adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

febrero 27, 2010

sueños y despechos

Paul Delvaux La robe de mariée (1976)

Después del efecto, al parecer no del todo grato, producido por mi entrada anterior, cuyo tema principal, aunque no lo parezca, era la culpa y no el filme Antichrist -al cual me referí porque buena parte de su trama gira justamente en torno a la culpa-, en desagravio, hoy pensaba publicar una entrada simpática... pero no pude. Ante ustedes debo reconocer mi incapacidad para relatar chistoretes o situaciones cómicas o harto llamativas. Y por si mis propias carencias no fueran suficientes, esta mañana me tocó escuchar, sin yo pedirlo, una ingrata historia sobre despechos a causa de traiciones amorosas; tema difícil de encarar a las siete de la mañana y en ayunas. Me sucede algo curioso: por alguna razón desconocida, tengo imán (o no sé cómo llamarlo) para que la gente, de buenas a primeras, me cuente sus dramas o, diría mi madre, para que se confiesen conmigo, sin esperar absolución. La historia, escuchada mientras el auto atravesaba el sur de la ciudad en medio del pesado trafico matutino, no tendría nada de original de no ser porque quien me la contó (y vivió en primera persona), es la última mujer de quien uno esperaría algo así: siempre luce tan serena -casi irrita su calma-, camina como si flotara, habla con voz suave y pausada y, lo más importante, jamás la he escuchado quejarse de nada, trátese del pesado tráfico automovilístico, la crisis económica, su castrante jefe laboral o la deteriorada situación del país (todo lo contrario a mí -je). Y de pronto, me vengo a encontrar a mujer atormentada, dolida, con demasiada rabia acumulada, muy resentida (con razón, a juzgar por la historia escuchada), con ganas de gritar al mundo su despecho y de paso, hacer uso de su sagrado derecho a la venganza. Afortunadamente para mí, que tras su confesión me quedé muda, su relato terminó justo cuando habíamos llegado a mi destino, apenas con tiempo suficiente, antes del cambio de luces en el semáforo, para despedirme de ella y bajar de su automóvil; sin embargo, me quedé con el tema dando vueltas…

Entre los muchos lugares comunes, casi aceptados como verdades no oficiales, hay quien dice que en esta vida pocas cosas son más peligrosas que una mujer despechada, pues, acotan esos ¿quejumbrosos, exagerados o víctimas?, sus reacciones pueden resultar –casi- letales. Lo que llama la atención no es el despecho –debe ser tan viejo como la humanidad-, sino que la mayoría de las veces se habla del despecho femenino y poco o nada del masculino. Las experiencias terribles o por lo menos más incómodas, relacionadas despechos en materia de amores, en la mayoría de los casos son referidas a mujeres. Como si despecharse fuera una cuestión concerniente a nosotras, o -en otro cliché- como si la mayoría de los engaños y traiciones amorosos fuesen en contra de la mujer. En tanto que los despechos referidos al ámbito laboral, profesional, afectarían en mayor medida a los hombres. Pero, dicen, el hombre despechado –a causa de amores truncos o asuntos profesionales-, normalmente no exhibe en público su rabia, pesar y demás sentimientos negativos derivados de la traición, engaño, desprecio, etc. Y no es alegato de género; más bien, una especie de confirmación de una vieja creencia: que en nuestras culturas latinas, machistas y doblemoralinas, los hombres no se permiten manifestaciones de dolor y resentimiento que empañen su fortaleza viril. Mientras que las mujeres, casi por generalidad, tendemos a exteriorizar el dolor, el coraje… y el despecho… sin que medie pudor alguno, y más aún, cuando el despecho ha sido causado por una traición que une lo amoroso a lo profesional. Supongo que debe tenerse muy alto y templado el orgullo (y un carácter férreo), para poder controlarse y así evitar, a los demás y a nosotras, la pena de algún (o más de uno) desfiguro o de algo mucho peor.

Aunque, me temo, en ocasiones... demasiado orgullo... puede resultar contraproducente 

 [Despecho: Resentimiento por algún desengaño, menosprecio u ofensa (o abandono)
Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe]

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Y para finalizar, un mini cuento del escritor mexicano René Avilés Fabila que nada tiene que ver con el despecho. Ojalá no les parezcas demasiado naïf.
 
Señora, Señorita: Lo que siempre quiso y pensó imposible: píldoras mejores que el mismísimo prozac, pues estas maravillosas pastillitas le prometen felicidad… hasta en sueños. Qué digo prometen, le aseguran placer constante y variado. Hablamos del bonito invento científico de las pastillas sweet dreams, las cuales inducen sueños a la medida de sus fantasías más inconfesables; es decir, no sólo le permitirán disfrutar de dulces sueños, sino también de otros un poquito más picantes... para equilibrar el exceso de dulzura… y todo mientras usted duerme a pierna suelta:

"Usted señora, no necesita engañar a su marido, con nuestro nuevo producto sweet dreams puede conservar la felicidad que le prometió durante la ceremonia matrimonial. Basta con tomar una pastilla antes de dormir y podrá tener maravillosos sueños eróticos: hacer el amor con un hombre fuerte, musculoso o esbelto e intelectual. Asimismo, podrá viajar por exóticos países en compañía de su héroe favorito, ser poseída en la jungla africana o en un elegante hotel francés. Y esto mientras su esposo, henchido de comida y alcohol, ronca estrepitosamente a su lado. Este producto no es nocivo para la salud, a lo sumo causa hábito"


René Magritte, La voix du sang (1961)


febrero 24, 2010

culpas y ausencias

Alguna vez he sentido culpa. CULPA con mayúsculas. Esa que genera agobio, sufrimiento, y que hasta llega a padecerse por partida doble... como cuando no se puede amar a alguien y por miedo a lastimarle, no se le dice de manera clara y directa. Debe ser la casualidad, pero en más de una oportunidad me ha tocado ver que ante situaciones como la descrita (o responsabilidades compartidas), son ellas, más que ellos, quienes muestran mayor agobio por el peso de la culpa. Y ante algo así, una termina por preguntarse si, acaso, las mujeres seremos más propensas que los hombres a sufrir por la culpa (no quiero decir que los hombres no la sientan, sólo que sus mecanismos para sobrellevarla aparentan ser más fuertes).

Cine culposo. El sábado pasado vi el Antichrist de Lars Von Trier, filme que sin atenuantes toca el tema de la culpa, el dolor y los inusitados caminos de la expiación/redención. Sin pretender hacer una reseña cinematográfica -nada más lejano-, quisiera comentar brevemente sobre este polémico filme.

Primero. Me ha quedado la impresión de que no era merecedor del escándalo suscitado tras su estreno en Cannes, y en posteriores premieres; así como tampoco, de los despotriques y sinfín de epítetos demoledores contenidos en la mayoría de las críticas vertidas por la prensa especializada y que más parecieran juicios condenatorios de índole moral-cristiana, que reseñas cinematográficas. Después de leer notas periodísticas en las que se habla de escenas de desmayos y nauseas entre la gente que vio el filme, uno puede llegar a creer que Antichrist es punto menos que una bajada a lo más profundo de los infiernos (yo llegué a tener esa idea).

Segundo. Desde luego no se trata de una película edificante y linda (lo que sea que signifique ser linda). Von Trier no es Walt Disney y sería absurdo negar que por momentos resulta francamente perturbador y tenso; pero de ahí a ser el potingue de horrores, depravaciones y crueldades que se ha dicho, me parece que hay una gran distancia. Un ejemplo: el prólogo que antecede a los cuatro capítulos en que está dividido [una pareja hace el amor, totalmente abandonados y ajenos al mundo que los rodea, al tiempo que su pequeño hijo sale del corral-cuna, llega hasta la ventana y, segundos más tarde, sufre una caída mortal], está filmado con sutileza, fotografiado en blanco y negro, como si de un sueño se tratara, y musicalizado con el aria Lascia ch'io pianga de la Ópera Rinaldo de Händel, lo cual confiere a dicha escena un ritmo lánguido, un aura casi etérea. Y después, la puesta en escena del tratamiento de choque con el que el marido –psicoterapeuta- obliga a su compañera a enfrentar sus miedos (o MIEDO raíz), su tristeza y dolor. Y claro, el cineasta, experto en simbolismos y misterios, se sirve de imágenes nada complacientes para reflejar las distintas fases del sufrimiento, el horror de la culpa y la oscuridad del duelo; pero, también, de la búsqueda de la expiación/redención. Y de regreso al inicio de esta entrada: La CULPA, la agobiante y asfixiante culpa, no parece ser sentida en el mismo grado por uno y otro miembro de la pareja que ha perdido a su hijo. Es la madre (Charlotte Gainsbourg) quien la padecerá más allá del límite sus fuerzas, hasta ser rebasada, carcomida por esta. En tanto su marido (Willem Dafoe), ocupado en no desmoronarse para poder ayudar su compañera, por momentos luce demasiado sensato como si no sufriera y cuando lo hace, la causa pareciera ser el extravío de ella y no la culpa ante la pérdida de su hijo.

Tercero. Me quedo con una pregunta (varias, pero esta es la más obvia), relacionada con el motivo/contexto en que se origina la culpa: ¿si en lugar de estar haciendo el amor a la hora que su bebé cae por la ventana, Ella hubiese estado trabajando, escribiendo, etc., la carga de culpabilidad y posterior tormento, habrían sido iguales? [y una aclaración final: esta no es una recomendación, Antichrist no es un filme para todos los gustos e incluso, habrá quien lo encuentre blasfemo -los fundamentalismos van en uno y otro sentido-, amén de que si uno ha moldeado su rasero fílmico a la medida de las comedias románticas hollywoodenses, un filme de Von Trier es lo último que se le antojaría ver]. Fin del spoiler

Epílogo. Y para terminar, un fragmento poético que no viene mucho con la entrada (como no sea con su título), pero lo dejo debido a que, en mi opinión, la ausencia del ser amado puede llegar a generar un desasosiego similar al de la culpa...

¿En qué hondonada esconderé mi alma
para que no vea tu ausencia
que como un sol terrible, sin ocaso,
brilla definitiva y despiadada?

Tu ausencia me rodea
como la cuerda a la garganta,
el mar al que se hunde.

[Ausencia, Jorge Luis Borges -fragmento-]




imagen: fotograma de Antichrist (2009)

febrero 19, 2010

qué puedo hacer yo?

"En mi sueño intenté ahogar mis penas
Pero mis penas, aprendieron a nadar"
[Until the end of the World, U2]

Lo aprendiste bien. De tanto inculcártelo, lo mismo las veneradas enseñanzas de tu abuelo, que los consejos de tu padre o las lecciones de maestros y consejeros. Y esa filosofía de vida se pegó a ti como una segunda piel. Qué digo segunda piel; se te metió muy dentro y luego, de ahí hacia fuera, fue derramándose hasta copar y signar tu modo de vida, tu mundo. Desde niño lo repetías para ti mismo y para quien quisiera escucharlo: el mundo es de los triunfadores; el resto, los perdedores, no existen. Y tú querías, te sabías obligado a, existir. Y exististe. Una tras otra, hilvanaste, primero pequeñas y luego mayores, las victorias que orlaron tu nombre y que poco a poco fueron convirtiéndose en la razón de ser, en el principio y fin de tu vida. Tanto, que a una edad en la que muchos hombres aún no tienen claro lo que harán con sus vidas, tú ya eras un viejo y conocido ganador. ¿De cuántas gestas, intrascendentes y excepcionales, saliste victorioso? No lo sé; en algún momento de tu andar perdí la cuenta y casi te perdí la pista, consciente de que jamás podría seguirte el paso.

La Victoria... todas tus victorias, ganadas a pulso; a fuerza de coraje, con el ímpetu de quien se debe únicamente a la lucha. Triunfos conquistados con la furia del que se sabe tan efímero como la Victoria; esa caprichosa y engreída dama que hoy, impasible e inasible, te ha dicho ya no más. Y te duele; te retuerces en la desesperanza, en la maldita impotencia. Claro que duele. Cómo no va a dolerte, si es como caer en seco sobre un macizo de hielo, para luego sumergirse en el frío y la soledad más hondos. Y mientras tú te adentras, al igual que el poeta, yo me pregunto ¿qué carambas puedo hacer para aminorar tu pena y tu rabia; qué, para compensar tu necesidad de refugiarte en el lugar más lejano, uno donde nadie pueda notar que el triunfador inquebrantable, en el fondo sólo es un chico sensible, urgido de un abrazo que jamás pedirá -ni aceptará-, porque hasta en su derrota quiere mantenerse incólume… sin importar cuán derrumbado esté por dentro?

“¿Qué puedo entre los poetas uniformados
por la academia o por el comunismo?
¿Qué, entre vendedores o políticos
o pastores de almas?

¿Qué putas puedo hacer, Tarumba,
si no soy santo, ni héroe, ni bandido,
ni adorador del arte,
ni boticario,
ni rebelde?”
[Jaime Sabines. Qué putas puedo -fragmento]

Qué puedo hacer yo? Nada, como no sea contradecir la máxima del insigne estratega militar, quien como pocos supo de triunfos y derrotas: La victoria tiene cien padres; la derrota es huérfana, y decirte que hoy, en tu dolorosa orfandad yo te acompaño igual, porque para mí, aún en estas horas frías, despobladas y oscuras... tú permaneces intacto.



 
William-Adolphe Bouguereau, La leçon difficule (La lección difícil. 1884) Colección privada (tomada de: museumsyndicate)

febrero 15, 2010

es amoroso tormento?


 (fotograma del film La princesa y el guerrero)

 El corazón tiene razones que la razón ignora. [Blaise Pascal]

Me declaro absolutamente incompetente para, siquiera, hacer un balbuceante intento por dilucidar las razones que el corazón -y hasta el propio cerebro- no entiende. Sólo sé que eso de el amor es una cosa esplendorosa, suena bien par título de película o de canción; pero tiene poca cercanía con la vida real. No porque el amor no pueda ser esplendoroso; sino porque aún siéndolo -a ratos-, es también muchas cosas más y algunas nada idílicas. Claro que quién soy yo para intentar hablar de algo así. Por más que lo intente y por mucho que divague sobre el tema, jamás podría decir algo medianamente certero al respecto de algo tan complejo y, a la vez, tan sencillo como es el amor. Creo que al final de cuentas, el amor, como la dicha, no se pueden contar ni describir; únicamente vivir y, a veces, padecer. A menudo me he preguntado si el amor, al igual que la felicidad, se aquilata mejor en retrospectiva. Ojalá no fuera así, pero tampoco es imposible que lo sea. John Lennon decía que el amor es la respuesta; es posible, pero yo, escéptica como soy, encuentro mayor empatía con la idea expresada por Rainer Maria Rilke:  
Hay que amar hasta que algún día se encuentre la respuesta
Y para hablar de los demonios, misterios y pesares amorosos, un pequeño ejemplo en palabras del mismo poeta checo y su mítica relación con Lou Andreas-Salomé (extraordinaria mujer, por cierto).
París, 17 rue Campagne-Première
8 de junio de 1914
Querida Lou, heme aquí al término de un largo, ancho y duro período, con el que caduca cierto futuro que no había sido fuerte y religiosamente alimentado, sino torturado hasta el aniquilamiento (algo en lo que, poco más o menos, soy inimitable). Si a veces, durante estos últimos años, había podido disculparme so pretexto de que algunos intentos por asentarme más humana y naturalmente en la vida fracasaron porque las personas concernidas no me habían comprendido, y me hacían sufrir ininterrumpidamente violencias, injusticias y prejuicios, precipitándome así en tan gran desasosiego, resulta ahora que después de meses de sufrimiento me encuentro orientado de muy diferente manera: teniendo que reconocer que, esta vez, nadie puede ayudarme. Y aunque alguien viniera con su alma más inocente, más inmediata, y encontrara su referencia en los mismos astros, aunque me soportara a pesar de mi torpeza y rigidez y conservara su pura e infalible disposición para conmigo; aun cuando el rayo de su amor viniera a estrellarse diez veces en la turbia y densa superficie de mi universo submarino, todavía sería yo capaz (lo sé ahora) de empobrecerlo en el seno de la abundancia de su ayuda renovada sin cesar, de encerrarlo en el irrespirable dominio de una ausencia total de ternura, hasta el punto en que, vuelto inaplicable su auxilio, pasara él mismo de la plenitud a la marchitez, hasta dar en una siniestra decadencia.
(Rainer María Rilke/Lou Andrés-Salomé: Briefwechsel. Max Niehans Verlag Zurich u. Insel Verlag Wiesbaden 1952).

Y para continuar con esta divagación, traigo a la memoria a una poetisa mexicana quien cientos de años atrás escribió un poema sobre la complejidad, goce, dolor y, a veces, imposibilidad del amor.
Este amoroso tormento
que en mi corazón se ve,
sé que lo siento, y no sé
la causa por que lo siento
[...]
Nunca hallo gusto cumplido,
porque entre alivio y dolor
hallo culpa en el amor
y disculpa en el olvido.

Esto de mi pena dura 
es algo del dolor fiero
y mucho más no refiero
porque pasa de locura.

Si acaso me contradigo
en este confuso error,
aquel que tuviese amor
entenderá lo que digo. 
[Sor Juana Inés de La Cruz, Este amoroso tormento -fragmento] 

Amores de película. Más de uno de nosotros hemos anhelado, así sea una sola vez -quizá más las mujeres-, vivir un amor como de película. Claro que hay de amores de película... a... amores de película y así, entre la lacrimosa Titánic y El amor es un perro infernal -realizada por el cineasta belga Dominique Deruddere a partir de la nada complaciente prosa de Charles Bukowski-, por ejemplo, hay una distancia enorme. No obstante, al fin amante del cine, creo que las películas de amor pueden ser harto románticas y fantasiosas, sin necesariamente caer en esos extremos de cursilería lacrimosa que tanto gustan a Hollywood (y a buena parte de los espectadores, a juzgar por la plata que metió en taquilla la titánica película de James Cameron). Un buen ejemplo podría ser este filme alemán de Tom Tykwer, el cual sin dejar de ser un Cuento de Hadas -hasta en el título-, resulta atípico y muy grato (o al menos, así me lo parece a mí)

La princesa y el guerrero

febrero 12, 2010

vivir sin mitos

¿Para qué sirven los «mitos»? Probablemente para nada trascendental; o tal vez, tan sólo para entretener nuestras, a veces, áridas existencias. No obstante, si como decía Albert Camus «Los mitos sirven para que la imaginación los anime», con eso ya cumplieron una función que, sin ser trascendental, no deja de ser importante en la medida en que nos ayuda a desarrollar la imaginación y, con un golpe de suerte, la creatividad. Quizá por ello, desde que el mundo es mundo, y griegos y romanos inventaron (casi) todo lo digno de ser inventado, hemos vivido y convivido con mitos y mitologías; así como con un sinfín de seres y objetos, tangibles e intangibles, a los que hemos otorgado la categoría de míticos. Útiles o absolutamente inútiles; totalmente imaginarios o casi vivientes, los mitos son parte de nuestra vida, al punto que les hemos dado carta de naturalización. Así que cuando alguien, desde la Atalaya de su sabiduría científica o desde su proba Santidad, nos sale con que eso con lo que crecimos, en lo que creímos y que hasta nos ayudó a sobrevivir, no sólo no existe sino que... ni a mito llega, resulta inevitable no sentirse algo decepcionados.

Mitos científicos. A inicios de este 2010, científicos británicos del King's College determinaron –después de un estudio aplicado a 1800 mujeres heterosexuales gemelas- que el Punto G femenino… por poco ni a mito genial llegaba. Por un lado, se carece de bases científicas que prueben su existencia y por el otro, empeñarse en seguir creyendo en él, puede ser tan irresponsable como nocivo, dada la "fuerte presión y posible frustración" a la que se verán sometidas las féminas que busquen el Punto G... sin jamás encontrarlo. O sea, después de haber vivido -desde hace más de 50 años- en la creencia de su existencia y de que su búsqueda llegó a convertirse en una aventura casi excitante por sí misma, resulta que todo fue un error y una pérdida de tiempo, un despropósito eso de andar a la busca del Punto G perdido. De esta desmitificación, hace poco más de un mes. Pero como en esta vida nada es concluyente, ni siquiera los descubrimientos científicos, ya hubo una refutación para los científicos al servicio de su Majestad: científicos galos consideran que decretar la inexistencia del Punto G femenino, es una falta de respeto a las mujeres y a sus creencias (e ilusiones, quizá). Así lo declaró, en el marco de la celebración del Día G -si los modistos tienen su Semana de la Moda, los ginecólogos parisinos celebran su Día G, nomás faltaba-, el cirujano Pierre Foldes, experto en reconstrucción de clítoris. En tanto, su colega Sylvain Mimoun afirmó que cuando menos el 60% de las mujeres sí lo tienen, y que para hallarlo (e incrementar el número de felices poseedoras, suponemos), sólo es necesaria una adecuada interacción [existe también, el hallazgo de unos científicos italianos, quienes afirman haber localizado al Punto G… mediante ultrasonido]. Pero... ¿y las principales afectadas? pues aquí nomás, a la espera de que los científicos decidan… dónde tenemos… eso que se supone nosotras tenemos (si es que lo tenemos).

Mitos celestiales. Desde hace cuando menos dos mil años, sabíamos de la existencia de un algo tan indefinible como etéreo, pero no por ello menos "real", llamado limbo. Fervientes cristianos o no, hemos creído que en alguna parte ignota se localiza ese algo que encarna la calma, el resguardo, la evasión y el alivio temporal. Lo mismo si se busca alejarse de la cruenta realidad, estacionándose temporalmente en otra dimensión, que si se creé en el pecado y la redención -y en que aún sin tener pase automático al cielo, ello no significa irse al infierno directo y sin escalas-; en cualquier caso, el limbo funciona como representación del espacio donde el sufrimiento y la crueldad no existen. Un Mito, sí; uno al que la imaginación -Camus dixit- ha animado... por los siglos de los siglos; demasiado tiempo como para que un buen día –después de sesudos estudios, suponemos-, el Jerarca máximo de la Iglesia Vaticana viniera a rompernos la ilusión y decretara que a partir de ese momento (2005), el limbo no existía. Como quien dice: déjense de ilusiones redentoras; el paraíso sí existe (digresión: hablando de ganarse la entrada al paraíso, me acordé de un film que al Vaticano, y a Washington, debe causarles cero gracia: Paradise Now ; bueno y polémico), pero sólo unos cuantos agraciados serán dignos de entrar en él, es decir, los seres más impolutos –ahora así que sabrá Dios cómo sea eso de ser impoluto- o, en su defecto, los amigos del Jefe Supremo, pues... así en la tierra como en el cielo… las relaciones públicas (palancas en caló mexicano) resultan fundamentales.

No conclusiones. Supongamos, sin conceder, que el Punto G y el limbo (y de una vez el infierno) no existen. Supongamos, también sin darlo por sentado, que su carta de defunción es lo mejor que pudo pasarnos en términos de funcionalidad y simplificación de la vida, pues así dejaremos de "perder el tiempo" en la búsqueda de inexistentes detonantes de dichas efímeras (¿hay de otras?), así como de ilusorios sitios para hipotéticas redenciones. ¿De verdad era tan nociva la existencia de estos mitos cuasi-reales, como para concluir que estamos mejor sin ellos? Digo, ya con vivir a pesar de y con los estragos de la recesión financiera, las facturas de la vida y demás desesperaciones es suficiente, como para encima tener que aceptar, sin chistar, que un alemán santificado (Ratzinger, no el Alzheimer) y unos ingleses fríos y sofisticados, nos quieran dejar sin ilusorios atenuantes. Y además, sin siquiera proporcionarnos algún tipo de sucedáneo a cambio [¿acaso no, cuando se les quita alguna droga a los adictos se les brinda una especie de sustituto no dañino, a fin de que su proceso de desintoxicación no les resulte tan cruento?]






imagen: Paul Delvaux Les phases de la lune III (1942)


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febrero 08, 2010

soliloquio entre las ramas

«Perezosa mi alma
ha sentido que, lento,
el sol subiendo estaba
por mis pies y tobillos
así, como buscándola
Yo sonrío, este bueno
del sol, no ha de encontrarla,
pues yo que soy su dueña,
no sé por dónde anda:
cazadora ella parte
y trae, azul, la caza...»
  [Alfonsina Storni, Languidez -fragmento-]

Ya escucho sus gritos llamándome para que me meta a la casa, pues no debo estar aquí... todo el santo día trepada en los árboles, como si fuera un mono y porque, además, hay visitas y tengo que ir a saludar. Pero no; hoy no voy a bajar. Aunque más tarde me regañe y me acuse con mi papá. No quiero saludar a la tía Emma, que nomás le gusta estar pellizcándome los cachetes… porque tienes unos hoyuelos tan bonitos que no me puedo aguantar las ganas. Seguro mi hermano, que es un barbero, ya estará ahí, sentado junto a la tía, haciéndose el gracioso y contándole todas las maravillas que él y sus amigos hacen, como lanzarle de pedradas a las pobres lagartijas o jalarle la cola a Matías, mi adorado gato que no le hace daño a nadie. Casi puedo verlas, a mi tía y mi mamá, dobladas de risa, felices al escuchar de sus travesuras. Mientras a mí, por todo me regañan, a él, todo le festejan; hasta puede decir palabrotas que yo ni siquiera debo imaginar, porque soy una niña y… las niñas buenas no debemos decir cosas feas. Y mi mamá, que se enoja conmigo porque soy muy rebelde y respondona, aunque jamás haya dicho una sola palabrota en toda mi vida. 

Mi papá es distinto –pobre, a veces creo que él tiene más pájaros en la cabeza, como dice mi mamá, que yo- y apenas medio escucha las quejas de mi madre; una vez hasta me aconsejó no llorar cuando ella me llamara la atención, porque, dice, mis lágrimas, más que dolor reflejan el enojo e impotencia que me causa tener que aguatarme sus sermones en silencio, y eso la enoja aún más. Pero cómo no me voy a enojar, si mientras a mí, mi mamá me obliga a comerme toda la comida que me sirve, a mi hermano no le dice nada aunque deje las verduras en el plato… porque él no es ningún conejo para comer bosque. Y conmigo no muestra ninguna tolerancia: una vez no me dejó levantar de la mesa hasta las seis de la tarde, hora en que por fin, en medio de lagrimas y ascos, terminé de tragar, más que masticar, el último trozo de hígado que me obligó a comer… porque su alto contenido de hierro le hace bien a tus huesos. Ese día sí que lloré, como dice mi papá, de puro coraje e impotencia y desde entonces le agarré más tirria al hígado de res; cuando sea grande, si tengo un hijo, jamás lo obligaré a comer esa cosa tan fea y amarga. Ha sido la única vez, en que yo he acusado a mi mamá con mi papá, por hacerme sufrir con la comida. Mi papá, después de escucharme con cara sonriente, se limitó a hacerme un mohín -sin que mi mamá se diera cuenta- y a decirme, despacito, que él también odia el hígado, y que el domingo siguiente me compraría un helado de chocolate.

Por eso vengo a la parte más alejada del jardín y me subo a los árboles; aquí me siento libre, a salvo de los chistes bobos de mi hermano y de los consejos de mi mamá, que no pierde oportunidad de recordarme que las niñas debemos ser delicadas, calladitas y modositas; andar siempre bien peinaditas, no ser respondonas y no practicar juegos rudos… menos treparnos a los árboles… porque se ve feo y es poco femenino. Y encima, me reclama que no sea buena con mi hermano y que lo trate como si no lo quisiera, a él que es tan lindo... ajá. ¿Qué mayor muestra de cariño para con mi hermano quiere, que la de haber bautizado a mi amado gato con su nombre…? Y por cierto, ya vine por ahí Matías; me parece haberlo escuchado maullarme. Debe tener hambre, pobrecito, no le he servido su leche tibia con migas de bolillo remojadas que tanto le gusta. Tan lindo que es mi Matías; nunca da lata y sólo maúlla -bajito para que mi mamá y mi hermano no lo escuchen y empiecen con su cantaleta de que para qué tenemos un gato que ni siquiera sabe cazar ratones-. Pero mi Matías es más listo de lo que ellos creen y sólo se hace notar cuando siente necesidad de comer o tiene frío y quiere que yo lo abrace. 

Canijo Matías, va a hacer que yo me baje de aquí, con lo bien que me siento entre las ramas de este viejo árbol y con lo linda que está la tarde… pero por él... hago lo que sea




[Imagen: Paul Leroy, Dans les branches du grand pin (museo des Beaux-Arts Orléans)
tomada del sitio Femme Femme Femme

febrero 05, 2010

la lluvia se ha ido

«Il pleure dans mon coeur
Comme il pleut sur la ville;
Quelle est cette langueur
Qui pénètre mon coeur ...»
[Paul Verlaine -a Arthur Rimbaud]

La lluvia ha cesado. Tal pareciera que el cielo, cansado de vaciarse durante 48 horas, hubiera decidido que ya era suficiente el agua derramada sobre la ciudad y así, casi de manera inesperada, por fin paró de llover. De la grisura a la luminosidad y en este frío amanecer, eso que los astrónomos llaman la "bóveda celeste", luce tan azul que nadie diría que apenas anoche, con la lluvia incesante, sin energía eléctrica ni Internet, el cielo lucía tan gris y triste, como caótica la ciudad y alicaído mi ánimo.

Caminar por la ciudad lluviosa es casi un despropósito; como correr una pequeña aventura de alto riesgo, pues entre sortear charcos que en algunos puntos semejan pequeñas lagunas e intentar cruzar una transitada avenida en la cual no funcionan los semáforos (provocando que los automovilistas se vuelvan aún más imprudentes para conducir y también, un poco más indiferentes a la suerte de los peatones), uno arriesga la integridad y en un descuido (o mala pasada) hasta la dignidad, cuando algún conductor que se cree muy gracioso acelera justo cuando alguien intenta librar un inmenso charco, dejando a ese pobre transeúnte tan empapado y desconcertado, que ni siquiera alcanza a proferir alguna maldición a manera de pueril desquite

Y de pronto, apenas al doblar la esquina, el panorama cambia por completo como si de otra ciudad y otro tiempo se tratara: bajo la cornisa de un vetusto edificio que en alguna época remota fue señorial, un solitario hombre, ajeno al frío, inmune a la humedad -y quizá, sin saberlo, empatado con mi tristeza-, en un intento casi estoico por contradecir al tiempo y a la insensibilidad de una ciudad cada vez más desquiciada, extrae suaves notas de un violín que no conoció a Stradivarius, pero que a esa hora y en medio de la frialdad nocturna, semeja al más exquisito instrumento musical del mundo. No es Paganini lo que desprende de sus cuerdas y sin embargo, suena mejor, mucho mejor. Y es que ahí, en el lugar menos pensado, al final del día menos grato, un romántico extraviado -como la que esto escribe- hace música para quien quiera escucharla, interpretando, con más emoción que técnica, una melancólica melodía que sabe a recuerdos de tiempos idos, a historias vividas en noches lluviosas tan parecidas a esta, que nos devuelven a otras calles lejanas, oscuras y solitarias…

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"En un país que amaba ya estará anocheciendo.
Coronados por sus mustias guirnaldas,
esos pequeños seres creados cuando la oscuridad
vuelven a poblar con sus tiernas músicas,
a golpear con sus manos de brillantes estíos
ese rincón natal de mi melancolía"
[Olga Orozco]

febrero 02, 2010

la vida en un hilo

 Hay tres cosas que jamás he podido comprender: el flujo y reflujo de las mareas, el mecanismo social y la lógica femenina [Jean Cocteau]

Hace algún tiempo escribía aquí un relato sobre una mujer que busca contradecir, ya no al destino sino al insomnio que la aqueja [insomnio], mismo que ha decidido aprovechar, perdida toda esperanza de que las infusiones de siete flores y tilo surtan efecto, mediante el tejido de colchas. La particularidad de sus tejidos, radica en que lejos de seguir un patrón determinado (copiado de algún libro de labores), crecen y toman forma al ritmo de su imaginación, la cual parece hacerse más y más desbordada, conforme los días insomnes se acumulan. Nunca olvidaré que la escritura de ese texto, fue un poco como las colchas que tejía mi protagonista: empecé a escribir sin tener una idea clara de cómo terminaría mi historia y hacia el final de la misma, yo tecleaba llevada más por una fuerza ajena a mí, que por voluntad propia, tal como si las letras llegaran y se acomodaban a su gusto. Fue un texto algo extraño, que aún no sé si  llamar "metáfora de la escritura" (o de la imaginación, tan íntimamente ligadas) o simplemente verlo como una más de mis divagaciones. En cualquier caso, lo más difícil fue dar la puntada final, cortar el hilo a mi tejido. Traigo a colación esto porque anoche leía un cuento llamado Tejamos, tejamos, mano enloquecida [incluido en la antología Cuento de mujeres solas], que me trajo a la memoria mi sencillo relato. El cuento versa sobre la vida de tres mujeres de tres generaciones, aparentemente contrapuestas, pero unidas de manera indisoluble por los hilos de su sangre, del derrotero de sus existencias y hasta la historia de ese pueblo perdido en los confines del frío en el que han nacido. Un pueblo sin nombre del que lo único que conocemos es la dureza de su clima, la cual será karma y medio de vida de esas tres mujeres, pues los crudos y largos inviernos harán indispensables las colchas de lana que Dolores -la protagonista y puente de unión entre la primera y tercera generación- teje sin cesar en un anticuado telar, un viejo armatoste según su anciana madre. El tono sencillo y melancólico de la historia, permite sentir el frío de la noche interminable en la que Dolores teje sin descanso, mientras su madre vive sus últimos minutos y también, palpar la profunda soledad que anida en ese gris pueblo y en esastres mujeres. Dolores no intentó jamás escapar a su destino de tejedora solitaria y por el contrario, decidió perfeccionarse en el desempeño del arte familiar. Su hija abandonó el pueblo en busca de una nueva vida, de un lugar donde no habitara la tristeza ni la soledad a la que veía como una maldición desde los quince años, cuando conoció el mito griego de Las Moiras [tres hermanas responsables de vigilar que el destino de los hombres se cumpliera conforme a lo establecido; quienes eran representadas como hilanderas -o tejedoras- que manejaban los hilos de la vida de los ahombres y así como hilaban su nacimiento y discurrir por el mundo, también se encargaban de cortar los hilos que los ataban a la vida, cuando, a su juicio, les había llegado la hora] y temió que ningún hombre quisiera casarse con ella por miedo a que alguna de las tejedoras mayores, un buen día decidiese cortar los hilos de su existencia. Pero al final regresó (Kavafis dixit… again).

Dispensen por relatarles –y de forma tan simplificada- un cuento ajeno, cuando lejos estoy de ser una reseñadora, pero tanto la historia de Tejamos, tejamos, mano enloquecida, como el mito de Las Moiras y de paso mi relato del insomnio –autocitarse debe ser más imperdonable que reseñar cuentos-, me llevaron a recordar una idea en torno al oficio de escribir, el oficio de soñar (y que quiero pensar, vale lo mismo para los verdaderos escritores, como para los meros aficionados a contar divagaciones o relatos, como es mi caso).

La escritura, es también el tejido de sueños en donde el escritor, escribidor o divagador, hila vidas; es amo y señor del destino de otros; maneja los hilos mueven el discurrir de sus personajes y decide cuando nacen, cómo viven y se desarrollan y hasta donde llegan antes de que sus hilos sean cortados, lo  mismo porque los mate o porque sus personajes desaparezcan de escena... a semejanza de Las Moiras vestidas de hilanderas, celosas guardianas del cumplimiento del plan de vida, diseñado a saber por qué Dios del Olimpo. Pero el escritor, escribidor o divagador tiene una ventaja sobre Las Moiras: puede hacer que sus personajes nunca mueran, brindarles la oportunidad de escapar de su destino, crearles una vida fascinante en donde la muerte no tenga permiso. Y ya entrados en la divagación, se crea o no que los seres humanos, en algún momento de nuestra vida y aún contra nuestra voluntad, sólo somos une petite meionette actuando el guión escrito por otros, Las Moiras casi podrían ser las antecesoras del Grand Guignol surgido a finales del Siglo XIX. 

Y sin embargo, el circulo no se cierra ahí, pues la escritura -escribidera o divagación escrita- brinda la oportunidad de ejercerla, temporalmente desde luego, de titiriteros de las vidas de personajes ficticios y al mismo tiempo, de la propia…

«Siempre he dibujado. Escribir, para mí, es dibujar. Anudar las líneas de forma que se vuelvan escritura, o desatarlas de forma que la escritura se convierta en dibujo. De ahí no salgo. Escribo, trato de limitar exactamente el perfil de una idea, de un acto. Al fin y al cabo, acecho fantasmas, encuentro el contorno del vacío, dibujo» [Jean Cocteau, Opium. Diario de una desintoxicación. Editorial Letras Vivas, México, 1999, p. 73]


lienzo: La Tejedora. Buenaventura Planella
afiche promocional de una función de grand guignol, hacia fines del siglo xix