escribir

Escribir: tratar de retener algo meticulosamente, de conseguir que algo sobreviva; arrancar unas migajas precisas al vacío que se excava continuamente, dejar en alguna parte un surco, un rastro, una marca o algunos signos.[Georges Perec]

abril 30, 2009

entre cerdos también hay clases

Ahora resulta que estos simpáticos animalitos son la versión moderna de Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Un peligro para la humanidad. Que no nos vengan con cuentos. Los cerdos verdaderamente peligrosos, no son los miembros del ganado porcino. Los cerdos altamente peligrosos caminan sobre dos patas, tienen un aspecto impecable y no pocos visten trajes Armani combinados con corbatas Hermès y manejan Maseratis. Muchos, dirigen empresas de biotecnología, donde se efectúa manipulación genética, no siempre legal; presiden industrias, cuyos procesos productivos no guarddan el menor respeto por las normas ambientales… ni de ningún tipo; son dueños de bancos; fabricantes y traficantes de armas; inventores de guerras, invasores y saqueadores de otros países; especulan con capitales millonarios para desestabilizar las economías locales y luego entrar a rescatar las pequeñas empresas quebradas, adueñándose de ellas por una bicoca; son delincuentes de cuello blanco y grandes evasores de impuestos; monopolizan la generación y distribución de productos básicos; pagan bajos salarios; acaparan y/o manejan los servicios de salud, sin el menor sentido de ética, como viles mercenarios de la salud; son dueños de los principales medios de comunicación electrónica, donde ejercen la tarea informativa para manipular y adoctrinar a la población; etc. etc.…

Sin olvidar que la mayoría de las veces, estos cerdos actúan en contubernio con los gobiernos locales, los cuales no pocas veces… también están presididos por cerdos.


Ah… y como si todo ello no fuera suficiente, los cerdos altamente peligrosos no sirven ni siquiera para preparar un buen lechón, un chamorro al horno o unos tacos al pastor.


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los cerdos peligrosos usan traje


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abril 28, 2009

camus a la mexicana

"Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que esta alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir en una ciudad dichosa." Albert Camus, La peste. EDHASA 1997

Dice Perogrullo que en situaciones extremas (emergencias epidémicas, catástrofes, guerras), sale a relucir lo mejor y lo peor de la naturaleza humana. En las actuales circunstancias que vive México me es imposible evitar caer en el lugar común y traer a colación la novela de Camus. La peste, me parece, no es una mera alegoría de la desesperanza: en Orán, esa ciudad argelina olvidada de Dios, como dice alguno de sus personajes, los hombres enfrentan no solo a la peste; principalmente se enfrentan consigo mismos, con sus peores impulsos.

Lo mejor del espíritu humano, representado por quien lucha denodadamente contra la enfermedad. En el punto intermedio, la ingenuidad de quien prefiere mantenerse un poco ajeno –ignorante quizá-, pensando que así no lo tocará la desgracia, aunque termine modificando su actitud para bien. El pesimismo extremo de quien ve en la inminente muerte, ajena a su voluntad, una salida a sus propias miserias. Y en el extremo negativo, uno de los peores males de nuestra sociedad: el egoísmo, individualismo; ya sea en quien solo se preocupa por sí mismo y por satisfacer sus propios intereses (a costa de lo que sea), o de quienes lucran con el miedo y las necesidades de la población en desgracia.

Ah… y el mesianismo –y manipulación, diría yo- representado en La Peste por el Reverendo Paneloux, quien por lo menos no era televisado… Como si sucede en México; donde, si no es la misa dominical transmitida en televisión abierta, son los gritos apocalípticos, el amarillismo, maniqueismo y manipulación nuestros de cada día en los noticieros televisivos.


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Chiste bobo, que funciona como metáfora de la realidad mexicana:

¿Cuál es la diferencia entre una ePRIdemia y una PANdemia?
Que la PANdemia es una ePRIdemia que se salió de control.

[PRI partido político que gobernó México durante 70 años, PAN partido político que gobierna México desde el año 2000]

abril 27, 2009

lágrimas y chocolates

Y usted ¿cómo cura la depresión pasajera?

Anoche me tocó ejercer de paño de lágrimas; amargas lágrimas fueron vertidas sobre mi hombro por alguien a quien aprecio mucho. Una situación terrible para mi, porque evidenció una vez más, mi torpeza en la materia. ¿Qué puede hacerse o decirse cuando alguien llega a tu casa en un mar de lágrimas, por causa de un tercero? Por mas ecuánime que una quiera ponerse e intente atenuar con palabras el pesar de un ser querido, es imposible hacerlo; estuve a punto de repetirle una frase que leí por ahí y que me aprendí como si de un Mantra se tratase.

"Cuando un hombre que está vivo te hace llorar, hay que dejarlo. Sólo se llora por los amantes muertos" Clara Obligado

Pero no lo hice; me limité a escuchar sus lamentos, darle apapachos y pasarle una caja de pañuelos desechables. Y cuando atiné a decirle algunas cosas, una vez que su llanto cesó, estas fueron estúpidas e inútiles en su mayoría. En casos así, una se siente la peor de las compañías, la más tonta de las amigas; una quisiera enarbolar sentidos discursos en los que el ser desconsolado encontrara un poco de alivio a su penar. Pero no puede. Y mientras veía como lloraba y bebía traguitos de vino (que también llevó a mi casa, junto con su mar de llanto) yo me acordaba de esas tragicómicas imágenes que pueblan el cine y la televisión; esas que nunca me ha tocado presenciar, menos protagonizar, en la vida real.

En muchos programas de televisión y filmes estadounidenses, el nivel de depresión femenina se mide en función del tamaño del bote de helado que acompaña a la protagonista. Tanto si la dejó el marido, novio o amante, como si se peleó con su madre o ésta le dijo que nunca la había querido; porque perdió su empleo o padece síndrome premenstrual... pero casi de manera inevitable, la chica de la película termina en la cocina con un gran bote de helado, el cual devora como posesa [
el mejor amigo de la depresión femenina]. Dejando de lado los análisis médicos, científicos y/o psicológicos, en los que de manera seria se analizan los vacíos emocionales/afectivos y su relación con los desórdenes alimenticios, siempre que uno ve a la rubia espectacular llorando a lágrima viva mientras se engulle una libra de helado, no puede evitar decirse que eso sólo puede ocurrírseles a las mentes brillantes de Hollywood, porque en la vida real nadie puede tener estómago para sentarse a devorar medio kilo de helado, cuando acaba de encontrar a su pareja en la cama con otra/otro (además de que tontamente imagina que a las rubias o castañas espectaculares... esas cosas no les pasan). En lo que mi concierne, ante un hecho intempestivo de naturaleza semejante, la primera sensación que registro es una especie de nudo en la garganta, acompañado de cierto nivel de crispación; de tal suerte que no concibo ánimos para atragantarme de helado. Claro que cada quien curará sus depresiones y paleará o engañará sus pesares de manera distinta. Quizá llorar mientras se come helado, resulte menos ingrato que sólo llorar desconsoladamente junto a una caja de pañuelos desechables y a una amiga inútil... como yo.

En mi caso, yo lloro para destrabar el nudo de mi garganta, pero lo hago en privado; después podrán venir otras formas de desahogo y más tarde, cuando lo haya superado, quizá hasta escriba un post narrando mis tragedias... mientras me como un chocolate amarguísimo; digo, nada más para ver si es cierto que el
chocolate puede excitar más que unbeso apasionado... y luego no quieren que la gente busque consuelo o sustitutos... en la comida.


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En fin. México en emergencia sanitaria y yo divagando en los dramas de mujeres al borde de un ataque depresivo...

abril 23, 2009

ecuación perfecta

Odette siempre fue una chica inteligente y sensata; lo suficiente para entender que la inteligencia teórica no garantizaba per se la felicidad, por lo que a temprana edad empezó a combinar afanes teórico-académicos con una exhaustiva práctica en las lides amorosas. Tanta dedicación dio sus frutos y a los 21 años, junto con su diploma de graduación, podía presumir una respetable colección de ex-novios. Quienes, a su decir, destacaban no por ser los más guapos o adinerados, sino por su remarcable inteligencia y experiencia. Y como normalmente la experiencia solo se adquiere con los años, los novios de Odette compartían otra característica: ser considerablemente mayores que ella. Así que no resultó extraño cuando un buen día decidió irse a vivir con Alberto; él poseía las características que ella más valoraba: Doctorado en Matemáticas y Concertista de Piano… y quince años mayor. Es el hombre perfecto, decía ella. Como un plus, Alberto contravenía la creencia de que los científicos y los artistas odian el futbol, por considerarlo estúpido; él podía poner la misma pasión en los intrincados caminos de un modelo matemático que en las notas de Chopin o en la contemplación de 22 hombres corriendo tras un balón. Desde luego que Odette no adoraba el futbol, pero le parecía que esta afición de Alberto le quitaba el aire de inaccesibilidad… “hasta parece normal”, solía bromear su hermano mayor, a quien los científicos le parecían demasiado complicados. El hombre perfecto y la inteligente mujer ¿la ecuación perfecta? Al principio así parecía. Ambos respetaban sus respectivos espacios y tiempos; convivían lo suficiente, pero sin asfixiarse. A ella le resultaba admirable ver cómo, después de pasarse el día entero en el Instituto de Matemáticas, él tenía ánimos de ensayar toda la noche en preparación de un concierto, cuando el programa musical de la Filarmónica requería de su participación y le parecía normal que los sábados estuviese cansado para acompañarla al supermercado, que se olvidase de sacar a los perros o que los domingos, cuando no tocaba con la Filarmónica, se pasara el día tirado en la cama viendo los partidos de la liga italiana de futbol -algunos domingos hasta lo acompañó-, mientras ella intentaba, sin mucho éxito, cocinar para ambos.

Al principio todo parecía nuevo y sorprendente, pero con el paso del tiempo el encanto empezó a desdibujarse: por más tapones que se ponía en las orejas, los repetitivos acordes pianísticos le cansaban y no la dejaban dormir; descubrió que los matemáticos están en otra dimensión para atender simplezas tales como el pago puntual de las facturas domésticas; empezó a hartarse de vagar sola por esa inmensa y fría casa; los perros también se sentían solos y no la dejaban tranquila; estaba claro que la cocina era un arte en el que ella jamás descollaría y los futbolistas italianos, por más guapos que estuvieran, no lograban interesarla al grado de aguantar toda la jornada dominical. Pero sobre todo, estaba el perenne cansancio de Alberto, quien al entrar en la cama estaba demasiado exhausto de jugar con modelos matemáticos y aporrear el piano, como tener ganas de algo que no fuera dormir. Tres largos años viviendo así, eran demasiado para ella; no para él, quien se sentía mejor que nunca: vivía con una mujer autosuficiente e independiente, que no hacía reclamos de ningún tipo, quien había resultado una excelente administradora doméstica y una encantadora anfitriona, para recibir a los músicos de la Filarmónica después del concierto dominical. ¿Qué más podía pedir? Nada. Y menos, esperar que Odette le planteara la separación ¡Cómo! Si vivían en perfecta armonía, sin más estridencias que los ocasionales ladridos de los perros y las notas apasionadas de Chopin. ¿Cómo era posible que ella deseara abandonar esa hermosa casa, donde el espacio les permitía tal independencia que había días en que ni se cruzaban? ¿dejaría tanta comodidad, para irse a instalar a un minúsculo departamento? Qué ¿a poco no lo iba a extrañar? ¿y los perros, ahora quién los sacaría a pasear? ¿quién iría al supermercado? ¿quién le recordaría el vencimiento de pagos? A saber pensaba Odette, mientras terminaba de meter sus cosas en la cajuela del coche; tras lo cual, le dio un beso al pasmado Alberto y salió de su vida para siempre, no sin antes prometerse que su próxima pareja podría ser cualquier cosa… menos matemático y concertista… hasta un futbolista estaría bien…



Imagen Café au Chateau de Roussan. Jocelyn Audette

abril 20, 2009

llamadas de media noche

Creía que no habría pena más grande que sentir el corazón roto; también, que yo sería más propicia a sufrir a causa de ello, antes que a romper el corazón de alguien más y por último, en esta lista de creencias absurdas, estaba aquella que aludía a que solo los canallas te pueden romper el corazón; nunca los seres decentes. Craso error. La única vez que me han roto el corazón, no fue ningún canalla, sino uno atento, detallista, tierno, cariñoso. G. es una finísima persona como les digo yo; provisto de todas las cualidades que se puedan desear en una pareja. Y sin embargo, con esa misma exquisitez rompió mi corazón; con la precisión de un escalpelo suizo, sin una rasgadura extra; al centro y de manera profunda. Nunca le guardé rencor, ni exhibí en público mi penar. Jamás; mi maldito orgullo pudo más que el dolor, por mucho que me sintiera el ser más desgraciado de la tierra. Y si logré sobrevivir a esto, pensé, ya nada peor podría pasarme. Cuán equivocada estaba.

Ingenuamente había creído que al mudarme de casa, lejos de mi familia y de los lugares que nos fueron comunes a D. y a mí, por fin dejaría de adivinar su sombra por entre los árboles de ese inmenso parque en el que más de una noche se ocultó, como si yo no pudiera verlo de reojo mientras cruzaba a toda velocidad, temiendo que en cualquier momento saliera de su escondite y me diera alcance. Quizá eso habría sido mejor que sentir su presencia siempre cercana, como una sombra. Al acecho, vigilándome o cuidando que nadie se me acercara; lo que haya sido, la sensación era angustiante. Y ni por equivocación se lo conté a mi familia; solo hice lo único que pude: irme a vivir lejos, instalarme en un entorno talmente distinto; impersonal y frío. La excusa ante mi familia fue simple: transportarme a mi trabajo resultaría más fácil y rápido, pues el nuevo domicilio y la sede de mi empleo se ubicaban en puntos cercanos de la misma avenida. Acostumbrarme a vivir sola no resultó sencillo, sobre todo porque en esa nueva colonia cuyas calles llevan nombres de ciudades estadounidenses, al haber más oficinas y corporativos que casas habitación, las noches y los fines de semana son silenciosos y las calles solitarias. Pero sobreviví a la soledad; al miedo inicial de caminar a las diez de la noche por esa larga y solitaria calle interior que me llevaba a mi nuevo domicilio; sobreviví a no tener con quien hablar antes de salir a trabajar, ni por las noches al regresar cansada y hambrienta y logré dormir sin temor a ruidos extraños. Un año más tarde, yo estaba completamente adaptada y contenta en mi nueva vida... hasta esa madrugada.

Como si no hubiera sido suficiente ser despertada por el timbre del teléfono a las tres de la mañana, escuchar la voz de D. repitiendo mi nombre con ansiedad... fue demasiado. Lo último que esperaba. Sé que ninguna llamada a esa hora puede ser para algo bueno, pero creo que en medio de mi somnolencia hubiera sido menos impactante la notificación de algún accidente familiar, que oírlo a él. No era solo que fuera él, era el tono de su voz, que parecía provenir de la más profunda oscuridad; era la voz de un hombre molido. Quizá solo era el whisky que debía traer dentro, pero lo cierto es que su voz parecía desprovista de vida, era como un gemido doliente y suplicante, que inevitablemente me estremeció. Y por primera vez sentí miedo de él; ni siquiera en aquellas noches que lo sabía siguiéndome a distancia en el parque solitario, mi corazón latió tan de prisa como esa madrugada. Sus palabras fueron breves pero contundentes; posiblemente una mera pretensión chantajista, pero me asustaron como pocas cosas. Apenas recuerdo que le contesté; después de repetirme alguna otra suplica, escuchó mi petición y por fin colgó. Entonces, un impulso me llevó a asomarme por la rendija de la cortina, mejor no lo hubiera hecho: adosado en el edificio de enfrente, justo frente a mi ventana estaba él. Asustada, casi tambaleante volví a la cama y me tapé hasta las orejas, como si así me pusiera a salvo. No conseguí dormir bien; ni esa ni las siguientes noches, cuando en más de una ocasión lo vi sentado en la parte trasera del autobús en el que yo volvía a casa. A mi miedo empezó hacerle compañía otra sensación mucho peor: culpa; creer que de alguna forma yo había contribuido a que ese hombre, otrora cínico y seguro de si mismo, pareciera tan perdido y actuara de tal forma. Yo no podía ayudarlo, pero lejos de sentir rabia y ganas de denunciarlo, solo sentía pena por él. Una inmensa pena que me hacía sentir mal; mucho peor que cuando el fino escalpelo de G. rompió mi corazón. Jamás podría amar a D. y solo diciéndoselo sin atenuantes, dejaría de sentirme miserable. Pero pensé en su reacción; la sola idea de verlo, de estar a solas con él, me producía temor... y volví a mudarme de casa; dos veces.

abril 17, 2009

seres intangibles

Anoche hablaba por teléfono con mi padre y de pronto la plática derivó en una especie de lamento de parte de éste, pues mis hermanas se la "viven pegadas" a la computadora. “Pero no porque estén estudiando, m´hijita”. No; nada de eso, insistía mi padre, “tus hermanas se la pasan platicando, con seres que nadie, ni siquiera ellas, ha visto nunca y de quienes hasta su nombre desconocen” Pobrecitas, me dan ternura... parecen loquitas

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Usted me pregunta si no estaré un poco loca; si a mi edad no me da pena platicar con alguien a quien no puedo ver, ni tocar, casi como se hace con los amigos imaginarios, cuya existencia solo es tolerable hasta cierto punto y siempre y cuando, uno no rebase los ocho años de edad.

Pues mire usted si seré alrevesada, pero sucede que de pequeña nunca tuve un amigo imaginario. Extraño pensará usted, siendo como era yo, una niña solitaria. Pero así fue. Con tantos cuentos infantiles ingeridos y digeridos (desde la ñoñez de los patitos Hugo, Paco y Luis, pasando por las hadas y princesas de Charles Perrault, hasta llegar a las tristísimas historias de Hans Christian Andersen), ni quién pensara en amigos imaginarios. Y resulta que ahora, lejanos ya mis días de jardín de niños y escuela elemental, vengo a tener lo que podría ser un símil del amigo imaginario. ¿Le parece anacrónico? Pues más se lo parecerá saber que me gusta esta relación con mi imaginario amigo... imaginario. Aunque imaginario, lo que se dice imaginario, no es; más bien yo diría que es intangible -así como el amor, para que me entienda. Ese amigo tiene nombre y apellido; sexo y preferencia sexual; rostro, cuerpo, sentimientos e imaginación. Que yo no pueda verlo, menos tocarlo, no evita que él esté por ahí, en algún lugar más allá del ciberespacio.

Insistirá usted ¿pero en concreto, cómo sabes que existe? La respuesta es simple, lo sé por sus palabras, por el tiempo que se toma en leer y comentar las mías. Y sobre todo, porque en muchas ocasiones la fuerza, la pertinencia o la ternura de esas palabras, ha contribuido a mejorar mi día; ya sea arrancándome una sonrisa, haciéndome reflexionar o, por qué no decirlo, ayudándome recordar que bajo mi capa de cinismo y aparente sobriedad, late el corazón de una sentimental y chillona incurable.

Así que ya no me pregunte, ni insista en llevarme a ver a ese señor de bata blanca en cuya oficina hay un diván y una gran foto de un tal Dr. Sigmund Freud. Se lo repito, ese amigo no está en mi imaginación y además, ya le dije que no es imaginario; es intangible.

Ah… casi me olvidaba decirle otra cosa... no es uno solo; en realidad son varios seres, más de los que usted se pueda imaginar…

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Gracias a todos ustedes, seres intangibles pero reales, por estar aquí y aguantar mis divagaciones, cinismos, desánimos y cursilerías varias.




Y para que vean que no soy ninguna una amiga imaginaria, aquí estoy... después de estilizar mi cabello y no, no traigo el camisón, ni estoy medio dormida... es que el aire caliente de la secadora me lastima los ojos.


abril 14, 2009

a fuerza de escribirlo sucede?

Mi ánimo no anda en sus mejores días; sé que debería ser lo suficientemente discreta para guardármelo, en lugar de usarlo como justificación para no postear ninguna de mis acostumbradas divagaciones; pues, de hacerlo, acabaría posteando algo bastante tristón y quienes hacen el favor de pasar por aquí, no tienen ninguna necesidad de andar leyendo cosas así... ya con sus propios pesares tendrán suficiente, como para encima venirlos a complementar con las desventuras ajenas. Aunque este blog unca ha pretendido ser “un club motivacional” y su lema jamás ha sido "únete a los optimistas”, creo que todo tiene sus límites… hasta la tristeza. Entonces, ustedes se preguntarán y con justa razón ¿y si la anfitriona no está de ánimo, por qué mejor no va y mete su cabecita en la arena o simplemente hace mutis, en lugar de estar escribiendo estas insensateces? Eso sería lo más prudente… si la anfitriona fuera una personita prudente.
Pero hablando de las cosas que suceden sin que uno las desee -como andar un poquito desanimada-, recientemente me topé con esta cita:
"a fuerza de escribir cosas horribles [éstas] acaban sucediendo” *Michel Simon en Drôle de drame

¿Extremismo? ¿Un escritor demasiado desencantado con la vida, o quizá solo demasiado realista, que nos quiere vender su visión del infortunio? No lo sé. Cuesta creer que los novelistas, cuentistas, ensayistas, etc., cuya temática recurrente está dominada por el infortunio, en lugar de que al escribir exorcicen sus demonios internos –como cabría pensar-, lo que hagan sea vaticinar hechos que tarde o temprano sucederán. Escritores, no adivinos, que a través de sus letras pre-dibujan el futuro... un futuro de desgracias y miserias.

Lo que la cita no mencionaba, era si a fuerza de escribir cosas bellas o de describir la felicidad, éstas también acaban sucediendo. De ser así, bastaría con evitar escribir el horror y las tragedias para conjurar su advenimiento; sustituyéndolos por la escritura de cosas lindas y placenteras. La fórmula perfecta para un mundo feliz. ¡Y a vender pedazos de futuro radiante se ha dicho!... ¿Se lo envolvemos para regalo?

Y para no romper el tono no-feliz, aunque libre de las desventuras de la anfitriona, termino con otra cita que contradice o quizá complementa a la primera; ustedes dirán.
"Estabas orgullosa de que yo fuera escritor. A tu juicio, no hay nada mejor. Fuiste tú la que me enseñó a leer y me inculcó el amor a los libros. Pero no te gustó la clase de escritor en que me he convertido, el tipo de libros que he escrito. Habrías querido que fuera un escritor como, no sé, Érik Orsenna : un hombre feliz o que, en todo caso, lo parece. A mí también me habría gustado. No he podido elegir. Recibí como legado el horror, la locura y la prohibición de expresarlos. Pero los he expresado. Es una victoria". Emmanuel Carrère Una novela rusa pág. 293-294







foto: Rock-n-roll sur les-quais de París Paul Amasy

abril 12, 2009

amélie-san... y yo

Mi primer trabajo "oficial" significó mi ingreso formal a la adultez, algo que infiero para nadie resulta sencillo ni olvidable. Y no obstante, mi memoria caprichosa decidió sepultar y dejar sumida en la bruma del olvido, esa temporada tan poco grata. Así había sido hasta que leí Estupor y Temblores, tan sencillo y agradable; pleno de sutil ironía. Conforme iba discurriendo por las desventuras de Amélie-san, regresé sin más a mi primera experiencia laboral. Desde luego nuestras historias no son iguales, pero hay más de una similitud, sin importar que Amélie la hubiera vivido en una empresa que representaba la quintaesencia del valor y el honor empresarial japonés y yo la padeciera en un cuchitril enclavado en el Centro Histórico de la Ciudad de México. Amélie sufrió en el piso 44 de una impresionante torre desde cuyos ventanales se dominaba Tokio, lo que le permitía fantasear con escapar saltando al vacío. Yo sobreviví a los 13 meses más espantosos de mi vida, en el octavo piso de un vetusto edificio. Trece largos meses sumida en una especie de autismo; tragándome frustraciones, deseos de llorar o ganas de mentarle la madre el tipo que fungía como mi jefe. Orgullosa -y tonta seguro-, me negaba a mostrar inmadurez o debilidad ante mi familia, así que cuando mi abuela preguntaba por mi empleo, yo respondía que la cosa iba bien. Viéndolo en retrospectiva, quizá no fue estoicismo o prudencia lo que me impulsó a mantenerme ecuánime ante el encargo de trabajos cada vez más insufribles e inútiles, sino la creencia en mi obligatoriedad del pago de una cuota, por ingresar al selecto grupo de la «población económicamente activa».

«De niña soñaba con ser Dios, luego disminuí mis ambiciones y deseé ser mártir... [...] y descendiendo en los escalones de la dignidad, acabé ocupándome de los retretes masculinos del piso 44 en la empresa Yumimoto. Uno puede extasiarse sobre este recorrido inexorable de la divinidad hasta los retretes. Suele decirse de un cantante capaz de pasar de soprano a contralto, que posee una amplia tesitura: me permito subrayar la extraordinaria tesitura de mis talentos, capaces de cantar en todos los registros, tanto en el de Dios como en el de Madame Pipí» Amélie Nothomb Estupor y temblores.

Distante y a la vez parecida, nuestra primera experiencia laboral. Amélie tenía el consuelo de mirar la subyugante hermosura de su jefa Fabuki, a quien describe como una criatura celestial. Yo no. Rogelio -mi Fabuki mexicano- distaba mucho de ser un tipo ya no digamos guapo, sino afable. Creo que me odió desde el momento en que me presentaron con él y le dijeron que yo cursaba el último año de la Universidad en la Facultad de Ciencias Políticas, al escucharlo su único comentario fue: "ah, esa escuelita donde no les enseñan a hacer nada más que leer". Y de ahí en adelante todo fue mirarme por encima de la superioridad de su hombro de Contable experto en sumas, restas y estados financieros. Amélie padecía con la calculadora para convertir en yenes facturas calculadas en marcos alemanes, pero al levantar la mirada se encontraba con la ensoñadora belleza de Fabuki; en cambio, si yo despegaba la vista de los libros en los que me tenían ocupada -para evitar que mi cerebro divagara- me encontraba con Rogelio intercambiando comentario obscenos con el señor que le lustraba el calzado, mientras miraban la Página 3 del Ovaciones -periódico deportivo que merced a su página 3, es conocido como el playboy de los pobres. En un principio intenté comprender a ese hombre cuyo universo parecía reducirse a los libros contables y el futbol. Traté, sin resultados. Nunca logramos entendernos. Él no parecía sentirse a gusto con mi presencia y a mí me incomodaba hasta su forma de mirarme; esa mirada lasciva que de solo posarse en mi me hacía sentir sucia. Amélie fue degradada porque se atrevió a tomar la iniciativa, a pensar por sí misma. Yo ingresé ya degradada: mi labores se ubicaban en esa esfera que el imaginario popular mexicano denomina la congeladora. No servían para nada, pero consumían mucho tiempo y requerían cierto nivel de concentración, con lo cual se evitaba que el empleado desperdiciara tiempo en pensar. Eso creía mi jefe y cada día, incrementaba la carga de mi tortura con nuevos y pesados libros financieros. Y yo sumaba como autómata, mientras mi mente viajaba a lugares muy distantes, esas ciudades que soñaba conocer y en las que fantaseaba estar para soportar esos ingratos momentos. Amélie compadecía a su jefa, pese a que la trataba con despectiva cortesía y no perdía oportunidad para restregarle la inferioridad de su cerebro occidental. La veía esclavizada a su trabajo, pues por ser mujer -una de las cinco que trabajaban ahí, junto a un centenar de hombres- tenía que esforzarse el doble para demostrar su valía y no le quedaba tiempo para tener una relación, menos encontrar marido, su nada oculto deseo.


Amélie aguantó exactamente un año, el tiempo estipulado en su contrato; pues habría significado una mayor deshonra claudicar siete meses antes, el día que Fabuki decidió asestarle la última humillación degradándola hasta el último puesto de la escala laboral, poniéndola como encargada de la limpieza de los baños. Al finalizar el contrato, Amélie se despidió de cada uno de sus muchos jefes con sonrisitas y agradecimientos; casi pidiéndoles disculpas por no quedarse más tiempo. Por mi parte, aguanté mis trece meses de confinamiento en ese rincón lleno de polvosos libros, como un ratón de biblioteca pero sin ni una sola cosa interesante que leer. Nada es más terrible que hacer un trabajo que no solo no te gusta, sino que además, es tan absorbente como inútil. El día que dije adiós al piso ocho estaba tan feliz de hacerlo y al despedirme de mi jefe, el muy cínico todavía se atrevió a decirme “ahora que ya no trabajarás conmigo, a ver si un día de éstos vamos a comer”.

Epílogo.
Amélie Nothomb
abandonó el piso 44, la empresa Yumimoto y Tokio; regresó a Europa y trece meses más tarde, publicó su primer libro -un éxito de crítica y público. Y desde entonces no ha parado esta prolífica escritora belga, quizá más reconocida en Francia -donde es publicada- que en su propia tierra. Por lo que respecta a mi, abandoné el piso ocho y ese vetusto edificio; ingresé a un trabajo menos ingrato, con un jefe infinitamente más inteligente y culto, quien me hacía trabajar como hormiguita pero del cual aprendí mucho. Sin contar obligaciones escolares, no he escrito ningún libro… apenas soy una sobreviviente.


Mil disculpas por este texto tan largo.


Estupor y temblores, de Amélie Nothomb.

Título: Estupor y temblores
Editorial: Anagrama
Año publicación: 1999
Temas: Literatura : Narrativa
Estupor y temblores, refiere a la sensación que debía provocar el Emperador de Japón en sus súbditos.











imagen: Cartel del film Stupeur et tremblements basado en el libro aquí comentado

abril 09, 2009

dedicatoria amorosa

¡El amor¡ ¡Temible y extraño dueño!
Dichoso quien ni de oídas, ni por
propia experiencia lo conoció!
J. La Fontaine El león enamorado


Al calor de la pasión suelen decirse y prometerse cualquier cantidad de barbaridades. Por más que de pequeño le hayan inculcado a uno no prometer lo que no podrá cumplirse... ahí va uno a jurar amores eternos; prometer lunas, estrellas; galaxias enteras. Al fin que prometer no empobrece (este dicho debe estar patentado por los políticos). Esto es un lugar común. Pero hay de promesas a promesas, por veladas que estén, como hay de dichos a escritos...

"Amor, ¿recuerdas la maravillosa edición de obras completas de William Shakespeare que me regalaste, una publicación de Oxford en papel biblia, con filos dorados y letras capitulares góticas, de suaves láminas coloreadas y un significativo prólogo de Sybil Thorndike? ¿Recuerdas, lo compraste en Londres? ¿Recuerdas la hermosa y breve dedicatoria que me pusiste: «Por ti, moriría»?
Bueno amor, pues ha llegado el momento: muérete."

[René Avilés Fabila Dedicatoria amorosa. En Todo el amor. Ed Aldus México1998]

abril 06, 2009

el diablo enamorado

Has sido castigado en el tiempo, has sufrido bastante porque fuiste el ángel del mal. Pero amaste una vez; entra en tu eternidad. El mal ya no existe" [de un poema de Alfred de Vigny]

Inicia la conmemoración de la Semana Santa y yo estoy algo más confusa de lo usual, merced a la falta de sueño que me ocasiona el inicio del horario de verano; quizá por ello me vino a la mente el amor, aunque no precisamente el amor divino. El pensar en el diablo enamorado, equivale a despojarlo de toda su aura de temible y maligna grandeza; en pocas palabras, es ponerlo a la altura de cualquier simple mortal victima del mal de amores; uno más de los muchos que pululan(amos) por este mundo. Algo contra-natura, digno de alguna película del género fantástico o cómico made in Hollywood y de hecho por ahí existen algunos churritos alusivos al tema, o de una novela fantasiosa. Y así es. Con antelación a la invención del cine, en 1772, un casi desconocido escritor llamado Jacques Cazotte tuvo la ocurrencia de escribir una fantasiosa novelita en la que el personaje más importante no era el héroe de la historia (Don Alvaro), sino El diablo enamorado.

"¿Qué ha de preferir el hombre, a un Dios que muere por él, o a un Demonio que vive para él? ¿Qué prefiere el hombre, un padre que le indica el camino o una mujer que lo acompaña por él, compartiendo sus suertes y sus peligros?"

Paula Ruggeri El Paraíso Renacido

Ya lo decía, concebir al Señor del Averno enamorado y sufriendo por causa de desprecios amorosos... nomás en el cine y en la literatura. En el año 2000 vi la película de Roman Polanski La novena puerta y ésta me llevó -a insistencia de la amiga con la que vi el film, impenitente fan de Arturo Pérez Reverte- a leer el libro en el cual se basó Polanski; fue ahí -en El Club Dumas- donde supe de El Diablo Enamorado; de más está decir, que el título del libro citado me provocó una enorme curiosidad y me di a la tarea de enontrarlo. Ardua -y nada barata- fue dicha tarea. El resultado: una novela sencilla, cero pretenciosa; que de no ser por la presencia del demonio, no resultaría nada diferente a las que pueblan la época en que fue escrita y publicada. Es la historia de Alvaro -joven, guapo, rico y de buena familia, como mandaban los cánones previos a la Revolución Francesa-, quien lucha por mantenerse firme en sus principios y ser fiel a su novia, ante el riesgo de caer en la tentación vestida de una hermosísima y muy solícita mujer. Pero el buen Alvarito -algo badulaque si me permiten la expresión, amén de harto dependiente de su madre-, no puede llamarse sorprendido o timado, pues desde el inicio de su relación sabía perfectamente que semejante belleza no podía ser "normal"... habiéndola conocido como la conoció: por quererse pasar de listo, invocó al demonio y con tan buen tino, que éste se le apareció en forma de esa bella mujer [de acuerdo, alguna confusión le queda, quizá a consecuencia del deslumbramiento provocado por la extraordinaria luz que acarreó consigo la aparición de la hermosa mujer]. De ahí en adelante puede intuirse la trama: doña diablita (Doña Diabla no, porque me recuerda a María Félix, je), bautizada por Alvaro como Biondetta, dedicará todos sus afanes y utilizará todos sus encantos para seducir al reticente joven y apoderarse de su alma, por supuesto. Y Alvaro desdeñará sus ruegos amorosos, causándole un gran dolor a la susodicha, quien derrama amargas lágrimas merced a esos desprecios del guapo joven. Pero aún con lagrimas y lamentos, Biondetta no ceja en su empresa, incluso enfrenta algunas rivales, pues Alvarito era lo que mi madre llamaría "un buen partido" y tenía más de una pretendienta; lo cual adereza esta curiosa y fantasiosa historia, pues hasta algún desgreñón protagonizan las celosas féminas.

“…el hombre salió de un puñado de barro y agua. ¿Por qué una mujer no habría de estar hecha de rocío, vapores terrestres y rayos de luz, de los condensados residuos de un arco iris? ¿Dónde reside lo posible…? ¿Dónde lo imposible?” [Jacques Cazotte, El diablo enamorado]
Y si el diablo se enamoró o no, eso lo decidirá cada lector; pero a uno le queda la idea de que por andar en lides amorosas, él casi se olvidó quién era, arriesgándose a perder algo más que el alma de Alvaro. Como si la metáfora de El Diablo enamorado fuera: La mujer es una peligrosa tentación, pero el amor es un riesgo mucho mayor. Y después de El diablo enamorado y aún sin ser ni remotamente una feminista recalcitrante, es imposible no pensar en que a más de 200 años de distancia, hay prejuicios que no han desaparecido del todo; hoy todavía hay quienes -y no me refiero al cine- ven a la mujer como la encarnación del mal, como la causante de la perdición de los hombres.

Finalmente: un comentario, Biondetta se me figuró una especie de antecesora de la femme fatal del cinèma noir; seguro solo son fijaciones fílmicas mías; y un breve párrafo:


"Álvaro, convencido de que Biondetta no era un fantasma y de que tenía la misma vida que él, llora amargamente y se lamenta de modo tal, que renuncia a la vida si ella muere, pero si se salva: “Si me eres devuelta seré tuyo, reconoceré tus beneficios, coronaré tus virtudes, tu paciencia; me ligo a ti con los lazos indisolubles y cumpliré con mi deber de hacerte feliz mediante el sacrificio ciego de mis sufrimientos y voluntades” (Jacques Cazotte, El diablo enamorado, Cap IX, p. 204).





Jacques Cazotte, El diablo enamorado, Siruela, Madrid, 2005

abril 03, 2009

emigrados

Soy una emigrada. ¿Puede esa emigrada añorar su lugar de nacimiento y goce de primera infancia, cuando hace tanto lo dejó atrás?

Intento revivir en mi mente ese pequeño pueblo serrano donde nací, ocasionalmente consigo recrear la barranca que corría a la orilla del pueblo, atrás de la casa de mis padres; casi puedo escuchar el correr del agua al deslisarse por una pequeña cascada; ver esas florecitas silvestres, con forma de campanitas y color azul casi morado, que mi padre gustaba hacer sonar con la boca a manera de silbato, mientras recorríamos a caballo los caminos que circundaban ese pequeño pueblo. Mi padre, el jinete; yo, un pequeño bultito delante de él, agarrada fuertemente a la cabeza de la silla de montar; asombrada y feliz, con los ojos como plato –eso decía él- descubriendo colores, sonidos y aromas.

¿Cómo puedo recordar algo que sucedió hace tanto tiempo y hasta ese particular silbido de la flor al contacto con la lengua de mi padre; pero sobre todo, cómo puedo añorar esa mezcla de dicha infantil y adrenalina que me producía el galope del caballo?

¿En verdad estoy recordando algo que sucedía cuando yo contaba tres años de edad? ¿O solo es algo que me gusta creer que sucedió, porque en esa época ubico la mayor cercanía física y emocional con mi padre? (a mi hermano no le gustaba andar a caballo, le daba miedo que mi padre lo trajera como un apéndice mientras recorría el campo, a veces a todo galope).


“Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás más irresistible es la voz que nos incita al regreso […] Esta sensación, este deseo invencible de regresar le descubre de golpe la existencia del pasado, el poder del pasado, de su pasado; en la casa de su vida han aparecido ventanas, ventanas abiertas hacia atrás, a lo que ha vivido; ya no podrá concebir su existencia sin esas ventanas.”
[…]
“[Ulises] Durante veinte años no había pensado en otra cosa que en regresar. Pero, una vez de vuelta, comprendió sorprendido que su vida, la esencia misma de su vida, su centro, su tesoro, se encontraban fuera de Ítaca, en sus veinte años de andanzas por el mundo. Había perdido ese tesoro y solo contándolo hubiera podido reencontrarlo” Milan Kunera La Ignorancia





Camille Pissarro Jour gris, Bords de l'Oise

abril 01, 2009

la vida hervida

Una vida hervida; insípida y casi incolora; desprovista de sabores y emociones...


El 5 de diciembre de 1949 en su diario El oficio de vivir, Cesare Pavese escribió:

«En el fondo, el placer de coger no supera al de comer. Si estuviera prohibido comer como está lo otro, habría nacido toda una ideología, una pasión del comer, con normas caballerescas. Ese éxtasis del que hablan -el ver, el soñar cuando coges- no es sino el placer de morder un níspero o un racimo de uvas» Cesare Pavese El oficio de vivir*


Me pregunto si de vivir en nuestros días, Cesare Pavese suscribiría tal cual su pensamiento de hace casi sesenta años. Hoy cuando comer puede resultar más que un lujo, un imposible para miles de seres humanos que literalmente mueren de hambre; en tanto que otros deciden dejar de comer por gusto, o más bien por disgusto con la vida y consigo mismos y otros más mantienen relaciones peligrosas con la comida -desórdenes alimenticios les dicen los médicos-, al grado de que el solo pensar en comer, les provoca angustia. Comer, placer enorme; dicen que uno de los dos mayores que existen en la vida, al lado del que Pavese llamaba prohibido. No obstante, para algunas mujeres tal placer no existe, viéndolo como si fuera un mal amante; de esos con los que se mantiene una relación de amor/odio enfermiza, que se sabe patológica pero a la cual no se puede renunciar. La comida representa un objeto tan anhelado como odiado y el acto de comer está muy lejos encarnar la pasión que decía el escritor italiano. Nada más distante a la sensualidad de algo tan simple como tocar –casi acariciar- una cereza con la yema de los dedos, antes de introducirla en la boca para comerla lentamente dejando que cada uno de los sentidos se impregne de su aroma y sabor, que la forma en cómo ellas perciben el comer. En las antípodas del acto casi erótico de morder una cereza, para algunas mujeres, tener que comer resulta una pesadilla… y de las peores; de esas que acarrean culpas y miedos. La comida es vista como un pecado. Y la comida, "culpable" de buena parte de sus desazones, es al mismo tiempo un anhelo reprimido: comer sin pensar en kilos, calorías, triglicéridos, azúcares, sales… ni culpas. Solo comer, comer y comer... pero sin disfrutar el placer que conlleva, simplemente hacerlo para saciar ya no apetitos estomacales, sino vacíos emocionales... aunque de antemano se sabe no serán llenados...

“Dejé de comer a los quince años, ¿sabe usted? A los quince años empecé a alimentarme, a ingerir lo estrictamente necesario para ir tirando, verdura hervida, pescado hervido, vida hervida… Y todo por amor, que ya es triste lo imbéciles que podemos llegar a ser las mujeres, pero es que… yo creía que me moría, que me moría de pena, y de asco, y de ganas de Andrés…” Almudena Grandes. Malena, una vida hervida, pág. 77 [Modelos de mujer, Tusquets Editores, Barcelona 2001]

Malena lleva al extremo patológico su relación comida/amor. Buscando atraer a Andrés, dejó de comer y durante los 31 años siguientes vivió de verduras hervidas, polvitos disueltos en thé y frutas. Y si en la adolescencia se ayudaba a sobrellevar su estricta dieta, reviviendo en su mente el último festín de alimentos prohibidos; en la adultez ya no había atracones, ahora gozaba esos alimentos prohibidos en forma muy distinta; por ejemplo, sumergiéndose desnuda en su bañera… cuyo fondo había llenado de espaguetis tibios rociados con mucha mantequilla. Pero Andrés no aparecía y aunque otros pasaron por su vida, en su mente solo cabía Andrés y cuando 31 años después, finalmente lo tuvo en su cama... cual Penélope (la de Serrat), resulto que él NO era quien ella esperaba que fuera…




*nota: en la edición española -Seix Barral- de El oficio de vivir aparece follar en vez de coger, pero arbitrariamente lo cambié, porque el termino follar no acaba de gustarme... manías de una mexicana.