Estoy releyendo Rojo y negro; y ahora, años después de mi primera lectura, no dejo de preguntarme si esos héroes, antihéroes y heroínas de la novela decimonónica, habrían perdurado en nuestra memoria de no haber padecido todas esas desgracias y terminado sus existencias de forma tan poco feliz. Recuerdo que alguna vez en la Universidad, un maestro de teoría social me dijo -a propósito de los personajes novelescos Ana Kerenina y Julian Sorel-, que de haber vivido en nuestra posmodernidad, ninguno de ellos habría terminado como terminó. Ni las heroínas como la Karenina encajaban en tiempos de las terapias de grupo, el prozac y el consumismo desmedido; ni los jóvenes apuestos, arribistas y ambiciosos como Julian Sorel, acababan tan mal; todo lo contrario, decía mi profesor... "por lo general, a esos les va muy bien".Y yo de inmediato me imaginé a la Karenina en una sesión de grupo, tipo
neuróticos anónimos:"hola, mi nombre es Ana y soy una mujer adúltera que ante el repudio social y el desapego de mi amante, el Conde Vronski, había decidido suicidarme lanzándome a las vías del metro de Moscú"
Pasado algún tiempo, después de muchas sesiones terapéuticas -y una buena plata gastada-, Ana renunciaría definitivamente a su intento suicida, reafirmando su autoestima y mandando a paseo al Vronski, a su marido, junto con la "alta sociedad", para dedicarse a escribir uno de esos lucrativos libritos de
autoayuda, titulado más o menos así: "
Como intentar suicidarse sin morir en el intento" y tan, tan...
happy ending.
Pobre Ana y qué horror de novela, como de Corín Tellado... con perdón de Tolstoi
Al que nunca he podido imaginarme es a Julian Sorel; por más que intenté
posmodernizarlo no logré algo digno... ni de Corín Tellado. Un personaje tan complejo -como yo falta de imaginación- ¿convertido en un arribista cualquiera,
BlackBerry y BMW deportivo, incluidos? Como sea, el hipotético derrotero posmoderno de la Karenina me parece menos prosaico, que el del héroe de
Rojo y Negro convertido en un
Gigoló de cuarta, cuyo modelo inspirador sea la revista
Men's Health -en lugar del
Memorial de Santa Elena que leía el personaje de Stendhal- y su única preocupación tener plata para ir al antro de moda y ligar con
niñas bien, mientras la ñora millonaria que lo mantiene está con su cornudo marido? Eso pasa en cualquier telenovela. Afortunadamente, hay personas con gracia y talento como Rosa Beltrán, quien hace unos años reunió a Ana Karenina, Dorian Grey y Julian Sorel en la misma sesión psicoanalítica; me encantó su
parábola posmoderna:
"Una mañana de verano del año en curso, tres personajes amanecieron con claros propósitos en mente. Ana Karenina pensaba arrojarse a las vías del tren, Dorian Grey había planeado vender su alma al diablo y Julian Sorel decidió alcanzar la cima del éxito. Pero los días difíciles no suelen anunciarse. Las cosas se complican sobre la marcha y se presentan de manera imprevista, una tras otra. Ana tuvo que recibir al gas, prepararle el desayuno al esposo y a los niños, revisar las tareas y llevarlos al colegio. Media cuadra después la asaltaron, tuvo que pedir dinero prestado, cambiar las chapas de su casa, volver al trabajo en taxi y enfrentar una jornada extenuante de su mal pagado empleo. Esa noche volvió tardísimo, muerta de agotamiento. No pudo llevar a cabo su plan; otra vez no tuvo tiempo. Ese mismo día a las 7:45 a.m. en una sala de operaciones Dorian Grey preguntó al doctor: "¿Está seguro de que quedaré así, como estoy en el retrato?" "Igualito", respondió el cirujano plástico, y Dorian se entregó a un sueño anestésico. Dos horas más tarde despertó, la operación fue exitosa y no obstante, una enfermera le avisó al doctor que el paciente no había quedado contento. Que el rostro que le dejaron no es original, dice, sino una imitación en serie y por tanto, aunque no tenga arrugas, está envejecido de antemano... nació con un rostro viejo...
Ese mismo día por la tarde Julian Sorel decidió cambiar de táctica. Ya no trata de escalar socialmente a través de Madame Renal para obtener el éxito. Ahora lee manuales de autoayuda y superación. "Recicle su religión", dice uno. "La diversidad religiosa se inventó para hallar a Dios una vez que Dios ha muerto."
Dos noches después, los personajes emblemáticos del XIX se dan cita en su terapia de grupo. Su desgracia es que no pueden ser desgraciados. El mundo de hoy no admite el fracaso. ¿Cómo podrían ser protagonistas de una gran tragedia? El terapeuta sonríe, les explica: Se acabó el culto al self made man (y a la self made woman). Olvídense de heroísmos. Y de amor. Hoy lo importante es cuidar los términos. "Negociar" y "cortejar", por ejemplo. Hoy se negocia con el cónyuge y en cambio, se corteja a los superiores, para obtener un ascenso. En cuanto a la vida privada, ya no es un refugio. Ni la juventud, ni la amistad... Como pueden ver, hombres y mujeres se detestan. "No se trata de preferencias sexuales", interviene Dorian. "Es que... odio tenerlas cerca. No soporto que me llenen de mimos, que me halaguen todo el tiempo y me pregunten cómo hago para estar tan bien. Y cuando me piden el teléfono de mi cirujano para que les deje un rostro como el mío... cierro los ojos e imploro paciencia." "No es que quiera estar de su parte", dice el joven Sorel, "pero, ¿por qué viven tan crispadas? ¿Por qué creen que tienen que estar nerviosas todo el tiempo? Y por qué tienen que asestarnos su dosis de indignación por lo que les ha hecho la Historia, la maternidad, las hormonas... ¡Y sus exigencias sexuales! ¡Y su autocompasión!" "Y lo que han hecho con la ecología, ¡Dios santo! Han tapizado el planeta de objetos de plástico inútiles amados por su género." Ana se defiende agrediendo. Intimida y exige, y al final llora. ¿Se da cuenta el terapeuta cómo todo es un problema de género? Él le promete una técnica para responder a este tipo de ofensas que le asegurará una posición dominante en los puestos de poder y en los cócteles. Luego intentará eliminar su sentimiento de ansiedad, de culpa e inferioridad ante el adulterio. Pero esto no ocurre, y en cambio Dorian ve su espejo, Julian su reloj, Ana bosteza. Suena un timbre. ¿Quién se acuerda del motivo de la discusión? ¿A quién le importa? La sesión termina, catarsis cumplida y nos vemos la semana que entra."
[Rosa Beltrán, Parábola Postmoderna
Publicado en La Jornada Semanal, 23 de mayo de 2004]
ilustración: El tren de José Ma. Velazco