajo) que el vacío no tiene solución, que tiembla entre su continuidad y su ruptura. Si el vacío se siente, esto –lo sentido- debe ser muy similar a la sensación de la nada, a saberse y sentirse ausente de todo, incluido uno mismo. Sobre el vacío, los vacíos sin llenar, se ha dicho tanto y propuesto las más variadas “soluciones”, desde puntos de vista tan distantes como el religioso y el psicológico. Todas, como es obvio, sean meros placebos o soluciones serias, apuntan hacia el llenado de ese vacío. Posiblemente me equivoque, pero me da la impresión de que quienes buscan ayudar, lo hacen partiendo de la idea de que únicamente se trata de colmar huecos, espacios sin llenar. Llenar por llenar. Para que el vacío ya no “haga ruido”. El problema es que no pocas veces, y aún cuando en apariencia consigan su objetivo… llenen el hueco, las cosas no necesariamente se componen. A riesgo de ser malinterpretada (o algo más fuerte), me atrevería a decir que hay vacíos que no se llenan con nada, quizá porque en principio ni siquiera se entiende su origen, las razones o sinrazones del mismo. En un tiempo que ahora me parece sucedió hace siglos -cuando en realidad no hace tanto y cuya lejanía en mi mirada debe ser un mecanismo, tramposo, para protegerme y perdonarme por lo que considero un fracaso muy doloroso- tuve relación con alguien a quien siempre consideré un ser luminoso y sensible, quien, no obstante su innegable riqueza interior, arrastraba un vacío rotundo, imbatible. Pocas relaciones tan cercanas y simbióticas en mi vida. Podíamos vernos el uno en el otro, confiábamos el uno en el otro. Y sin embargo, pese a esa cercanía, a ese muto entendimiento, jamás fui capaz de dilucidar las razones y sinrazones del vacío que parecía venir con él desde su nacimiento. Terca, ingenua y arrogante, pensé que al estar con él yo debía hacer lo posible por atenuar sus penas, acompañarlo en sus desasosiegos y, claro, entender y aliviar el vacío con el que convivía como si fuese su karma, su sino irrebatible. La ingenuidad y mi arrogancia a partes iguales, me llevaron a creer que el amor y la comprensión sin fisuras que según yo había entre ambos, bastarían para ello. No fue así. A mi fracaso personal lo acompañó el fracaso colectivo: ni estudios, retiros espirituales, viajes, familia, amigos, relaciones pasadas… nada ni nadie consiguió jamás llenar el vacío de su alma (o donde sea que se localice el vacío) y ni siquiera atenuar el dolor que éste le causaba, y que con el paso del tiempo fue mermando sus ganas de ser, de vivir, hasta que ya no pudo más y decidió largarlo todo e irse...


Mucho más que el encuentro es
el deseo incesante
que fabrica silencios.
El vacío no tiene solución,
tiembla entre
su continuidad y su ruptura.
La sangre
se mueve contra
las leyes del estar.
La piel que arde solita
orbita en universos, se
parece a un alma sin agua.
Los océanos de la razón
son espejismos del sueño sin sueño.
Nunca les crece la
verde ramita de lo que no fue

Vistas, Juan Gelman



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mayo 24, 2010

terapeada contra la desazón

Dirán que es melancolía
y no es sino desengaño
L. de Góngora

Bien dicen que todo es cíclico, las crisis en especial, y de todo tipo. Y supongo que esto incluye a las malas rachas y, por supuesto, a los estados de ánimo (o desánimo). Ya he pasado por esto, más de una vez, pero sólo ha sido hasta hoy, en este húmedo amanecer, cuando, como dijo Neruda, he sentido que podría escribir los versos más tristes y desencantados, amargos. Por fortuna para los demás y mala suerte para mí, la poesía no es lo mío y así, ustedes se librarán de semejante agravio pseudo poético, mientras yo me quedaré sin la posibilidad de ese medio de desahogo. Dicen que en épocas de desazón e incertidumbre, los humanos buscamos consuelo lo mismo en la práctica religiosa, que en las suertes adivinatorias -la variedad en esta materia es directamente proporcional a mi ignorancia e incredulidad, pero de que abundan los adeptos, abundan, amén de que exceden, con mucho, a las mujeres afectas a la adivinación de posible infidelidades por parte de sus parejas-, que viviendo la vida loca, la cosa es buscar el alivio o el olvido. Y para muchas personas, estas prácticas funcionan; sólo es cosa de creer y “tener fe”, en el caso de las dos primeras y de dejarse ir sin pensar en nada (menos en responsabilidades y consecuencias posteriores) en el lo que a la tercera respecta. Sin embargo, y como todo en esta vida, hasta los remedios “probadísimos” son falibles, quizá porque existen padecimientos para los que no hay cataplasmas ni lecturas de la buena fortuna que sirva. Uno de estos padecimientos cuyo remedio no ha sido descubierto aún (el prozac y demás pildoritas de la felicidad, ya lo dijeron los científicos: no alivian, sólo posponen el dolor) es la desazón, para la cual ni la vida en el éter sirve mayormente.

Dado que cada día se acrecienta mi escepticismo -hoy soy mucho más escéptica de lo que era hace seis meses-, me resulta impensable volverme rezandera de un día para otro; además de que consideraría una hipocresía andarme refugiando en Dios nada más porque no vislumbro la luz (¿será porque el túnel es muy largo?).

En cuanto a las artes adivinatorias, amén de me parece una afición onerosa; no estoy actualizada en las tarifas, pero recuerdo que hace unos 6 años una amiga chiapaneca les cobraba a sus paisanas amigas quinientos devaluados pesos mexicanos por una lectura del Tarot y había quienes la “consultaban” religiosamente los martes y viernes de cada semana (yo debo ser muy materialista, pues siempre me pareció un desperdicio gastar tal cantidad en algo tan etéreo, en vez de emplearlo en algún objeto cuyo disfrute fuese más perdurable que las palabras con las que mi querida amiga Tzutzuki endulzaba los angustiosos oídos de sus clientas).

El caso es que heme aquí, a la búsqueda de alternativas terapéuticas distintas de las opciones religiosa y cabalística o del living la vida loca (porque ya no tengo 18), que me permitan, o por lo menos ayuden a, superar esta etapa de desasosiego en que me encuentro inmersa. Entre tanto algún amable lector de este Blog pudiera sugerirme alguna alternativa viable, no tendré más remedio que tomármelo con filosofía, pues tampoco se trata de aventarse desde la azotea de la Torre Mayor o de azotar los platos contra el espejo a manera de catarsis (luego hay que recoger el tiradero). Así que en tanto encuentro el remedio y, si no es mucho pedir, de una vez un buen tema para escribir… ustedes dispensarán la aridez y falta de gracia en este blog.


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mayo 22, 2010

amargo despertar

«Mientras aguarda por su thé negro latte, Ximena observa el panorama del lobby bar del hotel donde se aloja. El Metropol presume cinco estrellas (y el costo de hospedaje lo confirma), pero esa noche su servicio es tan diligente como el de un changarro sin ninguna estrella; así que tiene tiempo de sobra para observar a los ocupantes de las mesas cercanas. Como es lógico tratándose de un hotel, todos lucen como turistas; sin embargo, ella insiste afanosamente en buscar algún ocupante nacional. Hasta que una mesa frente a la suya la distrae de su empeño: sus seis ocupantes, hombres jóvenes, hacen gala de conocido acento chilango mientras departen alegremente al son de una botella de Russian Standard. Todos lucen exultantes, aún cuando el ambiente del lugar dista de semejar al de un antro chilango la noche de un sábado. Algo le dice que tanta algarabía no es a causa del vodka, sino de las ocupantes de la mesa contigua, un grupo de bellas veinteañeras que conversan alegremente en voz muy alta… y en ruso. Por fin, se dice ella, alguien que no es turista. Ahora sí me voy a divertir de lo lindo -goza por anticipado, imaginado a sus paisanos en pos de ligarse a las bellas rusitas-. Su thé llega casi al mismo tiempo que el más aventado de los ellos se levanta para dirigirse a la mesa de las chicas y sin mayores titubeos dirigirse a la más bonita –dejaría de ser mexicano- y preguntarle si alguna habla inglés; sí, todas afirman hacerlo. No sólo eso, la chica a la que se dirigió (trigueña, de delicadas facciones y hermosos ojos acerados) abunda en su respuesta informándole que también habla francés y alemán... por si lo prefiere y de paso le comenta que ni ella ni sus amigas apetecen tomar el vodka, thé o café que ellos pretenden invitarles, pues ella está a la espera de un amigo griego y sus amigas sólo vinieron para hacerle compañía en tanto el susodicho llega. Pero él no se da por vencido; ante tanta inasistencia, Irina, que es como dice llamarse la trigueña, responde que en todo caso le apetecería tomar una copa de Dom Pérignon… su bebida favorita (Ximena piensa que para ser tan joven, la niña tiene gustos de gente mayor). Al escucharla, la sonrisa del aprendiz de Don Juan queda congelada, pero ni así ceja en su intento de conquista. Una hora más tarde, el amigo de Irina no ha hecho acto de presencia y quizá para no aburrirse, ella y sus amigas se han animado a platicar con sus pretensos, pero lejos de mostrar mayor interés en ellos se dedican a enumerar lo que parecen ser sus preferencias. De las esmeraldas hasta los autos italianos, pasando por los viajes al extranjero, las chicas denotan un gran conocimiento de marcas, rutas y estilos. Si los galanes mexicanos no se habían desanimado por completo, al saber de los nada baratos gustitos de las rusitas, seguro habrán terminado de hacerlo. Un poco decepcionada ante la poco exitosa aventura donjuanesca de sus paisanos, Ximena decide irse a dormir pues a la mañana siguiente deberá salir muy temprano de viaje; justo cuando se dispone a abandonar el lugar, un hombre atractivo y bien vestido, pero algo mayor, pasa junto a ella con dirección de la mesa de las chicas… al parecer el amigo griego de Irina por fin ha llegado. 

Horas más tarde, el cruel despertador obliga a Ximena a levantarse de la cama, lo que no necesariamente significa haberla despertado completamente y todavía está medio dormida cuando las primeras gotas de la regadera caen sobre su espalda. Minutos más tarde, abrigada como si fuera a adentrarse en el corazón de Siberia, sale de su habitación con la idea de tomarse un café antes de emprender su mini viaje. Pese a la temprana hora, el elevador demora su llegada como si de horas pico se tratara. Finalmente llega y las puertas se abren frente a la somnolienta Ximena, quien entra con desgano en la creencia de que estará vacío... y casi lo está, de no ser por una solitaria ocupante proveniente del piso superior -donde se ubican las suites principales-... Irina. Con un cigarro a medio fumar en la mano derecha y un vestido de cóctel cubierto por un guardapolvos transparente sujetado por encima del hombro izquierdo, el pálido rostro de la chica muestra los estragos de una noche ajetreada acentuados por una inocultable expresión de fastidio; a esta hora cruel del amanecer, la desvelada trigueña parece muy lejana de la luminosa y exultante jovencita de la noche anterior...»

El trabajo nocturno opaca la piel y aminora el brillo de la mirada -dicen- y con el paso del tiempo, quizá hasta con las ilusiones y los sueños primerizos ha de terminar...

Tal vez la expresión sin vida en el hermoso rostro de Irina aquel frío amanecer, sea una metáfora del amargo despertar de su país, el cual enterró los sueños de opio comunista en pos de quimeras que hoy yacen sepultadas bajo las alucinaciones del capitalismo salvaje y mafioso...

Porque quizá sí exista,
haya sucedido de verdad
bajo una de las pueblerinas estrellas.
A su modo, dinámico y movido.
Para ser una miserable degeneración del cristal,
bastante sorprendido.
Para haber tenido una difícil infancia en la obligatoriedad
de la manada,
no está mal como individuo.
¡Vaya, vaya!


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mayo 18, 2010

vivir en el éter

La vida es una novela, dicen. Y vivirla, o más bien sobrevivir a ella, todo un arte. Así que, supongo, no será tan disparatado preguntarse conforme a qué estilo será más adecuado o funcional, ejercer el llamado oficio de vivir. Si se tiene la, ya no sé si buena o mala, costumbre de leer el periódico, nada más empezar a hojearlo podría llegar a creerse que los reporteros y, en su caso, editorialistas (me refiero exclusivamente a las notas y análisis sobre México) son adeptos al hiperrealismo; a la realidad sin retoque, la realidad pura, cruda, dura y, si se puede, hasta un tanto acentuada en sus aspectos menos favorables. Y por el contrario, si por alguna extraña casualidad –o práctica masoquista- se tiene oportunidad de escuchar el discurso de algún gobernante, o de leer sus declaraciones sobre el mismo tema, y hasta en el mismo periódico, donde minutos atrás se han encontrado ejemplos del estilo hiperrealista, no sería nada difícil pensar que lo suyo –su estilo preferido- es el photoshop, la realidad alterada, retocada, adelgazada donde le sobre y aumentada donde le falte; en una palabra, embellecida… como para portada de revista "para caballeros" (digresión: siempre que leo/escucho este término en referencia a las publicaciones que muestran a mujeres con poca o nula ropa, me da risa, será porque, ignorante de mí, no conozco ninguna "revista para damas"). Los primeros –los hiperrealistas, llamémosles- se empeñan en no disimular, ni un ápice, atributos, pero sobre todo defectos y carencias de la realidad y los segundos –los del photoshop- buscan convencernos, a toda costa, de que aunque no lo parezca las cosas son bastante mejor de lo que se ven y que todo es cuestión de percepción. Y en el fondo no les falta razón… todo es cuestión de percepción, sensibilidad, vocación por el masoquismo –a últimas fechas, leer el periódico ha devenido en un acto más que valiente casi masoquista-, o de una formidable habilidad para la evasión.

Apenas ayer, yo me preciaba de no formar parte de los seguidores de lo que yo llamo la filosofía hellokittyana; mostrándome casi orgullosa por vivir en un sitio muy distante del país de las maravillas en el cual parecen habitar los hellokittyanos, para quienes sin importar qué tan duro esté el temporal, cuán oscuro se encuentre el camino o tapizado de balas y muertos esté el suelo, sólo existe la parte buena de la vida, la color de rosa. Y aunque sigo sin ser parte integrante de ese grupo, a veces me pregunto si no seré yo quien viva en el error. Cómo no hacerlo, si mientras hay ocasiones en las que uno no quisiera ni asomar la nariz por la ventana, a ellos nada parece enturbiarles su vida de placidez y "felicidad": siempre con su mejor sonrisa en la boca; siempre prestos a responder a cada lamento nuestro con la frase apropiada (léase positiva, lo que sea que signifique eso), una para cada situación y por distintas que parezcan, en el fondo tan iguales. Y sin perder ni por un segundo su expresión de afabilidad, a lo más que llegan, ya muy contrariados, es a pedirnos silencio y decirnos que a ellos no les interesa saber sobre temas o hechos trágicos e ingratos. Y si hasta ayer me asumía sin mayores cuestionamientos en mi vocación realista sin adjetivos, de pronto he empezado a tener dudas y por momentos he llegado a creer que quizá vivir en una burbuja a donde no asome la violencia, ni la muerte, traición, desamor ni ninguna otra de las muchas desgracias que a diario ocurren... sea lo mejor. Así de simple… sólo evadirse y dejar que el mundo ruede hasta estrellarse, como dice Mafalda.

«Que la vida es una trampa lo hemos sabido siempre: nacemos sin haberlo pedido, encerrados en un cuerpo que no hemos elegido y destinados a morir. En compensación, el espacio del mundo ofrece una permanente posibilidad de evasión»
Milán Kundera, El arte de la novela



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mayo 16, 2010

mi primera vez con e.v.m.


Hasta ahora, de Enrique Vila-Matas no había leído nada como no sean algunos de los textos que aparecen en su página (Enrique Vila Matas/). Por alguna razón indefinible, que yo atribuyo a mi rebeldía natural a seguir consignas o modas (los escritores se ponen de moda y en automático leerlos se convierte en símbolo de estatus -hasta para quienes antes de ello... con trabajos leían el nombre de las calles- , por lo que colgarse del nombre de un escritor o de un libro de moda, es casi como colgarse un bolso Louis Vuitton... aunque sea pirata), no me animaba a comprar alguno de sus famosos libros. Pero siempre hay una primera vez... hace unos días leí en el periódico un breve artículo sobre su más reciente novela -Dublinesca-, que me despertó el interés por leerlo que no habían conseguido, juntas, las decenas de reseñas favorables y artículos elogiosos ad infinitum sobre la obra del escritor. Y ni siquiera es que fuera una gran reseña; en realidad más que una reseña es una breve reflexión sobre los temas que toca el escritor catalán en Dublinesca, entre otros “el fin de la era Gutenberg”. Pero quizá el motivo más poderoso fue el escenario donde se desarrolla su historia: esa ciudad irlandesa tan gris, lluviosa y llena de tabernas de la que me enamoré hace algunos años, en medio de extravíos geográficos y huidas emocionales. Ya lo he dicho aquí, cada quien tendrá sus maneras de llegar a los libros; en mi caso, han sido más el instinto y la necesidad vestida de azar objetivo -como decía A. Bretón-, los que me han conducido a las historias que con el tiempo se han convertido en entrañables. Ahora, el motivo es una mezcla de ambos: mi curiosidad por adentrarme, entre las brumas del tiempo, en el Dublín de mis recuerdos, pero desde la perspectiva del editor-escritor que protagoniza la historia de Vila-Matas. Ese era mi motivo, pero aún no encontraba la oportunidad… hasta que anoche, el azar objetivo vestido de lluvia inesperada me puso frente al estante de libros en una de las tiendas-restaurante del hombre más rico del mundo y estoces, mis ojos se acordaron (sí, mis ojos también tienen memoria) lo que deberían buscar en lugar de distraerse en la portada de las revistas de papel cuché.

El protagonista es un Editor de los que ya casi no quedan: "los que todavía leen y aman la literatura", quien atribuye el inminente quiebre de su empresa a...
"su resistencia a publicar las historias góticas tan de moda y demás zarandajas (y no a su impericia en materia de gestión económica... y su desmesurado fanatismo por la literatura)"

Y mientras me adentro y, espero, fascino con su lectura, comparto con ustedes este video con imágenes y voz del propio autor... la bande annonce (tráiler) de Dublinesca.


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Post Scriptum: este post es una muestra de que necesito, urgentemente, alguna fuente -la que sea- de inspiración... 

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mayo 13, 2010

enredos de media noche

la ciudad de México vista desde la antigua carretera a Cuernavaca (foto de axayacatl en flickr)

«Ciudad de México, que es la prolongación de tantos sueños, la materialización de tantas pesadillas» Roberto Bolaño

Hay quienes en una noche de insomnio, en lugar de dar vueltas y vueltas en la cama deciden ponerse en movimiento, ya sea mediante la realización de labores domésticas o de ejercicio. Yo, que por lo general no sufro de insomnio, cuando eventualmente llego a padecerlo no puedo ser así. No obstante la desesperación que significa pasar la noche en vela, eso de pararme de la cama a tres de la mañana y ponerme a barrer o escombrar, no se me da (leer en la cama no cuenta como actividad... física). En la idea de que más tarde o temprano me quedaré dormida (así sea cinco minutos antes de la hora de levantarme), no hago nada que pueda distraer tal cosa... tan sólo escuchar el silencio de la ciudad dormida. Eso y pensar; pensar y repensar; inventar, imaginar y hasta hilar diálogos en mi mente. Hacía mucho que no tenía insomnio, pero antenoche lo tuve. Pese a no tener idea exacta de la hora, asumí que ya era tarde, muy tarde, cuando presa del hartazgo dejé la cama y me senté frente a la computadora con la firme intención de escribir. Minutos atrás, en lugar de dar vueltas en la cama, había confeccionado en mi mente una mixtura de ideas que, según yo, ya estaba casi lista para su traslado a la pantalla. Pero no; a la hora de la hora el hilo se me enredó y mientras intentaba desenredarlo las tres tristes perlas que tenía en mi posesión (lo de perlas, es un decir), ya casi engarzadas en un hilo más o menos firme, repentinamente saltaron de mis torpes dedos yéndose a toda velocidad con rumbo desconocido. Así que en vez de ocuparme de transcribir la historia prevista, perdí el tiempo tratando de recuperar mis perlas perdidas, pues el amasijo de ideas que según mi fantasía ya sólo necesitaban un leve pulidita, se trasformó en un revoltijo -ya con los dedos sobre el teclado lo veía con claridad- enmarañado e informe y con ello, mi relato insomne se redujo a nada.

Por lo general no soy preocupona (y esto no es un pretexto), pero esa noche entre mi amasijo de ideas y su llegada al buen puerto de la escritura, se interpuso una inquietud surgida tras abrir el Internet (digresión: intentar escribir con el Reader y correo abiertos, es un contrasentido) y leer un par de notas periodísticas. La primera sobre el tema de moda: la catástrofe financiera griega; la segunda, respecto del divorcio de Silvio Berlusconi. Sé que es una pavada distraerse por algo tan ajeno y tal vez todo haya sido a causa del desvelo, pero conforme iba leyendo, mi inicuo drama hacendario fue adquiriendo proporciones desmesuradas hasta que de pronto me vi a un tris de semejar el desastre económico griego… en su versión de persona física región 4 y sin la esperanza (tramposa y parcial, pero esperanza al fin) de un rescate fondomonetarista. Y con tal de olvidar mi absurda paranoia nocturna, decidí evadirme con la otra nota. Y es que mientras los griegos todavía ni siquiera habrán tanteado el elevado precio de su dosis de morfina -como cínicamente definió el propio FMI al rescate financiero de esa nación-, Il Cavaliere pelea con uñas y dientes (colmillos) para que su deuda de por vida (manutención) con su ex esposa, le resulte lo menos onerosa posible. Y tal parece que, una vez más, el inenarrable Silvito se ha salido con la suya al conseguir reducir, en forma por demás considerable, las pretensiones de su ex esposa y al final, en lugar de los 43 millones anuales que ella pretendía, sólo le pagará una mísera pensión mensual de 300 mil euros (pobrecita, no se nos vaya a morir de hambre con esa mesada). Y claro, ustedes perdonarán mi frívolo ataque de materialismo histérico, lo primero que se me ocurrió fue esta descomposición sabinera:

"quién quiere ser una chica Almodóvar
pudiendo se una chica Berlusconi,
matrimoniarse con él
y hacer el negocio de su vida
convirtiéndose en una de sus ex...
la tercera, la cuarta... qué más da
con tal de que la pensión de divorciada
no baje de 200 mil euros al mes"

Y así fue como mi post sobre las mujeres capaces de hacer todo -lo que se dice todo- por amor (o lo que ellas creen es amor), terminó en nada. Y para finalizar, las letras de otra mujer, una que si por algo no sufrió... fue por la falta de hilo y, menos, de perlas.

"Las fuerzas del lenguaje son las damas solitarias, desoladas, que cantan a través de mi voz que escucho a lo lejos. Y lejos, en la negra arena, yace una niña densa de música ancestral. ¿Dónde la verdadera muerte? He querido iluminarme a la luz de mi falta de luz. Los ramos se mueren en la memoria. La yacente anida en mí con su máscara de loba. La que no pudo más e imploró llamas y ardimos." Alejandra Pizarnik. Fragmentos para dominar el silencio (de La extracción de la piedra de la locura, 1968.



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mayo 11, 2010

como en el infierno

  ciudad en llamas (de adánguevara, en flickr)

Mi abuela, que más que padre y madre fue para mí lo más cercano a un gurú -el único que he tenido, pues rebelde y respondona como soy jamás he sido adepta a tener “guías” y “modelos a seguir”- constantemente me repetía “eres una exagerada, m’hijita”. Al escucharla, yo me hacía la ofendida, aunque en el fondo bien sabía que en eso, como en muchas otras cosas, la madre de mi padre tenía toda la razón. Soy exagerada, ni para qué negarlo. Exagero cuando tengo frío y cuando hace calor; exagero cuando algo me duele y también, cuando me hace sentir dichosa; exagero con lo que me gusta y, faltaba más, con lo que me disgusta; exagero al amar y cuando ya dejo de hacerlo, pues como no sé odiar cuando dejo de querer algo o a alguien, lo saco para siempre de mi corazón, a donde jamás regresa. La madre de la exageración, esa soy yo. Una que no soporta –por cuestiones de salud y de temperamento- el calor y casi siente que, con 32°C de temperatura, la Ciudad de México poblada de edificios, desnuda de árboles e inundada de millones de automóviles, bien podría ser una sucursal del Infierno. Más ahora que según Ratzinger, el infierno, tal como lo habíamos fantaseado en nuestra infancia, no existe. Y yo, pese a ser terca y rebelde, estoy medio de acuerdo con Ratzinger: si el Infierno existiera no tendría nada que ver con templos dedicados el tormento, ni hornos de fuego donde los pecadores arderían por los siglos de los siglos. No. Muy distante de ese dantesco escenario, el Infierno que yo imagino debe ser muy parecido a las ciudades pobladas de asfalto y concreto gris, donde las temperaturas superan los 30º C y el sol candente cae inmisericorde sobre sus habitantes, que no encuentran ni un sólo árbol frondoso a cuya sombra resguardarse, porque los árboles -pocos- que había hace mucho dieron paso a modernos edificios de hormigón lo cuales, en combinación con los millones de vehículos automotores en constante movimiento, contribuyen a elevar la sensación de calor. Ciudades donde no sopla el viento y en las pocas ocasiones que lo hace, lejos de traer consigo frescor, lo que acarrea es una sensación quemante y bochornosa. Pero la mayoría de las veces, no se escucha ni siquiera un rumor de viento; en cambio, es permanente el molesto sonido de las bocinas de los autos, cuyos conductores insisten en martillar como si al hacerlo el tráfico fuera a avanzar con mayor rapidez. Desagradables e insistentes bocinazos que sólo tienen competencia en las notas del reggaetón (mis amables lectores del otro lado del Atlántico, que  seguramente no conocen esta “música”… no imaginan cuán afortunados son) saliendo de algunos autobuses de transporte público, notas que en ocasiones pueden ser momentáneamente acalladas -o acompañadas- por las profundas letras del poeta Arjona.

Y no sé si esto sea también una muestra de lo muy exagerada que soy: dicen que una prueba irrefutable de que uno se hace viejo es asombrarse de cómo se consume de velozmente el tiempo y los días y los meses pasan sin apenas darnos cuenta: parece que ayer era enero y ahora ya estamos casi a la mitad del quinto mes del año. Y con esto, ha llegado nuevamente mi turno  mensual de publicar en el blog colectivo escribidores y literaturos/, por si tienen chance -y ganas- de leer otra divagación mía, aquí el link a mi estrada de este mes: la mamá de verónica

  

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mayo 07, 2010

perlas, hilo e imaginación

foto de René Maltête 

Que uno exhiba sus divagaciones en la red, a veces con un poquito de más de fortuna que en otras, no significa que no esté consciente de sus muchas limitaciones en materia de escritura (esto por no mencionar las concernientes a la imaginación). Intenté un ejercicio con esta foto, que en lo particular se me antoja muchísimo dados los inclementes y soleados 32°C que priman en la Ciudad de México y contra los cuales nada pueden hacer una humedad del 10% y unos tímidos vientos de 6 km/h. No buscaba ponerle un título, sino esbozar, en un mínimo de palabras, la historia de los dos que aparecen en ella. Al no dar con algo que me dejara medianamente satisfecha, recordé que una de las grandes artes es el pie foto. En ocasiones construidos como pequeñas perlas, los buenos pies de foto posibilitan una mirada distinta o de mayor amplitud a una imagen. No a todas desde luego; siempre existirán aquellas fotos que digan más sin necesidad de palabras. O tal vez, como dice Tomás Eloy Martínez, aquellas cuya mayor belleza resida en lo que se niegan a decir abiertamente (algo parecido a lo que escribe Baudelaire en Les Fenêtres sobre que lo mejor, lo más rico y sugestivo, se halla en lo que una ventana cerrada no nos deja ver pero nos invita a imaginar y hasta inventar).

En apariencia, el par de la foto (que no son amantes pero anhelan serlo) comparte el abrigo a fin de palear la inclemencia del clima. Sin embargo, lo que en realidad hacen es tomar de pretexto al frío, y a la existencia de un único abrigo, para acercarse lo más posible. El frío invernal y el tener sólo un abrigo para ambos, posibilita que ellos se acerquen mucho más de lo que, quizá, de encontrarse bajo otras condiciones climáticas harían.
 «Tú me dices que mi libro (La tentación de San Antonio) está lleno de perlas, pero las perlas no hacen el collar, es el hilo…» [Correspondencia escogida de Gustave Falubert. carta a Louise Colet. Cita tomada del blog de la escritora Patricia De Souza: palincestos]
Y lo que yo necesito, no es únicamente hilo... también me hacen falta unas buenas perlas...

Post Scriptum: sobre el autor de la foto que ilustra esta entrada: aquí una galería con parte de  su trabajo:
http://rene.maltete.com/main.php.


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mayo 04, 2010

las cuentas del alma...

Chiho Aoshima, Building head (2006)

Conocí a una dama muy singular, con la que llegué a desarrollar una breve pero buena amistad. Nos hicimos buenas amigas, pese a ser tan distantes, al punto de que en poco tiempo me convertí en algo así como su confidente/consejera. Ahora que lo pienso quizá no era una extrema confianza, sino su necesidad por contarle pasajes íntimos de su vida a alguien que no estuviera en posición (ni disposición) de juzgarla. Mientras tecleo estas letras, pienso que de ser otras las circunstancias (y yo escritora, claro), me gustaría escribir una novela inspirada en ella (algo así como Las edades de Lulú, pero sin los detalles explícitos). Se podría pensar que me interés deriva de lo atractivo que resulta una historia de tintes eróticos; después de todo, pocas cosas venden más que el morbo. Pero no; lo que más me intrigaba de ella no era propiamente lo relacionado con su vida sexual. Era algo más primario, esa ansiedad, compulsión, por vivir sin simulaciones y por experimentar de todo; su negación al arraigo y a permanecer mucho tiempo al lado de alguien. Nunca había conocido a nadie así. Quizá mi interés se debía a que en el fondo, por más que me resista a la idea, siempre he sido algo fresona. También me llamaba la atención y hasta admiraba, que pese a su desaforado ritmo de vida, era la más metódica y ordenada de las personas: con el mismo empeño que ponía en vivir sin reparos, era capaz de llevar el registro pormenorizado de todos los actos de su vida, en especial el referido a los hombres con quienes se relacionaba. Supongo que es normal recordar el número parejas con las que uno ha estado y no faltará quien piense que algunas apenas merecen el olvido. Pero cuando se rebasan, y por mucho, ciertos estándares, llevar un récord detallado implica dedicación y hasta algo de romanticismo, aun cuando se reniegue de este. Ella tenía una antigua libreta de pasta dura, forma francesa y forrada de tela, cuyo título rotulado en la portada lo decía todo: mis hombres. Y así era, pues por su interior desfilaban, uno a uno, en orden alfabético y cronológico, todos y cada uno de sus hombres; tanto los que no duraron más de una noche, como aquellos que, excepcionalmente, permanecieron a su lado un buen tiempo (o sea, más de dos meses). Poco antes de que nos alejáramos, hicimos un viaje al extranjero y fue entonces cuando por fin me animé –culpo de mi atrevimiento al vino húngaro mezclado con la visión nocturna del Danubio- a preguntarle cuántos hombres habían pasado por su vida. Su respuesta me dejó muda, no sólo por la increíble –para mí- cifra que mencionó, sino porque al abundar en su respuesta, puntualizó que de no haber anotado cada experiencia tenida -aún la más ingrata o insípida-, a esas alturas de su vida ya habría perdido la cuenta y con mayor razón olvidado sus nombres. Semanas después de aquel viaje dejé de verla; la vida y la geografía nos separaron y nunca he vuelto a saber de ella. Sólo me quedan los recuerdos y la fotografía que nos tomaron aquella noche, mientras ella me contaba de sus hombres y yo la escuchaba tratando de disimular mi asombro.

Son extraños los resortes que mueven la memoria, como habrá dicho algún neurocientífico (o quien lo haya dicho). Al menos los de la mía lo son; esta noche he pensado mucho en ella y por motivos impensables; lo que me la trajo a la mente fue algo totalmente opuesto a sus ansias de vivir, a su necesidad de reafirmarse y volverse a sentir viva en cada nueva relación, la recordé porque pensé en la muerte. Mientas leía un periódico de hace unas semanas, di con una nota policíaca cuyas dos primeras líneas me dejaron igual de estupefacta que el recuento amatorio de mi amiga:

“-¿Cuál es tu nombre?
-Ya lo sabe. Gerardo Álvarez, El Indio*
-¿A cuántas personas has matado?”
-Ya perdí la cuenta “
(*/ uno de los narcotraficantes más buscados por la benemérita e incorruptible DEA).

Si bien la frialdad de sus respuestas responde a las particularidades químico-cerebrales que dicen son comunes a asesinos y torturadores, no pude evitar preguntarme ¿qué hay, o ya no hay, en el alma de un hombre que asesina como quien se pasa semáforos en rojo porque tiene prisa y le representan un estorbo en su camino? ¿Cuántas vidas habrán de segarse antes de que el hecho deje de tener importancia –suponiendo que algún día la tuviera- y acabe por perderse la cuenta del número de seres humanos que se han matado? ¿Habrá asesinos –en la vida real, los literarios o cinematográficos no cuentan- que, como mi amiga con sus amantes, tengan un cuaderno donde anoten fecha y hora de sus crímenes, así como la edad aproximada y sexo de sus víctimas, para no olvidar a cuántos han matado?

Los ojos de un muerto
me saludan
con prisa
cada día,
en la sonrisa irónica
del día que se inicia.
Los ojos de un muerto
con las preguntas rotas
y las frases empezadas
y los extraños detalles,
que también vuelven
el instante en que los quieres,
esos ojos
los ves
menos
en el horizonte nocturno,
cuando las luces de las casas lejanas
una a una se apagan.
Los ojos del muerto
con los brillos de la miel
me miran
en la noche
en la seguridad de mi habitación
y en las horas cerradas
que fluyen
antes de la vida,
después del sueño.
En estos años
quién no tiene un muerto
que lleva dentro
para que le dé órdenes–
yo al menos tengo más suerte,
tengo sólo sus dos
ojos
para recordar
cómo también yo
alguna vez
estuve vivo.

[Teófilo D. Frangópoulos, El Sobreviviente -versión en español de Francisco Torres Córdova]


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ADENDA La autora de la imagen que adorna esta entrada es un artista japonesa llamada Chiho Aoshima; en este enlace se encuentran varios ejemplos de su trabajo 

Galerie Emmanuel Perrotin/Chiho Aoshima

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