Paul Delvaux La robe de mariée (1976)
Después del efecto, al parecer no del todo grato, producido por mi entrada anterior, cuyo tema principal, aunque no lo parezca, era la culpa y no el filme Antichrist -al cual me referí porque buena parte de su trama gira justamente en torno a la culpa-, en desagravio, hoy pensaba publicar una entrada simpática... pero no pude. Ante ustedes debo reconocer mi incapacidad para relatar chistoretes o situaciones cómicas o harto llamativas. Y por si mis propias carencias no fueran suficientes, esta mañana me tocó escuchar, sin yo pedirlo, una ingrata historia sobre despechos a causa de traiciones amorosas; tema difícil de encarar a las siete de la mañana y en ayunas. Me sucede algo curioso: por alguna razón desconocida, tengo imán (o no sé cómo llamarlo) para que la gente, de buenas a primeras, me cuente sus dramas o, diría mi madre, para que se confiesen conmigo, sin esperar absolución. La historia, escuchada mientras el auto atravesaba el sur de la ciudad en medio del pesado trafico matutino, no tendría nada de original de no ser porque quien me la contó (y vivió en primera persona), es la última mujer de quien uno esperaría algo así: siempre luce tan serena -casi irrita su calma-, camina como si flotara, habla con voz suave y pausada y, lo más importante, jamás la he escuchado quejarse de nada, trátese del pesado tráfico automovilístico, la crisis económica, su castrante jefe laboral o la deteriorada situación del país (todo lo contrario a mí -je). Y de pronto, me vengo a encontrar a mujer atormentada, dolida, con demasiada rabia acumulada, muy resentida (con razón, a juzgar por la historia escuchada), con ganas de gritar al mundo su despecho y de paso, hacer uso de su sagrado derecho a la venganza. Afortunadamente para mí, que tras su confesión me quedé muda, su relato terminó justo cuando habíamos llegado a mi destino, apenas con tiempo suficiente, antes del cambio de luces en el semáforo, para despedirme de ella y bajar de su automóvil; sin embargo, me quedé con el tema dando vueltas…
Entre los muchos lugares comunes, casi aceptados como verdades no oficiales, hay quien dice que en esta vida pocas cosas son más peligrosas que una mujer despechada, pues, acotan esos ¿quejumbrosos, exagerados o víctimas?, sus reacciones pueden resultar –casi- letales. Lo que llama la atención no es el despecho –debe ser tan viejo como la humanidad-, sino que la mayoría de las veces se habla del despecho femenino y poco o nada del masculino. Las experiencias terribles o por lo menos más incómodas, relacionadas despechos en materia de amores, en la mayoría de los casos son referidas a mujeres. Como si despecharse fuera una cuestión concerniente a nosotras, o -en otro cliché- como si la mayoría de los engaños y traiciones amorosos fuesen en contra de la mujer. En tanto que los despechos referidos al ámbito laboral, profesional, afectarían en mayor medida a los hombres. Pero, dicen, el hombre despechado –a causa de amores truncos o asuntos profesionales-, normalmente no exhibe en público su rabia, pesar y demás sentimientos negativos derivados de la traición, engaño, desprecio, etc. Y no es alegato de género; más bien, una especie de confirmación de una vieja creencia: que en nuestras culturas latinas, machistas y doblemoralinas, los hombres no se permiten manifestaciones de dolor y resentimiento que empañen su fortaleza viril. Mientras que las mujeres, casi por generalidad, tendemos a exteriorizar el dolor, el coraje… y el despecho… sin que medie pudor alguno, y más aún, cuando el despecho ha sido causado por una traición que une lo amoroso a lo profesional. Supongo que debe tenerse muy alto y templado el orgullo (y un carácter férreo), para poder controlarse y así evitar, a los demás y a nosotras, la pena de algún (o más de uno) desfiguro o de algo mucho peor.
Aunque, me temo, en ocasiones... demasiado orgullo... puede resultar contraproducente
[Despecho: Resentimiento por algún desengaño, menosprecio u ofensa (o abandono)
Diccionario de la lengua española © 2005 Espasa-Calpe]
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Y para finalizar, un mini cuento del escritor mexicano René Avilés Fabila que nada tiene que ver con el despecho. Ojalá no les parezcas demasiado naïf.
Señora, Señorita: Lo que siempre quiso y pensó imposible: píldoras mejores que el mismísimo prozac, pues estas maravillosas pastillitas le prometen felicidad… hasta en sueños. Qué digo prometen, le aseguran placer constante y variado. Hablamos del bonito invento científico de las pastillas sweet dreams, las cuales inducen sueños a la medida de sus fantasías más inconfesables; es decir, no sólo le permitirán disfrutar de dulces sueños, sino también de otros un poquito más picantes... para equilibrar el exceso de dulzura… y todo mientras usted duerme a pierna suelta:
"Usted señora, no necesita engañar a su marido, con nuestro nuevo producto sweet dreams puede conservar la felicidad que le prometió durante la ceremonia matrimonial. Basta con tomar una pastilla antes de dormir y podrá tener maravillosos sueños eróticos: hacer el amor con un hombre fuerte, musculoso o esbelto e intelectual. Asimismo, podrá viajar por exóticos países en compañía de su héroe favorito, ser poseída en la jungla africana o en un elegante hotel francés. Y esto mientras su esposo, henchido de comida y alcohol, ronca estrepitosamente a su lado. Este producto no es nocivo para la salud, a lo sumo causa hábito"
René Magritte, La voix du sang (1961)








