El Doctor Servando Tovilla era el médico de su familia desde que ella tenía uso de razón… y lo que era más importante, salvo su ginecólogo, era el único que ella conocía. Eso de no ser achacosa tiene sus bemoles, se dijo mientras hacía la cita telefónica y respondía a la pregunta de la recepcionista:
¿Cuándo fue la última vez que nos visitó?
--No recuerdo bien, quizá desde mi operación del apéndice hace… ¿cinco años? Después de un suspiro desaprobatorio por parte de la recepcionista, la cita quedó confirmada para el viernes a las seis de la tarde.
Y llegó el viernes por la tarde y la hora de su cita con el doctor; el consultorio estaba ubicado en la antigua Colonia Roma, que tras los graves daños provocados por el terremoto de 1985, había vuelto a renacer, quedando casi igual que antes del siniestro. El Doctor Tovilla estaba en sintonía con esa colonia, pues no obstante algunos cambios inevitables, parecía inmune a las modas y al paso del tiempo.
No ser achacosa tiene sus bemoles, se repetía mientras sentía un leve cosquilleo nervioso, minutos antes de entrar al consultorio. ¿Y si tengo algo grave? ¿Y si ahora, que ya no tengo apéndice, me encuentra otra cosa que extraer? [la última vez que había estado en ese consultorio aquejada por un fuerte dolor abdominal, solo había salido para abordar el elevador que la subió a la clínica, donde dos horas más tarde le fue extraído su apéndice, tan rosado como dilatado y casi a punto de explotar]
--Y a qué debo al sorpresa? No me digas que te duele algo, mujer. Fue la pregunta a modo de saludo, por parte del médico.
Tras mencionarle su preocupante dolorcito en “la boca del estómago”, el doctor procedió a interrogarla y examinarla acuciosamente; una hora más tarde le daba su diagnóstico:
--Pues de esto no te vas morir, segurísimo; es más, ni siquiera tienes algún padecimiento orgánico tipo gastritis, ulcera, ni inflamación de nada. De hecho, estás muy sana.
Y entonces ¿mi dolor a qué se debe? Pero igual me va a recetar algo para quitármelo ¿verdad?
--No. Más que recetarte, voy a prohibirte. Tu dolorcito, que no es un dolorcito precisamente, lo debes a los muchos berrinches y angustias que haces y siempre en ayunas, por lo que todo se te va directo al estómago, sin que haya ningún atenuante de por medio. Así que desde hoy, te prohíbo estrictamente que te angusties, enojes y leas el periódico antes de haber desayunado algo más que un café negro.
¿Y ya? Preguntó ella, visiblemente decepcionada.
--Sí, ya con eso, contestó él doctor, pero al ver su expresión agregó:
--Para que te quede claro de una buena vez: si quieres enojarte, angustiarte, enterarte de las desgracias del mundo o ingerir cualquier tipo de remedio, incluido veneno para matar lo que sea, primero desayunas bien.
.......................................................
Los tiempos cambian o una se hace vieja. En la infancia, el doctor le diagnostica la ausencia de enfermedad, le da una paletita y finaliza la consulta con un cariñoso pellizco en las mejillas. Ahora, en la moderna adultez, ya no hay paletita ni pellizco en los cachetes, solo la recomendación de que si uno desea enojarse...o tomar cicuta para emular a Sócrates, o cianuro, si es cursi como la que esto escribe y prefiere rememorar a Emma Bovary... nomás no lo haga en ayunas, no vaya a dañarse la flora intestinal....
........................
Adenda. Leyendo la mayoría de sus amables comentarios, creo entender a los hombres cuando piden: “a mi dime las cosas claramente y déjate de tontas metáforas”. Hoy, es claro que no me expliqué bien: Este post no era sobre la importancia del desayuno diario; tampoco, una invitación a la toma de cicuta, desde luego. Solo pretendía ironizar sobre la “efectividad” de la medicina en relación con ciertos malestares que, sin ser estomacales o gastrointestinales, se reflejan en esa especie de vacío (boquete que llamo yo) sentido en la boca del estómago. Un vacío que no se alivia con la deglución de alimento alguno, ni con cicuta o cianuro... aunque las endorfinas que dicen genera el chocolate amargo, puedan acarrear un alivio pasajero…
"Ahí está lo que fue: la terca espada
del sajón y su métrica de hierro,
los mares y las islas del destierro
del hijo de Laertes, la dorada
luna del persa y los sin fin jardines
de la filosofía y de la historia,
el oro sepulcral de la memoria
y en la sombra el olor de los jazmines.
Y nada de eso importa. El resignado
ejercicio del verso no te salva
ni las aguas del sueño ni la estrella
que en la arrasada noche olvida el alba.
Una sola mujer es tu cuidado,
igual a las demás, pero que es ella."
[Al triste, Jorge Luis Borges]











