Una vida hervida; insípida y casi incolora; desprovista de sabores y emociones...
El 5 de diciembre de 1949 en su diario El oficio de vivir, Cesare Pavese escribió:
«En el fondo, el placer de coger no supera al de comer. Si estuviera prohibido comer como está lo otro, habría nacido toda una ideología, una pasión del comer, con normas caballerescas. Ese éxtasis del que hablan -el ver, el soñar cuando coges- no es sino el placer de morder un níspero o un racimo de uvas» Cesare Pavese El oficio de vivir*
Me pregunto si de vivir en nuestros días, Cesare Pavese suscribiría tal cual su pensamiento de hace casi sesenta años. Hoy cuando comer puede resultar más que un lujo, un imposible para miles de seres humanos que literalmente mueren de hambre; en tanto que otros deciden dejar de comer por gusto, o más bien por disgusto con la vida y consigo mismos y otros más mantienen relaciones peligrosas con la comida -desórdenes alimenticios les dicen los médicos-, al grado de que el solo pensar en comer, les provoca angustia. Comer, placer enorme; dicen que uno de los dos mayores que existen en la vida, al lado del que Pavese llamaba prohibido. No obstante, para algunas mujeres tal placer no existe, viéndolo como si fuera un mal amante; de esos con los que se mantiene una relación de amor/odio enfermiza, que se sabe patológica pero a la cual no se puede renunciar. La comida representa un objeto tan anhelado como odiado y el acto de comer está muy lejos encarnar la pasión que decía el escritor italiano. Nada más distante a la sensualidad de algo tan simple como tocar –casi acariciar- una cereza con la yema de los dedos, antes de introducirla en la boca para comerla lentamente dejando que cada uno de los sentidos se impregne de su aroma y sabor, que la forma en cómo ellas perciben el comer. En las antípodas del acto casi erótico de morder una cereza, para algunas mujeres, tener que comer resulta una pesadilla… y de las peores; de esas que acarrean culpas y miedos. La comida es vista como un pecado. Y la comida, "culpable" de buena parte de sus desazones, es al mismo tiempo un anhelo reprimido: comer sin pensar en kilos, calorías, triglicéridos, azúcares, sales… ni culpas. Solo comer, comer y comer... pero sin disfrutar el placer que conlleva, simplemente hacerlo para saciar ya no apetitos estomacales, sino vacíos emocionales... aunque de antemano se sabe no serán llenados...
“Dejé de comer a los quince años, ¿sabe usted? A los quince años empecé a alimentarme, a ingerir lo estrictamente necesario para ir tirando, verdura hervida, pescado hervido, vida hervida… Y todo por amor, que ya es triste lo imbéciles que podemos llegar a ser las mujeres, pero es que… yo creía que me moría, que me moría de pena, y de asco, y de ganas de Andrés…” Almudena Grandes. Malena, una vida hervida, pág. 77 [Modelos de mujer, Tusquets Editores, Barcelona 2001]
Malena lleva al extremo patológico su relación comida/amor. Buscando atraer a Andrés, dejó de comer y durante los 31 años siguientes vivió de verduras hervidas, polvitos disueltos en thé y frutas. Y si en la adolescencia se ayudaba a sobrellevar su estricta dieta, reviviendo en su mente el último festín de alimentos prohibidos; en la adultez ya no había atracones, ahora gozaba esos alimentos prohibidos en forma muy distinta; por ejemplo, sumergiéndose desnuda en su bañera… cuyo fondo había llenado de espaguetis tibios rociados con mucha mantequilla. Pero Andrés no aparecía y aunque otros pasaron por su vida, en su mente solo cabía Andrés y cuando 31 años después, finalmente lo tuvo en su cama... cual Penélope (la de Serrat), resulto que él NO era quien ella esperaba que fuera…
*nota: en la edición española -Seix Barral- de El oficio de vivir aparece follar en vez de coger, pero arbitrariamente lo cambié, porque el termino follar no acaba de gustarme... manías de una mexicana.