
A Lucero le había bastado conversar una hora con Julio, para saber que él era el "hombre de su vida", el indicado para hacer realidad su mayor anhelo infantil-adolescente-adulto: casarse por la iglesia con el vestido de su abuela y vivir feliz por siempre en una casa de ensueño. Y mujer de carácter y decisiones, con el mismo empeño que ponía en su desarrollo profesional hacia ello se encaminó. Iniciar una relación con Julio resultó muy sencillo, más de lo que ella misma imaginó; tal parecía que él también estaba a la espera de su "media naranja". De que el amor transforma a las personas no hay duda, pero lo que pasó con Lucero resultó más que sorprendente, increíble: mucho antes de un año de noviazgo, poco quedaba de la chica melindrosa, consentida y negada para las típicas labores domésticas que había crecido como la niña de los ojos de papá. A tal punto fue su transformación, que desecho los requisitos que antes consideró fundamentales para establecer una buena relación: ya no reclamaba las constantes impuntualidades de él; tampoco objetaba que no conforme con ser aficionado al futbol, su equipo favorito fuera el América (sólo había algo que Lucero detestaba más que el futbol… el equipo América). Y sin embargo, pese al futbol y otras "cositas" de Julito, su relación avanzaba. Al mes de salir juntos, y so pretexto de los largos traslados de él que vivía en el extremo opuesto de la ciudad, Julito terminó instalado en el departamento de ella. Una pareja ideal, pues ambos respetaban la individualidad y libertad de movimientos del otro. Ella se desempeñaba -de 8:30 a 17:30 hrs- como Ejecutiva Junior en una importante institución financiera. Por su parte, Julio se dedicaba al negocio de las importaciones sin patrón fijo, lo cual le dejaba mucho tiempo libre y salvo sus idas mensuales a las oficinas de carga de Lufthansa -en donde tenía una amiga que le ayudaba a agilizar los trámites- para recoger la mercancía de su negocio y luego entregarla en la boutique de su propiedad, atendida por su madre, el resto del tiempo lo pasaba en casa de Lucero. Era el hombre ideal, nada de parrandas con los amigos. A él le gustaba el hogar y si no estaba ejercitándose en el Gym instalado dentro del condominio, estaba en casa entretenido en llamadas de negocios, viendo el canal de Fox-Sport o supervisando a la señora que cada tercer día llegaba para limpiar, hacer la comida, lavar y planchar la ropa… menos las camisas de algodón de Julito pues él prefería que lo hiciera Lucero. Para ello habían comprado una moderna plancha alemana y ella, quién lo hubiera creído, casi parecía disfrutar cuando dos veces por semana, nada más regresar de la oficina, se despojaba de su atuendo de ejecutiva para dedicarse a planchar, con una paciencia inimaginable, las arrugadas camisas de su amado. Mientras él, considerado como era, para no distraerla se dedicaba a ver Fox-Sport, dormir la siesta o hacer ejercicio… y nada parecía enturbiar esa perfecta armonía. Pero fuera del hogar dulce hogar, la concordia conyugal no a todos convencía; no obstante, tanto el padre de ella como su mejor amiga habían optado por callarse sus suspicacias. Él porque no deseaba parecer un entrometido y ella para no quedar como una envidiosa de la dicha ajena. Y es que aún cuando la relación parecía funcionar como un idílico matrimonio… sin casorio oficial pero con todos los demás ingredientes de la vida marital, incluida la plancha de vapor. Lo que motivaba las dudas era justo tan cuidada armonía, esa imagen de amorosa pareja, sin una sola discusión o desacuerdo, como lista para adornar las páginas de alguna revista del corazón.
Aún así, nadie lo vio venir. Fue tan inesperado como sorprendente. Aquella tarde Lucero llegó a casa a la hora que siempre y al no encontrar a Julio, supuso que estaría en la boutique con su madre y como se sentía algo tensa decidió dejar la planchada para más tarde y, tras ponerse ropa deportiva, se dirigió al Gimnasio que a esta hora estará casi vacío. Y en efecto, así era. En el local sólo había dos personas: de espaldas a la puerta, estaba el guapo vecino del cuarto piso –un hombre cuya única ocupación en la vida parecía ser el desarrollo de sus fabulosos bíceps, tríceps y demás protuberancias musculares de nombre parecido-, y que en ese preciso momento se encontraba absorto con la vista fija en alguien frente a él, con quien hablaba en susurros. Casi lo cubría por completo con su portentoso cuerpo, por lo que apenas eran visibles sus dedos deslizándose lentamente, presas de un anhelante deleite, sobre los impresionantes músculos de su interlocutor, con la ansiedad propia de quien saborea por anticipado el manjar que pronto devorará. Y ese ansioso alguien no era otro que Julio… su Julito, quien de tan embelesado que estaba con el vecino, ni notó la presencia de Lucero y ella, estupefacta y un poco ruborizada por haber presenciado en tan íntima escena, salió del Gym sin hacer ruido y así siguió, caminado como si volara para no hacer ruido, hasta llegar su departamento desde donde llamó por teléfono a su mejor amiga para contarle, casi sin respirar, lo que acababa de ver y, sobre todo, sentir en el gimnasio. Al otro lado de la línea telefónica, punto menos que muda por la impresión, su amiga sólo atinó a decirle:
"Ay, Lucero y yo que me sentía avergonzada por ser tan malpensada y creer que Julio tenía un affaire con la empleada de Lufthansa…"
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