adaptaciones

Me niego a vivir en el mundo ordinario como una mujer ordinaria. A establecer relaciones ordinarias. Necesito el éxtasis. Soy una neurótica, en el sentido de que vivo en mi mundo. No me adaptaré de mi mundo. Me adapto a mí misma. [Anaïs Nin.]

enero 29, 2010

aventuras imaginarias


Su llegada a este mundo no fue como en las películas, cuando el doctor coloca al recién nacido sobre el regazo de la madre y ésta lo mira llena de plácida felicidad y con lágrimas en los ojos. No; su nacimiento estuvo lejos de ser así de idílico, más bien podría decirse que fue una aventura producto de la tozudez: su madre tuvo un parto complicadísimo y ella estuvo a un tris de no salir con vida de semejante empresa. Después, a consecuencia de ese caótico alumbramiento, su progenitora debió permanecer en cama durante meses, por lo cual no pudo hacerse cargo de ella, menos que la amamantara. Gracias al cielo que los suizos ya habían inventado esas útiles formulas lácteas en polvo, que tan bien alimentan, aunque no enseña a gatear ni a caminar. No fue una niña llorona. La naturaleza es muy sabia y en compensación por no gatear ni caminar, o tan sólo para que alguien se acordara de su existencia, a falta de habilidad andante, desarrolló una temprana vocación parlanchina. Tanta, que en la adolescencia era objeto de constantes burlas por ser tan platicona, sobre todo con los mayores, quienes solían prestar mayor atención a sus desaforadas peroratas [siempre le gustó platicar con las abuelas y abuelos de sus amigas, a tal grado que más de uno "la adoptó"]. Y si no encontraba con quien platicar (cosa que ocurría a menudo) se dedicaba a leer o a platicar consigo misma. Cuando los cuentos infantiles o las aventuras de Robinson Crusoe ya no resultaron suficientes, decidió hurgar en el enorme librero ubicado en la habitación que nadie usaba y tras arrastrar una silla que fungió como su escalera, se encontró con una variedad tan desigual en temática como en estilo y calidad, pero lo suficientemente atrayente a sus curiosos ojos. Pudo acceder a mundos totalmente desconocidos, inimaginables en su joven vida. Incontables fueron las tardes que pasó encerrada en esa habitación, tumbada boca abajo sobre el piso hojeando enciclopedias, libros de diversa índole y hasta el Pequeño Larousse Ilustrado; cualquier libro despertaba su imaginación… las horas eran largas y su curiosidad vasta. Fue así que dio con una enciclopedia de arte, que no era ninguna maravilla, pero resultaba más que útil para dar rienda suelta a su imaginación. Ante sus ojos desfilaron las salas y galerías de los más famosos museos del mundo, todos le atrajeron pero ninguno la obsesionó tanto como ese edificio de color pistache que más parecía un dulce, que recordaba la irrupción de una Emperatriz brava y dominante, a quien llamaban la Grande, y en cuyo interior se alojaba, entre cientos de maravillas, un extraño reloj en forma de jaula de oro, con todo y canario dentro, el cual salía por la rejilla para marcar la hora exacta. A saber si todo lo que estaba escrito en la enciclopedia era cierto, pero como leyenda soñaba fantástica. Y esa jaulita-reloj, le despertaba una gran tentación. Pobre canario, muy de oro... pero encerrado, decía ella. Otro de los mayores encantos del museo, era el río que lo bordeaba otorgándole un aire aún más fantasioso, propicio para imaginar asombrosas historias de aventuras y escapes en barco; no en balde, el río desembocaba al mar. Si en esa época alguien le hubiese preguntado qué sueño fantasioso desearía vivir, lejos de responder que ser la bella durmiente despertada por el beso de amor del apuesto príncipe, ella habría contestado: robarme la jaulita-reloj del museo del Ermitage y luego huir en barco para perderme y al mismo tiempo encontrar la libertad en los confines del Mar Báltico.
Lástima que sólo fuese posible en su imaginación, pero aún así, lo disfrutaba como si lo viviera; esa y decenas de historias más en las que ella, por supuesto, era la actriz principal... tan tozuda como el día de su nacimiento e igual de platicona que en la vida real...

Años después de aquellas fantásticas aventuras, se encontró con que no quedaban barcos mágicos en los cuales escapar, ni historias peliculescas de las cuales emerger heroína. Aún así, en algún lugar olvidado de su recuerdo, guarda, por si acaso, una barca algo desvencijada pero entrañable, en la cual, se ha prometido, algún día habrá de escapar con rumbo a los confines del infinito y la libertad... sólo es cosa de aguardar a que las aguas sean más propicias para la navegación...


AVISO INOPORTUNO: hoy me toca publicar en el blog colectivo escribidores y literaturos; por si gustan y tienen chance de pasar: pesca en tres tiempos

enero 25, 2010

refugio violentado


Cuando era niña, y de hecho, hasta no hace mucho tiempo, creía que mi habitación, mi cama, era el sitio más seguro del mundo; uno verdaderamente mío y el único en el que podía sentirme a salvo de todo, incluido el escrutinio de los demás. Por motivos que no viene al caso describir aquí, incontables tardes de mi infancia las pasé sola, encerrada en casa, y aunque en un principio no resultara muy grato, con el tiempo me acostumbré tanto a no estar con nadie, que cuando no me dejaban sola en un buen tiempo... extrañaba esas tardes de soledad. Fue esa la época en que me aficioné a leer (o por lo menos hojear libros) tumbada sobre la alfombra. Para mí, esa era la mejor forma para desentenderme un poco del tonto temor que solía acompañarme en aquellas tardes: las tormentas eléctricas. No obstante, había ocasiones en las cuales la lectura no era posible -las torrenciales lluvias que suelen acaecer sobre esta Ciudad, la mayoría de las veces, causan interrupciones de la energía eléctrica- y entonces, a falta de libros salvadores, estaba mi cama para resguardarme, bajo cobijas y edredones, de los rayos y centellas que parecían querer arrastrar consigno al cielo entero, en aquellos agostos y septiembres de mi niñez.

Un refugio, un resguardo; el sitio más íntimo, el espacio propio. La cama. El lugar al que no se invita a cualquiera y en donde jamás se espera irrumpa algún extraño en medio del sueño más profundo, la lectura más interesante, el disfrute de una película bien querida… o de algo mejor. Imaginar que algo así de impensable e indeseable sucediera, sólo era posible en las series policíacas estadounidenses. Nunca en medio del tardío sueño dominical y por conducto de los vecinos, quienes, alarmados porque nadie responde al timbre de la puerta, piensan que el inquilino ya se murió (o suicidó) y a fin de salvar su vida, o sacar el cadáver antes de su descomposición, irrumpen en su intimidad… con todo el departamento local de protección civil a punto de derribar la puerta de su casa, mientras, en paralelo, otro comedido vecino casi rompe la ventana de la recámara en cuyo interior el dueño duerme plácidamente… ajeno al mundo y a los escándalos vecinales.

Que los condóminos se preocupen por sus demás vecinos (¿y se ocupen de la vida ajena?), es bueno… supongo. Que en la actualidad, la gente cada vez sea más proclive a entrar en histeria colectiva a la menor provocación, ya no tanto. Pero que el rostro de un casi desconocido, irrumpa asomado por la ventana de una recámara ajena, mientras el ocupante de la misma se halla a miles de kilómetros… sumido en la ensoñación de sitios y seres lejanos; crédulo e iluso, abandonado a la certidumbre de que en ese lugar únicamente suyo, nada ni nadie podrá violentar su intimidad ni su seguridad… no tiene precio.

Y encima, deberá agradecer a los vecinos, a los bomberos y a tutto il mondo, por haber montado semejante escándalo... perdón... por haberse tomado tantas molestias, por preocuparse por la vida de los otros, por pensar que el dormilón soñador podía haberse muerto en medio de la noche... y todo porque –al tener horarios distintos- hace días que no le ven salir de su apartamento…
 
 
"puerta del ser, despiértame, amanece,
déjame ver el rostro de este día,
déjame ver el rostro de esta noche,
todo se comunica y transfigura,
arco de sangre, puente de latidos,
llévame al otro lado de esta noche,
adonde yo soy tú somos nosotros,
al reino de pronombres enlazados"
[Octavio Paz, Piedra de sol -fragmento]
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enero 21, 2010

viaje en la memoria

El viaje real hacia el descubrimiento tiene que ver más con tener nuevos ojos para apreciar, que con hallar nuevas tierras. Marcel Proust

[Advertencia: esta divagación es irremediablemente cursi y está plagada de clichés]
Se viaja para y por tantas razones, ánimos y deseos, que nunca un viaje a la misma ciudad es igual a otro. Viajar para olvidar -Kavafis dixit- no sirve de gran cosa pues la Ciudad que dejamos (y lo que ahí de nosotros se ha quedado, lo que nos duele y queremos olvidar) va siempre con nosotros. Aún así, uno lo intenta y emprende el viaje en busca de algo parecido al olvido o, tal vez, sea al revés: en busca de los recuerdos perdidos. Y entonces, como decía Proust, al reencontrarlos, de una u otra forma los altera, los embellece. Y así, el viaje (casi siempre) se vuelve mejor en el recuerdo -y más cuando se lleva un buen rato en el encierro. Debo ser de las pocas personas que realmente disfrutan viajar sin compañía -quizá sea que llevo dentro a un pequeño misántropo-, tanto, que la visión de los sitios que he conocido durante largas caminatas en solitario no ha sido igualada por las reencontradas en viajes acompañada. Hace tanto que no hago un viaje largo, que no me alejo de esta ciudad más allá de los 300 km de distancia, que ya empiezo a alucinar: en esta noche-madrugada, en que la luna de enero es apenas un gajo plateado en crecimiento, yo recuerdo un fantasmagórico plenilunio octubrino alumbrando mis pasos algo extraviados por una ciudad casi tan irreal como la propia Selene.

En decadencia desde hace cientos de años, según dicen, Venecia encarna como pocas ciudades (quizá como ninguna) tal condición, que lejos de afearla... la embellece. Lo viejo, ennegrecido y corroído por el paso del tiempo, adquiere en Venecia un halo de belleza melancólica y fascinante. Hace algunos años, en un brumoso anochecer otoñal, caminaba sin prisas ni rumbo fijo por esas intrincadas callecitas, las cuales, debido a la creciente oscuridad, a cada momento se tornaban más y más indistinguibles; andaba entre cavilaciones y alucinaciones, mirando aquí y allá, distraída y embebida en mi paseo nocturno, me sentía perdida y al mismo tiempo, tontamente dichosa. Buscaba el camino de regreso sin querer encontrarlo, abstraída en la mezcla de las visiones reales y las reconfiguradas por mi imaginación, tanto, que ni cuenta me di cuando mi andar desordenado me condujo de nuevo al punto de partida: la Plaza de San Marco extrañamente solitaria. Y fue ahí, cuando atestigüé una de las escenas más fantasiosas de mi existencia, como si me adentrara en una película de los años 50's del siglo pasado, de tan cliché… y cursi. 

Mientras arriba de la Torre del reloj, la luna intentaba escapar de la bruma empecinada en ocultarla, bajo las columnas de los leones alados -donde según la leyenda, antaño colgaban a los ladrones-, un violinista que ya había visto pasar sus mejores años recreaba (¿qué más podría ser?) Venecia sin ti. Y como si tal cliché no fuese suficiente, las melancólicas notas arrancadas a su vetusto violín, estaban dirigidas a una pareja de bailarines, absortos uno en el otro e indiferentes a todo lo que los rodeaba (que no era mucho: la imagen peliculesca, en gran medida, estaba acentuada por la bruma, el viento casi frío y la soledad de ese anochecer). La pareja más bella que he visto en mi vida; bailaban "como si recordaran el ayer cuando todo en Venecia hablaba de ellos"… aun sin conocerlos; acariciándose con la mirada, como si en lugar de la famosa canción de Aznavour sonara un tango, así de sensuales y apasionados eran sus acompasados movimientos. Ante tal visión, en un arranque de cursi romanticismo de ese al que sólo se atreve uno cuando se halla a diez mil kilómetros de casa -porque cree que ningún conocido lo va a ver-, hice lo que ellos: me desconecté de todo a mi alrededor y me dediqué al disfrute de la música del nostálgico violín y a la contemplación de su amorosa danza, tan apasionaba… casi como si hicieran el amor… y me olvidé de mi reciente extravío, del frío de la noche, del vaporetto que partiría sin mí… de todo.

A veces, como en esta madrugada, me pregunto si lo de aquella noche, en realidad sucedió o si por el contrario, sólo se trata de alguna alucinación mía.

«Era sencillamente deseo de viajar; deseo tan violento como un verdadero ataque, y tan intenso, que llegaba a producirle visiones. Su imaginación, que no se había tranquilizado desde las horas del trabajo, cristalizó en la evocación de un ejemplo de las maravillas y espantos de la tierra que quería abarcar en una sola imagen». [Muerte en Venecia, Thomas Mann]


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enero 18, 2010

bárbaros... todos (en constante mutación)


“Somos mutantes, todos, algunos más evolucionados, otros menos: hay quien está un poco retrasado, hay quien no se ha dado cuenta de nada, quien todo lo hace por instinto y quien es consciente, quien hace como que no lo sabe y quien nunca lo va a comprender, quien clava los pies en el suelo y quien corre alocadamente hacia delante. Pero ya estamos ahí, todos nosotros, a punto de emigrar hacia el agua” [Alessandro Baricco, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación. Ed. Anagrama, 252 pp. Barcelona. 2008]
En tiempos de cultura light, fast food y caldos de pollo para el alma, uno ya no sabe muy bien qué ni a quién creer. Nunca he tenido un gurú, un escritor o persona sabia que me guíe por los andamiajes de la vida y a estas alturas de la vida ya no estoy para buscarme uno. Admiro y respeto a la gente que dice “tal libro (El Quijote es recurrente ejemplo) me cambió la vida", “La Biblia es mi guía" o fulanito "me enseño a entender la vida"; los admiro y en cierta forma, los envidio. Si tuviera que mencionar un libro que me cambió la vida, no sería ninguna obra maestra tipo El Quijote, sino algo mucho más modesto: tan sólo el primer libro que leí por mí misma,  después de haber sido temprana lectora/oyente como convidada de piedra a las lecturas en voz alta que hacía mi tía para mi abuela [recuerdo el miedo apoderándose de mí, mientras escuchaba entre hipnotizada y fascinada, su lectura de La banda moteada y en contraparte, mi angustia ante las desventuras de La Madre y las andanzas revolucionarias de su hijo Pavel y aunque a veces, creo que esas lecturas ocurrieron hace siglos, mientras escribo esto aún puedo escuchar la voz de mi tía, perfectamente modulada y marcando los énfasis adecuados]. Ese primer libro fue El Principito, el cual, después de haber escuchado las trágicas historias de Ana Karenina y de La Madre, devino un bálsamo de inocencia.

He sido (y seré siempre, supongo) una lectora desordenada, dispersa y más intuitiva que metódica (las lecturas centrales y colaterales de la Secundaria, Preparatoria y Universidad, no cuentan). Y quizá por ello, la mayoría de las veces, he llegado a los libros por instinto y hasta por necesidad: sin proponérmelo -los libros y yo- nos hemos encontrado justo en el momento en que más los necesitaba. Ello no obsta para que, por ejemplo, siga sin saber qué tipo necesidad pudo conducirme a leer -casi devorar- a los 14 años Naná de Emilio Zolá. Tan dura, que no he podido volver a ella y sin embargo, no olvido la inmensa tristeza que me produjo imaginar las pústulas ensañándose con el otrora bellísimo rostro de Naná; su triste fin, dicen, es una metáfora de las pústulas que marcaron la decadencia de la burguesía francesa decimonónica.

De regreso a la cita inicial. A finales del verano pasado, me encontré en un periódico mexicano una reseña del libro de Alessandro Baricco, me interesó y la búsqueda de más información me llevó a otras reseñas, hasta que decidí dejar de googlear y mejor comprarlo, pero como no fue lo único que traje conmigo tras mi periplo por la Gandhi, Baricco y sus bárbaros quedaron a la espera… en la bolsa de compras. Sólo hasta que en mi entrada anterior, Canalla me comentó algo sobre los bárbaros recordé esa lectura pendiente y lo empecé a leer. No lo he terminado y no pretendo hacer una reseña, únicamente lo menciono porque tras la lectura de las primeras 72 páginas, justo a las puertas del apartado referido a la industria del libro y antes del dedicado a la respiración por medio de las branquias de Google, no tuve más remedio que asumirme como parte de esa barbarie mutante y lo peor, sin siquiera poseer los recursos necesarios para iniciar mis propios asaltos, como los llama el escritor italiano. Del segmento dedicado al Vino, otrora terrero de unos cuántos artesanos, quienes con amor, paciencia y sapiencia ancestral creaban más que producían, grandes caldos y que hoy se encuentra invadido por esos bárbaros dedicados a producir vinos sin alma; vinos hollywoodenses como los ha bautizado Baricco [esos vinos que tienen una apariencia perfecta, un color divino... y un sabor estandarizado: sin importar que la cepa sea merlot, cabernet o shiraz, los vinos hollywoodenses… saben a lo mismo -confesión no pedida: amé esa expresión, los vinos hollywoodenses se me figuran como los filmes de James Cameron, elaborados a base de efectos especiales; tan espectaculares como insustanciales-] extraigo algunas líneas que, me parece, dan una idea aproximada del ánimo que guía al escritor a lo largo de los ensayos que conforman su libro (y el cual yo percibo como una mezcla de nostalgia y resignación):
“[…] es como si la idea de la belleza fuese sustituida por la espectacularidad; es como si se privilegiara la técnica frente a la inspiración, el efecto frente a la verdad…”
“[…] ese vino niega uno de los principios de la estética que nos es propia: la idea de que para alcanzar la alta nobleza del valor auténtico hay que pasar por un tortuoso camino si no de sufrimiento, al menos de paciencia y aprendizaje. Los bárbaros no tienen esa idea. A su escala, el caso del vino hollywoodense nos permite ver otro microacontencimiento que no tiene nada de insignificante: la espectacularidad se convierte en un valor. El Valor.” [Alessandro Baricco, Los bárbaros. Ensayo sobre la mutación, p. 50].

Por el momento, concluyo asumida que soy una bárbara en mutación: (casi) respiro con las branquias de Google”, de tan proclive a la navegación virtual que soy -al respecto, dice Baricco que nada más acertado que referirse a esto como surfear: en la República Google todo se recorre nomás por encimita-, aunque no así a la lectura ídem; en se sentido, soy anticuada y creo que así seguiré... salvo cuando no quede más remedio porque el libro no se puede leer de otra manera.

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Por si les interesa:

1.- En este enlace, una aproximación al libro desde el punto de vista de una crítica de arte: Los bárbaros según Baricco

2.- En este texto, el escritor poblano Pedro Ángel Palou se conduele, más que reflexionar, a partir de la lectura Los Bárbaros, por lo que él considera, entre otras cosas, la muerte de la literatura y la vacuidad de los medios electrónicos: Los medios electrónicos se han vuelto envases de comunicación vacíos: Pedro Ángel Palou García





enero 14, 2010

fidelidades (in)finitas


Parafraseando el nombre de un filme español protagonizado por Carmen Maura, bien podría escribir a manera de título y único contenido de esta entrada, que en asuntos de amores el quid es: (Saber) cómo amar y ser fiel… sin morir en el intento.

Que hombres y mujeres concibamos la fidelidad de manera distinta, no debe ser ninguna novedad. Tampoco, que entre un escritor -novelista o poeta- y un filósofo-escritor, varíe considerablemente la manera de entenderla y asimilarla. En no pocas ocasiones, en medio de la lectura de una novela, del gozoso azote -metafórico, por supuesto- producido por algún poema o un filme de mis querencias (cuando me conecto con una película, yo vivo y sufro en carne propia los desasosiegos, amores y desamores de los protagonistas), ante mis sentidos la infidelidad ha adquirido un aura casi mítica; a veces, hasta heroica o cuando menos, totalmente ajena a la condena. Y lejos de la fantasía literaria o cinematográfica, en la vida real, cuando a uno le ha tocado ver a que hasta los amigos más tranquilos, y enamorados, son infieles, acaba por ver a la infidelidad con un desapego mezcla de objetividad y desilusión; libre de juicios morales y dictámenes condenatorios. Y es entonces, cuando se entiende que para muchas personas la fidelidad haya devenido una empresa casi inalcanzable, que pareciera no encajar en el mundo de hoy. Como si el amar -y ser fiel- encarnara no sólo sensibilidad y voluntad (más lo que a cada quien le haga falta), sino también, una alta dosis de estoicismo. No recuerdo quien fue el famoso que dijo que a estas alturas de la vida, en las que todo -o casi todo- está permitido, el amor y la fidelidad devienen en heroísmo y al mismo tiempo, trangresión (lo dijo así, o en forma parecida, pero me parece que la esencia iba por ahí).

De regreso a las variadas formas de ver y conceptualizar la fidelidad/infidelidad, en más de una oportunidad he escrito aquí que la diversidad de formas de ver y entender al mundo, y aprehender la vida, provocan que aún leyendo lo mismo... no leamos lo mismo. Y de la lectura, esta diversidad de miras puede extrapolarse a la mayoría de aspectos de la vida.

Los escritores, como los grandes cineastas, son una bendición; pero a veces (muchas), juegan con lo sentimientos, laceran viejas heridas y exprimen nuestras emociones, dejándonos sumidos en desasosiegos, "reflexiones" y/o regresiones que duran lo suyo. El escritor brasileiro Rubem Fonseca no se anda con tientos; sus detractores lo acusan de crueldad narrativa (quizá por no ensayar el estilo edificante de su paisano Paulo Coelho), dada su proclividad a relatar las cosas menos gratas del mundo... sin ningún atenuante. Desde que lo descubrí, me gustó su estilo… claro que nadie es perfecto, miren que venir a decir esto sobre las mujeres, los hombres y la fidelidad:
«Ciertas mujeres prefieren la fidelidad a la lealtad, el marido puede ocultarle cuánto dinero tiene esparcido por los bancos del mundo, puede continuar siendo amigo de una persona con quien ella se peleó, puede continuar protegiendo a un pariente parásito que ella odia, puede hablar mal de su madre, hasta puede agresivamente considerarla una retrasada mental (la mayoría de los maridos considera a la esposa una retrasada mental), lo único que no puede hacer es coger fuera de casa, Los hombres por su parte, exigen fidelidad y lealtad, y si su esposa cumple con estos requisitos, puede incluso ser retrasada mental» [Rubem Fonseca, Del fondo del mundo prostituto].
Lo primero que salta a la vista es su fidelidad… estilística: nada de suavidades. Sin embargo, es inevitable preguntarse por qué cree que lo único que las mujeres no perdonamos, es que nuestra pareja tenga sexo fuera del lecho común (peor sería que lo tuviera en el mismo, ¿no?). Más imperdonable aún, me parece, la falta de confianza. ¿Cómo es eso de no decirle a su compañera, dónde y cuánto dinero tiene depositado (y no es que yo sea muy materialista, eh)? Ya de la misoginia nada disimulada, mejor ni hablar.

Variaciones sobre un mismo tema... del estilo directo de Fonseca a la mirada ¿serena o resignada? de un filósofo:
«Ser fiel a las ideas no significa (¡menos mal!) que haya que tener solo una; ni ser fiel en la amistad significa tener sólo un amigo. En estos ámbitos, la fidelidad no significa exclusividad. ¿Por qué va a ser distinto en el amor? ¿En nombre de qué se pretendería el uso exclusivo del otro? Es posible que sea más cómodo o más seguro, más fácil de vivir y, quizá a fin de cuentas, más feliz. Es más, creo que es así mientras el amor permanece. Pero no me parece que el amor y la moral estén esencialmente vinculados a esto. Cada uno debe elegir según sus fuerzas o sus debilidades. Cada uno, o más bien, cada pareja: la verdad es un valor más alto que la exclusividad y el amor me parece menos traicionado por el amor (por el otro amor) que por la mentira. Habrá quien piense lo contrario, quizá yo en otro momento. Creo que lo esencial no es eso. Existen parejas libres que son fieles a su manera (fieles a su amor, fieles a su palabra, fieles a su libertad común…). Y también hay muchas otras, estrictamente fieles, tristemente fieles, en que cada uno de los dos preferiría no serlo…» [André Comte-Sponville]
En esta reflexión, encuentro varios puntos de coincidencia, aún cuando al final me deja mucho en qué pensar. Una percepción que ataña a la amplitud y complejidad de las relaciones, y de la propia fidelidad-infidelidad, siempre me resultará interesante y atractiva. Cuestión de percepciones y sentires, supongo.


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Escultura «La Valse. Les valseurs» Camille Claudel





Amar el mar es como amar a una mujer. Es tan bello y peligroso como cualquiera de ellas. [Jacques Cousteau]

enero 11, 2010

tan nítido... tan difícil


La noche es fría. La Ciudad parece envuelta por una capa de melancólica frialdad. Me gusta así y aún cuando mientras escriba, después de estarlo haciendo hace ya un buen rato (ideas hacia ninguna parte, transcripción de poemas y cosas así), mis dedos continúen casi helados. Y en noches como esta... a una le da por pensar en el pasado. 

Suele ocurrir, más a menudo de lo deseable, que lo realmente importante es también es lo más sencillo, lo más nítido. Y sin embargo, paradójicamente, lo más difícil de "ver", ya no se diga de asumir, explicar o transmitir. Claro que hay de estados confusos a estados confusos, como distintos los motivos que conducen a los mismos. Cuántos de nosotros no hemos visto a más de un enamorado (o hemos estado en su lugar), dejar ir al "amor de su vida" (suponiendo que algo parecido a esta imagen tan idílica como fantástica exista), tan sólo por no ser capaces de asumir sus sentimientos o, de hacerlo, por no atreverse a decirlo. Y luego, cuando ya no hay manera, vivir, si no eternamente por lo menos un buen tiempo, instalados en el arrepentimiento, en el si me hubiera. Qué miedo da, en ocasiones, sentir, súbitamente, cuando menos se lo esperaba y por causa de quien menos se hubiera uno imaginado, esas sacudidas y sentimientos, avasalladores e intensos. Tanto, que en lugar de mover a la dicha, mueven a la confusión; perturban y, a veces, obnubilan nuestro entendimiento, dejándonos como estáticos, paralizados... impedidos para hacer  nada que permita a ese cúmulo de sensaciones, llegar al causante y destinatario...  

Creo que contrario a mi idea, sobre lo nocivos a la salud que pueden resultar los aparatos de calefacción, para el próximo invierno me voy a comprar uno... y así evitaré caer en la tentación (y pretexto) de pensar y escribir esta clase de sinsentidos...
"Lo que siento por ti es tan difícil.
No es de rosas abriéndose en el aire,
es de rosas abriéndose en el agua.

Lo que siento por ti. Esto que rueda
o se quiebra con tantos gestos tuyos
o que con tus palabras despedazas
y que luego incorporas en un gesto
y me invade en las horas amarillas
y me deja una dulce sed doblada.

Lo que siento por ti, tan doloroso
como pobre luz de las estrellas
que llega dolorida y fatigada.

Lo que siento por ti, y que sin embargo
anda tanto que a veces no te llega"

[Idea Vilariño] 



enero 07, 2010

cree su propia obra cumbre (sic)


En lo que la fuente de inspiración se digna hacerse presente y "empezamos a escribir páginas de gloria" (este sí que andaba "inspirado"), podemos jugar a ser escritores de formulita. Gracias a Aurore -pródiga en hallazgos de sitios web interesantes o cuando menos, raros- me enteré de la existencia de un blog cuyo único fin parece ser darnos momentos de diversión, antes de arribar a la gloria de las letras, a través de una especie de juego literario: crea tu propia novela de Dan Brown, (parodia, pues). El mecanismo es bien simple: uno introduce un nombre, un apellido y el nombre de una ciudad... et voilà... en menos de cinco segundos... se genera el argumento, resumido y listo para imprimirse en la cuarta de forros -refriteado de las novelas de Dan Brown, por supuesto- del próximo suceso literario (y seguro ganador de millones y millones de dólares) de la Feria del Libro de Frankfurt. Y además, ya entrados en gastos -si no se tiene nada mejor qué hacer- pueden crear varias “obras” y, una vez publicadas, hacerlas llegar a los escaparates de las librerías y de, ¿por qué no?, los supermercados. Con ello -usted que es un ciudadano responsable y comprometido con la cultura de su país- habrá contribuido a fomentar la lectura, pues en tanto el público consumidor llena su carrito de compras con lechugas y cajas de galletas de animalitos (y hace la larga fila en las cajas), puede leer, casi de un tirón, alguna obra maestra.

Como todo en esta vida el jueguito no está exento de peros. El primero podría entenderse, en tanto el protagonista de las novelas de Brown es hombre, pero no deja de ser observable: los argumentos están formateados para un personaje principal masculino (probé con diferentes nombres de mujer e invariablemente los asoció a un personaje masculino). Y otro, que al estar basado en una formulita, al final -ingresé gran cantidad de nombres de personas, apellidos y ciudades- todos los argumentos novelísticos resultaron similares, con las únicas variantes en el nombre del personaje, la ciudades donde se desarrollaba la acción y alguno que otro detalle... como las novelas de Dan Brown. Pero bueno tampoco es para ponerse exigente (dejando de lado esas minucias), lo importante es que gracias a esta sencilla herramienta cibernética usted podrá transformarse en un maquilador de historias, pudiendo confeccionar tantos argumentos novelísticos, como nombres, apellidos y ciudades haya... ad infinitum. Claro que no todo es miel sobre hojuelas, hay que esforzarse un poquito y debe puntualizarse que una vez generada(s) la(s) sinopsis... usted tendrá que desarrollar, inventar, copypastear, refritear o lo que mejor le acomode, las otras trescientas páginas -cuando menos- indispensables para completar una obra maestra… a la Dan Brown... peccata minuta...

Aquí, algunos ejemplos de "mis obras cumbres"... refritos del refrito del refrito... novelesco danbrownesco (con algo de Harry Potter). 
La Llave del Mechero. En las cumbres del Himalaya duerme el más fascinante descubrimiento de la historia... pero revelar toda la verdad exige un precio demasiado alto. La doctora Salma Zellweger y el reportero Marichuy Ocampo forman parte del equipo enviado por la Casa Blanca a un remoto lugar de las Hurdes, con la misión de autentificar el fabuloso hallazgo de la NASA. Un descubrimiento que cambiará el curso de la historia y, de paso, asegurará al presidente su reelección: el secreto de las boñigas del lince de Brunete. Sin embargo, una vez allí, aislados en el entorno más hostil del planeta y perseguidos por La Fraternidad del Templo del Vampiro, que son unos implacables asesinos equipados con los últimos adelantos tecnológicos, lucharán por salvar la vida y averiguar la verdad. Mientras tanto, en los despachos de Ciudad de México se libra otra oscura batalla, puesto que el verdadero sentido del espacio-tiempo en sí mismo peligra claramente, en un juego de traiciones y mentiras donde nadie es lo que parece.

El Ascensor de la Tapadera. John Pickford, un pesado y desabrido preguntón, es asesinado en el hall de su museo favorito en Cincinnati y Armand Nelson, bibliotecario, acude a la policía de Bruselas para ayudar como experto. Armand forma equipo con Leo Highmore, un gran violinista, con el fin de resolver el asesinato y desenredar el misterioso secreto del Lienzo Dorado, mediante una desesperada persecución ambientada en los suburbios más escondidos de Bulgaria, y un imprevisible arreglo de cuentas contra los miembros de La Alianza de los Truhanes del Holograma Resplandeciente, en medio de una gran tensión acumulada, puesto que el destino del mundo está en juego.

Arcas y pintores. Como todo el mundo sabe, La Cuadrilla de los Guardianes del Osobuco es un temible lobby oculto. El secreto del Coronel Sanders ha estado guardado en Praga por este siniestro grupo durante doce siglos, aunque se puede descifrar en un boceto bien conservado de Cézanne. Un investigador australiano hasta las cachas, Harry Potter, lo ha encontrado de pura suerte, cuando estaba buscando otra cosa en el Google. Estalla una violenta situación en Praga, agravada por la complicada situación del destino del mundo, que se tambalea en una violenta lucha a vida o muerte.

La Panacea del Arbusto. En la sala de criptografía de la Nasa aparece apuñalado Mark Hayek –un aficionado a los papiros– con un extraño símbolo escrito con tiza en su oreja. Para el profesor Thierry Neuvic no hay duda: La Cuadrilla de los Guardianes del Osobuco, que se enfrenta a la humanidad desde los tiempos de don Quijote, ha regresado. Acompañado de Deborah, una joven agente de la CIA, y Sirius, un bibliotecario, Neuvic comienza una carrera contra el reloj mediante una búsqueda desesperada en el rastro, tropezando con todo, para aclarar el misterio del Oráculo de Delfos. Necesitará todo su conocimiento para descifrar las claves ocultas que La Cuadrilla de los Guardianes del Osobuco ha dejado a través de los siglos en unos manuscritos que hay en Montreuil y en una gasolinera de Buenos Aires, y todo su coraje para vencer al despiadado asesino, ya que el tiempo se agota y lo poco que queda de dignidad en el mundo está en peligro.

enero 05, 2010

tiempos sin inspiración


Nuestra imaginación nos agranda tanto el tiempo presente, que hacemos de la eternidad una nada, y de la nada una eternidad. Blaise Pascal

Decía Marguerite Duras: La locura es como la inteligencia: no se puede explicar. Igual que la inteligencia. Nos llega, nos inunda y entonces la comprendemos. Pero cuando nos abandona, ya no la comprendemos en absoluto. Y creo que algo parecido podríamos decir respecto de la inspiración (del amor, la pasión... y de tantas cosas más): ni se explica ni se entiende; llega de manera intermitente (salvo los dichosos que la tienen consigo permanentemente) y también, es posible que no se tenga nunca. Sería bueno, en un mundo perfecto y feliz (súper sic), que la inspiración, o como quiera llamarse a esa chispa que de pronto prende y une a tus dedos en el teclado -o en el bolígrafo- con tu mente, conduciéndote a escribir sin orden ni medida, pero también sin freno, pudiera comprarse, aprenderse y aprehenderse. Pongámonos fantasiosos. En estos días, si la tradición aún pervive, las cartas a los Reyes Magos deberían estar ya terminadas y puestas dentro del zapato a la espera de la llegada de los susodichos. He perdido la cuenta de los años que llevo sin hacer la dichosa cartita y tampoco recuerdo, cuando empecé a utilizar la expresión de "como carta los reyes magos", en vez de decir “sigue soñando” (para referirme a peticiones imposibles, sean ciudadanas, laborales, salariales o sentimentales): la carta a los Reyes Magos, como expresión de la suma de deseos imposibles. Pero -decíamos al principio- pongamos fantasiosos y supongamos que este año podemos pedirle algo a los míticos personajes oriundos del Oriente Medio (será por eso que los gringos no los acostumbran? porque los ven como ancestros de alguno de sus odiados musulmanes, por ejemplo de otro mítico personaje, Osama Bin Laden). Y como soñar no cuesta nada, fantasear es un acto que afirma la libertad, al tiempo que un magnífico ejercicio de imaginación, este año –en el cual la economía tampoco parece prometedora- haré mi carta con una sola petición a los Reyes Magos. Únicamente les pediré un poco -o un mucho, si esa es su voluntad, jeje- de inspiración. Inspiración no sólo para teclear post en este blog (y en otros sitios), sino... INSPIRACIÓN con mayúsculas y en su más amplia acepción. Inspiración para vivir y afrontar lo que sea que me depare este año, y la vida en general, y aún cuando la desesperanza (o la desazón, como acota un filósofo, líneas más abajo) aflore y parezca ensombrecerlo todo. Claro que si los Magos Aristócratas fueran dadivosos, podrían ser tan amables de dejarme, como regalo extra, un poquito de paciencia. Cualidad que me fue negada desde mi nacimiento y que en no pocas ocasiones me hace demasiada falta... la de angustias y generación extra de adrenalina, que su ausencia en mi vida, me ha causado.

"Nuestro tiempo pasará por ser el tiempo de la desesperanza. La muerte de Dios, el debilitamiento de las Iglesias, el fin de las ideologías... Sin embargo, yo lo veo más bien como el resultado de la fatiga. Se creen desesperados porque están decepcionados... Pero si estuvieran realmente desesperados no se sentirían decepcionados. Nuestro tiempo no es el tiempo de la desesperanza, sino el del desencanto. Vivimos el tiempo de la decepción [...]

"Sólo es feliz quien ha perdido toda esperanza; porque la esperanza es la mayor tortura que existe, y la desesperanza la mayor dicha […] La desesperanza no es la tristeza, no es la desdicha, sólo es el efecto de no esperar nada. A esto llamo yo la alegre desesperanza. Y esta es una verdad que vemos confirmada en la experiencia de la vida: los momentos de felicidad son aquellos en los que nos sentimos completos, en los que no esperamos otra cosa más que lo que es" André Comte-Sponville.