Durante la adolescencia tenía la peregrina idea de que los "notables" -grandes escritores, poetas, filósofos, estrategas militares, historiadores, científicos, etc.-, a la hora de enamorarse, aún siendo presas de la más ardorosa pasión, eran inmunes al romanticismo que nos es común al resto de los seres humanos, ese que oscila entre la cursilería sin tapujos y el empalague absoluto; tontamente creía que ellos, "los notables", eran dueños de un algo especial que los mantenía a salvo de ciertos ataques de amor más propios de adolescentes primerizos. Obvio, vivía en el error y con el tiempo, como me pasó con tantas cosas, dejé de creer semejante absurdo. Ahora, después de leer Breve tratado de la pasión (libro integrado por cien textos -entre cartas y poemas- seleccionados y compilados por el escritor y editor Alberto Manguel, escritos al calor de la pasión amorosa o el dolor de la ausencia, por personajes tan disímbolos como Miguel Hernández, François-René de Chateaubriand, Pierre y Marie Curie, Oscar Wilde, Simone de Beauvoir, Napoleón Bonaparte, Walt Whitman, Goethe, Rosa de Luxemburgo, James Joyce, Lucrecia Borgia y un largo etcétera…), cualquier duda que mi terquedad aún albergara ha pasado a mejor vida.
El libro brinda oportunidad de poner en práctica el placer -ya ni culposo- del voyerismo, permitiéndonos husmear en los amores ajenos a través de las misivas que los amantes de antaño se escribieron o de los poemas que otros les dedicaron. En su prólogo, Manguel hace un breve relato sobre cómo, a la hora de amar -tal como se dice de la muerte-, los humanos nos igualamos: desde el más modesto y anónimo adolescente hasta el filósofo más sensato y reputado, pasando por uno de los mayores estrategas político-militares que ha conocido la humanidad o una de las parejas de científicos más destacadas de la historia, todos reaccionamos casi igual. Lo mismo el filósofo que el poeta, los científicos, el estratega militar... y cualquiera de nosotros, escribimos cartas de amor y hasta ensayamos poemas que destilan ardor y excesos de melcocha. Escritos que no siempre -aunque sí mayoritariamente- tienen como finalidad que el causante de nuestra pasión conozca (y corresponda) nuestros sentimientos; a veces, el amante (entendido como el que ama) sólo busca un desahogo a su desesperanzado amor. Claro que como en todo... hay niveles... hasta en los excesos de empalague y cursilería; pero al final de cuentas, lo que no varía mucho son los arrebatos de pasión. Y quizá los seres anónimos podremos tener un consuelo o ventaja sobre esos "notables" amantes de antaño: dentro de 200 años... nadie leerá en un libro impreso, o en un Kindle, las decenas de cartas y "poemas" cargados de pasión y desbordantes de melosidad que alguna vez escribimos.
«Quien se enamora procede de una de dos maneras: calla y sufre o, por el contrario, busca proclamar su amor, hacer que aquel o aquella que lo ha trastornado sepa que es la causa, la fons et origo de su arrebato: En este último caso, es frecuente que el enamorado escriba» (en la actualidad quizá envíe e-mails en vez de epístolas manuscritas). [Alberto Manguel, Breve tratado de la pasión. pp. 10]
«"Más que los besos, son las cartas las que unen las almas", escribió John Donne en el siglo XVI. Pero la unión de las almas no es la única misión de la correspondencia amorosa. Ser sus lectores alienta también nuestra vocación de voyeur. Ya que sabemos que esa poesía, esa carta no nos estaba destinada, nos convierte al leerla en tácitos chismosos, en invisibles partícipes espiando por el ojo de la cerradura el intercambio amoroso de una pareja de la cual no formamos parte. Nosotros, que juzgaríamos con horror la indiscreción de escuchar detrás de una puerta los juegos eróticos de nuestros vecinos, aceptamos tranquilamente abrir (por así decirlo) la correspondencia privada de un Joyce o de un Miguel Hernández para enterarnos de aquello que, en su rol de amantes, susurraban al oído de sus amadas.» [Alberto Manguel, Breve tratado de la pasión. pp. 13]
Para finalizar, tres de los textos incluidos en el libro (no pongo más por dos motivos: no alargar, todavía más, esta entrada y -ejem- la flojerita de teclearlos):
De los menos arrebatados y empalagosos, esta carta del poeta rumano-francés Paul Celan
París, 7 de enero de 1952
Maïa, mi amor, querría saber decirte cuánto deseo que todo esto dure, nos dure, nos dure siempre.
Cuando me acerco a ti tengo la impresión de que abandono un mundo, de que escucho puertas cerrándose detrás de mí, puertas y más puertas, porque son muchas las puertas de este mundo hecho de malentendidos, de falsas claridades, de farfullos. Puede que me queden todavía otras puertas, puede que no haya atravesado aún toda la extensión sobre la que se esparce esta red de signos que extravían, pero yo vengo, sabes, me acerco, el ritmo –lo siento así- se acelera, los semáforos tramposos se apagan uno tras otro, las bocas mentirosas se cierran sobre su baba –ya no hay palabras, ya no hay ruidos, ya no hay nada que acompañe mis pasos. Estaré ahí, cerca de ti, en un instante, en un segundo que inaugurará el tiempo.
Paul
Escribirle a alguien que ya no está en este mundo, tan romántico como doloroso
Mi vida ha sido un vértigo inmenso. Ahora tengo los cabellos grises. Tengo tal cantidad de lágrimas en la garganta, que me bastarían para beber toda la vida. ¿Por qué Tonio, mi Tonio, mi esposo, mi mal, mi cielo, mi infierno, te has ido para no volver jamás? Aún sin noticias tuyas y el año ya se termina. Tengo que aceptarlo. Y si lo acepto es para quererte más. ¡Cómo te habría querido si hubieras vuelto¡
Consuelo
[Carta de Consuelo a Antoine de Saint-Exupéry después de su muerte]
Si hemos de creer todas las cosas que se cuentan acerca de Lucrecia Borgia, y no hablo de sus aventuras sexuales sino de sus intrigas palaciegas, queda claro que la Donna era todo... menos tonta. En este fragmento de una carta a su pretendiente (y acreedor) Pietro Bembo, algo de su mítica capacidad manipuladora se deja ver…
[c. 1517]
Mi muy querido Señor Pietro,
Sé que la sola espera de lo que se desea representa la parte mayor de la satisfacción, pues la esperanza de poseerlo aviva el deseo. Cuanto más raro es, más precioso parece; y cuanto más común, menos. Por eso he decidido aplazar mi respuesta hasta este momento, pues esperando cierta exquisita recompensa por vuestras exquisitas cartas, vos mismo os habéis convertido en la fuente de vuestro propio placer; vos sois deudor y creditor a un tiempo…
[…]
Su Duquesa de Ferrara
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Título: Breve tratado de la pasión
Selección y prólogo: Alberto Manguel
Editorial: Lumen, México 2008
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Post Scriptum. Mientras la comunidad bloguera -la mayoría- vacaciona, aprovecharé para postear cosas que probablemente a casi nadie (por no decir nadie) le resulten de interés, como el tema de este post y algún otro relacionado con el cine.
Post Scriptum 2. Intentaré -no aseguro nada, jeje- que los post siguientes no sean tan largos.
Bon voyage (buen descanso o buen lo que sea)
imagen: fotograma del film The Age of innocence













